Thursday, July 5, 2012

MARILYN MONROE SE ME PERDIÓ

Foto: Isabel Pérez Lago



Por Eduardo Rodríguez Solís


      Marilyn Monroe era bonita, distinguida, aunque un poco loca. Buscaba pleito hasta con los mosquitos y su propia sombra. Era muy femenina y nunca la vi usando calzones. No los necesitaba. Ella era medio salvaje, como de la jungla. También era buena actriz. Hacía teatros en cualquier momento. Una vez observé que, buscando pleito, se fue caminando en reversa y cayó en la piscina. (Pero en unos segundos salió, como por arte de magia, como si fuera discípula del Gran Houdini.)
      Marilyn Monroe era hermosa, extraña. Le gustaban las caricias, pero nunca le llegué realmente a hacer el amor. Yo sabía que éramos de distintas razas, tipos. Marilyn Monroe era una gatita gris oscuro con salpicaduras blancas. Casi no sabía maullar. Era absolutamente silenciosa. Se me ocurrió ponerle ese nombre porque ella, como gatita, como felina, era una verdadera inspiración (como lo fue Marilyn Monroe, la mujer).
      El día en que se apareció hacía mucho frío. Los techos de las casas amanecieron con hielo y todos esperaban una nevada. El gato estaba flaco, mal alimentado, con ojos tristes, faltos de buena esperanza. (No se sabía si este ser era macho o hembra.) Le di enseguida croquetas en un platito y se “zambulló” en el alimento. Y cuando tuvo su estómago llenito puso cara de felino adormilado. Entonces se recostó en una chamarra vieja que yo había acomodado en una canasta. Y ahí se quedó dormido, frente a la casa de Sands Point.
      Al día siguiente, ya andaba detrás de la casa, donde tenemos muchas plantas y una alberca que es paraíso de ranas. La familia de gatos que vivía por los alrededores de la alberca: madre, hija e hijo, todos atigrados, con garras filosas como navajas, lo miraron con desdén. La flacucha gatita gris oscuro con salpicaduras blancas empezó a sentirse como en casa, incluso se le notaba que caminaba cual si fuera la reina del lugar. Pero al nuevo felino no se le aceptaba y casi no se le permitía entrar en la bodeguita, que tenía puerta para gatos, y que era buen refugio en la temporada de fríos. Entonces, el nuevo habitante, cuyo sexo ya se conocía, se quedaba en las noches acurrucado en una maceta vacía.
      Al cabo del tiempo, operamos al felino, y un veterinario vietnamita por poco la manda al otro mundo con la anestesia. Y cuando la gatita nueva, que ya había sido bautizada como Marilyn Monroe, porque nunca se le veía con ropa interior, se repuso de los maltratos vietnamitas, estrenó una casita que le hicimos con una caja de cartón. La casa tenía dos entradas circulares: una pequeña que simulaba una ventana y otra más grande parecida a la puerta de la calle.
      La Marilyn Monroe era una verdadera pilla. Se escondía detrás de una maceta, y se ponía en posición de ataque. Y cuando un gato pasaba, atacaba de lo lindo. Los tontos gatos, que tenían garras filudas, le tenían miedo. Y ella atacaba con sus garras muy redondeadas, que apenas si le servían para subir árboles como un chango. Con el tiempo, la Marilyn Monroe fue aceptada por la familia de gatos, y hasta ya tenía su lugar nocturno en la bodeguita.
      Cuando abríamos una puerta de la casa, la Marilyn Monroe se metía como si fuera un rayo y era difícil sacarla. Tuvimos que preparar cuerdas largas con objetos amarrados en las puntas. Con este ardid, la Marilyn Monroe jugaba y luego se le podía sacar. A veces, cuando se le permitía estar dentro se iba y se echaba en un sillón floreado, cerca de mi computadora. Y ahí dormía a pierna suelta.

      Pero un día desapareció.
      Y nunca regresó.
      Entonces le atribuimos siete destinos posibles.

      Uno: Marilyn Monroe se encuentra encerrada en un pet carrier (maleta para cargar mascotas), y su dueño actual (porque los gatos tienen varios dueños) se la lleva hasta Boulder, Colorado, porque allí ha conseguido un mejor empleo. Con el tiempo, Marilyn Monroe, la gatita gris oscuro con salpicaduras blancas, se vuelve una gata de la nieve.
      Dos: Marilyn Monroe es atrapada por una mujer que hace tamales. “Es que se necesita carne buena”, dice la dama. Pobrecita Marilyn Monroe, la hacen tamal. Pienso sin querer en una comedia musical de la actriz londinense, Angela Landsbury, en la que se hacen pasteles de carne humana.
      Tres: Marilyn Monroe es atropellada y alguien la recoge bien herida, y la lleva al médico. Como no hay remedio, la sacrifican.
      Cuatro: Marilyn Monroe es atropellada, y la recoge una muchacha que iba manejando. Se la lleva a su casa y ahí, poco a poco, se repone… Y se queda a vivir, cómodamente.
      Cinco: Marilyn Monroe anda caminando, cruzando casas, y la descubre su dueña original, quien la anduvo buscando por mucho tiempo… Esa mujer decide encerrarla en su casa, para siempre.
      Seis: Marilyn Monroe se mete a una caja, y por cuestiones del azar, esa caja es enviada a Alaska, donde la gata gris oscuro con salpicaduras blancas comienza una nueva vida.
      Siete: Marilyn Monroe experimenta lo que usted, casual lector, se imagina.
      Finalmente, hay que hablar de la melancolía. Se ha ido un ser querido, y quedan, por ahí, desparramados, los recuerdos. ¿El bello animal está vivo o se ha ido a un planeta mejor (o sea, disfruta de una existencia superior)?
      Nadie sabe la verdad.
      El caso es que la Marilyn Monroe mía ha desaparecido, y ya no se cuenta con su alocada personalidad. Ahora las cosas son distintas, quizás más tranquilas. Y tenemos que acostumbrarnos a vivir el tiempo que nos queda sin la exótica y deslumbrante hembra que se llamó Marilyn Monroe. (Qué se le va a hacer.)   


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

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