Sunday, September 25, 2011

WHENEVER


Liliam Domínguez: Aula Magna, C-Print



By Dinorah Pérez-Rementería


A wonderful tool, education provides learners with a sense of trust, confidence, knowledge, and respect for others and themselves. Students of all ages learn not only “content” from teachers but also attitudes, mental dispositions and even life philosophies that can impact them forever. However, I believe that the educator is a learner himself. As educators, we have the responsibility to learn what to give and how to deliver it appropriately to our students so as to make a positive long-term impact on their lives. One has to be disciplined, reliable and respectful, and one needs to learn suitable ways to project similar values in the classroom.
That is one of the main reasons I have decided to teach young people. I believe that by educating my students, I will also have many opportunities to keep myself conscientiously discovering new aspects about the subject delivered in addition to reflecting on techniques that make them cultivate a genuine interest in constructing knowledge, improve their academic performance, and grow into more caring human beings. I want my students to know how to show care and respect, to learn good things from their mistakes, and to apply what they have learned for the benefit of themselves and others as the school year progresses. It is my hope I can create an atmosphere that allows us both students and teacher to appreciate our value and worth as individuals as well as to recognize our talents and abilities towards producing effective learning sources that can be used/explored/enriched in the classroom every single day.



Friday, September 9, 2011

LLUVIA DE GRANIZO




(Una fábula)

Por  Eduardo Rodríguez Solís

      Muy lejos de la selva, pasando varios arroyos de agua clara, pasando lugares llenos de rocas de color azul, había un bosque muy agradable, donde siempre caía el sol. Ese era el lugar de la jirafa.
      Esta jirafa era muy limpia y ordenada. Se llamaba Escoba, porque siempre andaba recogiendo basuritas. Tenía una casa de regular tamaño, con muchas ventanas en el techo. Es que tenía que asomarse a ver el panorama.
      Siempre estaba sola, y a veces cantaba melodías que le habían enseñado sus padres. Estas canciones eran como rondas infantiles. Pero tenía una favorita.

                                La luna es mi amiga.
                                Yo le cuento mis alegrías
                                y mis tristezas.
                                Ella me regala una estrella
                                y yo brinco de alegría.

      Una mañana muy tranquila, Escoba, la jirafa de nuestro cuento, quiso irse hasta el cuarto arroyo de ese territorio. Este arroyo tenía el agua muy calientita.
      Los tres arroyos anteriores tenían temperaturas diferentes. El primero era de aguas heladas. El segundo, de aguas templadas. El tercero, de agua tibia.
      A Escoba le encantaba ir a ese lugar. Ahí se podía bañar muy a gusto y, luego, podía secarse al sol. Los rayos caían abundantemente y secaban de verdad.
      Ese día se encontró una moneda muy extraña. Parecía de oro y tenía el mismo grabado en las dos caras. Un unicornio muy derechito. Un unicornio que se veía muy elegante y distinguido.
      --Será el unicornio de los sueños –se dijo la jirafa Escoba.
      En ese instante, sintió que alguien la estaba mirando. Y Escoba volteó a todos lados, pero no vio nada.
      --Será un fantasmita –se dijo Escoba.
      Pero la verdad era que detrás de una gran roca estaba un rinoceronte. Era un rinoceronte que traía una gorra de marinero.
      Este animal era muy silencioso. Hacía el mismo ruido que un gusanito. Se movía como si no existiera. Caminaba casi de puntas y no le gustaba aplastar hojas y ramitas. Era lo que se llama un animal silencioso a morir.
      La jirafa Escoba empezó a aventar su moneda del unicornio al aire. La lanzaba y lograba que diera vueltas, muchas vueltas. Le gustaba ese juego… Hasta que tuvo la mala suerte de que su moneda se fuera dando vueltas hasta una barranca… Y cayó, cayó hasta el fondo… Y se puso muy triste… Ya su doble unicornio se le había ido de las manos.
      Cuando la moneda llegó hasta el fondo del barranco se golpeó con una roca muy dura y los dos unicornios apresados saltaron del metal… Y la moneda se quedó sin grabados. Pero esto no lo sabía Escoba, la jirafa de nuestro cuento.
      Los unicornios al darse cuenta de que estaban libres miraron hacia arriba, y vieron, entre unas ramas, a la jirafa, que lloraba desconsolada.
      Entonces empezaron a subir por un camino muy sinuoso.
      El rinoceronte, que había observado todas las acciones, se acomodó bien su sombrero de marinero y salió de su escondite.
      Se movió en silencio, como era su costumbre, y se acercó a la jirafa.
      --Buenos días, tengan sus mercedes –dijo el rinoceronte.
      Escoba, la jirafa, se sorprendió mucho, pues le estaba hablando un rinoceronte.
      --¿Qué haces aquí? –preguntó Escoba.
      --Soy Pope, el rinoceronte… El único rinoceronte que anda por aquí –dijo el espléndido animal.
      Entonces se pusieron a hablar de sus vidas.
      La jirafa dijo que a ella le gustaba ver el mundo. Que andaba por todos lados y que siempre disfrutaba del sol, del viento, de la lluvia, de lo que fuera…
      Y luego habló sobre sus andanzas en la selva, con sus hermanos y con sus padres… Y después, tomó un palito y escribió en la tierra todo lo que se comía… Puso nombres de frutas y semillas, y mencionó a los mosquitos y a las mariposas… Y luego dijo que su casa tenía las puertas abiertas para todos…
      Contó entonces algo sobre un sueño que siempre tenía… Caminaba en un mundo donde no había árboles y encontraba ahí una fruta que tenía forma de corazón. Se trataba de una fruta un poco amarga que servía para disipar las penas y las angustias.
      Y terminó su discurso invitando a Pope, el rinoceronte, a su casa.
      --Voy con gusto, pero nos tenemos que ir muy despacio. Me cuesta mucho correr –dijo Pope, el rinoceronte.
      Mientras caminaban hacia la casa de la jirafa, después de mirar hacia el fondo de la barranca, en busca de la moneda, habló el rinoceronte.
      Primeramente dijo que él no tenía casa, porque no existían constructores para casas de rinocerontes.
      --Yo vivo expuesto al sol y a la luna –dijo Pope, el rinoceronte.
      Luego afirmó que el bosque y la selva eran su hábitat… Y que él estaba contento así… No le importaba ni el frío ni el calor… Él era como una roca… Duro de vencer…
      Y aseguró que todo lo que él decía era verdad… Dijo entonces que todos los rinocerontes del mundo habían sido príncipes de castillos enormes en el pasado… Hombres muy apuestos… Pero una vez un brujo malo los obligó a comer un pastel de chocolate… Y que después, gracias al pedazo de pastel que habían comido, se transformaron en ese animal enorme que se llama rinoceronte.
      El rinoceronte dejó de hablar cuando dos unicornios se cruzaron en el camino.
      Ambos animales se asustaron mucho, pero a la jirafa se le ocurrió que quizás los unicornios habían salido de la moneda que se encontró.
      Entre tanto los unicornios habían llegado hasta la cima de una montaña, desde donde se veía el mar crecer hacia todos lados, como en una isla del Mediterráneo.
       El mar ostentaba muchos colores… Colores oscuros, colores claros… Y con esta visión tan esplendorosa, los unicornios se daban cuenta de la infinidad del mundo. Y miraban hacia abajo para luego observar el horizonte, se veían ellos mismos, y respiraban plenamente, dejándose llevar…
      Después de una larga caminata, llegaron los animales a la casa de la jirafa. En las paredes de la casa confluían los siete colores del arcoíris, pero el que más destacaba era el rojo bandera. Y este rojo bandera, según decía la propia jirafa, era la mejor definición de la vida. Rojo bandera. Un color distinguido, absoluto.
      Tuvieron dificultades al entrar a la casa, la gran humanidad del rinoceronte… Pero quitaron una tabla que estorbaba, y lograron vencer el problema… Comieron pastel de cacahuate… Y hablaron de las cosas de la vida… Y en esas estaban cuando los dos unicornios se asomaron por una ventana.
      --Ucha. Ucha –gritó la jirafa, y los unicornios se fueron corriendo.
      Estaban asustados. Huían, y a lo mejor querían regresar a su moneda… A su querida y extraña moneda… Subían y bajaban pendientes… Y su carrera era desaforada… Nadie los paraba… Iban al final y no regresaban… No… Siempre adelante… Sin voltear para atrás… Y corrían casi al unísono, mejilla con mejilla, casi agarrados de la mano, como si fueran hermanos, como si fueran una misma cosa…
      Terminaron el pastel de cacahuate… Y nadie pensó que algo mágico y maligno iba a pasar… Nadie pensó… Se respiraba bondad en el ambiente…
      Luego salieron de la casa y Escoba, la jirafa, dijo que ya las estrellas estaban saliendo… Y observaron el cielo… Grandioso, muy amplio, demasiado amplio…
      Cayó la noche y las estrellas se multiplicaron. Pope, el rinoceronte, las contemplaba admirado… Le gustaba lo que tenía ante los ojos.
      Escoba, la jirafa, empezó a identificar luceros y estrellas. Era una experta en la materia. Se las sabía de todas todas… Luego se puso a cantar la ronda infantil que le gustaba.

                                                 La luna es mi amiga.
                                                 Yo le cuento mis alegrías
                                                 y mis tristezas.
                                                 Ella me regala una estrella
                                                 y yo brinco de alegría.

      Luego, cuando apuntó los versos en un papel, cantaron juntos… Se sentían muy contentos.
      De pronto, la casa de la jirafa se empezó a mover. Pero no se trataba de un sismo. Era una cosa distinta… Alguien la estaba jalando… Alguien se la estaba llevando… Eran los unicornios… Estaban furiosos… Estaban hechos unos broncos…
      Y el arrastre se hizo primero lentamente. Pero, al rato, se volvió más contundente… Es que los unicornios habían crecido… Mágica, sobrenaturalmente… Algo de otros mundos…
      Los unicornios eran gigantes. Eran como cinco veces el alto de la casa… Y estaban jalando con mucha fuerza… Parecía que querían llegar al fin del mundo…
      Y cayeron rayos, centellas y relámpagos… Y una tremenda lluvia de granizo… Piedras de hielo, se desplomaba el cielo… ¿Se estaba acabando el mundo? No… El mundo seguía igual, pero todo, absolutamente todo, se estaba destruyendo…
      Al cabo de un rato, sobrevino la calma, y los animales descubrieron que se encontraban abandonados en una gran planicie desierta. Y la casa de colores era sólo un esqueleto de maderas… Como los huesos de un dinosaurio…
      Entonces, Escoba, la jirafa y Pope, el rinoceronte, se dieron cuenta que los unicornios habían huido y ya estaban corriendo cerca del horizonte…
      --Estamos solos –dijo la jirafa.
      --Completamente solos –agregó el rinoceronte.
      La jirafa quería cantar nuevamente la ronda infantil, pero el rinoceronte dijo que había que mantener el silencio… Y entonces se quedaron en paz, en aquella planicie desierta…
      Pero como vieron que los pájaros volaban presurosos hacia el Sur, decidieron ir tras ellos… Y caminaron durante muchos días… Hasta que ya no pudieron más…
      Entonces se pusieron se miraron a los ojos y empezaron a llorar… Y lloraron hasta que sus gargantas se rasgaron.
      Un ruido se escuchó. Venía del cielo o del infierno. No se conocía su procedencia. De venir del cielo estaría envuelto en música. De venir del infierno, el ruido tendría que ser muy atronador…
      Era un ángel o un ser con alas muy grandes que se acercaba a ellos.
      --Yo sé el camino que nos lleva al bosque o a la selva –dijo.
      Y la jirafa y el rinoceronte se alegraron. Sabían que ese ser amable los iba a ayudar… Por eso se fueron en silencio detrás de él. El conocía los caminos… Todos los caminos de la vida…
      Subieron y bajaron muchísimas pendientes. Sabían que pronto llegarían al bosque y a la selva… Lo sentían, lo presentían...
      Aquel ser, que efectivamente era un ángel del Señor, iba iluminando los caminos con una linterna llena de magia… Y la luz que salía de la lámpara, rebotaba en el suelo y se volvía una lluvia suave de estrellas… Y las estrellas revoloteaban y se iban para todos lados, como si fueran chinampiñas, buscapiés de carnaval…
      Y ya llegaban al bosque, cuando los unicornios volvieron a cruzar el camino. Iban, como siempre, de prisa… Se escuchaban sus cascos y se oían sus resoplidos… Iban como almas en pena… Nadie los paraba…
      Cuando ya estaban entre los árboles, respirando esa frescura incomparable, se sintieron muy bien. Conocían el terreno… Lleno de insectos y de pájaros… Escoba, la jirafa, trataba de identificar los horizontes… Pope, el rinoceronte, estaba lleno de felicidad… Pero su felicidad era una felicidad resbalosa, llena de sudor…
      Cuando escucharon los gritos agudos de los changos, se dieron cuenta que todo seguía igual… Y que la vida ahí estaba, para abrazarlos, para darles calor…
      Y la selva apareció, con todas sus malezas y sus palmas y sus tantos animales… Ahí estaba el reino de todos… Lo que habían dejado atrás… Y luego, cuando llegaron al sitio donde estaba la casa de Escoba, la jirafa, se quedaron con la boca abierta… Ahí estaba la casa con sus colores de arcoíris y con sus ventanas en el techo… Y atrás de la casa, había algo nuevo. Era un establo, con dos animales que hacían ruidos muy curiosos…
      Ahí, estaban los unicornios… Esperando caricias… Esperando comida… Estaban nerviosos. Movían sus colas y sus cabezas… Quizás querían desafiar al viento, subir y bajar montañas, ser libres…
      La jirafa y el rinoceronte comieron de un pastel de chocolate que estaba en una mesita… Y una metamorfosis obligada se inició… Los animales dejaron de ser animales y se convirtieron en príncipes de castillos milenarios… Apuestos príncipes de todos los tiempos…
      Cada cual se fue a su castillo, y cada cual se llevó a su unicornio…
      Ya no fueron jamás Escoba, la jirafa, ni Pope, el rinoceronte… Sino príncipes de castillos antiguos… Protagonistas de leyendas inmemoriales… 


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)