Friday, July 29, 2011

DE SAN SIMÓN DE LOS MAGUEYES



Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 94. 7-20-11)


Alejandro Aura era de la flota de escritores que andábamos de aquí para allá. Su poesía era clara como el agua, y nos gustaba mucho cuando él mismo recitaba. Sus versos eran muy atractivos, aunque a veces preferíamos la poesía de Leopoldo Ayala, otro miembro de la chorcha literaria… Aura componía un torrente de versos arrasadores. La poesía de Ayala era más cerebral, más rigurosa. Y nosotros, los oyentes, nos íbamos de un lado a otro, como pelotas de ping-pong.
Estuvimos juntos, como becarios, en el Centro Mexicano de Escritores, junto a Fernando del Paso, Jaime Sabines, Juan Tovar, Rafael Rodríguez Castañeda, Irma Sabina Sepúlveda y  Cecilia Treviño de Gironella. El dinero mensual que recibíamos representaba cuatro veces lo que costaba un apartamento en la Colonia Roma. Todos trabajamos bajo la supervisión de Francisco Monterde, Juan Rulfo y Juan José Arreola.
Tiempo después, me encontré a Alejandro Aura, que caminaba al lado del actor y escritor Carlos Bracho. Ambos mantenían una galería (primero en Reforma, cerca del cine Chapultepec; y después en Mariano Escobedo). Yo andaba por aquel entonces laborando en una agencia de publicidad. Era uno de los más creativos, y siempre traía mi dinerito. Una vez Aura hizo una exposición de sus poemas enmarcados y adornados con timbres postales, y yo le compré tres. (Eran marcos forrados en lienzo. Llevaban un poema de Aura y estaban salpicados con timbres postales de Francia, Italia, entre otros países)
Pasó el tiempo. Bracho y yo anduvimos puebleando durante un tiempo, buscando lugares dónde filmar San Simón de los Magueyes (proyecto que apenas era un sueño)… Algunas veces nos acompañaba Sergio Olhovich, que tenía intenciones de dirigir la película. El proyecto cinematográfico estaba basado en mi cuento del mismo título, que recibió varios premios cuando fue escrito. Originalmente se llamaba San Simón de la Simonera, pero después de leerlo en el Centro Mexicano de Escritores, Juan Rulfo sugirió titularlo San Simón de los Magueyes (sobrevoló la barda, el gran maestro).
Finalmente, el sueño se materializó. Pensamos en Alejandro Galindo como director de la cinta. Yo conocía a la esposa de Galindo, Pilar Crespo, y ya había acumulado buenas referencias sobre su trabajo. Recuerdo también a Alejandro Aura, que ya estaba incursionando en la actuación, y se mostró interesado en el papel del sacristán. Durante la conformación del reparto, Aura solicitó mi apoyo, sin que nadie supiera. Y yo lo apoyé, que para eso éramos cuates, ¿no? El papel del sacristán le vino como anillo al dedo, y lo desempeñó concienzudamente.
Después del rodaje, me di cuenta de que la película podía haber quedado mejor, si hubiéramos buscado otro director, alguien más entregado, por así decirlo. Galindo parecía caminar en las nubes. Estaba como echándose una chamba…“un hueso”, como dicen los músicos. Creo que en algún lugar del script aparecía la palabra “papalote”. Y Galindo, muy docto como director de cine, dijo que papalote provenía de “papelote” (papel grande), y ni en sueños pensó que esa palabra en náhuatl significa “mariposa”.
Vale decir que en una parte de la película tenía que realizarse un “paneo” -que ocurre al girar lentamente la cámara de izquierda a derecha-, deteniendo el movimiento por breves segundos para que el público observara un cartel que resultaba importante en el transcurso de la acción, antes de proseguir escaneando el panorama. Pero Galindo nunca supo por qué había que frenar el lente unos instantes, para luego continuar barriendo el campo visual. Por lo cual se tuvo que hacer un “parche” más tarde, utilizando tomas extras del mencionado cartel. A pesar de los contratiempos, el filme logró ver la luz. Y, desde luego, conservo memorias benignas de aquella aventura cinematográfica. Por ejemplo (y qué ejemplo) todavía puedo visualizar a Resortes, la víspera del inicio del rodaje, caminando alrededor de la alberca del hotel en San Juan del Río, donde todos estábamos hospedados, recitando de memoria sus parlamentos, sin cometer falta alguna. Adalberto Martínez, “Resortes”, era un maravilloso actor. ¿Nuestra experiencia habría sido diferente de haber elegido a Sergio Olhovich como director?

     
     
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Thursday, July 28, 2011

JOE PESCI, UNA BUENA CLASE DE ACTUACIÓN


Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 90. 7-10-11)



Una vez deambulando por la Escuela de Teatro de Bellas Artes y por la Academia de la Asociación de Actores –que ahora se llama Academia Andrés Soler- cayó en mis manos un libro escrito por Louis Jouvet, famoso actor francés. Se llamaba el tomo Escucha, amigo. Estaba lleno de consejos para el actor. Se hablaba del miedo escénico, que es natural en los actores primerizos. Y había un párrafo que decía (lo he memorizado): “Escucha, actor, mientras tú estás recitando los versos de Shakespeare apasionadamente, mientras casi te mueres en escena diciendo ordenaciones de palabras bellas, tu público está ahí, en ese palco… El está pensando en sus negocios, y ella está soñando con su amante… Ese es tu público…”
Luego uno se ponía a pensar que durante las funciones, menos del 20% de la audiencia estaba siguiendo “fielmente” las acciones y palabras. Llegamos a la conclusión de que el teatro era eso: teatro… Y que Julieta (la de Romeo) no tenía que morir de verdad cada noche de representación. “¿Por qué entregar el alma, si sólo unos pocos elegidos están contigo? Quizás resultaría  más afectivo encontrar fórmulas que faciliten cómo fingir artísticamente.”
Una buena clase de actuación, o fingimiento artístico, se ofrece en la película With Honors de 1994, llevando a la cabeza del reparto a Joe Pesci -que quiere decir “peces”, en español. El actor nacido en 1943, muestra verdaderamente sus extraordinarias habilidades histriónicas en el filme. Brendan Fraser y Moira Kelly actúan junto a Pesci, quien representa a un vagabundo que hurga por los rincones de la Universidad de Harvard. El vagabundo camina por todos lados, y vive de milagro, metiéndose en la biblioteca de la institución para calentarse un poco y leer libros de poesía. Es un sinvergüenza (como son todos los buenos actores), amante de la palabra escrita.
Por cuestiones azarosas llega a sus manos el manuscrito de una tesis, que ayuda al vagabundo a sumergirse en la vida de los estudiantes universitarios. En una ocasión entra a una clase colmada de jóvenes sentados en la gradas. Un académico expone frente a ellos. Pero el impredecible destino teatral le brinda al vagabundo la oportunidad de dirigirse a la audiencia. Sus conceptos vibran y logran conmover al público estudiantil. Tanto el libro Escucha amigo, de Jouvet, como la película With Honors divierten y atrapan al espectador. Ambos están ahí, para que los interesados en cuestiones de actuación se acerquen a ellos, y para que el público en general se adentre en la creativa existencia de un vagabundo increíble interpretado por Joe Pesci.




 
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Tuesday, July 19, 2011

MAZAHUA ES LA PALABRA



Por Eduardo Rodríguez Solís
De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 89. 7-09-11)

     Era un hombre tranquilo que estaba enamorado de la naturaleza. Observaba las nubes y las dibujaba en su mente. Decía que todas las nubes eran diferentes. Sobre los pájaros, comentaba que eran amigos de los dioses, y que a veces quería volverse uno de ellos.
      En cierta ocasión le pregunté qué clase de indio era él… Y me contestó enseguida que no sabía, que era una combinación de una combinación. Añadió que durante la llegada de los españoles confluyeron en su territorio muchas creencias y culturas.
      --Pero –dijo--, todos me dicen que soy mazahua. Francamente yo no sé qué es ser mazahua… Uno no sabe de dónde ha salido.
      --¿Qué me dices de los rasgos, del color de la piel? --le pregunté.
      El indio frunció el entrecejo, y señaló hacia el cielo, obligándome a escrutar las nubes.
      --Todas parecen iguales, pero son distintas --dijo.
      Era verdad. En el cielo vi dragones, unicornios gigantes, y princesas tristes.
      --Tú puedes ver lo que quieres ver. El cielo está lleno de enormes figuras desfiguradas --dijo el indio, abriendo los brazos.
      Entonces me fijé en lo que traía amarrado en las muñecas: varias pulseras tejidas con hilos de colores que mostraban múltiples combinaciones.
      --Con estas pulseras uno puede sentir que está cerca de los dioses --dijo el indio.
      Empezó a golpearse las rodillas con las palmas de las manos, produciendo sonidos muy exóticos que se confundían con inestables percusiones de tambores lejanos… Alguien lloraba, y los gemidos parecían emerger de una flauta de carrizo. Un humo azuloso se difundió por toda la llanura mientras se perfilaban sutilmente siluetas femeninas que danzaban sin tocar el suelo. Llevaban semillas en los pies.
      --La música estimula a la divinidad… --dijo el indio--. Los agentes divinos se acercan al que lleva en su muñeca una pulsera como ésta, es tu tarjeta de identificación, la de tu corazón. 
      --¿Y qué significan los dibujos? --pregunté.
      --El alma de la mujer --dijo el indio avergonzado--, todo sale de ahí. El hombre no trabaja.  Procrea únicamente… Las mujeres realizan maniobras con hilos rojos. Los hombres llenan sus entrañas con agua amelcochada.
      --¿Y se emborrachan? --pregunté.
      --Sí, para acercarse a los dioses, un ritual necesario --dijo el indio.
      --¿Y estas muñecas de trapo?.
      --Son el principio de vida, mujeres hechas con cariño. Se  venden muy bien --respondió él--. Aunque no del todo, pero uno se conforma. Mucho o poco, las mujeres son un regalo de los dioses.
      Le dije que me interesaba comprar dos pulseras de color rojo incandescente.
      --Habla con ellas --dijo el indio.
      Con cierta timidez logré acercarme a las mujeres. Miré sus rostros detenidamente. Tenían ojos brillantes y el cutis terso. Una de ellas se ofreció a compartir conmigo la magia de los hilos rojos. Habló, sonrió, negociamos. Coloqué en mi puño las pulseras mazahua…
      Decidí volver a casa, aunque no sabía dónde quedaba exactamente ese lugar. Observaba mis pulseras y me sentía cerca de los dioses…Estaba listo para emprender la batalla. El mundo era mío. El viento soplaba a mi favor. Los dioses estaban conmigo.
      Las pulseras se convirtieron en atuendo inevitable de mi disfraz. Eran como la camisa, o el pantalón. Las llevaba siempre y hasta dormía con ellas. Quizás no quería que los dioses se enojaran… No sé…
      A la gente le dio por pensar que yo era hippie, y yo no estaba en condiciones de confrontar a nadie… La divinidad me acompañaba y yo no la iba a compartir…Cada uno debe buscar el camino que conduce a los dioses…su propio camino.
      Yo me creía mazahua. Sí. Me creía mazahua.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas.(erivera1456@yahoo.com)

Wednesday, July 13, 2011

COLOFOX O EL LOCO VALDÉS



 
Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 87. 7-6-11)


Hace más de medio siglo, nació para siempre el Loco Valdés en la pantalla mexicana. Nadie escapaba de su hechizo. Todos regresábamos temprano a casa para ver las Variedades de medio día en la televisión. El productor Juan Calderón y un pequeño ejército de cómicos se movían dentro de la caja en blanco y negro, un oasis en medio del mundo loco que nos rodeaba. La estrella del show era el Loco Valdés, que se ganó la adoración de chicos y grandes.
Clown, juglar, bufón, actor, mimo, y cantante, salía al escenario sin libreto, haciéndonos reír y gozar. A veces nos caíamos del sofá o de la silla, a causa de tanta carcajada.
Años después, el cantante Cristian Castro se presenta en el Auditorio Nacional, con su orquesta en vivo, y el público abarrota el lugar. Vemos a su mamá, la actriz Verónica Castro, aplaudiendo con muchas ganas, y no muy lejos de ella está su padre, el Loco Valdés. Son felices porque Cristian se proyecta en el escenario como nunca.
Al concluir el concierto, una reportera se acerca al Loco Valdés, y le pregunta sobre su canción favorita: “La que habla sobre la palmera embarazada”, responde él. Confusa, ella trata de descubrir otros detalles sobre la canción. Entonces el Loco Valdés sonríe y comienza a tararear: “Espera un coco… Un coquito más…” La broma persigue al Loco Valdés, es su sello, que no se puede copiar, y que nos sorprende constantemente. El Loco Valdés parece un mago del humor.
Una vez, durante una filmación, se le ocurre decir: “Hoy celebramos el día del bomberito Juárez, señoras y señores”. Todos los presentes, incluyendo al público, los camarógrafos, y el resto del staff, se desploman de la risa, porque es una fecha especial y se recuerda el nacimiento de Benito Juárez. Antes de terminar la jornada diaria, alguien llama de la Secretaría de Gobernación exigiendo medidas para castigar al mero mero del canal televisivo. Y el pobre Loco Valdés es condenado a retirarse del trabajo una semana.
Gracias a sus extra-vagancias creativas surge el extraterrestre Colofox, un personaje minúsculo, casi invisible, que balbucea. El Loco Valdés atrapa la atención del público al compás de la música de un cuento de hadas, y en escena aparece la nave espacial. Observamos hacia donde él señala mientras el aparato aterriza posándose tranquilamente en las manos extendidas del Loco Valdés…
Colofox se expresa con ruidos, gemidos, sin palabras. Así habla Colofox interpretado por el Loco Valdés, extraordinario actor, hermano de Tintán, y de Ramón Valdés -otro cómico que también destacó junto al “Chavo del Ocho”.




Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)



LOS INCLASIFICABLES




Por Eduardo M. Barrios, S.J.

             Todos los terrícolas desafían las clasificaciones. Pero los observadores clasifican y generalizan en aras de la  sistematización a sabiendas de las excepciones.
            ¿Es justo decir que los andaluces y napolitanos son alegres  mientras que los catalanes y turineses son seriotes? Sí y no.
            Pontificaba la cajera de una tienda miamense: “Me gustan los cubanos de ahora, sencillos y humildes, pero no los que llegaron primero, arrogantes, prepotentes y que se las dan de aristócratas”. ¿Acertó la cajera? Sí y no.
            Se habla de un exilio histórico, el de cubanos que salieron, según ellos, por amor a Dios y a la democracia. ¿Es cierto? Imaginemos un discurso hipotético de Castro en 1960: “La Revolución controlará la Educación con énfasis en el materialismo ateo; también tendrá dominio sobre los medios de comunicación y el ejército, y habrá un solo partido. Pero las fincas, industrias y comercios quedarán en manos privadas”. ¿Habrían emigrado tantos empresarios que afirman haberlo hecho por ideales democráticos y religiosos?
            También se dice que los cubanos recién llegados vienen sólo porque no pueden subsistir en un país arruinado. ¿Es cierto que a los cubanos de ahora les importa un bledo la religión y la democracia?
            ¡Qué arriesgado es generalizar y clasificar!



Eduardo Barrios es escritor y sacerdote de la orden jesuita. Ha trabajado como consejero en el Colegio de Belén y celebrado misas en varias parroquias de la ciudad de Miami. Actualmente oficia en St. Raymond Catholic Church en Coral Gables y escribe artículos controversiales para El Nuevo Herald. (ebarriossj@gmail.com)


Tuesday, July 12, 2011

AMAR COMO A SÍ MISMO: CRÓNICA DE HUMOR



Por Eduardo M. Barrios, S.J.

           Si hay algún precepto ético archiconocido es aquél de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22,39), un mandamiento tan conocido como inobservado. En general, los humanos nos valemos de un doble rasero a la hora de valorar a las personas: nos mostramos severos con los demás, mientras que abusamos practicando la indulgencia y benevolencia en nosotros mismos. Eso se nota al comparar nuestros defectos físicos, psicológicos y morales con los del prójimo. Detallemos:



I. CULTURA FÍSICA

1) Si el espejo o la ropa me dicen que ando sobrepasado de libras, quizás me diga que estoy robusto o envueltico en carnes. Pero al que pesa tanto como yo, lo designo como obeso, bola ‘e grasa, regordete o gordiflón.
2) Si, por el contrario, me encuentro enflaquecido por debajo de la media, me diré esbelto, en buena forma, o que estoy en la línea. Pero al vecino que exhibe tan triste figura como la mía, lo calificaré de alfeñique, suspiro, güin o alambrito.
3) Si al peinarme le doy poco trabajo al peine, admiraré mi frente despejada. Pero si la cabeza de mi amigo se parece a la mía, la tildo de bola de billar, o lo llamo coco pelao.
4) Si mis rasgos faciales carecen de armonía, me consuelo pensando que “el hombre y el oso mientras más feo más hermoso”. Pero de mis semejantes poco agraciados digo que le meten miedo al susto, que son más feos que el pecado, o engendros que sólo una madre podría amar.
5) Si mi estatura supera los seis pies, me considero espigado. Pero al que es más alto de la cuenta, lo llamo vara de tumbar gatos, palma real, o digo que es más largo que el mes de Mayo.
6) Si no llego a los cinco pies de altura me califico como proporcionado. Pero del prójimo bajito digo que es chaparro, patato o tapón de bañadera.
7) Si algún día no visito la ducha, simplemente “volé el turno”. Pero si otro no se ha bañado, ya lo considero bola ‘e churre, o incluso hediondo.


II. A NIVEL PSICOLÓGICO

1) Si soy muy callado, alabo mi prudencia, humildad y reserva. Pero si otro habla poco, diré que es más cerrado que una ostra, que es tímido, hermético, taciturno y acomplejado.
2) Si al final del día he pronunciado miles de palabras, quedo satisfecho de mi carácter social y comunicativo. Pero si alguien ha enunciado tantas palabras como yo, entonces es que habla hasta por los codos, padece de verborrea, no deja hablar a los demás, no hay quien lo aguante.
3) Si no compro nada ni invito a nadie a nada, soy buen administrador. Pero quienes gastan tan poco como yo, ésos tienen el codo duro, son tacaños, ratones, miserables.
4) Si gasto mucho dinero es porque soy espléndido y generoso. Pero el que gasta igual que yo es manirroto, botarate y comprador compulsivo.
5) Si nunca pierdo una discusión es por firmeza de principios. Pero si otro nunca cede, entonces es terco, cabeciduro, intransigente y contumaz.
6) Si ofendo al hablar, me llamo franco o sincero. Pero si otro también dice lo primero que se lo ocurre, entonces es imprudente, desconsiderado e inoportuno.


III. PRINCIPIOS ÉTICOS

1) Si estando casados, tenemos una relación con mujer ajena, quizás piense que sólo fue “una cana al aire”, pero si un amigo cae en lo mismo, entonces lo llamamos por su nombre, es decir, infiel y adúltero.
2) Si preferimos no contar las cosas tal y como sucedieron, decimos que nos gusta adornar la verdad. Pero si otro hace lo mismo, lo calificamos de embustero, inventor, mendaz y charlatán.
3) Si a uno se le pegan cosas, dinero por ejemplo, en el centro de trabajo, justificamos nuestras acciones diciendo que hay que defenderse, que no se puede ser bobo, o tal vez que se trata de una justa compensación por lo poco que nos pagan. Pero si un compañero se comporta de igual manera, entonces es un gato, un corrupto, un ladronazo, abusador, y malversador.
4) Si hablo mal de los demás es sólo por practicar la crítica constructiva. Pero si otros hacen lo mismo, ya son chismosos, criticones y hasta calumniadores.
De lo dicho se colige que los humanos gozamos de una capacidad de autoengaño infinita, y que la caridad fraterna no se nos revela muy fácilmente.



Eduardo Barrios es escritor y sacerdote de la orden jesuita. Ha trabajado como consejero en el Colegio de Belén y celebrado misas en varias parroquias de la ciudad de Miami. Actualmente oficia en St. Raymond Catholic Church en Coral Gables y escribe artículos controversiales para El Nuevo Herald. (ebarriossj@gmail.com)

           

Monday, July 11, 2011

FRANCIS ACEA: FORBIDDEN POETRY OF A GOLDEN LEAF


Francis Acea: Golden Years. Painted park-picked leaf and decorative frame, 19 x 16 in. 2007



By  Dinorah Pérez Rementería


   In his famous treatise Utopia, Sir Thomas More affirmed: “there are many things that in themselves have nothing that is truly delightful (…), and yet, from our perverse appetites after forbidden objects, are not only ranked among pleasures, but are made even the greatest designs, of life.” Gold has been historically associated with wealth, health and prosperity, because of its non-corrosive properties and attractive color. The book of Exodus in the Old Testament, for instance, talks about offerings of gold brought up to God. These offerings were made by Moses and the rest of the Israelites, after having been rescued from the Egyptian Empire where they were forced to serve as slaves for many years. Gold is, of course, a symbol of money. People have organized gold rushes while “alchemists” have tried to (re)create the powerful metal in their laboratories. Although gold also has negative connotations, we still tend to see “golden” things like medals, teeth, rings, earrings, and Globes as a sign of affluence, incentive and reward.
   Francis Acea shows his collection of tree leaves at Pan American Art Projects. Purposively isolated from the rest of the artworks, the assortment of leaves becomes the most controversial element of the artist’s Doing Business as…series. The concept of business intersects with that of spirituality and ritualistic practices. The artist “sanctifies” the leaves by covering them with a golden coat as though they were consecrated to the divine Business Beings (riches, success, and public recognition). Through the process of sanctification, the art of doing business develops into a sacred ritual in which the main source of inspiration is none other than making money. Hasn’t money indeed befitted a spiritual motivation among the people? Tree leaves may be considered a mark of regeneration of the human race, and here they have been beautified, set apart, and preserved within ornamented frames.
    Acea’s leaves propose a new understanding of concepts like kitsch and pop as a means of purification and conservation. In contrast to Jeff Koon’s sculptures that magnify banality, apathy and inertia while serving themselves as “playthings for the rich” or tributes to tackiness, as many critics suggest, Acea’s leaves teach us how to gracefully embrace the poetry of our lives although we can’t escape from a noxious, unhealthy desire for achievement and success. Sometimes, ordinariness and repetitiveness are very helpful in the task of fulfilling business goals. Why, then, do we feel so afraid to recognize that trivial, “unimportant” things of life play a role as significant as our most precious thoughts? In reference to the underlying principle of his masterpiece The Importance of Being Earnest, Oscar Wilde announced that “we should treat all the trivial things of life seriously, and all the serious things of life with sincere and studied triviality.” In other words, even if we were conscious of the ludicrous character of our surroundings, we would have to learn to polish certain skills that help us assume an influential yet flexible position in it. That is why, people’s attitudes very often may not be consistent with the way they would genuinely think or act. Such postures, nonetheless, are thought as having a great value in achieving success.
    How do we define success, however? Can’t we be successful at observing the buried structure of a golden leaf? Is success invariably connected to business and money? The thirst for success can derive from societal pressures that induce us to foolishly judge ourselves and others, and it may also relate to our perverse appetites after forbidden objects, things that are not “truly delightful,” for their very features are elusive. In truth, irrationality and non-sense are intrinsic ingredients of the world we live in. (Shouldn’t there be any other worlds available?). Many crucial playwrights like Beckett, Ionesco and Genet have successfully exposed the pointlessness of theirs in their work. Similarly, Francis Acea illustrates to what extent making art has transformed into a cloaked traders’ village, a golden farce, a joke that, for some incongruous reason, we still feel compelled to worship and praise. 

  

Sunday, July 10, 2011

YERBABUENA PARA LA PRINCESA, UN CUENTO ORIENTAL



Por Eduardo Rodríguez Solís

De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 79. 6-10-11)


Tulipán, princesa de To-Lang, estaba enferma de amores. Casi no dormía, lloraba todas las noches, y la gente murmuraba que sus lágrimas ayudaron a formar el río más caudaloso de China. Su gran amor, el amor de sus amores –la princesa no era santa: había tenido otros pequeños amores antes de que su gran amor llegara- se había ido a combatir al otro lado del mar.
La princesa pensaba mucho en el soldado, quizás demasiado. Se lo imaginaba caminando cerca de ella, uniformado y portando su espada, lista para defenderla de las malas influencias. Le picaban los ojos de tanta lágrima derramada y necesitaba hierbabuena, de la que crece en las regiones frías.
Un día, después de laborar, los vecinos de la aldea de Sun-Cheng decidieron llevarle hierbabuena a Tulipán, pero no querían pronunciar el nombre de la planta como lo haría su princesa, sino que eligieron humildemente llamarla “yerbabuena”, como corresponde a los que no tienen sangre real. Los vecinos de Sun-Cheng recolectaron y subieron a su barcaza varios costales de yerbabuena para la princesa Tulipán.
La embarcación parecía una nuez partida, virtuosa, diseñada como para que no se hundiera nunca, universo lleno de vida, como rezaba un verso oriental muy antiguo. Pero el mar, en esa época del año, estaba inestable. Se movía frenéticamente y casi no dejaba que las embarcaciones avanzaran. Esperando su hierbabuena con paciencia de princesa, Tulipán, que estaba enferma de los ojos, se entretenía en escribir poemas de tercer grado.
  -“La soledad me mata, consume mi alma… Pero él está ahí, volcado en mí…”
Y se acercaba a la ventana de la torre, parada en puntillas, tratando de mirar al horizonte. Pero ni llegaba el enamorado, ni la barcaza con hierbabuena.
De la ventana, vio cómo surgió el huracán Catalina de las aguas del mar. Sin saber qué hacer con tanta fuerza inútil, Catalina buscaba desesperadamente a quién embestir, molestar, y dirigió sus pasos hacia la barcaza de hierbabuena.
Lu-Lung, jefe de la expedición, pidió protección a los dioses, y Fu-Lum, mano derecha del sol, cubrió la embarcación con rayos protectores. La barcaza se mantuvo firme en su trayectoria hasta que arribaron a las playas de To-Lang. Allí estaban esperando todos los habitantes del reino, alegres, alborozados, pues su princesa encontraría al fin remedio para ojos tristes. Ayudaron a cargar la yerbabuena, y se fueron cantando tonadas, poemas de tercer grado, al encuentro de Tulipán.
Se abrieron las puertas del palacio, juglares y malabaristas inundaron la escena mientras la hierbabuena aliviaba a la princesa. Al poco tiempo, su amante regresó sin heridas de ninguna clase, y sonaron las campanas que anunciaban la boda real. Los vecinos de la aldea de Sun-Cheng plantaron cirios alumbrados a lo largo de las playas. De acuerdo a una vieja e ineludible tradición, dejaron ir la barcaza mar adentro, con una chispa encendida hasta que el fuego del amor la consumió. Así lo decían los dioses, y las coplas populares, y estaba recogido sutilmente en el valioso Libro de las enseñanzas, el más antiguo de los manuales que he leído.



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, July 9, 2011

ELLA SE ABRAZABA AL CUELLO DE UN CABALLITO CAFÉ



Por Eduardo Rodríguez Solís

De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 71. 5-31-11)

Unos caballitos de juguete. De ésos que ponen en las ferias. Que giran y giran mientras uno se marea… Eran un juguete de la nieta. Daban vueltas al compás de un vals extraño y pegajoso, que no era de Strauss.
Me quedé como engarrotado, viendo pasar tantos caballitos juntos. Observándolos cómo se reflejaban en los espejos ovalados. Fue entonces que regresé a aquella época, y los recuerdos se revolvían. Allí estaba yo, montado en un caballo blanco que relinchaba, en mi imaginación, y que estaba nervioso, y quería correr por el campo, libremente, hasta la cascada, que parecía la cabellera de una mujer hermosa.
En ese recuerdo loco, que traía tan adentro, tan sepultado en mi cabeza, apareció ella, una niña de pelo negro, vestida de azul, con pecas en el rostro… Sonreía felizmente, abrazada al cuello de un caballito de color café… Era una imagen frágil, que se desvanecía en el viento y que me impedía parpadear… Era mi novia, la dueña única de mi corazón, pasión que nace de la nada y crece, para luego esfumarse con el tiempo… Cosas de niños.
Yo iba cada sábado a la feria, me plantaba allí, hasta que ella aparecía con su vestido azul… La veía en secreto, en mis sueños, observando a las hormigas que cargaban pedazos de madera para construir su reino, el reino de las hormigas. Y queríamos transformarnos en hormigas nosotros también, y cantábamos entusiasmados unos versos que hablaban del camino largo y la madera bendita.
Y los recuerdos se borraron. La nieta creció y ha olvidado sus caballitos de juguete… Pasa en todas partes… Es la vida… Sólo hay objetos, recuerdos y sombras,  una especie de escalerita transparente que nos lleva al cielo.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Thursday, July 7, 2011

LAS PROVOCATIVAS FABULACIONES DE DAVID M. BOWERS




David M. Bowers: Fragile Ego's, oil on linen, 17 x 12 in.


Por Chaliang Merino


Para David M. Bowers la creación es una verdadera necesidad, aprendizaje constante, íntima comunión entre realidad y fantasía. La prodigiosa carrera de Bowers iniciada en la década del ochenta y aparejada a los predios del Art Institute de Pittsburgh en el que impartió clases por 10 años, estuvo signada, a partir de 1991, por su gran vocación como ilustrador. Artífice de numerosas portadas de libros e importantes revistas -TIME, Cigar Aficionado y Wine Spectator- y merecedor de notables distinciones y premios en el terreno de la ilustración, Bowers se inclina definitivamente, ya en el 2004, hacia la obra pictórica con grandes incentivos. Y aún cuando algunas de sus pretensiones estéticas y formales son modificadas en el mismo instante en que decide enriquecer su carrera como ilustrador dando paso a un período de total imbricación con la pintura, la impronta de Bowers ha estado imbuida de una intensa voluntad de investigación conceptual y técnica desde las más tempranas facetas de sus incursiones en el ámbito de lo visual. Incitada por el espíritu del dibujo ilustrativo y alentada en depuradas técnicas utilizadas por los grandes maestros, la poética de Bowers manifiesta, con provocadora fascinación, un universo sensorial en el que nos sentimos partícipes.




David M. Bowers: The Secret, oil on paper, 14 x 20 in.


En la obra de Bowers existe espacio para la transformación espiritual, para la ingenuidad amorosa, para la denuncia de ciertos conflictos existenciales, para ridiculizar vicios y poderes y también para asumir, con el mayor de los riesgos posibles, el experimento de la creación. Si bien el artista busca denodadamente expresar con belleza las ansiedades del hombre, sus obras no poseen un sustrato narrativo o histórico sino de alusiva y sugerente contemporaneidad. Bowers no colabora con el azar ni el accidente; su agudo conocimiento de la Historia del Arte liado a la gran atracción que siente por la pintura holandesa del siglo XVII, le incitan a lo previsible, a lo exactamente premeditado. Obras como Paulina’s Dream II, Fantasy Friend y The Last Angel conforman elocuentes historias, comentarios sociales, reflexiones de gran sustrato antropológico. Pero lo más interesante en la obra de Bowers, además de la maestría con que logra crear una unidad orgánica de alucinante hiperrealismo en la que confluyen atmósferas surreales, destellos fantásticos, luces y sombras de tiempos pasados, es que encuentra en los recursos del simbolismo, las alegorías de sus inquietudes. Tijeras, manzanas, muñecos, máscaras, rosas y sombrillas, por sólo citar algunas, nos brindan las claves del desciframiento.                                      
De la mano de David M. Bowers cobra vida el genio creador. Una manzana, fruto prohibido, conmovedor signo poético, nos recuerda la imperfección de nuestras almas, el lado oscuro del corazón. ¿Dónde radica “el secreto”? The Secret, autorretrato del artista, no es sólo una  hermosísima metáfora sobre la creación, la esencia del arte, su historia, la eternidad, sino también un silencioso grito que nos insta a mirarle a los ojos con sincera devoción, como quien buscara, a ratos, los significados perdidos.


Chaliang Merino es especialista y crítico de arte. Recibió su licenciatura en Historia del Arte en La Universidad de La Habana, Cuba. Actualmente cursa estudios de maestría en la especialidad de Art Management en Saint Thomas University y funge como directora de Imago Art Gallery, Miami. (http://www.imagofineartgallery.com/)

SUNSET BOULEVARD Y RASHOMON: ANOTACIONES CRÍTICAS


Por Anamaría López-Abadía
                              
Entre las películas Sunset Boulevard y Rashomon surgen inmediatas asociaciones en su gusto por lo metacinematográfico y preocupación por la realidad de su tiempo. Así, por ejemplo, la reflexión sobre el ser de la narración fílmica y su lenguaje, modos de contar y puntos de vista son una constante en ambos films. No sólo sus historias son contadas por alguien, sino que además en los dos casos sus narradores no son “confiables”: en Rashomon, porque los cuatro testimonios se contradicen abiertamente; en Sunset Boulevard, porque quien cuenta es nada más y nada menos que un muerto. Y es en este punto, sin embargo, donde el uso de flashbacks o narración en retrospectiva, en una y otra película, viene a compensar esa incredibilidad, ya que en esa mirada hacia atrás los hechos se muestran con la humildad y la comprensión de quien habla desde la madurez, legitimando un destino humano por encima de las notas caprichosas y el carácter voluble de sus figuras. Una madurez de experiencia sufrida que se manifiesta desde el principio en los lugares en que se ubican las historias: el templo derruido de Rashomon y la mansión “abandonada” de Sunset Boulevard.



                                                                 Sunset Boulevard, 1950

De manera sugestiva los espacios reflejan un tiempo que está, como el título anuncia, en pleno “ocaso” o decaimiento. Ante las producciones americanas que primaban en la época, cuyo “realismo sin denuncia” y finales felices eludían la pobreza y los tipos que surgían de las clases sociales desamparadas y decadentes, B. Wilder expone un mundo en crisis en Sunset Boulevard que no evade ninguna de estas realidades y que abarca desde la actriz estrella del cine mudo que ya no encuentra su lugar en el medio, hasta Joe Gillis, quien, recordemos, no consigue trabajo porque no había ninguno, “nada”, como dice el personaje de Sheldrake en la película, “Not even if you were a relative”. La Lista Negra (1947) había causado graves estragos a las compañías de cine más prestigiosas de Hollywood, pero entre 1948 y 1953 todo el gremio se vio afectado por una crisis aún mayor: la introducción de la televisión y la consecuente reducción del público cinematográfico a la mitad (de 90 millones de espectadores semanales a 45), dejando a miles de personas sin trabajo, como diría el crítico de cine uruguayo Alsina Thevenet.     

                                                        
                                                                      Rashomon, 1950

Más o menos lo mismo se evoca en Rashomon, si bien ahí el mundo representado es el de la destrucción y el sentimiento de desorden después de “guerra, terremoto, vientos, fuego… la plaga” y los desastres de un año tras otro. También el cineasta japonés Akira Kurosawa abarca una amplia gama de tipos, la mayoría gente de clase baja, el samurai y su esposa. No obstante, quizás en lo que más coinciden estos mundos convalecientes no es en exponer la visión hasta entonces templada y segura de las instituciones (Hollywood en Sunset Boulevard; la ley y el matrimonio en Rashomon), ni en poner en duda los arquetipos honorables de una sociedad (la actriz más representativa de la época dorada del cine hollywoodense; la figura del samurai en Japón), sino en la oscura verdad que trasuntan la mayoría de sus personajes como personas, que viven con espontaneidad una vida ficticia y ajena, y donde, como sugiere el poeta Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego “unos gastan la vida en busca de algo que no quieren, otros la emplean en buscar lo que quieren y no les sirve; [y] otros todavía se pierden” (292).

Wednesday, July 6, 2011

REFLEXIÓN FILOSÓFICO-TEOLÓGICA





Por Eduardo Barrios, S.J.

¿Cómo explicar que hay personas que manejan asuntos serios juguetonamente y que al mismo tiempo asumen tan en serio los juegos?
¿Cómo explicar que existen caballeros que peinan canas o lustran calvas que se lanzan a la calle brincando ebrios de júbilo como párvulos a la hora del recreo?
¿Cómo explicar que incluso hombres con nervios de acero, capaces de enfrentar situaciones estresantes durante horas en mesas de negociaciones, tengan que apagar a ratos el televisor por miedo a que su sistema cardio-vascular sufra un desajuste a causa de las bases llenas, acompañadas de dos outs, tres bolas y dos strikes?
Éstas y otras tantas cuestiones exigen respuestas ponderadas. Intentemos desbrozar el camino esperando que intelectos más agudos logren elucidarnos el misterio del deporte.

IMAGEN DE DIOS
Si el hombre es imagen de Dios, como sostiene la visión antropológica del Judeo-cristianismo, habría que buscar en Dios mismo la propensión de los humanos hacia el juego.
Las páginas bíblicas presentan a Dios disfrutando lo que hace. El relato genesíaco muestra al Dios creador procediendo por etapas, un poco como el niño que se concentra en armar o ensamblar un juguete de varias piezas. Hay un texto sapiencial que llega al extremo de presentar a la Sabiduría Divina en actitud lúdica durante el proceso de creación: “Jugaba sin cesar en su presencia; jugaba con el orbe de la tierra, y mi alegría era estar con los hombres” (Proverbios 8, 30-31).
Si Dios juega, también se espera que jueguen sus criaturas, sobre todo las que fueron inspiradas por la naturaleza de Dios, sus imágenes. De aquí se desprende que la propensión a lo lúdico pertenece a la raza humana. Aunque la necesidad de jugar se acentúa en los primeros años (infancia), esa tendencia se mantiene viva durante el resto de la vida, volviéndose a intensificar en la tercera edad (¿segunda niñez?).
Nuestra reflexión nos lleva a concluir que el ser humano no es solamente “homo sapiens”, sino también “homo ludens” [1].


AGRESIVIDAD
Aunque el ser humano sería elegido como reflejo de Dios desde el principio de los tiempos, el hombre debe admitir que la suya no es sino una imagen desfigurada por el pecado, en la que se encuentran actitudes que no reflejan la santidad de Dios, como, por ejemplo, la agresividad. Los seres humanos tienden a reaccionar violentamente en situaciones de conflicto, lo cual desata las guerras.
La agresividad humana se exacerba en tiempos de paz. ¿Cómo encontrarle un cauce no cruento a tan vehemente pasión? Parece que el deporte serviría como válvula de escape a la agresividad reprimida.
De hecho los analistas deportivos suelen valerse del léxico castrense cuando exponen las maniobras del juego en términos de ofensiva y defensiva. Los redactores deportivos también hacen uso frecuente del vocabulario bélico al redactar sus crónicas. Como resulta poco atractivo decir que los jugadores le batearon al pitcher, entonces dicen que lo “bombardearon”. Si, en cambio, el pitcher lanza dominante, entonces “liquida” a los bateadores. Para no repetir que el catcher sacó out a un corredor que estaba en camino hacia segunda base, escriben que “fulminó al osado corredor en su conato de robo”. A veces los cronistas se pasan de raya en su fervor belicista y llegan a escribir que “un equipo aniquiló, trituró, demolió, masacró, aplastó al equipo contrario”. ¡Por favor! Bueno, menos mal que, como dirían los niños, “son guerras de mentirita”.


IMPREVISIBILIDAD
Al ser humano le fascina lo impredecible e imprevisible. El deporte fascina, porque nadie sabe el resultado final. Quienes afirmaban que ganarían los Yankees o los Marlins pecaban de adivinos. No se sabía. No hay equipo cabecero que no pierda juegos, ni equipo sotanero [2] que no gane algunos. El béisbol mantiene en vilo a jugadores y espectadores hasta el último out, porque “el juego no se acaba hasta que se acaba,” como diría el legendario atleta Yogi Berra.
La fascinación por lo desconocido aumenta a medida que disminuye el campo de lo imprevisible. Por ejemplo, nuestros antepasados no sabían el curso que seguirían los ciclones. ¡Cuánto naufragio! Actualmente nuestros meteorólogos caribeños predicen la trayectoria de los huracanes con precisión suiza.
El deporte va quedando como la última frontera para el suspense.


 REFLEXIÓN MARGINAL
Es legítimo alegrarse por cada triunfo de los Marlins que nos posibilita saltar como estado (de la Florida) a los titulares mundiales no por coleccionar funcionarios corruptos, narco-tráfico o escándalos faranduleros, sino por algo sano y refrescante como son las hazañas deportivas que nos recuerdan el pasaje bíblico de David y Goliat. Ojalá los funcionarios públicos lograran dotar a Miami de un stadium bajo techo, donde se pueda jugar sin temer a los aguaceros estivos, tan imprevisibles como el resultado mismo de los juegos.


Notas


[1] Este término nos refiere al concepto del “hombre que juega” defendido por el historiador y teórico holandés Johan Huizinga.
[2] La palabra sotanero se utiliza para describir al equipo que ocupa el último o uno de los últimos puestos en la escala oficial de la competencia deportiva.


Eduardo Barrios es escritor y sacerdote de la orden jesuita. Ha trabajado como consejero en el Colegio de Belén y celebrado misas en varias parroquias de la ciudad de Miami. Actualmente oficia en St. Raymond Catholic Church en Coral Gables y escribe artículos controversiales para El Nuevo Herald.  (ebarriossj@gmail.com)

TRES, DOS, UNO

                           



       La mujer, el hombre y la naturaleza. Existe Dios o nada es, ni la esperanza de alcanzarte, el nuevo mundo. Dios pensó en mí cuando fabricó las ardillas y la brisa suave. Alegran el corazón. Creo, creo, creo. Veo tantas cosas, tanto amor por todas partes, apartarme de la queja para escuchar su voz. Ya sé que no es muy fácil creer en Dios, pero se me antoja más difícil no creer. No tengo que verlo siquiera sino saber que existe, luego puedo encontrarlo, descubrirlo, como mismo Él me buscó a mí. ¿No será acaso Él lo que tú extrañas, su refugio, su ilimitada devoción? Si quieres conocer a Dios, madruga, híncate en un rincón donde nadie te vea, entrégate a Él, pídele que te deje entrar, dile que no puedes más, que no sabes qué hacer. Luego abre tus ojos y afina el oído. Dios puede sorprenderte en la esquina de un parque, sentada en el lobby de una clínica o mientras visitas el Jardín Infantil, un encuentro único al que ningún extraño tiene acceso, ni el pastor que ejecuta la ceremonia, ni los piadosos y fieles camaradas que acuden a la iglesia el domingo en la mañana.
       Despiertas como de un viejo letargo, recorres rostros, pétalos azules, olores, sabores, memorias que existen únicamente para ti.

Tuesday, July 5, 2011

UN SUCESO INDISPENSABLE

                                         


        La fe mueve montañas. Persisto en el amor de Dios, su presencia en mi vida, misericordia, abrazo matutino. Busco señales, persigo sonrisas, dominar mi pensamiento. El Señor protege, el Señor bendice. Fue un milagro conocerte, un regalo. Cada uno camina por un puente movedizo, cuestiona a los demás, mete las narices donde no lo llaman, desconfía de la pureza y la humildad, hurga en los escondrijos de la mente, encuentra motivaciones secretas. Escuchamos un llamado, un quejido leve de nuestro corazón, una frase reveladora, la aprobación genuina que quisimos recibir por mucho tiempo, y que llega sorpresivamente como la mayoría de edad. Sin saber de dónde viene, o por qué existe, aceptamos el mensaje sin palabras, aquel que no puede entenderse porque no se ve, va desapareciendo con los años, golpes, arañazos, aprendemos a dibujarlo, mascullarlo, tararearlo, hasta que se convierte en suceso indispensable. Hemos sido convidados al gran banquete, hay sitio para todos, pequeños y grandes, los de allá y los de acá, acaso puedas elegir tu puesto, el tuyo tuyo y de nadie más, trazar un camino con migas de pan, abrir una puerta o una ventana, ¿una rendija?, dibujar una flecha para el que viene atrás.