Saturday, July 19, 2014

GARABATO No. 71



 

   Por Eduardo Rodríguez Solís

 
      El viejito hacía florituras con un balón de soccer. Con un pie aventaba la bola para arriba y luego la botaba varias veces sobre su cabeza… Después, dejaba que el balón resbalara sobre su espalda y… Zas… La aventaba para arriba nuevamente.
      Todo esto lo hacía al lado de su canasta, donde tenía banderas de algunos países que competían en la Copa del Mundo. Vendía estos objetos a precios “regalados”.
      Este extraño personaje traía, colgado al cuello, un radio de transistores que sonaba con mucha claridad. Ahí, se repetía y se repetía, una interpretación muy buena de “Corcovado”, de Antonio Carlos Jobim. Varios artistas rasgaban con fineza sus guitarras… Bella y tonificante música carioca…
      --Pues nosotros ahora nos vamos al Corcovado. Queremos estar cerca de ese Cristo inmenso, que se puso encima de la montaña –dijimos con algo de alegría.
      --Es la montaña del Corcovado, que en español es “jorobado” –dijo el Viejo.
      Supimos entonces, por boca del viejo, que ese Cristo primero se iba a esculpir con las manos ocupadas. En una mano iba a llevar el mundo entero, y en la otra iba a sostener una cruz. Pero, el escultor francés optó por poner al Redentor con los brazos abiertos, como protegiendo a Río de Janeiro.
      Y se edificó primero la base de ocho metros de altura, desarrollando después al Mesías con treinta y ocho metros de altura.
      Y se hizo una terraza con un barandal.
      El fabuloso proyecto se hizo en cinco años, y el doce de octubre de 1930 se inauguró la obra, y desde Italia se iba a activar un switch y las ondas iban a viajar hasta Brasil, para iluminar al Redentor. Pero el experimento de Marconi falló a causa de una tormenta, y la iluminación del Cristo del Corcovado se hizo entonces desde el propio Brasil.
      El viejo que hacía gracias con el balón de futbol, el mismo que vendía banderas, sacó entonces un frasco que contenía unos pedazos de piedra. Era lo que quedó de un dedo que perdió la prodigiosa estatua.
      --Fue cuando hubo una tormenta eléctrica y muchos rayos cayeron sobre Río de Janeiro.
      Entonces nosotros tocamos aquellos restos del dedo del Redentor.
      El viaje hacia el Cristo del Corcovado costó su trabajo. El camino, que zigzagueaba, casi no tenía fin. Pero el pequeño ferrocarril eléctrico llegó a su meta.
      Y cuando nos pusimos a observar el paisaje nos llenamos de una energía vitalizadota.
      Y cuando vimos a la gente que se movía allá abajo, comprobamos que al lado del Redentor, ahí, en el Corcovado, todos éramos iguales y no había ningún tipo de distinciones. Todo estaba en franco equilibrio.
      Pensamos entonces que el malinchismo está en todos lados… No es un mal de los mexicanos, sino un defecto del mundo entero.
      Ese Cristo Redentor había sido esculpido por alguien que nació en Francia (Paul Landowski), en lugar de un artista absolutamente brasileño.
      Pero así somos. Desconocemos los valores propios. Somos malinchistas de corazón.
      Viajamos para conocer mundos nuevos y compramos tenis fabricados en Polonia, China o Estados Unidos. Y regresamos a nuestro país y nos olvidamos del “huarache”, que también te puede llevar muy lejos… Hasta más arriba del Corcovado.
 

 
 
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

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