Saturday, July 5, 2014

GARABATO No. 68



     
 
Por Eduardo Rodríguez Solís

 
      Emilio Cazador, niño de nueve años, se quedaba solo en su casa, y se entretenía viendo a los pájaros que volaban de un árbol a otro.
      Luego, cuando sentía desesperanza en sus manos y en su cuerpecito, se subía al cerro que estaba atrás de su casa. Y ahí buscaba y encontraba piedras que podían ser buenos proyectiles. Y las iba guardando en un agujero que tenía cerca del arroyo.
      Y al mediodía, después de comer alguna manzana y unas zarzamoras, corría a su escondite y echaba unas piedras en una canasta que tenía forma de rana.
      Se trepaba entonces a un árbol muy alto, con todo y canasta, y desde arriba empezaba a aventar sus piedras, procurando siempre golpear los troncos de algunos árboles…. Pero se aburría y no sabía buscarse algún entretenimiento distinto.
      Hasta que un día tuvo la feliz ocurrencia de empezar a romper vidrios de las ventanas de algunos vecinos.
      Y esta locura lo tranquilizaba y lo hacía inmensamente feliz.
      Su padre, que llegaba muy tarde de su trabajo de minero, una vez llegó a su casa con un cartel que había desclavado de un árbol. Ahí, se ofrecía una recompensa por los datos de alguien que andaba rompiendo vidrios.
      --¿Tú, qué sabes de eso? –preguntó al pequeño Emilio Cazador.
      Y Emilio Cazador se quedó callado, y sus orejas se pusieron rojas.
      Al fin, el niño confesó su travesura y prometió no volver a romper vidrios.
      --Voy a tener que delatarte –dijo el papá de Emilio Cazador.
      Emilio Cazador, desconsolado, observó los ojos de su padre y no supo decir una sola palabra.
      Y dicho y hecho, el minero puso algunos letreros junto a algunos carteles que denunciaban la travesura.
      Y a poco, el minero tuvo que sacar de una jarra de barro la mitad de sus ahorros. Había que pagar dieciséis ventanas rotas.
      Luego, por consejo de un vecino que se llamaba Joaquín Smart, el minero puso un castigo a su hijo Emilio. (Este señor Smart veía siempre con malos ojos al Emilito Cazador. Con decirles, amigos lectores, que una vez que vio a Emilio comiéndose una manzana, recogida en sus terrenos, lo corrió a gritos y sombrerazos de su propiedad.)
      El castigo hacia el niño era tremendo. Con piedras traídas del río y la ayuda del barro, tenía que hacer una barda divisoria entre la propiedad del minero y los terrenos de Joaquín Smart.
      El pobre de Emilio Cazador se pasó el verano completo haciendo la obra, y al concluir terminó con terrible dolor de espalda.
      Pasó el tiempo, y la locura de romper vidrios de ventanas ya pertenecía al pasado del niño Emilio Cazador.
      Pero una noche, que el niño Emilio miraba las estrellas, supo comunicarse con algún dios travieso (que a veces los hay detrás de alguna nube), y mencionó la fea palabra venganza.
      Y un día, en aquella comarca de casitas con techos de dos aguas, sobrevino un temblor de siete grados. Estuvo fuerte la sacudida. Pero no hubo heridos, y los únicos daños materiales sucedieron en la casa de Joaquín Smart, quien había aconsejado el castigo hacia el niño Emilio Cazador.
      Todos los vidrios de sus ventanas se hicieron añicos, y hasta sus copas de vino se volvieron polvo de vidrio.
      Qué cosas que pueden hacer los benditos dioses…  


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

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