Wednesday, March 12, 2014

GARABATO No. 51

Foto: Marangeli Franco

      
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Estaba en una cornisa del piso setenta. Para abajo, la gente que se movía parecía parte de una comunidad de hormigas. Y si volteabas para arriba, si no te vencía el vértigo, podías ver con más precisión las formas de las nubes.
      Apoyaba con cuidado las palmas de sus manos en la cornisa, y trataba de evitar los desechos de las palomas, animales que tenían diversos colores… Había blancas, grises, azuladas, verdes y bien campechanas. Y nuestro amigo se reía del término “campechano”, que significaba colores mezclados.
      Respiraba con mucha libertad. Es que estaba arriba de los humos venenosos de los motores. También sentía sus ojos ajenos a la “picazón” que se sufre si uno anda sobre aquellos grises pisos, que se fabrican fuertes como rocas.
      Pensaba en ese amor que se le había ido de las manos. Y aquella mujer de cabellos dorados, que tanto había querido, se había ido con otro, quedándose él en la soledad aplastante, desagradable, absurda.
      Y cuando sentía que se le estaban durmiendo las piernas, por la dureza de la cornisa y por el efecto de su propio cuerpo, movía con cuidado sus asentaderas, no fuera a despegarse alguna parte de la dichosa cornisa.
      Y ese temor se basaba en la edad del edificio… Cien años era mucho tiempo, y el cemento podía haberse debilitado… Por eso, los movimientos tenían que hacerse con cautela, con mucha cautela.
      También había que “torear” a los vientos. Y se reía del término “torear”, que significaba esquivar o “cabecear”… Un ventarrón fuerte podía terminar con una caída al vacío.
      Y, ¿por qué estaba sentado en esa cornisa? ¿De dónde había salido esa locura?
      Había sus razones.
      La vida, a sus treinta y tres años, se había vuelto muy aburrida. No había cosas nuevas, no había sorpresas. Todo era igual, monótono.
      ¿Para qué vivir si el dulce mañana ya no existía? ¿Para qué vivir si los colores y los animales que nos rodean ya no son los que veíamos en la niñez?
      Y hacía esas reflexiones mientras el minúsculo mundo se movía en diferentes direcciones, allá abajo, donde se pisaba el frío cemento.
      Entonces se levantó en la propia cornisa, y sintió que una losa se movía, y escuchó el ahhh de la poca gente que lo observaba.
      Y respiró profundamente, y quiso pedir permiso a sus padres, pero no lo hizo, y vio para arriba y observó de verdad a algunos ángeles escondidos detrás de las nubes… Y se quiso ir volando, primero hacia arriba, pero definitivamente se fue hacia abajo.
      Y el cuerpo de nuestro amigo se volvió un bólido. Y en cinco segundos aparecieron en su mente algunas fotografías de su triste y miserable existencia, y luego sus sentidos se esfumaron y, gracias a los cielos, no sufrió en carne y hueso los embates del último encontronazo contra el piso gris.
    
    
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


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