Saturday, March 8, 2014

GARABATO No. 49


Foto: Isabel Pérez Lago
   
   
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Iba caminando como todo un artista del mejor circo del mundo. Llevaba vestuario multicolor y su rostro era blanco, como mimo, como Marcel Marceau.
      Equilibraba un palo de escoba, y arriba de la punta del palo llevaba una pelota de playa.
      Arriba de la pelota iba una silla, apoyada en una pata, y arriba de la silla iba un botellón de vidrio verde.
      Arriba del botellón iba un maniquí femenino, y en la cabeza del maniquí iba una casa enorme de muñecas.
      Arriba de la casa iba un gorila de cerámica, y sobre la cabeza del gorila iba un turbante como los de Carmen Miranda, con frutas y plátanos de plástico.
      Cuando era visto por mucha gente, aventaba el palo de escoba para arriba y lo cachaba con la otra mano. Y cuando hacía esto, gritaba como el Tarzán de la película blanco y negro.
      Cuando llegaba la noche, cuando era la hora del descanso casi eterno, cuando se imponía irse a la cama, clavaba su palo de escoba, con todo lo que llevaba arriba, en el patio de la casa.
      Y cuando soñaba, si es que soñaba, iba siempre caminando, siempre caminando, con su palo de escoba y todo su tinglado.
      Luego venía el kikirikí de todos los días, el canto diario de los amos de las gallinas, y nuestro ilustre personaje se ponía desodorante o se daba un baño vaquero (parte vergonzosa delantera, parte vergonzosa trasera y patas), se vestía como siempre, y se salía a caminar, después de haber comido un pedazo de pan duro y un poco de leche amarga, pasada de tiempo.
      Iba entonces, de nuevo, equilibrando su palo de escoba, con todo lo que llevaba arriba y, a veces, como ya sabemos, cuando había público, aventaba su armatoste para arriba y luego atrapaba su palo con la otra mano, y de su boca salía el grito de Tarzán.
      Hasta que, siendo ya muy famoso, lo hicieron llegar a las Cataratas del Niágara. Y ahí, quería volverse el artista más grande del mundo, al cruzar las peligrosas cataratas.
      Y llegó el instante deseado… Sonaron las trompetas y retumbaron los tambores militares… Y empezó el divino show.
      A medio camino (oh, dioses inmortales), vino un viento tempestuoso y nuestro amigo se fue volando, dando vueltas, sin soltar su palo de escoba, pero con sus cachivaches saltando por todos lados.
      Los que observaban el gran acto circense lo vieron todo. Pero la tragedia se les olvidó pronto. Sólo les quedó el rumor de angustia del grito de Tarzán.
      Nunca se recuperó el cuerpo del artista. Sólo, como cinco años después, en alguna laguneta alejada de las caídas de agua de las Cataratas del Niágara, se encontraron el palo de escoba y el turbante de Carmen Miranda, con sus frutas y sus plátanos de plástico.
      Y se cuenta, hasta en un corrido ranchero que, a veces, cuando hay mucha gente en las famosas cataratas, se escucha, muy lejos, el dolido grito de Tarzán.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

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