Wednesday, October 23, 2013

GARABATO No. 28





Por Eduardo Rodríguez Solís


      Un sábado, el león, que se creía el rey de la selva, se levantó al canto de los gallos, y se imaginó que se ponía un traje de charro mexicano. Esta vestimenta tenía botones con la bandera de México: verde, blanco y rojo.
      También se hizo ilusiones de que del cielo le caía una guitarra muy brillante, que tenía muchos listones verde, blanco y rojo.
      Ya disfrazado como buen charro mexicano, el león se salió de su escondrijo y se fue caminando entre los árboles.
      Todos los animales (ardillas, conejos y demás) lo vieron pasar y lo siguieron en su camino.
      De pronto, un búho que estaba trepado en una rama de un árbol milenario, le preguntó:
      --Eh, tú, león que te crees el rey de la selva, ¿sabes cantar canciones mexicanas?
      El león sacó de no sé dónde un cancionero, y dijo que todas las canciones que estaban ahí, en ese viejo libro, se las sabía al derecho y al revés.
      Como nadie dijo nada, el león tomó su guitarra y se puso a sacar de ella bonitos sonidos.
      Tomó aire y cantó una hermosa balada que hablaba de una muchacha que iba todos los días a donde caía una cascada de aguas transparentes.
      Cuando el león terminó su canción, le dio a cada uno de los animales que lo escucharon, una banderita mexicana verde, blanco y rojo.
      Entre los árboles, extrañamente, estaba una leona que se había escapado de un circo. Alrededor de su cuello tenía un collar dorado y entre sus orejas llevaba un sombrero rojo con una flor amarilla.
      Años después de esta ensoñación vivida por el león, el señor búho nos dijo que la leona del circo se volvió la esposa del rey de la selva, y que tuvieron dos hijos (macho y hembra), que siempre se distinguieron por tener una buena educación.
      El macho se volvió muy aficionado a la literatura y, con el tiempo, llegó a ser finalista del Premio Nobel de Literatura, de los animales… La hembra, se hizo una perfecta danzarina y pudo incorporarse como prima-dona en los ballets “atigrados-aleonados” de Montecarlo, la Habana y París.
      El padre y la madre de estos artistas hicieron su retiro en una cueva que estaba más arriba de las primeras nubes.
      El padre-león le cantó siempre bonitas canciones a la madre-leona. Esta costumbre diaria hizo que el amor que se profesaban se volviera un elixir que se explayó por todo el planeta.
      Por eso se recomienda aquí la adquisición de un cancionero mexicano. Ahí, y sólo ahí, está la solución que borra tristezas y sinsabores.



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


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