Thursday, July 4, 2013

GARABATO No.15



   
Por Eduardo Rodríguez Solís

          
Este es un escrito que yo quiero que llegue a los dominios eternos de los dioses de esta Tierra y de todos los planetas. Cuando lo concluya lo voy a aventar por todos lados y voy a hacer nacer vientos que se lo lleven para arriba, hasta cerca del Sol y la Luna, y las estrellas. Ojalá y mis deseos se hagan realidad. Y si no es posible esto, por lo menos descansará mi alma. Claro que sí.
Si alguno de los dioses lee las palabras y entiende mi sentir, que me ayude en el trance. Que derrame sobre mí y sobre el universo que me rodea cosas benignas. Que haga lo que su voluntad quiera. Y que sea lo que los ángeles (que también son dioses) digan.
Enfrente de mi casa respira un muchacho de la China, que es muy sonriente y un tanto jovial. Una vez me vio que yo tiraba restos de lo que fue una pecera. Alguien había dejado estos plásticos y demás en el patio de una casita que rentamos. Yo me llevé todo este mugrero a mi casa y lo estaba colocando, en cierto orden, para que se lo llevara el camión de la basura. El muchacho de la China me dijo que él se interesaba por esas cosas, y que él iba a armar de nuevo ese rompecabezas de plásticos. Recogió entonces los pedazos de la pecera.
Luego, me invitó a entrar a su casa y me mostró una pecera gigantesca, repleta de minúsculos peces de colores. Qué belleza de visión. A través de los ventanales se veía una parte del Jardín del Edén.
Supe después que ese monumental reino submarino se había venido abajo, y todos los peces habían muerto. Fallaron las bombas de oxígeno o hubo desidia o flojera en el muchacho de la China.
Ese mismo hombre tenía dos perros, muy bien alimentados. Estos animales grandes eran grandes amigos de un perrillo negro, que se deslizaba por debajo de una barda de madera. El animalito era propiedad de una señora, que en otros tiempos fue cantante popular.
Este pequeño can también se salía de “sus casas” y andaba corriendo de jardín en jardín, y hasta se pasaba del otro lado de la calle. Y cuando un desconocido aparecía, ladraba con mucho ímpetu, y parecía que avisaba de los peligros que traían los desconocidos.
Hasta que llegó a la calle donde yo vivo una muchacha vietnamita. Ella era la encargada de repartir el correo, que es igual a los emails que recibimos en la computadora: 70% de mugre, contra 30% de cosas que valen la pena. Pero esta muchacha, chaparrita, muy bonita, les tiene miedo a los perros. Y esta virtud se les transmite a los perros, y entonces los animales le ladran con fuerza… Y uno piensa, de verdad, que uno se va a morir devorado por ese perro cochino, que no tiene mamá.
La muchacha vietnamita hace un reclamo a las oficinas del gobierno de la ciudad y transmite la peligrosidad del perrito negro. Y entonces un día llega a la calle donde yo vivo una chica que trabaja para la Ciudad, y viene en una troca y lleva vestimenta de explorador de las selvas. Saca sus enseres y prepara una jeringa, que luego coloca en una pistola, y zas, todo está listo.
La exploradora apunta su arma hacia el perrito ladrador y “peligro de la sociedad”, y zas, por poco se autoclava la jeringa que te puede dejar dormido medio día. Y la jeringa, que lleva unas tiras de color naranja, queda a escasos milímetros de una de sus botas.
Entonces prepara otra carga, pero no se ha dado cuenta que la pistola, cuando la disparas, se mueve con fuerza a la derecha. Y ni con chochos piensas que hay que sujetar el arma con las dos manos. Luego viene el segundo disparo y hay una falla de unos veinte pies.
Ante los ruegos “de que deje en paz al perrito, porque no hace nada”, decide la exploradora de las selvas dejar una nota en la puerta del muchacho de la China. Todos los vecinos ahí reunidos, amigos del perrito peligroso, respiran, porque la exploradora se ha ido con su troca, que nunca paró su motor, para conservar cool su cabina. (Treinta minutos de gasto innecesario de combustible o impuestos de la gente.)
Cuando toda la tempestad que daba vueltas alrededor del perrito simpático termina, alguien me dice que el muchacho de la China anda con la idea de deshacerse de sus dos perros grandes.
Qué tristeza embarga a los amantes de los animales que los dioses pusieron en nuestro mundo para acompañarnos en el camino de la vida. Los peces mueren y gatos y perros son lanzados a la calle porque la gente se ha quedado sin corazón. Y hasta los dardos asesinos con sus adornos de carnaval se vuelven cosa de todos los días. (Pero qué bueno que la destreza se ha ido de las manos del hombre. Así los dardos caen donde no deben.)
¿Y los dioses y los ángeles donde se han quedado? 

                        

Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


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