Friday, February 21, 2014

GARABATO No. 47



     

Por Eduardo Rodríguez Solís


      Leopoldo estaba entrando en una especie de locura. El ambiente que lo rodeaba era nebuloso, como si fuera una calle de Londres a las cinco de la mañana.
      No sabía qué hacer.
      Todas las tardes, cuando regresaba del taller mecánico donde trabajaba, se encontraba, en la esquina de Avenida D y Magnolia Street, junto a un letrero de “no vuelta a la izquierda”, un títere desgarrado, desconchinflado.
      Y como tenía buen corazón, y era muy compasivo y amigo de los juguetes, lo recogía con cuidado, y se lo llevaba a su casa.
      Ya en su departamento, se dirigía a una puerta, que tenía el letrero “cuarto de títeres”… Entraba y colgaba al nuevo inquilino en una de las cuerdas que iban de pared a pared.
      Pero, qué caray, ya eran más de una centena los títeres ahí colgados. La mitad hombres y la mitad mujeres. Y todos con vestuario distinto.
      Ahí, en ese tendedero, había payasos, magos, policías, bomberos, hombres elegantes, vagabundos, bailarinas, mujeres mal vestidas, mujeres bien vestidas, enfermeras, cocineras… De todo. Ahí había de todo.
      Pero lo desagradable de la situación era que a las doce de la noche, siempre, con luna o sin luna, se quejaban amargamente todos los títeres. Y en sus reclamos se escuchaba la urgencia que tenían de volver a actuar en un escenario.
      --Pero, ¿cómo voy a resolver ese problema? –se preguntó Leopoldo.
      --El asunto se resuelve si construyes un pequeño teatro de títeres –dijo una titiresa.
      --¿Y quién va a mover todos los hilos? –preguntó Leopoldo.
      Entonces un títere payaso dijo que los hilos los iban a jalar ellos mismos.
      --Unos títeres actúan y otros jalan los hilos –dijo una titiresa gorda.
      Usando tubos de metal y soldadura, Leopoldo y sus compañeros mecánicos hicieron el esqueleto del teatro, y las esposas de algunos compañeros de trabajo cosieron telas que se insertaron en los tubos.
      ¡Y el teatro más lindo del mundo quedó listo!
      Buscaron todos un lugar para colocar el teatro y se toparon de repente con un parque que tenía al centro un quiosco morisco.
      --Aquí van a ser las funciones –gritó Leopoldo.
      Y el día del estreno Leopoldo y sus compañeros mecánicos se disfrazaron de payasos y se pusieron a repartir volantes para que la gente se acercara al teatro.
      --Dos funciones. Dos. Dos funciones. Dos –gritaban los payasos, y se arremolinaba la gente.
      Las primeras dos funciones tuvieron gran éxito, pero sucedió algo muy extraño. Un viejito llegó con unos policías de verdad y acusó de ladrón a Leopoldo.
      El viejito, llorando, lleno de rabia, decía que Leopoldo le había robado más de cien títeres.
      Leopoldo se defendía diciendo que él se encontraba los títeres tirados y abandonados en la calle.
      En fin, el caso se fue hasta los tribunales y Leopoldo perdió en parte el caso, y tuvo que regresarle al mentiroso viejito cincuenta títeres.
      Y el día en que Leopoldo pagó esa multa de cincuenta títeres, todos los títeres del mundo lloraron, sin parar, más de trescientos días.
      Pero el resto de los títeres siguió con sus funciones en el quiosco morisco.
      Con algo de melancolía y con algo de tristeza se daban las funciones, y los títeres que actuaban pensaban mucho en los títeres que no podían actuar.
      Después de las tantas visitas a los juzgados y los enfrentamientos con los jueces de la implacable justicia, Leopoldo se maquillaba el rostro y se volvía payaso, para después ir por calles enlodadas y empedradas. Había que lanzar pregones para que la gente fuera a las funciones de títeres.
      Se ponía su nariz roja de bola, y hacía muecas y alharacas. Y pensaba que nuestro planeta, con gente que se iba y gente que nacía, tenía muchos oficiantes en cada rama. Eran demasiados los que querían ser médicos… Lo mismo sucedía con los carpinteros, los músicos y hasta con los títeres del mundo.
      Muchos hacían las cosas y muchos tenían que resignarse observando el trabajo de los afortunados.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


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