Monday, December 23, 2013

GARABATO No. 36





Por Eduardo Rodríguez Solís


      Era pequeño, del tamaño de un alfiler de costura.
      Siempre estaba inquieto y hasta cuando se iba a la cama les rezaba a los dioses para soñar en algo de mucha acción.
      Era amigo de las estrellas y de las ballenas. Con las estrellas construía leyendas fantásticas. Con las ballenas se imaginaba viajar a otros continentes.
      Y en una libreta apuntaba todas sus aventuras. En la página diez tenía una lista de ocho estrellas. Eran todas estrellas que cambiaban de lugar. Algunas eran como ángeles y algunas eran fantasmales.
      Una estrella se llamaba Colación, y era de muchos colores. Aparecía en el cielo después de los arco iris. Era esta estrella como hermana de la lluvia.
      Y esta estrella Colación una vez bajó del cielo para platicar con nuestro pequeño amigo.
      Y nuestro amigo, que se llamaba Alfiler Bendito, hasta quiso irse de regreso al cielo con la estrella Colación. Pero no pudo, porque desconocía las artes del vuelo.
      Y hablando de las ballenas, en la página veinticinco había una especie de leyenda triste.
      Es que la ballena se sintió desconsolada, por no tener amigos… Y se puso a llorar.
      Entonces nadó sin rumbo fijo y visitó todos los mares del planeta. Y en el más chiquito encontró a una veintena de caballitos de mar. Esos pequeños seres se llevaron a la ballena a un escondite que tenían entre las rocas de una entrada de mar.
      --Aquí tú puedes ser la reina –le dijeron los caballitos de mar.
      Pero la ballena no tenía espíritu tranquilo. Ella era llena de vida y siempre necesitaba ir en busca de otros oxígenos.
      En la libreta de apuntes del amigo de las estrellas y de las ballenas había un dibujo muy extraño. Era como una flor con pétalos que parecían espadas.
      El dibujo se doblaba a la mitad y, la sombra, a las doce del día, proyectaba una línea negra. Esa línea era la vida, la existencia de cualquier ser.
      Siguiendo la trayectoria de esta línea se podía llegar a una montaña, que le decían Punta del Paraíso.
      --Ahí está la entrada al cielo –decía nuestro personaje del cuento.
      Y no tenía que cerrar los ojos y se sentía como arrastrado hacia un lugar desconocido. Y el aire se acababa y ya no había fuerzas en las piernas.
      Luego venía una escalera muy empinada, que subiéndola era fácil y bajándola era casi imposible.
      Al final, estaba el verdadero principio de los principios.
      Nada más era cosa de empujar el gran portón de hierro. Y fierro contra fierro, se escuchaba un maullido intenso, doloroso… Y ya, el viaje terminaba.
      Un día alguien dio un manotazo sobre la mesa, y todos los alfileres se cayeron y se deslizaron hasta el suelo frío. Y nuestro amigo, que era delgado como un alfiler, perdió el equilibrio y, dando vueltas, se fue también hasta el suelo.
      Fue entonces cuando apareció un nuevo personaje en el cuento. Era un caballo blanco que parecía muy dócil, muy tranquilo.
      Nuestro amigo, Alfiler Bendito, se pudo subir al caballo y se fue a recorrer países muy distantes, y pudo aprender lenguas desconocidas. Y se volvió entonces, un erudito en las cuestiones de nuestro mundo.
      Y en uno de sus recorridos conoció a una mujer que vivía del jugo de naranja.
      Ella era experta cortadora de esos frutos y tenía una maquinita que le sacaba todo el jugo a sus naranjas.
      Ella decía que su jugo era natural, pero no era tan natural, ya que lo endulzaba con azúcar colombiana.
      Y un día Alfiler Bendito se empachó por beber diez vasos con jugo de naranja. Esta locura, que la hizo casi sin respirar, lo puso en estado de coma.
      Y su salvación se logró gracias a sus tantos rezos que le hizo a la Virgen de los Remedios.
      Después de ese percance, que sucedió cuando Alfiler Bendito tenía treinta y tres años, nuestro personaje renunció a las naranjas.
      Y su vida prosiguió llena de estrellas y ballenas, y llegó a convertirse en un viejo sabio que, con los ojos cerrados, podía describir los más esplendorosos paisajes.



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

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