Friday, February 1, 2013

GARABATO No. 2


     
Luz
 


 
Por Eduardo Rodríguez Solís     


      En un sueño, yo botaba de lo lindo. Pegaba en el suelo y me elevaba hasta casi las nubes y luego bajaba, siguiendo las leyes de Newton. Yo era de plástico o de hule y tenía en mi cuerpo redondo franjas azules y blancas. Y cuando quería sacaba de no sé dónde, manos, brazos, pies y piernas, y me movía por todos lados, como buena pelota que era… Porque yo era una pelota que botaba, como perfecto juguete de niño.
      Y recordaba en mi sueño, los tiempos en que me pusieron en una juguetería. Ahí estaba yo, pelota de franjas azules y blancas, entre compañeros del mismo dolor (pelotas todas), esperando que algún niño me deseara con vehemencia… Pero a todos se llevaban, menos a mí… Estaba yo lleno de mala suerte.
      Hasta que me llegó la hora. Un hombre de mediana edad me estaba comprando para su hijo… Este quería un balón de fútbol soccer, pero no había  dinero para tan preciado objeto redondo. Sólo había billetes para una simple pelota con rayas azules y blancas.
      Pero en el largo sueño que experimentaba, el niño, decepcionado por el regalo recibido, me arrojó dentro de un closet. Y ahí quedé yo, pelota de franjas azules y blancas, abandonada en la oscuridad.
      Fueron varios días los que permanecí en ese espacio reducido. Pero no todo fue tristeza en mi alma, porque unos soldaditos de plomo me descubrieron y me estuvieron pateando, de un lado para otro, entre risotadas y gritos de júbilo… Yo, bien feliz que estaba, porque era el centro de la atención de aquellos jugadores de plomo.
      En uno de aquellos encuentros, en la plena oscuridad del closet, uno de los soldaditos de plomo me contó que una vez había soñado en ser un soldado de verdad, pero, al final, me dijo que él prefería ser soldadito de plomo, porque ahí la muerte era de mentiras.
      Y resulta que un día, el niño que quiso un balón auténtico de fútbol soccer, y sólo tuvo de regalo una miserable pelota de hule (que soy yo), fue con sus amigos a un parque, donde se jugó contra niños de otro lado de la ciudad. Y se había jugado como media hora, sin anotaciones de gol, cuando alguien pateó con fiereza el balón de la discordia, y el esférico de auténtica piel, brincó la barda de un camposanto y se perdió entre las tumbas.
      Fue entonces cuando el niño de nuestro cuento, levantó la mano y dijo con voz firme que él tenía una pelota azul y blanco, que podía servir para terminar el juego que estaba a medias… Y se fueron todos a la casa del niño a buscar la pelota… Y que me agarran y que me llevan entre ellos, de regreso al parque.
      El árbitro pita su silbato y se reanuda el encuentro. Y yo, pelota de hule con rayas azules y blancas, me lleno de felicidad porque me estoy convirtiendo en un balón de fútbol soccer… Y resulta, señores y señoras, que ganamos el juego, porque el centro delantero de nuestro equipo tira un penalty y, todos gritamos de felicidad (hasta la pelota azul y blanca que soy yo)… Y el nuevo balón, después de meterse a la portería contraria, da un bote extraño, y sale volando por los cielos, y se va con los vientos hasta la ciudad de Roma, y cae, botando varias veces, en el mero centro del Circo Romano…
      Se viven los tiempos antiguos, y las tribunas del Circo están llenas de gente. Saben que yo, pelota azul y blanco, se va a enfrentar con un león hambriento, que está enjaulado. Se me ha arrojado una cobija gris, y yo, temeroso, echo fuera de mi cuerpo mis extremidades… La gente ruge, como el león, y se abre de pronto la reja.
      El león ataca, y poco a poco, desprende de mi cuerpo manos, brazos, pies y piernas. La sangre que sale de mí se revuelve con la arena gris del circo. Parece que la vida se me va de las manos…
      Más tarde, lo que queda de mí, está en una caja de madera, que no tiene tapa. Estoy a las afueras de un templo católico, en la ciudad de México, y la gente que pasa me arroja monedas. Y toda esa fortuna cae dentro de una lata vacía de frijoles negros.
      Mis heridas se han cerrado y ahora soy un monigote que no tiene brazos ni piernas… Un monigote que vive de sus recuerdos y de sus sueños…



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)
 

No comments:

Post a Comment