Sunday, October 12, 2014

GARABATO No. 85


 

   
 
 
Por Eduardo Rodríguez Solís

 
      El vivía al pie del cerro del Chiquihuite. Y ahí se subía cuando necesitaba estar cerca de los dioses antiguos.
      Eran tan extraños los  nombres de estos príncipes de los cielos, que no se los sabía. Pero eso a él no le importaba, ya que aseguraba que todos eran sus amigos.
      Y cuando se trepaba a ese cerro, y cuando sentía los vientos que le alborotaban los cabellos, se creía lleno de tranquilidad. Y era entonces cuando respiraba con amplitud. Y ya que sus pulmones estaban abarrotados de aire frío o caliente, ya que experimentaba las manos cosquilleantes, cerraba los ojos con fuerza y rápidamente, un tigre se le acercaba y él, sí, él, sentía protección.
      Porque el tigre, sea de la montaña o de la selva lejana, era un dios menor, que era como una medicina que llegaba de los cielos.
      Entonces el hombre se sentía seguro, y ese hombre mismo se volvía, de verdad, un tigre.
      Luego venía la caminata alrededor del cerro del Chiquihuite.
      Dos tigres se movían a la par, y uno cuidaba al otro.
      Esa era la ley… Uno se volvía la sombra del otro.
      Y sucede que un día hubo gran alboroto en el Estadio de los dioses, y el tigre creado por la imaginación, tuvo que regresar a su Edén, y  el hombre se quedó entonces solo y triste.
      Pero de los cielos bajaron tres pájaros cardenales, y quisieron llevarse al hombre solitario. Y el hombre se hizo de sus propias alas y se fue volando con sus amigos cardenales.
      Y cuando atravesaron varias terrazas de nubes, llegaron a su destino.
      Ahí, el hombre se  quitó sus incómodas alas y, después de un rato, encontró a su tigre, el que lo acompañaba en las alturas del cerro del Chiquihuite.
      Y en una ceremonia con toques muy antiguos, se hicieron cortes con un pedazo de obsidiana y, con sangre, sellaron su amistad.
      Y con el líquido sobrante, que escurría a cuentagotas, se pusieron a pintar el tronco de un árbol que parecía “La planta de la vida”.
      El árbol pudo crecer gracias a esa vitamina vital, y llegó a acariciar a muchos planetas. Y, desde esos mágicos días, la galaxia cambió du carácter… Ahora era una galaxia bondadosa y muy amigable. Permitía la mezcla de humanos con animales. Y este adorable y único rasgo de planetas cercanos y lejanos quedó inscrito en las páginas del Libro de la Vida.
      Y aunque no se crea, arriba del cerro del Chiquihuite, en la Tierra, se erigió una pirámide que se volvió centro ceremonial. Y en uno de sus túneles, en el que corre de Norte a Sur, se colocaron dos tigres labrados en basalto. (Ahí los enamorados encienden veladoras a favor de la pasión. Y ese acto primitivo ha sellado con fuerza los amores casi perdidos.)


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

 

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