Monday, June 24, 2013

GARABATO No. 14


                                                   Foto: Jesús Alejandro 



Por Eduardo Rodríguez Solís


      A Salvador le decían El Pelotas, porque andaba a rape. Era pelón como una sandía. Y andaba así desde una vez que lo invadieron los piojos. Fue cuando lo llevaron a la feria de San Felipe, cerca de la laguna de Pátzcuaro.
      Ahí fue donde le dijeron que el lago de Pátzcuaro era una laguna. Pero nunca le dijeron cuál era la diferencia entre un lago y una laguna.
      En aquella ocasión se le subieron los piojos blancos y negros. Pero sólo se dio cuenta cuando regresó a la ciudad de México. Sintió la picazón. Al principio eran como piquetes de alfiler, pero luego se sentían como mordidas de ratones o murciélagos.
      El sufrimiento maldito no paraba… Hasta que un doctor recomendó la pelada al rape.
     Su primera noche, ya siendo El Pelotas, fue preciosa, pues pudo dormir como un tronco.
     Luego, Salvador o El Pelotas se hizo de la costumbre de treparse a la azotea de su casa de tres pisos. Y ahí se quedaba, mirando sin mirar a ningún lado, como una estatua, como un soldado de plomo.
      Y cuando venía el cansancio, se recostaba en una esquina, y se quedaba medio dormido, hasta que su mamá subía por él.
      --Es que espero la llegada de los pájaros azules –decía El Pelotas--. Algún día tienen que llegar.
      Pero la mamá sabía que esos pájaros azules nunca llegarían, porque la ciudad estaba súper contaminada.
      El Pelotas, Salvador, bajaba las escaleras triste detrás de su madre… Los pájaros azules no habían llegado y entonces todo era una porquería.
      Pero un día, El Pelotas se quedó con la boca abierta… Un pájaro azul estaba en una de las macetas de su balcón.
      El pájaro se veía nervioso, pero no le asustaba la cercana presencia de El Pelotas, quien estaba observando detrás de una cortina.
      Un domingo Salvador abrió las puertas del balcón. Y el pájaro ni fu ni fa, no se movía, pues parecía sentirse en su casa.
      --No te voy a hacer nada –dijo Salvador, El Pelotas.
      El pájaro azul voló hasta uno de los hombros del niño, y habló.
      --He volado desde muy lejos. Y me ha costado trabajo encontrar un lugar placentero. Y aquí parece que todo está bien –dijo el pájaro azul.
      --Esta es tu casa –dijo El Pelotas.
      --¿De verdad, no molesto? –preguntó el pájaro azul.
      Y se hicieron amigos. Y El Pelotas, Salvador, le enseñó al pájaro azul algunas palabras en español, y el pájaro azul le mostró algunos secretos del arte de volar.
      Y una noche se atrevieron y pudieron elevarse, uno tras otro, hasta las nubes. El pájaro azul estaba contento y El Pelotas, fascinado. Empezaba a conocer, de verdad, el arte del vuelo.
      El Pelotas, Salvador, le dijo a su mamá que necesitaba una t-shirt con el logotipo de Superman.
      --¿Te vas a poner a volar? –preguntó sonriendo su mamá.
      --A lo mejor se me hace el milagro –dijo El Pelotas.
      Pero un día el pájaro azul se fue. Tenía que volar hacia otros lugares.
      Salvador se quedó solo, completamente solo, y amarró su t-shirt de Superman a un palo. Y pensó que ésa era su bandera.
      Y llegaron por ahí, gracias a su colorida bandera, muchos pájaros. Eran pájaros grises, color beige, negros… Pero no había pájaros azules.
      Entonces el niño pensó que los pájaros azules eran mágicos. Y que se aparecían cerca de los niños solitarios. Ese pensamiento rondó siempre en la cabeza de Salvador o El Pelotas.
      Y cuando surcaba los cielos, siendo ya un piloto aviador, y tenía familia e hijos, a veces volaba cerca de los pájaros azules. Y entonces se sentía con un espíritu lleno de un amor muy especial…
      Un amor que conoció fugazmente cuando niño, cuando no tenía cabello, gracias a los piojos blancos y negros.  
   

Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

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