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Sunday, October 21, 2012

A SPIRITUAL ADJUSTMENT


Foto: Marangeli Franco


By Dinorah Pérez-Rementería


“May the words of my mouth and the meditation of my heart be pleasing in your sight,” the Bible says. Wouldn’t it be healthful and freeing if our words and thoughts were aligned with God’s spirit? I am sure we would not have any trouble articulating and living out His much needed “message” for us, no matter where we come from or with what languages we communicate. I believe we would also understand each other perfectly, if only at a spiritual level. Unfortunately, indecision, deception, misunderstanding, vagueness, cynicism, brokenness and other similar issues affect us every day. So, it should not surprise us that very often we tend to look at people through a “broken” lens, projecting in ways that can undermine our experience of ourselves and others, including those whom we love and who know us best.
In chapter 6 of the book of Ephesians, the Apostle Paul recommends that we put on the armor of God, “for we are not fighting against flesh-and-blood enemies but against evil rulers and authorities of the unseen world (…)”. Sometimes the worst of enemies hides within us in the form of deceptive, vague and broken thinking. I don’t hold the opinion that people necessarily wish to develop or become a means for spreading deception, but they are susceptible to fall into a deceptively mental domain in the same way they may suffer from a spinal misalignment. That is why we need endless God adjustments all throughout our lives. A God adjustment can serve to correct, strengthen and activate our spiritual backbone, a beautiful and indispensable part of us. And sure, we may feel a little uncomfortable and naturally ashamed as God works on the scoliosis of our souls, but knowing him as our most committed friend, the chiropractor of our hearts, so to speak, makes each adjustment session a looked-for opportunity.
I love being adjusted by God, and I definitely prefer God’s diagnosis on me above any other account. God’s view of people is not in itself subject to the mediation of brokenness, deception and misunderstanding, but it originates from a spirit of faith, truth, love, compassion and an immeasurable knowledge of us -our strengths and weaknesses. Human beings make mistakes. We are susceptible to deception and misinterpretation. What are we to do when we have been deceived by our own imaginations? Should we allow us to imagine nothing else anymore? Should we ask others, especially our students or the younger people around us, to stop dreaming, to quit envisaging hopeful things in their minds? We all have failed so many times in so many different contexts that the thought of letting God’s spirit adjust and build us up again seems insane. Well, it is not. God knows us better than anybody else. When I think of giving up my dreams, I am always reminded -whether by looking at my phone clock, or a car tag, or the gas prices at the pump, or the duration of a YouTube video- of my favorite Bible verse: “And now, my daughter, don’t be afraid. I will do for you all you ask. All the people of my town know that you are a virtuous woman.”
I am not really sure what a “virtuous woman” is, but I have learned to take what God gives me simply because, as Billy Joel says, it is free. Needless to say, God may have health-giving, loving verses for you as well. Let him rehabilitate you. God’s adjustments allow us to keep pressing forward, no matter how many times we experience failure. As a friend of mine says, if we want to be happy, we must give up perfectionism and learn to accept our limitations so that we can go beyond them. We are not so proficient as to never commit a blunder in life. If we were, what would we need spiritual adjustments for? Plus, the more we acknowledge our own weaknesses, the more able we will be to look at others through a considerate, adjusted lens. We would also be more available to assimilate the unparalleled, restorative and assuring love of God: a love of unthinkable dimensions which, by its very nature, can transform our brokenness and failures into something marvelous.


           


Tuesday, October 2, 2012

EL GESTO POÉTICO DE NARA MANSUR


 
 

Por Dinorah Pérez-Rementería

 
“No te refugies en la inseguridad del mundo
no te refugies en tu cólera divina
no te sientas noble ni sabio ni correcto.
No soy correcta. No quiero ser una persona correcta.
A veces me voy y no me despido
no digo adiós ni esta boca es mía.
A veces vengo, ¿viniste?, ¿lo dijiste?”

Nara Mansur: “Muerte del poeta en la revolución”, Un ejercicio al aire libre


Cuando leo la obra de Nara Mansur, la noción que tengo sobre la poesía se enriquece. Una palabra apasionada, impulsiva, que escarba poco a poco en nuestra psiquis, nos remueve las vísceras, los sueños, la imaginación. Una palabra que ama y se filtra sin temores en lo que nadie quiere: sensibilidades rehusadas, minúsculas, incongruentes, escombros de lo que alguna vez fuera nuestra maravillosa humanidad. Una palabra llorosa, vulnerable, femenina, desprendida del papel. Una palabra que intenta recuperar perfiles “incorrectos”, figuraciones, términos, voces que no pueden alojarse conformemente en la representación verbal, ni en ningún otro tipo de representación, ni en las metodologías lingüísticas o gramaticales, ni en construcciones esquemáticas de redacción y estilo. Una palabra-aliento, añoranza, espíritu, energía, fibra mental, dispuesta a moldear los huesos áridos del pensamiento.
Y digo espíritu porque la poesía de Nara logra salirse de lo que pudiéramos comúnmente registrar, catalogar como “poema” para alimentar instancias cotidianas así como otros cuerpos y señales, utilizando la sustancia creativa. Su poesía rehabilita la dramaturgia y la crítica teatral, la ficción, diálogos casuales edificados a través del correo electrónico y muchos otros sucesos que arman el relato de su vida. Nara no sólo escribe, compone, estudia, diseña una arquitectura muy característica de lo poético sino que ella misma se ofrece a modelarlo, lo personifica. Se convierte en la configuración humana de su poesía. Dice la autora en su poema Disolución del método: “Posibilidad de crear mi propia representación. Posibilidad de convocar a los espectadores.” Nara se recrea en la mera entidad poética que probablemente la ha engendrado y que le suministra posibilidades infinitas de despertar, provocar una vocación intuitiva similar en sus lectores/espectadores/estudiantes/camaradas. Su poesía nos conduce a descubrir lo sensual y femenino en la belleza sin afeites, el anhelo de amar y ser amada, sensaciones que nos resultan familiares y, al mismo tiempo, tan foráneas, inaccesibles. ¿Será acaso porque la esencia femenina requiere, como la poesía, de una actitud heroica, arrojada, innovadora para florecer?
Nara asume lo poético como fundamento, soporte, médula en la que confluyen incidentes literarios y sucesos cotidianos, amigos, enemigos, personajes que se parecen a ella misma, o a individuos que conoce, olores, sabores, contradicciones, sentimientos. Lo poético asumido como acción, disposición, situación, sentido del humor. Nara se permite habitar la poesía mientras hace el café del desayuno, prepara a su pequeña hija Emilia para llevarla al jardín infantil, imparte un seminario, escribe una carta a sus padres o un ensayo, colabora en un proyecto, o simplemente, observa quietecita la figura (in)visible del hombre que ama. Su poesía se transforma en práctica diaria, maniobra vívida, anímica, estimulante, un ejercicio natural, o como la propia Nara dice, “al aire libre”, que atrae a todo aquel que se cruza en su camino. Se esfuma la mujer, su alma rebelde, en un rosario de imágenes “deshechas en menudos pedazos,” anota ella, despojos, residuos que sólo confirman la imposibilidad de condensar su dolor, de transcribir su dolor, que podría residir en el dolor de muchos, quizá de todo ser humano, en un verso que no la satisface, ¿cómo podrían las letras, las cifras, las representaciones remediar, fortalecer, tranquilizar el alma?, pero que la descubre espléndidamente ante nosotros.
“Quiero que me conozcan. Quiero ofrecer algo” -me parece oírla. Leo sus poemas, sus misivas electrónicas, y puedo reconocer su voz, su historia, que puede ser mi historia tal vez, con matices diferentes, o la de cualquier otra mujer. Su proyecto: ofrecerse en sacrificio, transfigurarse en la heroína-amante de una historia de amor fiero, verdadero, obstinado, imprescindible, redimir a los que sufren, resarcir mediante la palabra a los que tiene cerca y a los que viven lejos, en la dimensión de sus recuerdos, involucrarlos, recobrarlos, aunque la sangre corra y le cueste incluso su felicidad. Escribe Nara en Bridge Over Troubled Waters, “Le confieso a mi madre que en la imaginación/ es la felicidad perfecta/ aunque no sepa disfrutar casi nada ya/ y entre las hebras de mi pelo/ aparecen las palabras perdidas/ como los platos y las bebidas de un menú”. Recuperar la condición poética o “perdida” para aprender otra vez a saborearla. “¿Y eso en qué nos ayuda a vivir?”,  pregunta Nara, y yo, la verdad, no sé qué responder.
Preferimos soñar, intuir, idear, sabemos que ofrendarse implica un acto de fe,  “un gesto revolucionario”, diría ella; la otra opción sería hipnotizarse, adormecerse, esconderse, anestesiarse. “Avanzar se me hace necesario/ para dejar atrás los fragmentos de mí misma/ una serie de cuerpos, pequeñas cárceles/ los casuales sorbos de agua, las revoluciones abortadas/ las uñas coloreadas con sus lágrimas secas”, confiesa Nara. Avanzar, atravesar la tormenta de palabras, abstracciones, la nostalgia, una nota musical. Entonces logramos advertir la fusión de lo poético en deseo, un gesto íntimo, imperceptible, su ferviente voluntad.
 


 
 

Friday, July 27, 2012

UNA MARAVILLA DE LA NATURALEZA


Paulina, pequeña mariposa


Por Enrique Alarcón Parada
     

      En el lado izquierdo de mi casa hay un gran terreno arbolado, con diferentes tipos de árboles, las flores no se ven sobre el pasto verde. Sobre el tepozán, me platica mi vecina Amira, la dueña: “Estos árboles abundan por todo el cerro del Ajusco, son una plaga que a nadie beneficia, sólo destrozan bardas, con sus grandes raíces, y, en ellos se desarrolla una gran cantidad de insectos”. Yo le sugerí que por qué no talábamos el tepozán que está junto a mi barda, ya que sus ramas habían invadido mi jardín y me tiraba en éste, infinidad de hojas y toda clase de bichos… Ella estuvo de acuerdo, y el tronco del tepozán fue cortado, se le clavaron varios clavos para que ya no volviera a crecer. Mi jardín florido quedó libre de plagas y hojas.
      Pasaron los meses y el tronco del tepozán empezó a reverdecer, sus ramas escalaban el espacio aéreo, rumbo al cielo, como tratando de alcanzar las nubes. Al año de haber sido cortado, podía vérsele otra vez totalmente cubierto de ramas de hojas verdes. Yo empezaba a enfurecer, porque seguramente volvería a invadir mi propiedad… Para mi sorpresa, al poco tiempo, sus tiernas hojas empezaron a secarse, primero las de unas ramas y después el resto de ellas. Exclamé satisfecho, cuando el árbol quedó completamente moribundo: “¡Por fin el tepozán se está secando!”
     Con los fuertes vientos del mes de junio, empezaron a aparecer varios gusanos en mi jardín. Sí, tienen razón, el arbolito había sido consumido por una plaga de gusanos. Desde la ventana de mi recámara pude advertir que en otro tepozán, que está más retirado del lugar donde vivo, los gusanos devoraban sus hojas. 
     La mañana del miércoles 18 de julio los rayos del sol comenzaban a evaporar el agua de la tierra, del aguacero que cayó la noche anterior. Lo primero que hice ese día fue felicitar a mi hija por su cumpleaños. Por correo le envié muchos besos a mi nieta y nieto… Leí algunos de los mensajes recibidos y bajé a la cocina a prepararme algo para desayunar. Puse a funcionar el calentador del agua. Terminé de devorar mi suculento sándwich... Meto a calentar al microondas mi taza de café, imprescindible en las mañanas, y tomo una pieza de pan de dulce. Luego, como de costumbre, salgo al porche a disfrutar de mi café de Coatepec. Entonces fue cuando lo vi.
    Había decenas de mariposas negras con rayas amarillas revoloteando en mi jardín, sobre las grandes bardas de piedra, entre las plantas y flores que aún escurrían el rocío matinal.
     Tal fue mi impresión que me senté absorto a contemplar el milagro de la naturaleza. Machos y hembras se buscaban activamente. Consumada la fecundación, la hembra pondría varios cientos de huevos sobre las hojas de los árboles… Nacerían las larvas y los gusanos se alimentarían sin problemas de las hojas del tepozán. Crecerían rápidamente y dejarían colgando sólo la epidermis y los nervios de las hojas… Las orugas formarían su capullo para dar inicio a su transformación.
     Al terminar con una planta los insectos mueren. En torno al tepozán, que contribuyó a su existencia, giran cientos de mariposas, observadas por las lagartijas que se asolean sobre las bardas, y que se muestran muy dispuestas a comerse a la primera mariposa que se ponga a su alcance… También hay pájaros rondando el tronco y otros que se posan en las pequeñas ramas del tepozán para darse un banquetazo con los capullos que picotean. ¡Me enfurecen estas aves!
     Recapitulo las acciones emprendidas contra el tepozán: lo talamos para que ya no exista, reverdece para alimentar y ayudar a que se desarrolle una oruga que se convierte en mariposa que sirve para alimentar lagartijas y que cuyo capullo puede satisfacer a un pájaro.
      Un espectáculo asombroso. El bello insecto volador continúa visitando mi floreciente jardín… Mariposas juguetonas que llenan de alegría y felicidad mi alma con su ternura infinita.


“Desde el cerro de aves”
México D.F., julio 18 de 2012


Enrique Alarcón Parada nació en Xalapa, Veracruz, y reside en México D.F. Estudió en la escuela teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Es instructor y director de teatro y ha llevado a escena exitosamente decenas de obras con sus estudiantes. Como dramaturgo ha publicado Viernes y lunes de escuela, ¡Qué cosas me haces hacer!, La decisión, Hypatia, y Los tres químicos y las tres leyes de Newton. (alarcon_escualo@yahoo.com.mx)

Thursday, July 5, 2012

MARILYN MONROE SE ME PERDIÓ

Foto: Isabel Pérez Lago



Por Eduardo Rodríguez Solís


      Marilyn Monroe era bonita, distinguida, aunque un poco loca. Buscaba pleito hasta con los mosquitos y su propia sombra. Era muy femenina y nunca la vi usando calzones. No los necesitaba. Ella era medio salvaje, como de la jungla. También era buena actriz. Hacía teatros en cualquier momento. Una vez observé que, buscando pleito, se fue caminando en reversa y cayó en la piscina. (Pero en unos segundos salió, como por arte de magia, como si fuera discípula del Gran Houdini.)
      Marilyn Monroe era hermosa, extraña. Le gustaban las caricias, pero nunca le llegué realmente a hacer el amor. Yo sabía que éramos de distintas razas, tipos. Marilyn Monroe era una gatita gris oscuro con salpicaduras blancas. Casi no sabía maullar. Era absolutamente silenciosa. Se me ocurrió ponerle ese nombre porque ella, como gatita, como felina, era una verdadera inspiración (como lo fue Marilyn Monroe, la mujer).
      El día en que se apareció hacía mucho frío. Los techos de las casas amanecieron con hielo y todos esperaban una nevada. El gato estaba flaco, mal alimentado, con ojos tristes, faltos de buena esperanza. (No se sabía si este ser era macho o hembra.) Le di enseguida croquetas en un platito y se “zambulló” en el alimento. Y cuando tuvo su estómago llenito puso cara de felino adormilado. Entonces se recostó en una chamarra vieja que yo había acomodado en una canasta. Y ahí se quedó dormido, frente a la casa de Sands Point.
      Al día siguiente, ya andaba detrás de la casa, donde tenemos muchas plantas y una alberca que es paraíso de ranas. La familia de gatos que vivía por los alrededores de la alberca: madre, hija e hijo, todos atigrados, con garras filosas como navajas, lo miraron con desdén. La flacucha gatita gris oscuro con salpicaduras blancas empezó a sentirse como en casa, incluso se le notaba que caminaba cual si fuera la reina del lugar. Pero al nuevo felino no se le aceptaba y casi no se le permitía entrar en la bodeguita, que tenía puerta para gatos, y que era buen refugio en la temporada de fríos. Entonces, el nuevo habitante, cuyo sexo ya se conocía, se quedaba en las noches acurrucado en una maceta vacía.
      Al cabo del tiempo, operamos al felino, y un veterinario vietnamita por poco la manda al otro mundo con la anestesia. Y cuando la gatita nueva, que ya había sido bautizada como Marilyn Monroe, porque nunca se le veía con ropa interior, se repuso de los maltratos vietnamitas, estrenó una casita que le hicimos con una caja de cartón. La casa tenía dos entradas circulares: una pequeña que simulaba una ventana y otra más grande parecida a la puerta de la calle.
      La Marilyn Monroe era una verdadera pilla. Se escondía detrás de una maceta, y se ponía en posición de ataque. Y cuando un gato pasaba, atacaba de lo lindo. Los tontos gatos, que tenían garras filudas, le tenían miedo. Y ella atacaba con sus garras muy redondeadas, que apenas si le servían para subir árboles como un chango. Con el tiempo, la Marilyn Monroe fue aceptada por la familia de gatos, y hasta ya tenía su lugar nocturno en la bodeguita.
      Cuando abríamos una puerta de la casa, la Marilyn Monroe se metía como si fuera un rayo y era difícil sacarla. Tuvimos que preparar cuerdas largas con objetos amarrados en las puntas. Con este ardid, la Marilyn Monroe jugaba y luego se le podía sacar. A veces, cuando se le permitía estar dentro se iba y se echaba en un sillón floreado, cerca de mi computadora. Y ahí dormía a pierna suelta.

      Pero un día desapareció.
      Y nunca regresó.
      Entonces le atribuimos siete destinos posibles.

      Uno: Marilyn Monroe se encuentra encerrada en un pet carrier (maleta para cargar mascotas), y su dueño actual (porque los gatos tienen varios dueños) se la lleva hasta Boulder, Colorado, porque allí ha conseguido un mejor empleo. Con el tiempo, Marilyn Monroe, la gatita gris oscuro con salpicaduras blancas, se vuelve una gata de la nieve.
      Dos: Marilyn Monroe es atrapada por una mujer que hace tamales. “Es que se necesita carne buena”, dice la dama. Pobrecita Marilyn Monroe, la hacen tamal. Pienso sin querer en una comedia musical de la actriz londinense, Angela Landsbury, en la que se hacen pasteles de carne humana.
      Tres: Marilyn Monroe es atropellada y alguien la recoge bien herida, y la lleva al médico. Como no hay remedio, la sacrifican.
      Cuatro: Marilyn Monroe es atropellada, y la recoge una muchacha que iba manejando. Se la lleva a su casa y ahí, poco a poco, se repone… Y se queda a vivir, cómodamente.
      Cinco: Marilyn Monroe anda caminando, cruzando casas, y la descubre su dueña original, quien la anduvo buscando por mucho tiempo… Esa mujer decide encerrarla en su casa, para siempre.
      Seis: Marilyn Monroe se mete a una caja, y por cuestiones del azar, esa caja es enviada a Alaska, donde la gata gris oscuro con salpicaduras blancas comienza una nueva vida.
      Siete: Marilyn Monroe experimenta lo que usted, casual lector, se imagina.
      Finalmente, hay que hablar de la melancolía. Se ha ido un ser querido, y quedan, por ahí, desparramados, los recuerdos. ¿El bello animal está vivo o se ha ido a un planeta mejor (o sea, disfruta de una existencia superior)?
      Nadie sabe la verdad.
      El caso es que la Marilyn Monroe mía ha desaparecido, y ya no se cuenta con su alocada personalidad. Ahora las cosas son distintas, quizás más tranquilas. Y tenemos que acostumbrarnos a vivir el tiempo que nos queda sin la exótica y deslumbrante hembra que se llamó Marilyn Monroe. (Qué se le va a hacer.)   


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, January 21, 2012

SERVING FREEDOM: A BRIEF ESSAY ON A PIRATE'S TRUTH




                              But what a ship is... what the Black Pearl really is... is freedom.
                             Captain Jack Sparrow in Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl


Intriguing, eye-catching specimens, pirates and privateers have never ceased to exist. Many of us have probably heard about famous historical figures such as Benito de Soto, Nathaniel North or Sir Francis Drake who became very recognized in the English-speaking world for having circumnavigated around the earth as well as defeated the Spanish Armada in 1588. According to research, Drake detested the Spanish and possessed a febrile desire to obtain riches from them. He was considered a heartless pirate in the eyes of the Spanish and a “privateer” by English historians. There exists a common, prefabricated thought that regular pirates proceeded in criminal and immoral ways, randomly assaulting, killing, and stealing commodities from another ship’s crew. In contrast to pirates, privateers may have even been regarded as devoted and patriotic fellows as they held a Letter of Marque (lettre de course) that legally authorized them to capture “enemy” ships, which, later on, would face the courts for judgment and trade. It all had to do with the question of holding a permissible license -to assault, to steal, and to kill. Liars, privateers must have been none other than the same old pirates whose hardhearted actions had become deviously embraced by political powers.
Current privateers operate in the same blurred, dishonest fashion than their predecessors did. They seem to act in the name of Justice, and all the while they steal, manipulate and/or destroy people’s souls in order to secure and position themselves, social, political and financially. Are we to call them privateers or Pharisees? I’ve read about a man who was imprisoned many years for a crime he didn’t commit. Authorities had offered him freedom if he would’ve lied by admitting that he did it. But, the man refused to lie. He stood on the truth and stayed where he was. Eventually, evidences proving his innocence were found and he was set free at the age of 50. (I would dare say that he had been freed from the moment that he decided to hang on to the truth even though he felt subjugated by his circumstances). Yet, something in the man changed while he was in prison. He had become a light heavyweight champion, and two years after having been released, he won an important fight in a professional boxing competition, which inspired him to keep pursuing his dreams.
If I were to choose, I’d rather be a pirate than a privateer. Despite what moral, decent, and legalistic people think, some pirates worked and still continue to operate in faithful and caring manners, at least with their people. They say that earlier pirates had an intrinsic, unadulterated model of organization that resembled a democratized society. A modern pirate, for instance, might willingly sacrifice himself, not with the aim of collecting more wealth or to assure a social standing as a treacherous, self-interested privateer. On the contrary, a caring pirate would go through a process of disguise, which often ends up a very aching, distressing and misunderstood procedure, for the purpose of freely serving his people. Having the opportunity to meet a thoughtful pirate, in battle to share his gathered treasure –money, influences and stories that are as cunningly fictional as they are unfeigned- with the less fortunate is a blessing, a mind-blowing gift. Gaining access to gentle pirates is not easy, but we can be sure that they exist. If we opened our eyes, we would begin to learn the invisible yet priceless means, with which they contribute to adding to and enhancing our lives in this day and age.

Sunday, January 1, 2012

BEAUTY AND THE RAIN

Shen Yun Performing Arts



By Dinorah Pérez-Rementería


It is a cold and rainy Saturday and we arrive at Jones Hall fifteen minutes after the performance has started. Apparently, the rain became an obstacle for us today, producing an inconvenient, heavy traffic on the freeway toward the Downtown area. Oh, but I do like the rain. In fact, I find it beautiful, and it soothes me when I feel overwhelmed by sorrows, or work, or thoughts. I believe real beauty generates a calming, comforting effect, for it simply offers itself as it is, like the rain. As we take the stairs that lead to the auditorium, I can perceive my mom’s accelerated breathing. We all feel a little upset because we didn’t make it on time for the beginning of the show in spite of having been expectantly waiting for it for almost three months. And yet, I know that a beautiful production awaits a few steps away that will remind us how enjoyable life was meant to be.  
Brilliant colors, graceful movements and tender smiles generously rain on stage while a large screen displays a Chinese landscape behind the “water sleeves.” A major element in classical Chinese dance, “water sleeves” serve to enlarge a dancer’s arms, swinging and spinning in the air even after the movement has ceased. An abundant harvest is proclaimed and celebrated. Expert in the arts and architecture, the Qiang people, one of China’s most legendary ethnic groups rejoice at a sudden vision of (abun)dance for the years to come. Countless flower petals and butterfly wings mix up together; snow flakes announce the birth of spring. We also see the Monkey King jumping in and out of the big screen, whereas jubilant monks scrub the floors -and each other’s back- in the temple of peace. Bit by bit, my mom’s breathing has calmed down. “Qué belleza,” she says, in a soft voice that only I get to hear.
Created in New York in 2006, Shen Yun Performing Arts is made up of dancers, choreographers and musicians in a mission to revive and refresh their Chinese cultural background. The term “Shen Yun” invites us to associate heavenly beauty with the colorful gestures of an earthly dancer fulfilling his “calling.” Shen Yun dancers seem to have been called to transmit beauty by means of rescuing their national heritage. Meeting our calling is, without a doubt, a significant event in our lives because it reveals the purposes for which we have been designed and that connect to our actual passions, desires and dreams.
But, when one fulfills her calling free of charge, one really experiences the fullness of life. No matter how many obstacles and inconveniences we may face along the way, there can still be found in us a deeper pleasure, the pleasure of God, the immeasurable joy of having him near. Being called to experience, not artificial but authentic, Beauty (mercy, compassion, and grace) is in and for itself a rewarding occurrence and, at the same time, the enterprise of offering it for nothing requires of us a lot of courage. One of my teenage students asked me the other day: “Do you cry at home, sometimes?” Yes, dear, we all cry; some people simply choose to hide their tears. I am glad that my students have already seen me happy, sad, and even very, very mad. I’ve laughed with them, but I have also given them a piece of my mind in several occasions.
Offering beauty is a considerably risky project as we are never given the guarantee ahead of time that what we present will be in fact well-received or whether it will make a difference in a person’s life. Beauty calls upon many but only the available ones will respond to the invitation. I am not saying that it doesn’t produce satisfaction when people confirm that what we can offer has some value, but let’s remember our true calling is to experience and to nourish ourselves again and again from that very splendid resource which has been lavishly supplied to us, like the rain, so that we don’t feel frustrated if we are to share it with others for free.


Happy New Year!



Sunday, December 25, 2011

THE KISS




By Dinorah Pérez-Rementería


I saw you very briefly before I was called inside. Then, I believe you saw me. At least you said so, and I believed it. Spiritually, I received the kiss. Knowing you was a quiet yet passionate kiss from God. It seems that He caused you to stir desire in me when I, subconsciously, was almost ready to digest the lifelessness of life. I have wondered many times if awakening desire might have been in fact your secret mission and whether you knew that you did succeed with me. That is the reason I am here. I wait and I hope. I choose to believe the impossible that can only become doable through God.
Jesus, I know you. I have seen your heart toward me. Haven’t you fed me when I’ve hungered and given me water to drink? Didn’t you give up your life and the sweet comfort of heaven in order to set me free? I love that even the most valiant people are subject to feel uneasiness from time to time. Uneasiness helps us walk humbly before God. I often think: “Will he like what he’ll see in me for all eternity? How many beautiful women might he have met by now or will come into contact with until the end of times?” One is susceptible to fall anywhere anytime. A handful of dreadful thoughts visited me just yesterday without warning, and I felt anxious and weak. At that moment, a song that I had been listening to came into my mind. I want to share it with you:





Thank you for having saved me earlier than I even needed it, before the awful thoughts appeared, by renewing my faith in your love. Jesus, would you come and kiss me again, with your eyes? Your presence is all I need. What else could I ask for if you’ve given me your heart, your hand, your whole life too? Why would you want me? I really don’t know. Why would you choose me? I couldn’t say. I believe some of my own scars have a new meaning now. They remind me of your love. I am so glad you know the place in which my heart belongs, and I can provide many logical excuses that validate why my heart has chosen to be there. I can mention, for instance, how much you’ve done and cared, and that your scars are indeed precious to me. But, maybe the real reason is simpler. Maybe it’s just that I can’t help falling in love with you.

Saturday, December 3, 2011

A BEAUTIFUL SCAR





By Dinorah Pérez-Rementería


None of us should hide the wounds…mostly when we know that acknowledging that we have been wounded can serve others to deal better with their pain. Why do we put on a mask to make people believe that everything is fine after we have already realized that it is not and that we have been hiding behind a false self for a long time? We feel pushed to adapt/react to unexpected circumstances of life, out of which an artificial person develops; a deceitful self who tries to convince us that as long as we walk together, everything is going to be alright. Many times we don’t even know that a false self is performing –on our behalf- here and there, everywhere we go. The false self squashes our energy and our heart's desires while it keeps us busy and functioning apparently well for a while.
I know a woman who grew up in a very small town. When she was seven years old, she told her grandmother that she desired to have a magic ring. Her grandmother explained that such rings did not exist, and so “the magic ring” was actually a symbol of her great imagination. The little girl cried, for she wasn’t interested in having a great imagination. She wanted to have a magic ring. One day, her father picked her up from school and, out of the blue, he notified her that she had a baby sister whom he liked for her to meet. The girl didn’t understand what he meant. She knew she had a baby brother, not a sister, at home. Where did this story come from? Her father clarified that he had had relations with a woman other than her mom. Paradoxically, the girl could not find any “imaginative” thing to say. She dared to ask for her baby sister’s name. As things turned out, neither her father nor mother was willing to divorce one another. Things got settled into a silent, blurry agreement, in which each of the family members played a role. Her father believed he had two families to care for and spend nights with while her mother thought she ought to endure the situation so that both her children grew up with their dad by their side. The girl experienced shame, sadness and confusion, especially during the occasions in which her father chose not to come home until the next morning, having spent the night with his other family. She also felt somewhat ignored when her sister began visiting the house. His dad seemed to pay more attention to her sister than he did to her. After all, her sister had perfectly straight hair and she wore it short, just as her father always wanted. The girl didn’t share what she was undergoing with her parents. On the contrary, she told herself that she would behave as if the whole situation did not exist, or, at least, did not bother her at all.
By the time she went to college, she had long forgotten about magic, imagination, and the ring. Studies somehow distracted her from worries and the feeling of shame. She discovered, in fact, that being away from home helped alleviate familiar tensions and pain. The young woman began going out with a guy in the year of her graduation. She wasn’t sure whether it was for love or an urgent need to experience how it felt to have a boyfriend. What was love after all? Love was nothing of which she was necessarily aware, and so, in the enterprise of having/keeping a man, her false self found ways to accommodate even the most unpleasant circumstances. After eight years of trying in vain to sustain a relationship, filled with mistrust, jealousy and deceit, the woman sensed that her heart needed more than “façade” and make-belief. Her heart longed for what real love could be.
What happens when we don’t live from a real center? On the outside, one may seem great, but the truth is that we are miserable inside. There comes the time in which we must choose whether we want to keep living under the influence of the false self or move away from, if not destroy, it. That is what the woman did. She smashed her false self down and let her deep wounds heal. No, she did not do it alone. But, neither was she available to be “distracted” by busyness or the friendly crowd. God, and only God, could offer the companionship she needed. She kept living by herself in the city for a few more years before returning home. Going back to town was not an easy move. Her parents had agreed to separate from each other, after thirty five years of marriage, and they were preparing themselves to learn how to face their new realities. Inevitably, a new wave of uncertainty came upon her. Now, however, she had higher hopes, and she also knew that nobody can escape from being wounded in one way or another. There will always be wounds. We are vulnerable to be wounded, as well as to wound other people, unintentionally, in our journeys. And wounds always leave scars. What we make of our scars later on is what really matters. In the long run, we are the ones responsible of choosing whether we want to continue “functioning” behind our false self by giving in our heart’s desires to duty, busyness or detrimental pleasures, and allowing the fear of judgment -and rejection- take possession of our souls. The path toward freedom is not comfortable nor is it associated to a worldly feeling of happiness, but it can be experienced as fulfilling as it is the only route in which we find our truest being.
Do you have desires, or, perhaps, a scar that can be shared with the world and that invites us to journey through your soul and learn from your mistakes? John Eldredge says, “to lose a leg is nothing compared to losing heart.” Please, don’t hide your scar, let alone if you were wounded in order to save or protect somebody else. It is beautiful. It is a beautiful scar. The false self is not as strong as you think it is. Surely, it is not stronger than you. Stop owning and start giving (your heart, your scar). Give your heart to God, first. He will show you how your scar has made you the man you are today.

 

Saturday, November 5, 2011

SI TUS MALES TIENEN REMEDIO

Liliam Dominguez: Under the City
http://www.liliamdominguez.com./


Por José Manuel Domínguez

Yo iba caminando, tan atormentado, que no supe de dónde había salido el viejito. Mientras más lo pienso, más difícil me es reconstruir el momento, y la lógica me dice que nadie hubiera podido decirme una frase tan larga si yo no me hubiera detenido a escucharla mientras me hablaban. Pero yo no me detuve, o al menos no recuerdo haberme detenido en aquel momento. Conviene pensar que el señor venía caminando detrás de mí; porque como digo, si hubiera venido de frente no hubiera tenido tiempo de decirme todo aquello excepto que soltara las palabras como una ráfaga de viento. En cambio, si hubiera venido por mi espalda, la cosa resultaría más fácil, más creíble, pero yo en verdad no recuerdo los detalles.
Lo vi. Como les digo, eso lo tengo claro pero las circunstancias son más oscuras. No recuerdo si me sobrepasó y siguió de largo, o si me habló, se dio la vuelta y se fue caminando a mis espaldas, o si simplemente desapareció. De cualquier modo, esto pasó hace muchos años y los lugares de la historia ya no existen. Yo caminaba por la acera de la barbería de mi infancia. Iba atormentado con mis pensamientos y era joven. Tal vez unos 24 o 25 años, no más. A esa edad, el mundo empezaba a derrumbarse. Mi padre había muerto y mi maestro de filosofía me había dicho que en la vida no había nada garantizado. Yo estaba enfermo, pero, en ese momento no estaba seguro de nada de lo que estaba pasando dentro de mí, en mi sangre, en mis células, pero igual me mataba la duda antes que la enfermedad. Estaba enfermo de algo que luego me causaría la pérdida de la visión y algunas otras pérdidas sustanciales, como la de la inocencia, por ejemplo. Entonces apareció el viejito y me dijo la frase que me ha acompañado hasta hoy como un bálsamo milagroso. Una frase que tal vez habría escuchado antes fue todo para mí en ese momento:
“Si tus males tienen remedio, de qué te quejas; y si no tienen remedio, ¿de qué te quejas?”
 Fue un encuentro tan loco que si se lo hubiera contado a mis amigos lo primero que habrían pensado es que yo mismo estaba enloqueciendo. Tal vez por eso lo borré. Mi mente lo borró, y muchos años después, en días como este, he vuelto a pensar seriamente en aquel momento. Mi tormento era el de alguien que va a morir y no sabe que antes de perder la vida se pierden muchas otras cosas primero, y se ganan muchas también. Iba caminando por una de esas calles de La Habana, bajo techo, más oscura que de costumbre, con la mirada perdida en las grietas de la acera, pensando en el derrumbe que sobrevendría, mirando las marcas oscuras en la pared clara. Las marcas me dolían como si fueran mías y mi dolor tenía la forma de las grietas. Me sostenía milagrosamente, levantando los pies para no gastar la suela de mis botas nuevas de cuero. Aquellas botas y un texto en el que trabajaba febrilmente eran todo mi tesoro. Entonces aquella voz, aquella visión de un viejito cualquiera que me decía aquella frase: “Si tus males tienen remedio…”
 ¿Y si venía de espaldas, cómo pudo verme el rostro? ¿Cómo pudo adivinar lo que me sucedía? Hay dos respuestas posibles: una es que estuviera alucinando y que mi angustia generara aquella visión y aquellas palabras sabias como un mecanismo de defensa disparado por mi conciencia, y la otra envuelve a lo divino. Soy conciente de que la segunda es la respuesta que muchos quieren escuchar y para ellos no existe otra, pero es también la que otros no aceptarían jamás. Me da lo mismo. La historia es la que he contado y las preguntas o respuestas que generen están más allá de mi historia y del dolor sombrío que me envolvía. Tengo que decir que el dolor era sombrío, que la calle era también oscura ese día en particular. No conozco ningún dolor luminoso, o tal vez sí...
Ah, pero aquello pasó en esa edad en que los dolores son tan intensos, en que todo duele tanto porque nada se ha perdido. No se asusten. Si les cuento esto es porque estoy vivo, y aunque la enfermedad era y es real, sigue estando dentro de mí, de todas aquellas formas de morir que existían en mi mente, nacieron muchas otras formas de sobrevivir para contar el cuento. Perdí muchas cosas, pero perdí también el miedo y pocas veces en la vida se gana tanto a cambio de una pérdida tan necesaria.
Sí, otras veces he vuelto a escuchar, o si lo prefieren, a sentir palabras maravillosas, frases enteras, susurros, una palmada en el hombro o una palabra levantándome una y otra vez, pero esas pertenecen a otras historias. Este capítulo de mi había una vez privado, llegó a su fin.



José Manuel Domínguez es director de teatro, poeta y narrador. Estudió dirección y actuación en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Se estableció en Miami, Florida, en el año 2000. Le acompañan en su vida dos mujeres extraordinarias: su esposa Marángeli y su mamá Loli, así como su perro Sombra.


Saturday, August 20, 2011

JESÚS PERDONA A LA PECADORA




Por Dinorah Pérez-Rementería


Pienso en ti. ¡Qué fuente tan fecunda el pensamiento! Un soplo, como aquel que nace del Espíritu. Eres vehículo de Dios, tus ojos, tu bondad. Me gustaría ser perfecta para ti. Ahora mi tarea consiste en aprender a verte, adivinarte en las pequeñas cosas que me rodean; palabras capturadas al azar, fechas significativas, mensajes, manzanas que no como. Todas ellas existen porque existes tú. No, no he escrito mucho últimamente, sobre exposiciones, digo. No hay nada que decir; hay bastante que escuchar. Extraño las clases de teatro, el rostro de los niños, tus llamadas, los latidos de mi corazón. Pero hoy sé que Dios me ama. ¡Qué extraño es el camino de Dios! ¿Cómo se le ocurrió esculpir una mujer utilizando una costilla pobre, perdida, flagelada? ¿Cómo llegué aquí? ¿Quién me abrió la puerta? ¿Quién me pescó? Lágrimas, abrazos, besos, esperanzas, calor, resignación. Dios provee imágenes que se multiplican, rebosa mi copa cada día, supera mi corto entendimiento, mi escasa voluntad. Pienso en momentos alegres, como aquellos de la creación, un hombre y una mujer unidos por una misma causa: el favor, la bendición de Dios.
Dice la Biblia: “Sólo aquellos que nacen nuevamente pueden ver el reino de Dios”. Pero qué difícil resulta volver a nacer sobre todo si creemos que somos demasiado viejos. Recuerdo que pasé noches enteras llorando por ti, intentando conciliar un sueño que se esfumaba antes de haber nacido, obligando mi cabeza a razonar lo que vi, tu presencia, tus palabras buenas enraizadas en mi oído, ramificándose. Perdona esta petulancia mía, nunca he podido desprenderme de los sueños hermosos. Una vez soñé que visitabas una casa en construcción, y yo estaba allí. Llevabas una camisa de color azul pálido y un niño-adolescente sujeto de la mano. Me besaste, me ofreciste una diminuta perla blanca. No me acuses de reprimir imágenes, descripciones detalladas, o deseos infecciosos, ni siquiera sé que significa aquello de la carnalidad. Yo sólo quiero oír tu voz, caminar sobre el agua, la luz intensa de tu cuerpo me impresiona. No se enciende una lámpara para esconderla debajo de la cama, sino para que nos alumbre, se coloca en un candelero para que los que entran en la casa vean la luz. Tus ojos son la lámpara del cuerpo (y de mi hogar), producen luz, y calor, mucho calor. 
¿Y tú oras, mi amor? Dime qué botín encontraste en el desierto, ¿una caña temblorosa, sacudida por el viento? ¿Cómo sería cantarte una canción de cuna antes de dormir, llenarte de profusas bendiciones? ¿O vas a repetirme que eres viejo, que soy joven, que puedes ajustarme la columna por poco dinero? Hasta la vista, Andrés querido, y gracias por tan generoso ofrecimiento, siempre te recordaré. Las personas piensan que estás endemoniado. Tú, que no comes pan ni bebes vino. Tú, que te retiraste humildemente, cediendo el paso al que tenía que venir a bautizarme con Espíritu Santo y fuego, acusado de comilón y bebedor, amigo de los pecadores, aquel que empuña la horquilla para limpiar su cosecha y reúne el trigo en el granero. Tú, su mensajero fiel, profeta de profetas: Dios te ama, te cuida, te bendice y nunca te desampara. T.Q.M.



Thursday, July 28, 2011

JOE PESCI, UNA BUENA CLASE DE ACTUACIÓN


Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 90. 7-10-11)



Una vez deambulando por la Escuela de Teatro de Bellas Artes y por la Academia de la Asociación de Actores –que ahora se llama Academia Andrés Soler- cayó en mis manos un libro escrito por Louis Jouvet, famoso actor francés. Se llamaba el tomo Escucha, amigo. Estaba lleno de consejos para el actor. Se hablaba del miedo escénico, que es natural en los actores primerizos. Y había un párrafo que decía (lo he memorizado): “Escucha, actor, mientras tú estás recitando los versos de Shakespeare apasionadamente, mientras casi te mueres en escena diciendo ordenaciones de palabras bellas, tu público está ahí, en ese palco… El está pensando en sus negocios, y ella está soñando con su amante… Ese es tu público…”
Luego uno se ponía a pensar que durante las funciones, menos del 20% de la audiencia estaba siguiendo “fielmente” las acciones y palabras. Llegamos a la conclusión de que el teatro era eso: teatro… Y que Julieta (la de Romeo) no tenía que morir de verdad cada noche de representación. “¿Por qué entregar el alma, si sólo unos pocos elegidos están contigo? Quizás resultaría  más afectivo encontrar fórmulas que faciliten cómo fingir artísticamente.”
Una buena clase de actuación, o fingimiento artístico, se ofrece en la película With Honors de 1994, llevando a la cabeza del reparto a Joe Pesci -que quiere decir “peces”, en español. El actor nacido en 1943, muestra verdaderamente sus extraordinarias habilidades histriónicas en el filme. Brendan Fraser y Moira Kelly actúan junto a Pesci, quien representa a un vagabundo que hurga por los rincones de la Universidad de Harvard. El vagabundo camina por todos lados, y vive de milagro, metiéndose en la biblioteca de la institución para calentarse un poco y leer libros de poesía. Es un sinvergüenza (como son todos los buenos actores), amante de la palabra escrita.
Por cuestiones azarosas llega a sus manos el manuscrito de una tesis, que ayuda al vagabundo a sumergirse en la vida de los estudiantes universitarios. En una ocasión entra a una clase colmada de jóvenes sentados en la gradas. Un académico expone frente a ellos. Pero el impredecible destino teatral le brinda al vagabundo la oportunidad de dirigirse a la audiencia. Sus conceptos vibran y logran conmover al público estudiantil. Tanto el libro Escucha amigo, de Jouvet, como la película With Honors divierten y atrapan al espectador. Ambos están ahí, para que los interesados en cuestiones de actuación se acerquen a ellos, y para que el público en general se adentre en la creativa existencia de un vagabundo increíble interpretado por Joe Pesci.




 
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Wednesday, July 13, 2011

COLOFOX O EL LOCO VALDÉS



 
Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 87. 7-6-11)


Hace más de medio siglo, nació para siempre el Loco Valdés en la pantalla mexicana. Nadie escapaba de su hechizo. Todos regresábamos temprano a casa para ver las Variedades de medio día en la televisión. El productor Juan Calderón y un pequeño ejército de cómicos se movían dentro de la caja en blanco y negro, un oasis en medio del mundo loco que nos rodeaba. La estrella del show era el Loco Valdés, que se ganó la adoración de chicos y grandes.
Clown, juglar, bufón, actor, mimo, y cantante, salía al escenario sin libreto, haciéndonos reír y gozar. A veces nos caíamos del sofá o de la silla, a causa de tanta carcajada.
Años después, el cantante Cristian Castro se presenta en el Auditorio Nacional, con su orquesta en vivo, y el público abarrota el lugar. Vemos a su mamá, la actriz Verónica Castro, aplaudiendo con muchas ganas, y no muy lejos de ella está su padre, el Loco Valdés. Son felices porque Cristian se proyecta en el escenario como nunca.
Al concluir el concierto, una reportera se acerca al Loco Valdés, y le pregunta sobre su canción favorita: “La que habla sobre la palmera embarazada”, responde él. Confusa, ella trata de descubrir otros detalles sobre la canción. Entonces el Loco Valdés sonríe y comienza a tararear: “Espera un coco… Un coquito más…” La broma persigue al Loco Valdés, es su sello, que no se puede copiar, y que nos sorprende constantemente. El Loco Valdés parece un mago del humor.
Una vez, durante una filmación, se le ocurre decir: “Hoy celebramos el día del bomberito Juárez, señoras y señores”. Todos los presentes, incluyendo al público, los camarógrafos, y el resto del staff, se desploman de la risa, porque es una fecha especial y se recuerda el nacimiento de Benito Juárez. Antes de terminar la jornada diaria, alguien llama de la Secretaría de Gobernación exigiendo medidas para castigar al mero mero del canal televisivo. Y el pobre Loco Valdés es condenado a retirarse del trabajo una semana.
Gracias a sus extra-vagancias creativas surge el extraterrestre Colofox, un personaje minúsculo, casi invisible, que balbucea. El Loco Valdés atrapa la atención del público al compás de la música de un cuento de hadas, y en escena aparece la nave espacial. Observamos hacia donde él señala mientras el aparato aterriza posándose tranquilamente en las manos extendidas del Loco Valdés…
Colofox se expresa con ruidos, gemidos, sin palabras. Así habla Colofox interpretado por el Loco Valdés, extraordinario actor, hermano de Tintán, y de Ramón Valdés -otro cómico que también destacó junto al “Chavo del Ocho”.




Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)



Monday, July 4, 2011

LAS BOTAS DEL CAMINANTE



      Por Eduardo Rodríguez Solís
     
      De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
      (Número 83. 6-21-11)

       Son unas botas sensacionales. Se sienten como guantes. Son marca Toro y las usan los traileros y los que trabajan en los techos de las casas. No se acobardan ante el peso de un piano de cola, ni por la lluvia, o la nieve, te sirven para moverte en cualquier circunstancia. Las hay largas y cortas. Yo tengo botas de ambos tipos.
      Ahora que ando rondando todo el tiempo por la casa –ya no doy clases, nunca más me volvieron a llamar por pertenecer al club de la Tercera Edad-, uso tenis de los baratos (cuestan menos de 10 dólares y aguantan lo inaguantable). Mis botas siempre están en el baño, paraditas, esperando serme útiles. Tienen más de diez años de vida y siguen, ahí, más (dis)puestas que un calcetín.
      Les echo grasa, les doy su buen trapazo y quedan como nuevas. Cuando voy al banco o a algún otro lugar, me pongo jeans (de segunda mano) y una camisa azul. No olvido mis botas queridas, ni el blazer azul que tanto me gusta (también de segunda). La gente me ve, y a lo mejor susurra: “qué bien le va a ese cuate. Por los trapitos que trae encima, se le nota la elegancia, la clase…”
      Con mis botas he caminado por todos lados. Me parezco al gato de los cuentos, el famoso caminante que atraviesa millones de aventuras. He subido escaleras en torres de castillos viejos para rescatar princesas, peleado con dragones y gigantes que quieren exterminar a los seres humanos. Mis botas han servido de soporte. Son como columnas de un gran edificio que llega hasta la luna.
      Calzando mis botas he jugado al fútbol (soccer), pateado recipientes vacíos, matado cucarachas, pobrecitas amigas, y espantado ratones y víboras de cascabel.
      Mis botas han caminado tanto, y no tienen hoyos todavía. Fueron hechas en León, Guanajuato, pero las compré aquí mismo en Houston; cuarenta dólares el par. (Hay que recordar que tengo dos juegos… las largas y los botines).
      Cuando estire la pata, porque algún día lo tendremos que hacer (nadie se salva), voy a pedir que me entierren o me quemen con mis botas puestas. Quiero seguir caminando por senderos desconocidos, caminos que hay que vencer, ya sea en el cielo o en el infierno.
      Que se sepa que ha llegado un caminante, un hombre al que le gusta la naturaleza, con sus montes, ríos, puentes y animales. Alguien que quiere explorar dónde nace o muere el arco iris. Porque allá, despreocupados lectores, existen también las cosas de la Tierra.
      Vivan, pues, estas botas mías, la vida que me queda y la otra vida… Las botas son para caminar aquí y en el mundo que sigue…
      Y en el otro, y en el otro, y en el otro…



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)