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Thursday, December 18, 2014

GARABATO No. 94


 

    
Por Eduardo Rodríguez Solís

 
      Estaba mirando sin mirar. Tenía los ojos apuntando hacia una ventana. Cerca de él, su gata lo observaba entrecerrando los ojos verdes.
      De pronto, detectó un movimiento en una de las esquinas de la ventana. Entonces, concentró su atención, que estaba adormilada.
      Sí. Ahí estaba una carita risueña. Se trataba de un duende que se sostenía en el aire, como si fuera una luciérnaga. Tenía sus alas transparentes.
      Entonces, el hombre solitario hizo a un lado una cortina que le tapaba un poco la visual.
      El duende, o lo que fuera, se echó para atrás y cruzó los brazos, poniendo cara de ¿asombro?
      Enseguida, el hombre solitario fue para afuera y pudo ver que el duende voló hasta arriba de los arbustos.
      --Baja, no tengas miedo. Yo no como –dijo el hombre solitario.
      El duende entonces voló nerviosamente de un lado a otro, y terminó sus movimientos en el azulejo de una fuente.
      El hombre solitario se acercó y se dio cuenta que el duende era una duenda, que lucía aretes y un collar muy delicado.
      --¿De dónde vienes? –preguntó el hombre.
      La duenda se atrevió a hablar. Y dijo enseguida que ella venía del castillo de la montaña… Ella vivía sola, en la tercera torre, donde había una bandera roja.
      Supo entonces el hombre solitario que el color rojo significaba que ahí, en esa torre, había un ser que necesitaba con urgencia un poco de amor.
      --Yo puedo darte eso que necesitas –dijo el hombre solitario.
      Fue entonces cuando la duende giró varias veces en el aire y se transformó en una muchacha sencilla… Acababa de llegar del campo y traía una canasta llena de flores amarillas y azules. Eran las flores que traen consigo la vida sana.
      --Te voy a regalar un ramito –dijo la joven.
      Y el hombre solitario se quedó con sus flores.
      La muchacha sencilla se volvió a transformar en duenda, y desapareció.
      Desde ese día todo fue diferente en la existencia del hombre solitario.
      Y las flores azules y amarillas, que se colocaron en un florero con agua de lluvia, nunca se secaron. Vivieron por siempre de los siempres cerca de ese hombre que ya no se sintió solo,
      Y lo extraordinario de este cuento es que en sueños y ensueños el hombre se veía con la duende, y le pedía que diera vueltas para volverse la muchacha sencilla de las flores.
      Y lo hacía.
      Este pequeño acto de magia hizo que la vida se volviera absolutamente placentera.


Eduardo Rodríguez Solís (Camino Real, D.F.). Publica teatro, novela, ensayo, cuento. Primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Tiene premios por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco, El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes fue premiado y llevado al cine, con la dirección de Alejandro Galindo, y con un guión de Carlos Bracho. Su obra Las ondas de la catrina ha sido representada en muchos países, y en Broadway tuvo éxito. Radica en Houston, Texas (erivera1456@yahoo.com).

Tuesday, December 9, 2014

GARABATO No. 93


 

 
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Pues resulta que el hombre siguió haciendo de las suyas. Al infestar los canales de televisión, cable y satélite con materiales no-estabilizados y no-educativos se produjo en el ser humano un retroceso. En lugar de lograr crecimientos en los sentidos y en las fuerzas del individuo, como eran los ideales de los inventores de esas tecnologías de la comunicación, se fue debilitando la gran gama del hombre y, por ejemplo, la visión natural se debilitó en grande. En vez de tener una potencia total de tres kilómetros, esta virtud se redujo a la mitad. Entonces ya no alcanzó a ver, desde el suelo, la torre de observación del Empire State Building (por dar sólo un ejemplo).
      Por eso la desgracia de Juan Polainas Pérez creció en tamaño. El, siendo un experto limpiador de ventanas, al tener un accidente en un piso 67, cuando uno de los cables de acero que sostenían su andamio se rompió, se quedó colgado, sin que nadie se diera cuenta.
      Y esta desgracia le duró treinta años, cuando ya estaba cumpliendo 65 años de andar deambulando en esta tierra divina.
      Y el final de esta tortura, que se pudo resistir gracias a la lluvia y a muchas semillas que le regalaron las palomas que viven en las alturas, se logró cuando Alicia Camposanto, un día abrió totalmente una ventana de ese piso 67.
      --¿Y usted qué hace ahí, colgado? –preguntó la rubia artificial.
      --Soy un limpiaventanas que se ha pasado aquí, colgado, treinta años –dijo Juan Polainas Pérez, cuando estaba viviendo su cumpleaños 67.
      Hombre y mujer (rubia artificial) platicaron mucho tiempo. Ella, asomada a la ventana abierta. El, ya sentado en el pretil de ladrillo, donde caminaban sus amigas las palomas.
      Hablaron de todo. De cómo la gente se salía del cine a la mitad de las películas, de cómo el hombre hacía a un lado un sándwich de jamón con queso, porque ya no había ganas de seguir comiendo, de cómo no se veía el final de una pelota cuando se pegaba un jonrón… Y todo se quedaba a la mitad. Nadie subía una montaña y nadie terminaba de leer un libro. Todo se dejaba a la mitad.
      Pero, extrañamente, uno podía ver bien de arriba hacia abajo. Pero cuando uno lo hacía de abajo hacia arriba, la vista se  empañaba a la mitad de una torre o de un alto edificio.
      --¿Y cómo supo usted cuánto tiempo pasaba en su vida? –preguntó la rubia Alicia Camposanto.
       --Marqué rayitas de sol a sol. Y recién he marcado la raya número 10,950. Todas estas marcas las he hecho en una viga de madera de mi andamio –dijo el viejo Juan Polainas Pérez.
      Entonces la rubia dijo que había que festejar ese cumpleaños 67. Y, como de rayo, fue a un refrigerador y trajo la mitad de un pastel de queso.
      Pero el viejo no quiso meterse al edificio. Quería quedarse ahí, rodeado de sus amigas, las palomas.
      Se cortó la mitad del pastel y cada quien tuvo su buena ración. (Ese pastel sabía a Gloria. Bueno, hay que imaginar vivir treinta años sin pastel de queso. Hay que imaginar eso.)
      Juan Polainas Pérez y Alicia Camposanto se prepararon para bajar al suelo gris de la ciudad. Entonces, antes, el viejo se metió a una regadera y, ya seco y perfumado un poco, la dama del pelo artificial, lo afeitó bien y le cortó el pelo. Luego, buscaron y encontraron en un clóset un traje hecho con casimir “Príncipe de Gales”. Y la prenda le quedó al viejo de primera.
      Y bajaron por el elevador y tocaron el piso gris de la calle, y voltearon para arriba y no pudieron ver ese andamio descolgado.
      Caminaron hasta Central Park y se sentaron en una banca, y se comieron unas donas azucaradas y tomaron café caliente.
      Observaron a un mimo clásico, con su carita pintada de blanco y dos lágrimas que resbalaban de sus ojos.
      Se tomaron de las manos y extrañamente se reconocieron como padre e hija.
      Esto se supo cuando Alicia Camposanto sacó su licencia de manejar.
      Ahí estaba ella retratada con su cabello negro y con su nombre real: Alicia Polainas Pérez.
      Según la Historia de la Ciudad de Nueva York (Editorial Everest. Colección Voodoo) nunca bajaron el andamio que se quedó colgado en el piso 67. Y cuando tiraron el alto edificio para hacer otro más alto y con mejor diseño, los pedazos del andamio de Juan Polainas Pérez se confundieron con los tantos añicos de ese rascacielos que se volvió basura de otro siglo.
      Y la construcción del nuevo edificio dilató siglo y medio, ya que cuando se iba a la mitad del proyecto, y se armaba el piso 100, un cometa se estampó contra la obra, y entonces se tuvo que volver a empezar.

 
Eduardo Rodríguez Solís (Camino Real, D.F.). Publica teatro, novela, ensayo, cuento. Primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Tiene premios por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco, El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes fue premiado y llevado al cine, con la dirección de Alejandro Galindo, y con un guión de Carlos Bracho. Su obra Las ondas de la catrina ha sido representada en muchos países, y en Broadway tuvo éxito. Radica en Houston, Texas (erivera1456@yahoo.com).
 
 

Saturday, December 6, 2014

GARABATO No. 92


 

    
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Siempre de los siempres, Antonio Abogado se iba caminando hasta atrás del cerro de los Zopilotes. Ahí, en un árbol de ramas y troncos fuertes como piedra basáltica, se subía como chango hasta lo más alto. Y, desde ahí, veía los panoramas hacia cualquier punto. Meditaba entonces  sobre todo lo que había vivido. Pero su primer pensamiento era para Azucena, la hija del hacendado Arturo Maizales.
      Ese era su amor perdido, ya que la Azucena nunca le correspondió en amores. Y esto,  seguramente por su raquítico status económico.
      Pero, al estar ahí, trepado “en su árbol”, se sentía el poseedor del amor de Azucena. Y eso nadie se lo podía quitar, ya que los pensamientos son de quien los desdobla y los abre al sol o a la luna.
      Entonces, fácilmente se encontraba con su amada, quien volaba hacia él en forma de una paloma gris que, cuando llegaba al árbol “de los pensamientos”, se volvía la Azucena de carne y hueso.
      --¿Y ahora, por qué lloras? –le preguntaba la mujer.
      --Es que esto es pura imaginación. Es como un cuento de hadas –decía Antonio Abogado.
      --Pero aquí estamos los dos –decía la mujer amada.
      --Pero este mundo que vivimos es falso –decía Antonio.
      Y resulta que un día, estando solo Antonio, arriba del árbol, un viejo de barba larga se le plantó frente a frente.
      Ese viejo era el Señor Fortuna, un personaje de leyenda, que vivía en una cueva al pie del cerro de los Zopilotes.
      De entre sus ropas, este anciano sacó un rollo de pergamino donde estaba escrita la historia de todos los seres de la región.
      Se buscó entonces el nombre de Azucena, y el rollo se desplegó hasta abajo, hasta llegar al suelo.
      Y esta acción hizo feliz a conejos y ardillas, porque pudieron fácilmente leer en el pergamino hechos curiosos de los seres de la región.
      Y cuando el viejo llegaba a la mitad del rollo, encontró el nombre de la amada de Antonio Abogado.
      --Aquí dice que Azucena te tiene en su pensamiento –dijo el viejo, al momento de  mostrar a Antonio Abogado una bola de cristal.
      Y ahí, señores, se veía a Azucena escribiendo muchas veces las palabras “Antonio Abogado”… Y luego se veía a la Azucena bordando esto, muchas veces también, en un rectángulo de seda.
      El viejo, con su largo rollo de pergamino, desapareció y Antonio Abogado se quedó solo arriba de su árbol.
      Entonces, después de muchos suspiros que experimentaba Antonio, llegó la paloma gris, y en el momento de la transformación, las cosas cambiaron.
      Ahora, Antonio Abogado estaba arriba del cerro de los Zopilotes, sentado en un trono dorado. Y, de pie, a su lado, estaba Azucena, con un vestido blanco y una guirnalda de flores amarillas.
      Desde entonces, la gente de esa región montañosa, sabe que los amores de Antonio y Azucena se volvieron poemas y canciones que todos leen y cantan cuando la melancolía los envuelve.

 

Eduardo Rodríguez Solís (Camino Real, D.F.). Publica teatro, novela, ensayo, cuento. Primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Tiene premios por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco, El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes fue premiado y llevado al cine, con la dirección de Alejandro Galindo, y con un guión de Carlos Bracho. Su obra Las ondas de la catrina ha sido representada en muchos países, y en Broadway tuvo éxito. Radica en Houston, Texas (erivera1456@yahoo.com).

Sunday, November 23, 2014

GARABATO No. 91


 


Por Eduardo Rodríguez Solís


      Iba José Francisco volando.  Y con su propia fuerza, sin impulsores artificiales, daba vueltas cerca de las estrellas, y seguía adelante.
      No se sabía la ruta, y se desconocía el objetivo.
      Y su volar era como vivir, pues no se sabía el final definitivo.
      Pero hizo una pausa ante los ojos de un viejecillo que recogía piedras, en la parte Sur de una estrella fugaz.
      Las piedras que se echaban en una bolsa de colores eran picudas y redondas, y algunas tenían formas de animales.
      Con todo ese pesado cargamento, y con barro que dejó un asteroide, pensaba el viejo hacer una barda para marcar sus dominios.
      Y esta cosa le parecía a José Francisco un absurdo, ya que el viejo de las piedras era el único habitante de la estrella Margarita (ah, porque ese planetito tenía su nombre).
      --Hago la barda, rodeando el espacio que ocupo. De tal forma, si llega un extraño, sabrá que hay límites –dijo el Viejo.
      Entonces José Francisco se elevó y buscó otro lugar en el espacio. Y, detrás de tres estrellas de color amarillo, encontró un planeta alargado, que tenía palmeras a los lados.
      --Aquí encontraré la paz –se dijo José Francisco.
      Pero de un agujero, que se tapaba con una roca plana, se asomó una mujer con cabello afro.
      --Aquí no eres bienvenido –dijo la mujer, al terminar de salir del agujero.
      --Es que necesito descansar –dijo José Francisco.
      --El espacio sideral es muy grande, y en las estrellas y en los planetas desconocidos no se paga renta… Vete de aquí, antes de que te eche a patadas –dijo la mujer del pelo afro.
      José Francisco entonces se puso a llorar.
      La mujer cambió y mostró una sonrisa, y dijo que las lágrimas de José Francisco las iba a poner en un frasco… Y trajo entonces un frasco transparente, de vidrio verde claro.
      --Aquí pondremos tus lágrimas –dijo la mujer.
      Y, con cuidado, recogió las lágrimas.
      Cuando el frasquito se llenó, dijo que ese líquido era bueno para dormir a “pierna suelta”.
      --Te lo frotas en los párpados, y ya está –dijo la mujer de pelo afro.
      José Francisco voló de nuevo, pero perdió su camino, y empezó a pasar por lugares conocidos… Hasta que aterrizó en su propio planeta.
      Tomó las sales que lo hacían volar, y que traía en una bolsita bordada, y vació el contenido en un estanque de aguas claras.
      Se restregó los ojos y se alborotó su cabello. Y, con estos actos, echó a los olvidos los deseos de andar volando sin saber a dónde ir.

 

Eduardo Rodríguez Solís (Camino Real, D.F.). Publica teatro, novela, ensayo, cuento. Primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Tiene premios por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco, El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes fue premiado y llevado al cine, con la dirección de Alejandro Galindo y con un guión de Carlos Bracho. Su obra Las ondas de la catrina ha sido representada en muchos países y en Broadway tuvo éxito. Radica en Houston, Texas (erivera1456@yahoo.com).

Saturday, November 15, 2014

GARABATO No. 90


 

 

Por Eduardo Rodríguez Solís


      Era todo un caso. Lo sabía bien. Desde que abría los ojos hasta las diez de la mañana era un angelito. De las diez a las tres de la tarde era un ser mandón, que no se le podía decir que no. De las tres a las siete de la noche era muy amigable y servicial. De las siete la noche a la mañana siguiente era un ser que no hablaba.
      Por eso se decía Agustín Chico, el Tetra Ser de la Montaña.
      Vivía con su abuelo, paralítico, que se movía gracias a una silla de ruedas toda desvencijada.
      En una casucha que no tenía ventanas vivían los dos Agustines. El Chico, Tetra Ser de la Montaña, y el grande, que tenía voz de bajo operístico.
      Una mañana, que debe quedar bien anotada en la historia de esa región montañosa, Agustín Chico salió a platicar con los tantos pájaros que vivían por ahí. Pero ninguno de los seres alados quiso contestar a sus preguntas. Entonces, haciendo una mueca, pateó una piedra que estaba en el camino. En esa roca porosa vivía una familia de hormigas.
      --Hey, ¿qué te pasa? ¿Por qué alteras la tranquilidad de nuestro mundo? –dijo una de las hormigas adultas.
      Agustín Chico se sentó en el suelo, colocando la piedra en su lugar de siempre.
      Supo entonces que esa piedra  estaba conformada por cientos de túneles, y que aquel pequeño universo era casi un laberinto.
      --Aquí vivimos, y a veces nos perdemos –dijo una hormiga adulta.
      --¿Y ustedes, son siempre lo mismo? –preguntó Agustín Chico.
      --¿Y por qué preguntas eso? –dijo la hormiga adulta.
      --Es que yo soy un ser dividido en cuatro. Y no me gusta ser así –dijo Agustín Chico.
      Tetra Ser de la Montaña habló de las verdades de su vida. Y marcó en un pedazo de terreno húmedo los horarios de sus cambios de personalidad o de lo que sea.
      --Primero soy un angelito. Luego me vuelvo mandón, después soy amigable, y finalizo mi día sin hablar a nadie –dijo Agustín Chico.
      La hormiga adulta dijo:
      --Tienes que ir a la Cascada de los Diamantes. Un buen baño en ese lugar te estabiliza, te compone.
      --¿Y cómo se llega a ese lugar? –preguntó Tetra Ser de la Montaña.
      --Cuando quieras ir, yo me trepo en tu cabeza, y te llevo hasta ese lugar –dijo la hormiga.
      Dieron las diez de la mañana, y Agustín Chico se volvió mandón. De sus orejas salió humo y sus ojos se enrojecieron.
      --Todo el que pase por aquí tiene que hacer una reverencia. El que no lo haga será castigado –dijo Tetra Ser de la Montaña.
      --¿Y cuál va a ser el castigo? –preguntó la hormiga.
      --Si se muere el castigado, no entra al cielo –dijo Agustín Chico.
      --¿Y cómo van a saber arriba? –preguntó la hormiga adulta.
      --Yo soy amigo personal de San Pedro. Siempre lo he sido. Y lo único que tengo que hacer es hablarle a su  teléfono rojo –dijo el enojón.
      Varias horas después, la personalidad de Agustín Chico cambió. Ahora, en su humanidad reinaba la amistad. El mundo entonces se volvía color de rosa.
      Y luego, apareció el periodo del silencio total. Eran las últimas horas del día.
      Tres meses más tarde Tetra Ser de la Montaña, o sea, Agustín Chico, se fue hacia la Cascada de los Diamantes.
      Supo bien el camino, gracias a la sabiduría de la hormiga adulta, quien había brincado a su cabeza, y desde ahí señalaba rumbos en el largo viaje.
      Las aguas cristalinas de esa cascada limpiaron el cuerpo de Agustín Chico.
      Una nueva vida se inició.
      Pero a los pocos meses de ello, el cuerpo de Agustín Chico se llenó de nuevo del polvo sucio que viene de las chimeneas que ha fabricado el hombre y, entonces, volvió a fragmentarse su personalidad, y el nombre de Tetra Ser de la Montaña volvió a sonar fuerte.
      Y la locura de volver a ir a la Cascada de los Diamantes quedó definitivamente en el olvido.


Eduardo Rodríguez Solís (México D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)
     

Tuesday, November 11, 2014

GARABATO No. 89


 

     
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Una niña ve con tanta fuerza a un grupo de estrellas, que obliga a que una de estas luces lejanas se acerque precipitadamente. Y la estrella, ya con forma de príncipe, abre la ventana y se acerca a la niña.
      Este príncipe viste a todo lujo y se parece a un ángel, como los que están en las fachadas de una iglesia de buena categoría.
      --Tu deseo está cumplido –dice el príncipe, arrodillándose ante la niña.
      Entonces la niña, que se llama Violeta, se empieza a sentir reina o emperatriz de la comarca más florida de ese país galo.
      Se sienta ella en su trono, mientras juglares, arlequines y bufones hacen reír a todos los comensales de ese banquete real.
      Y cuando todos están gustando de los postres, aparece un mago que ha venido de la China.
      El ilusionista echa mascadas de mil colores a una gran caja, que después se cubre con una capa dorada.
      La caja gira mágicamente y alguien (quizás un fantasma) hace a un lado la capa, y aparece un tigre de Bengala que, decidido, se planta ante un público que grita vivas a cada rato.
      Por artimañas de la magia, el imponente tigre se vuelve un gran muñeco de peluche.
      La reina o emperatriz del cuento se lanza con ímpetu hacia el animal, y lo abraza tan fuerte, que la vida retorna al animal salvaje.
      Entonces el animal, por no sé qué artes, descubre el camino que va a la selva, y se va por ahí con ritmo y fortaleza, llevando sobre sus lomos a la niña real.
      Y cuando va a medio camino, el tigre de Bengala se quita su disfraz, y descubre su personalidad, que fue primero estrella y luego príncipe de cuento de hadas…
      Es entonces cuando la niña Violeta ve en el cielo muchas señales, que no son más que nubes con forma de dragones. En esas figuras grises y color beige se afirma la delicada pasión que está naciendo entre los amantes de este cuento.

 

Eduardo Rodríguez Solís (México D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Wednesday, November 5, 2014

GARABATO No. 88


 

   

Por Eduardo Rodríguez Solís


      Un niño avienta con fuerza una piedra y rompe el vidrio de una ventana.
      Un hombre gordo sale a ver qué pasa y, al descubrir al chamaco, corre detrás de él. Pero el infante le gana la carrera y se trepa hábilmente en un árbol inmenso.
      El niño brinca de rama en rama y va subiendo, hasta llegar a lo más alto del árbol.
      El hombre gordo, con algo de torpeza, se trepa a las primeras ramas del ahuehuete, pero pierde el equilibrio y se va volando hacia el suelo.
      El niño, desde arriba, observa la escena, y el hombre gordo parece como muerto.
      Cuando llega la noche y empieza el frío, el niño desciende del ahuehuete y se percata que el hombre gordo está vivo.
      Despavorido, el chamaco corre a su casa, y al rato viene cargando una cobija que extiende sobre el cuerpo del hombre gordo.
      --Ojalá y no se muera –dice para sí el niño.
      Pero el hombre gordo no se muere. Pasa la noche bien calientito
      Y, bien temprano, el hombre gordo anda de casa en casa, mostrando la cobija “salvadora”. Quiere saber quién se ha apiadado de él.
      Hasta que llega a la casa del niño “que rompe ventanas”.
      La madre, que está haciendo de comer, identifica la cobija como suya… El padre está cortando leña… Y el “famoso rompedor de ventanas” va llegando a la casa cargando dos cubetas llenas de agua.
      Los dos hombres hablan y, como no hay dinero para pagar el vidrio roto, se conviene que el chamaco vaya tres veces a cortar las yerbas malas que salen alrededor de la casa de la ventana rota.
      Y, de mala gana, el niño empieza a pagar su castigo.
      Y resulta que un día, el dueño de la casa de la ventana rota, andando por el bosque, se cae en una trampa para osos, y no puede salirse.
      Grita y grita y nadie le hace caso. Hasta que el chamaco rompedor de ventanas se da cuenta del accidente.
      Y con dos cuerdas amarradas como escalera, el hombre gordo puede salir del tremendo hoyanco.
      Entonces la deuda del castigo es borrada, y hasta el chamaco recibe quince reales adicionales como recompensa.
      Con ese dinero, el niño le compra un vestido azul a su mamá, y al papá le toca un sombrero de lona para la lluvia y el sol.
      Y el chamaco sigue con su juego de romper ventanas. Pero ese juego lo practica ahora sólo en sueños y en ensueños.
      Ganas le dan al niño de romperle todo lo que fuera al hombre gordo, pero quiere mantenerse al margen.
      --Ahora, gracias a los cielos, soy un niño educado y buena gente –se dice el chamaco, mientras ve el vuelo de los pájaros.
      El hombre gordo decide volver su casa un sitio más oscuro, donde no entra el sol, y esto lo hace “por si las moscas”.
      Y parece que el hombre gordo vive en el corazón del pueblo grande, donde quien tiene ventanas a las calles, paga impuestos por la libertad de ver lo verde de la natura. Y todo “por si las moscas”, y por no querer dar dineros a los gobernantes.
      Hace el hombre gordo pedazos los marcos de la única ventana y hace trizas rectángulos de vidrio. Y con ladrillos rojos, recién cocidos, y con buen cemento, tapa bien ese hueco.
      Y unos días después de esto alguien tiene la feliz idea de inventar un acto de protesta. Con pintura negra, y con trazos bien definidos, se hace sobre lo que era el hueco de la ventana, una estrella doble y la palabra “bum”.
      Y esta locura se queda por secula seculorum (para siempre) en la casa del hombre gordo.
      Y hasta se llega a conocer esa casa como “La casa de la estrella”.

 
 
Eduardo Rodríguez Solís (México D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


     

Wednesday, October 29, 2014

GARABATO No. 87


 

 

      Por Eduardo Rodríguez Solís


      Del jardín interior, que tiene muchas tonalidades en verde, salta un juglar cubierto con rombos de colores.
      Da vueltas como buen artista de circo y hace rodar dos cocos, uno grande y otro chico. Entonces, esas frutas ya secas, caen al mosaico y se mueven por esa superficie, como si fueran las bolas de un billar.
      El juglar brinca de gusto y canta una canción antigua, con letra que parece africana.
      Y cuando surge el ruido de un tambor, ese juglar se vuelve casi danzante de un ritual afro.
      Caen entonces muchas hojas verdes, que se desprenden de las matas del jardín interior y, cada una de ellas, se transforma en una bailarina de largas trenzas.
      El juglar casi enloquece y se acerca a las mujeres, que no han dejado de moverse.
      Y bailan todos hasta que se mete el sol, y los verdes se oscurecen y empieza la noche.
      Muchas pequeñas mujeres, que son luciérnagas, rodean el territorio. Y uno se siente con ganas de volverse un rayo de luz nocturna.
      Vuelan los minúsculos seres y hacen como un murmullo de olas. Y francamente uno se imagina sumergido en las aguas frescas del mar.
      Y una tormenta se hace presente. Son vientos que vienen del Norte y te hacen tiritar.
      Llega la madrugada.
      La fantasía ha terminado. El jardín ya está tranquilo y los cocos han recuperado su sitio.
      A lo lejos se oye el llorar de un niño.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Friday, October 24, 2014

GARABATO No. 86


 

     

Por Eduardo Rodríguez Solís

 
      El hombre está intranquilo. Da vueltas en la cama pero no puede atrapar el sueño. Se restriega los ojos y no consigue la paz. Respira con profundidad y suspira. Francamente no sabe qué hacer.
      Mira el cielo raso, que parece la superficie lunar. Y con lentitud extrema ve el movimiento de una araña patona, de las que abundan en los panteones… El animal se mueve hacia una esquina… Y ahí, se desliza por una rendija. Desaparece, y la superficie lunar queda sola.
      El hombre casi da una maroma y se incorpora. Y se levanta, pero pierde el equilibrio. Y piensa que la sangre no le está irrigando bien el cerebro.
      Pero se pone sus chanclas y empieza a moverse por la habitación.
      Truena los dedos y el foco de su cuarto se enciende, y la luz amarillenta le lastima los ojos.
      Truena los dedos y la luz amarilla se vuelve roja, como si fuera señal de un lugar repleto de mujeres fáciles.
      Truena los dedos y la luz roja se vuelve azul, como si fuera lámpara de enamorados.
      Truena los dedos y todo se vuelve penumbras, como si fuera el principio de la muerte.
      Entonces se acuerda que un amigo, a medias de un juego de mesa, le pregunta:
      --¿Y qué sigue después de la muerte?
      Y la respuesta que se escucha es medio surrealista.
      --Después de la muerte, viene la escalera y el valiente.
      Truena los dedos y la penumbra se vuelve luz rosada.
      Entonces se acerca a su ventana.
      Truena los dedos y, a través del cristal, se puede ver a un rinoceronte que juega con una mariposa azul.
      Truena los dedos y las imágenes cambian. Ahora, son conejos y ardillas que saltan llenos de alegría.
      Truena los dedos y ahora se ve a sí mismo… En un campo verde corre el hombre. Y este hombre se acerca al horizonte que está hacia el Sur… Corre despavorido y nada lo detiene…
      Truena los dedos y todas las nuevas imágenes se revuelven y se confunden entre los colores del arco iris.
      Truena los dedos y no pasa nada.
      Truena los dedos y parece que el tiempo se desmorona.
      Truena los dedos y no hay luces.
      Entonces, sabe que su fin ha llegado.
      El hombre se siente convertido en polvo, y se vuelve araña patona, y camina por ese cielo raso, que es el piso… Y busca alguna rendija.
      Finalmente, el hombre, que ya no truena los dedos, encuentra un orificio y dice para sus adentros, “eureka”, y se desliza y desaparece de la vista.
      El hombre está en el principio del fin…     

 
Eduardo Rodríguez Solís (México D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picadoSobre los orígenes del hombreDoncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)