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Saturday, August 4, 2012

EL LIBRO EN LA ALEMANIA DEL SIGLO XVIII (APUNTES)


Rosemary Linares: Historia de mi vida



Este ensayo explora el impacto del volumen impreso en el desarrollo del pensamiento intelectual así como el tratamiento de la realidad y la esfera artística en Alemania durante el siglo XVIII. Desde su mera aparición en los círculos universitarios, el libro se convirtió en perfecto vehículo para promover y fomentar la idea del conocimiento como materia reproducible y almacenable. Como diría Joseph Rosenblum, el libro sirve como una suerte de mundo especulativo, un espejo que descubre lo que nos rodea, porque siendo objeto físico y texto al mismo tiempo puede compartir algunas similitudes con el contexto en que fue creado (1). El investigador continúa, “textos y sus contextos son inseparables, pues en un mismo volumen uno puede combinar corrientes artísticas, tecnológicas, económicas, sociales, religiosas, políticas e intelectuales de la época” (Rosenblum 1). 
La imprenta garantiza la permanencia de la sustancia lingüística –que es evasiva esencialmente- expresada en signos empeñados en reflejar diversos modos de entender la realidad. Uno podría decir que en el siglo XVIII el libro constituía una instancia mediadora entre la idea restringida del conocimiento –aquella que tiene que ver con la acumulación desmedida de información impresa- y el público lector –compuesto casi siempre por una minoría privilegiada. El libro, dice Rosenblum, “se convierte en el producto de diversas fuerzas que determinan su naturaleza, convirtiéndose en creación y creador al mismo tiempo” (1). El escritor Mark E. Wildermuth afirma la idea: “temas como la mediación, representación y comunicación en la cultura editorial nos abren el camino para entender cómo se organizan los textos relacionados con la naturaleza y la cultura y hasta qué punto los textos producidos por seres humanos pueden representar el orden natural de las cosas, y sus referentes, a través de la palabra impresa” (31).
El siglo XVIII (europeo) estuvo marcado por un intenso desarrollo de las cuestiones filosóficas, lingüísticas y estéticas, el llamado Iluminismo, que generó una sed desmedida por el aprendizaje y la difuminación del material literario y artístico que se entendía como un equivalente, o sinónimo, de la buena reputación de las naciones. La letra impresa (el volumen publicado) encontró un lugar especial dentro de la amalgama cognoscitiva, por su instituido poder de acumulación y trasmisión cultural. Martha Woodmansee, por ejemplo, ha situado los orígenes de la filosofía estética en el mercado literario y legislación del copyright en Alemania durante la era romántica (Woodmansee en Rose 87). ¿Cuál es el verdadero misterio de la imprenta que logra afectarnos, impactarnos, tan profundamente? ¿Por qué no podemos escapar de la urgencia de la publicación y de la manipulación editorial hasta la fecha?
Esta investigación tratará de vislumbrar cómo el libro puede convertirse no sólo en agente trasmisor sino en fallido dictador –acaparador- del conocimiento gracias a su solapada influencia en la capacidad subjetiva del ser humano. Aquí se ofrecerá un bosquejo histórico sobre la situación cultural en Alemania durante el siglo XVIII, el trabajo editorial de Friedrich Nicolai, y algunos otros conceptos relacionados con el influjo literario. Como diría el investigador D.F. McKenzie en su libro Bibliography and the Sociology of Texts, los volúmenes escritos codifican formas discursivas que determinan las condiciones para el entendimiento de sus propios significados (1999, 1). Las formas en que los textos aparecen mediante su adaptación, edición y publicación constituyen la más clara evidencia de que existe una historia de la escritura y de los significados. El libro, dice McKenzie, se convierte en un artefacto que cuenta una historia accesible y que puede presentarse en múltiples ediciones (alteradas o no) para apoyar una comprensión común y generalizadora de la Historia (1998, 1).
Si queremos hablar del impacto de la imprenta en la distribución y aceptación del conocimiento en general, inmediatamente debemos referirnos a la historia del libro y su producción. ¿Y qué entendemos por la “Historia del Libro”? En un largo y detallado estudio, McKenzie propone la siguiente definición: “La historia de la producción del libro se refiere al estudio de las casas editoriales, los recursos de impresión, las actividades diarias de los editores, compositores, correctores, y su relación con el contexto histórico social que permite, facilita o a veces dificulta su aparición” (1999, 3-4). Como sugiere McKenzie, un libro no es solamente un objeto sino un producto del desarrollo y la potencialidad creativa de los seres humanos, un espejo de la complejidad y evolución del pensamiento al que uno, como investigador, debe acceder para poder comprender la comunicación del sentido de la palabra impresa como extensión del contexto en que los escritores viven (1999, 4). El reconocimiento de formas comunicativas implica el entendimiento de estructuras relacionales que conforman un modelo dinámico de creación-producción que siempre está centrado en la experiencia humana. Para decirlo con otras palabras, los libros presentan un tipo de conocimiento al que ciertos seres humanos –los escritores, editores, etc.- tienen acceso, y en este sentido uno puede entenderlos como representaciones de experiencias limitadas, relativas, lo cual no niega que tengan un valor cognoscitivo, aunque no definitivo ni absoluto.
El estudio de “la historia del libro” se vuelve un proceso de reescritura constante. Las sociedades reescriben su pasado, los lectores reescriben sus textos mientras los editores los rediseñan (McKenzie 1999, 25). Uno de sus mayores objetivos radica en nutrirse de las intenciones sociales a través de actos de transmisión y recepción, que ayudan a descubrir verdades escondidas o a inventar nuevas posibilidades de significado. Un libro es una extracción del intelecto vivo, un artefacto textual, del espíritu, que puede así mismo tener implicaciones sociales y políticas, con un propósito de vida que apunta hacia la esencia del conocimiento, es decir hacia la vida después de la vida, materia etérea, elusiva, sublime quizás. Los signos expresan significados ideológicos y se convierten en armas de control que pueden ser manipuladas o completadas por los lectores (Mackenzie 1999, 47-55)
La historia del libro, dice Jonathan Rose, presenta un panorama de la información que existe sobre la creación, diseminación y uso de todo tipo de escritura impresa en forma de manuscritos, periódicos, revistas, entre otros materiales. La historia del libro emerge de la necesidad de entender cómo surgen las revoluciones informativas gracias a la aparición de imprentas con tecnologías especializadas y movibles; su incidencia en circuitos de comunicación, distribución y de transformación cultural (Rose 85). Hay varias cuestiones que invitan al investigador a adentrarse en el estudio de la imprenta como una de las bases fundamentales para el desarrollo de los métodos de pensamiento. Por ejemplo, uno puede preguntarse cómo los hábitos de lectura han sido condicionados por los nuevos métodos de impresión, iluminación y transportación; el desarrollo de redes de distribución y mercadeo, investigaciones sobre reglas de compra-venta, el papel desempeñado por las agencias o instituciones que promueven la eliminación del analfabetismo como la familia, escuelas e iglesias; los inventarios de volúmenes en las librerías, entre otros detalles (Rose 86).
En su libro Print, Chaos and Complexity: Samuel Johnson and Eighteenth Century Media Culture, el investigador Mark Wildermuth se refiere a un estudio detallado de la imprenta realizado por David McKitterick que tiene que ver con las implicaciones acaso subjetivas de las publicaciones, las cuales pueden ampliar nuestro proceso de entendimiento o interpretación del mundo y crear confusiones a la vez. McKitterick afirmaba que los libros se comportan como las palabras, imágenes y otros signos que los componen, y que son infinitamente maleables, y susceptibles al cambio. Cuando nos acercamos a un texto escrito, debemos hablar en primer lugar de su inconstancia y naturaleza vulnerable (McKitterick en Wildermuth 14). Uno de los objetivos fundamentales de Wildermuth es mostrar cómo conceptualizaciones de la imprenta como agencia mediadora afectan no sólo los procesos de lectura y entendimiento de los textos sino las teorías críticas que de ellos se desprenden. En su trabajo, el investigador explora cómo el conocimiento de la estabilidad e inestabilidad de la imprenta durante el siglo XVIII nos ayuda a contextualizar y a comprender el papel del libro en el comportamiento ético, social y estético de los seres humanos que se convierten a su vez en emisores alternos de signos de la vida cotidiana (Wildermuth 16).
McKenzie tiene una idea similar conectada al concepto de bibliografía, que abarca una serie larga de principios. McKenzie entiende la idea de bibliografía como disciplina que estudia los textos (de toda índole) de una manera creativa. En este sentido los textos devienen en un amplio número de hojas impresas además de formas o motivaciones abstractas (historias inventadas, interpretaciones, búsquedas, sentimientos) que pueden ser recolectadas y organizadas, así como sus procesos de trasmisión, producción y recepción. La historia del libro, continúa el escritor, tampoco puede prescindir de la presentación del escenario social, económico y las motivaciones políticas que llevan a la publicación de los volúmenes, las razones que explican la necesidad de la escritura en ciertas épocas y el tipo de lectura que los textos suscitan. De ahí que se pueda tener una idea más clara del impacto y transcendencia que determinados libros tienen, en el plano mental, social, o emocional. Para McKenzie, la sociología de los textos incluye así mismo una lista completa de realidades sociales que determinan la emergencia de la imprenta y que luego se convierten en patrones o modelos a seguir, motivos personales, interacciones generadas gracias al trabajo de producción, trasmisión y consumo de libros, el papel de las instituciones y sus estructuras que afectan ampliamente las formas de discurso social (1999, 15). 
En el volumen The Coming of the Book: The Impact of Printing 1450-1800, los autores Lucien Febvre y Henri-Jean Martin hacen notar que muchos vendedores de libros gracias al contacto diario con escritores, humanistas, estudiantes y el público lector, históricamente se han interesado en explorar circuitos comerciales y terrenos intelectuales, que han ayudado al crecimiento de sus negocios (143). Numerosos promotores y escritores del Iluminismo, por ejemplo, utilizaron la empresa editorial como medio para darse a conocer. El filósofo/comerciante del siglo XVIII era un hombre de negocios y letrado al mismo tiempo, que defendía la importancia de la difusión del conocimiento por convicción e interés personal (Febvre y Martin 157).
El siglo XVIII favoreció la expansión de la industria editorial debido al gran fervor literario y afluencia material e intelectual. Las personas se mostraban interesadas en aprender sobre diversas materias que respondían a cuestiones y reflexiones de tipo humanístico, lo cual permitió a los vendedores con amplios bagajes culturales lanzar nuevos esquemas de impresión y producción de volúmenes escritos que incluían enciclopedias, literatura clásica, entre otros (Febvre y Martin 158). El deseo de avanzar o mejorar económicamente también estimuló la lectura de libros, así como las aspiraciones de alcanzar nuevos y más altos niveles morales; y la necesidad de adaptarse a los cambios ocurridos en la sociedad (Rosenblum 4-5).
Se pueden mencionar otras características notables que exponen la relación del volumen impreso y su impacto en la sociedad del siglo XVIII. Por ejemplo, se sugiere el establecimiento de patrones de escritura y de tipos de lectura en relación con las líneas sociales, que dio como resultado la formación de agrupaciones casuales –la gente comenzaba a preguntarse si pertenecía a las clases “cultas” o no (Rosenblum 13). Se menciona además que muchos autores se interesaron en acercarse a la empresa editorial como activos participantes (o negociantes), en un intento por defender sus derechos de autor y la adquisición de alguna ganancia por sus publicaciones. En Alemania, Gotthold Ephraim Lessing y otros escritores publicaron sus propios trabajos y cooperaron en la gestación de casas editoriales como la Gelehrtenrepublik de Klopstock fundada en 1774 (Febvre y Martin 163).
Otro dato interesante ofrecido por Febvre y Martin que nos ayuda a entender el objeto publicado desde otra perspectiva consiste en el precio y la producción de los manuscritos. Según los escritores, durante el Iluminismo, las piezas literarias alcanzaron precios despampanantes. En la ciudad alemana de Leipzig, muchos editores pagaron largas sumas de dinero por simples manuscritos durante la segunda  mitad del siglo (Febvre y Martin 164). El número de ediciones generalmente se limitaba a una cifra menor que dos mil, a menos que se tratara de una pieza de gran éxito comercial. Lo cual demuestra que los editores muchas veces se mostraban indecisos a la hora de ordenar la publicación de varias copias de un mismo texto.
Probablemente sólo la obra de filósofos reconocidos constituía, en este caso, la excepción de la regla. (Febvre y Martin llaman la atención sobre el hecho de que en Berlín, se publicó el volumen Siècle de Louis XIV de Voltaire, con una tirada de tres mil ejemplares). Hacia el final del siglo XVIII los vendedores y editores de Leipzig que se especializaban en la publicación de los trabajos de escritores emergentes llegaron a un acuerdo con casas editoriales de países adyacentes para intercambiar volúmenes de excelente calidad temática (Febvre y Martin 234). En general, los libros se consideraban como objetos preciados e invaluables que podían llegar a tener una vida larga y útil en manos de aquellos que fueran capaces de entender el privilegio que significaba la diseminación de ideas, su entendimiento y conocimiento. 
El despliegue del moderno mercado editorial alemán tuvo lugar durante las últimas tres décadas del siglo XVIII, periodo en que se jugaba con tres principios fundamentales: público, literatura, y mediatización (Barbier 254). Desde la segunda mitad del siglo, ya existía una preocupación por unificar a los lectores sobre la base de un idioma y tradición comunes. Rosenblum diría que “como producto de varias transformaciones y gracias a su institución como agente de cambio, el libro pudo ayudar también a la creación de una identidad/mentalidad nacional” (5). Los comerciantes y editores profesionales como Philipp Erasmus Reich, poco a poco comenzaron a sentar las bases para la institucionalización del mercado editorial como punto focal dentro de la vida literaria y escolástica alemana que aspiraba a centralizar y organizar la esfera pública y la identidad colectiva. El poder del mercado editorial, las ferias y la presencia de un amplio número de comunidades localizadas en zonas geográficas estratégicas ayudaron a que el idioma alemán se estableciera como una de las lenguas fundamentales en la escritura literaria del continente europeo (Barbier 258).
En su estudio sobre la imprenta alemana, Frédéric Barbier destaca el papel jugado por la empresa editorial como intermediario dentro de la cultura de otros países. El escritor observa que el idioma alemán devino en el puente lingüístico que permitió a muchas personas con inquietudes intelectuales y que no vivían en Alemania el acceso a la literatura. Muchos estudiantes de diversas regiones fueron educados en universidades de Leipzig y Berlín. Así mismo se utilizó el alemán como una de las lenguas oficiales del mercado editorial internacional y fue empleado “artísticamente” por muchos autores reconocidos como Franz Kafka y Elias Canetti (Barbier 261). Varios especialistas alemanes, por su parte, ganaron reconocimiento en Londres y París.
Entre los pocos y exitosos editores del Iluminismo alemán se encuentra Friedrich Nicolai. Según el investigador Berhard Fabian, Nicolai fue severamente atacado por su contemporáneo Immanuel Kant, debido a su gran astucia en obtener ganancias de las publicaciones. Sin embargo, muchos coinciden con la idea de que lo que distinguía a Nicolai no era precisamente su rol como negociante, sino su desmedido interés y comprometimiento con la causa del Iluminismo, que no encontró competencia en Alemania, ni en otros países europeos. Como tenaz defensor de la información impresa que se convirtió casi en el esquema del Iluminismo europeo, Nicolai quería ayudar a fomentar el conocimiento de sus lectores, incrementar su comprensión del mundo y ampliar sus experiencias, editando y vendiendo libros de varias temáticas (Fabian 241).
Como afirma Fabian, Nicolai nunca fue un editor con perfil ideológico definido sino que defendió la distribución de una gran variedad de libros. Incluso produjo ejemplares de pequeño formato que servían como adornos, detalles decorativos a las damas de la época, un reflejo del significado “estético” del conocimiento que estimulaba la capacidad imaginativa de las personas. Nicolai siempre tuvo la convicción de que la imprenta -a pesar de sus características mercantilistas- constituía una actividad cultural esencial para la transformación social e intelectual de su país (Fabian 241). Aunque el término “cultura literaria” no existía todavía en el XVIII, muchas de las ideas asociadas con el concepto de literatura sí interesaban verdaderamente a Nicolai.
Berhard Fabian hace un recuento de las circunstancias históricas en que emerge y florece la República Alemana de las Letras para destacar la influencia editorial (y cultural) de Nicolai. En 1740 la producción de libros en Alemania no tenía gran alcance debido a la crisis que fustigó a la nación luego de la Guerra de los Treinta Años. El país se encontraba empobrecido, fragmentado y regionalizado (Fabian 242). Tampoco podía sostenerse culturalmente, siempre dominado por el pensamiento y discurso intelectual francés. Esta situación inspiró a un grupo de jóvenes como Nicolai, Lessing y Moisés Mendelssohn, entre otros, que decidieron alterar los aparentemente inamovibles estándares de percepción de la vida diaria a través de la escritura y la publicación de obras que provocaban el intelecto y la subjetividad del individuo.
En medio de las circunstancias, Nicolai se dio a conocer como editor y escritor. En 1755, publicó un tratado que intentaba ofrecer una panorámica de la escena literaria alemana, así como una corrección de los muchos prejuicios que existían sobre determinados elementos que habían sido ignorados por escritores y sus audiencias (Fabian 242). Por ejemplo, atribuía la poca calidad de la producción literaria a la ausencia de factores externos –como la escasez de personas interesadas en proveer un conocimiento del mundo- que pudieran ejercer una influencia positiva en el proceso de creación. Así mismo abogaba por la necesidad de una crítica genuina que contribuyera al refinamiento del gusto y discernimiento estéticos. Nicolai fue además uno de los primeros en darse cuenta de que la ausencia de un área geográfica central –Berlín se convirtió en la capital de Alemania en 1870- repercutía negativamente en la esfera cultural de su país. Tener una capital representaba un paso de avance, pues la ciudad podría tomarse como base estructuradora e institucional de las aspiraciones intelectuales de la nación (Fabian 243).
Nicolai fue uno de los defensores del esteticismo, manifestado en su trabajo editorial. A continuación vamos a compartir algunas ideas esbozadas en el artículo “Friedrich Nicolai: Creator of the German Republic of Letters” de Berhard Fabian. En 1756, Nicolai edita junto a Moisés Mendelssohn los primeros volúmenes de una revista católica encargada de evaluar las contribuciones hechas a la historia de las artes visuales, cuya importancia como arma civilizadora y humanista no podía ser ignorada. De aquí, la necesidad de cultivar habilidades críticas y la apreciación estética con relación a los espacios artísticos.
Una de las ideas defendidas por Nicolai consistía en desarrollar y perfeccionar el quehacer visual y la cualidad distintiva en las artes, mediante la práctica de una crítica rigurosa regida por conceptos preestablecidos, que contribuiría a la reputación internacional de la nación. Serían evaluadas las producciones literarias alemanas –escritas por autores establecidos y emergentes- y además se tendrían en cuenta trabajos impactantes publicados en Francia e Inglaterra de los que se beneficiarían los lectores locales. En pocas palabras, se pretendía fomentar un tipo de crítica literaria y artística que sirviera para estimular a los escritores a someterse a un entrenamiento mental competente que contribuyera a la formulación y descubrimiento de nuevas entidades y posibilidades cognoscitivas.
En 1763, después del fin de la Guerra de los Siete Años, Alemania entró en una fase de recuperación y expansión cultural (Fabian 247). Algunos estudios recientes corroboran la idea de Michel Foucault, quien designa la propiedad literaria como una invención del siglo XVIII con la emergencia del capitalismo y la exaltación del genio del autor (Foucault en Rose 87). Se dice que Nicolai fue uno de los primeros en usar el término Literatura como área cultural con una connotación textual y bibliográfica y por tanto separada de las otras ramas de las Bellas Artes. Inspirado por la aceptación internacional y el orden de las publicaciones inglesas, se dedicó a promover nuevas ideas para un proyecto llamado Allgemeine Deutsche Bibliothek que pretendía presentar cambios en el paisaje literario del país, y un espacio para el estudio sistemático de la producción de libros con variadas temáticas (Fabian 247). El Journal situaba a los escritores en un lugar privilegiado y garantizaba la difusión de sus trabajos entre un gran número de lectores. Desde luego, la audiencia también se beneficiaba al poder ampliar su perspectiva cultural, conociendo y consumiendo libros que habían formado parte hasta el momento de un estrecho círculo de lectores.
El nuevo concepto de literatura comprendía la publicación de novelas y manuales de uso práctico, pero también escrituras que respondían a disciplinas como teología e historia natural (Fabian 248). Anualmente, se convocaba a una encuesta sobre el tema de la producción editorial, cuyos resultados se trasmitían como parte del proyecto, para informar al lector interesado, sobre los progresos alcanzados en los campos del conocimiento y el aprendizaje. Según las palabras del investigador Fabian, el proyecto tuvo un éxito rotundo a nivel cultural, como órgano central del Iluminismo, y se distribuyó ampliamente en Alemania y otros países, aunque no logró obtener muchas ganancias económicas. Su contenido combinaba ideas conservadoras y progresistas que incitaban las más diversas controversias políticas, literarias y filosóficas. Gracias a su empresa editorial y su empecinamiento en defender y desarrollar el nivel intelectual de su país, Nicolai ha sido considerado como el fundador de la vida literaria alemana, garantizándole a la ciudad de Berlín un lugar destacado dentro del mapa cultural internacional que la llevaría a ser reconocida como una de las capitales europeas indispensables del siglo XIX (Fabian 249).
En un estudio sobre el derroche cultural del Iluminismo, no precisamente alemán, el investigador Mark E. Wildermuth menciona la importancia del libro en materias subjetivas como la verdad y la virtud que puede resultarnos relevante. Así mismo analiza cómo se manejan cuestiones que tienen que ver con la representación del orden de la sociedad y la naturaleza en los volúmenes publicados durante el siglo XVIII. El método utilizado por Wildermuth es básicamente historicista aunque también ofrece nociones teóricas sobre el caos, la interpretación, y la complejidad que desembocan en la inestabilidad textual. Elige como caso de estudio la obra de Samuel Johnson, quien defiende el espacio de la palabra impresa como medio de representación de nuestras percepciones sobre el mundo que nos rodea y que coadyuva al desarrollo humano en esferas éticas, estéticas y políticas (Wildermuth 17).
Wildermuth ofrece una visión detallada sobre el papel de la imprenta en la lucha contra aquellos que presentaban una lectura confusa del mundo, revelando en gran medida parte de la cultura y la manera de pensar de los autores de la época. Muestra evidencias que reflejan la capacidad predeterminada y a la vez movible del signo textual, cuya alcance representacional, mediador y poder explicativo influyen profundamente en el entendimiento del hombre y la sociedad (Wildermuth 19-24). Según argumenta Wildermuth la proliferación de libros en la sociedad europea del siglo XVIII tenía que ver con su capacidad de almacenar, conservar y trasmitir el conocimiento (37). La imprenta misma jugó un papel fundamental en la trasmisión del lenguaje y su estandarización gracias a la publicación de diccionarios y libros de gramática (Rose 93).
Sin embargo no sólo vale destacar la eficacia informativa sino subjetiva de la letra impresa, una especie de extensión del genio, de la facultad del pensamiento, entendimiento e imaginación del ser humano, una entidad capaz de producir una experiencia mental vívida, real. La cuestión de la misteriosa indefinición de la palabra impresa durante el siglo XVIII implicaba, dice Wildermuth, un nuevo tipo de textualidad que servía para desestabilizar representaciones de la naturaleza y los sistemas de ordenamiento de la verdad y la virtud, que conllevó al advenimiento de una cultura de la información donde los textos tanto naturales como aquellos construidos por el pensamiento humano, podían adoptar nuevas y más creativas configuraciones (38). La hoja impresa se convierte en una representación de objetos con presencia física o no (significados tal vez) que se escapan, se transforman o simplemente se multiplican en nuestra mente; construcciones humanas, esencias sometidas a un constante e imaginativo proceso de mutación.
La libertad imaginativa puede resultar equivalente a lo que Wildermuth llama “la matriz caótica,” la cual genera un proceso natural de reorganización de las estructuras en nuevas combinaciones creando un tipo de orden diferente (71). La palabra impresa se convierte en un signo mediador, dice Wildermuth, que hasta cierto punto puede situarnos más cerca de Dios y el orden de las cosas físicas porque representa un tipo de isomorfismo resonante que puede ser capturado mentalmente y diseñado para interactuar con el objeto y su referente (47). En este sentido, puede hablarse de su potencial como instrumento efectivo para esbozar el juicio estético y, como diría Wildermuth, el punto de atención para adentrarnos en el riguroso sistema de formulaciones y asociaciones que existe en la mente del lector donde se manifiestan complejas categorías (53).
A través de la mediación de la mente, como diría Wildermuth, las representaciones se vuelvan más inestables e incontrolables (145). La mente trabaja como un sistema inmunológico procesando información y configurando estructuras que se organizan junto a otras materias que pueden disiparse, perderse, transformarse (Wildermuth 156). La idea de las configuraciones mentales tiene que ver con la teoría de los sistemas dinámicos de Samuel Johnson, quien reconoció su capacidad para percibir la complejidad del pensamiento en el contexto lingüístico así como su inhabilidad para llegar a comprenderlo. Johnson desarrolló lo que se ha denominado como enfoque intuitivo de las dinámicas complejas, mediante el cual se exponen los límites del pensamiento linear y la necesidad de creación de una semiótica diferente para entender la interacción entre el orden y la casualidad (Wildermuth 146).
La mutabilidad del objeto mental, que dificulta su reproducción, parece invitarnos a cuestionar la inefectividad de los sistemas de representación, su vulnerabilidad. En este caso se puede asociar “lo mental” a lo “estético”, la cuestión del conocimiento, y de la palabra impresa como su medio de manifestación. ¿Cómo saber las verdaderas motivaciones de una palabra si sólo contamos con su referente aproximado? Intuimos que el conocimiento puede encontrarse en libros o cualquier otro tipo de material impreso, sin darnos cuenta de que en realidad nos enfrentamos a interpretaciones relativas, percepciones mediadas, codificadas, sujetas a un cambio perenne.
La palabra es un espacio variable, que trata en vano de representar la grandiosidad, la vastedad y capacidad de transformación del conocimiento, la sabiduría. Se convierte en objeto estético, siempre y cuando se complete a través de su manifestación en imágenes mentales y en la transformación de los lectores  (De Bruyn 208-231, Murphy 25-41). Un proceso que produce en nosotros una momentánea experiencia placentera, pero que también logrará traernos cierta decepción y desconsuelo, pues debido a su naturaleza inaccesible, nunca podría ser representado, mucho menos “comprendido” totalmente.


Bibliografía

Barbier, Frédéric. “The German Language and Book Trade in Europe: Cultural Transfers and Collective Identity in the Eighteenth and Nineteenth Centuries.” Elliot et al. 253-267.

Comfort, Kelly, ed. Art and Life in Aestheticism: De-Humanizing and Re-Humanizing Art, the Artist, and the Artistic Receptor, Palgrave Macmillan, 2008.

De Bruyn, Ben. “Art for Heart’s Sake: The Aesthetic Existences of Kierkegaard, Pater, and Iser.” Comfort 208-231.

Elliot, Simon, Andrew Nash, and Ian Willison, eds. Literary Cultures and the Material Book. London: The British Library, 2007.

Fabian, Berhard. “Friederic Nicolai: Creator of the German Republic of Letters.” Elliot et al. 241-252.

Febvre, Lucien, and Henri-Jean Martin. The Coming of the Book: The Impact of Printing 1450-1800. Trans. David Gerard. London: NLB, 1976.

Mason, Haydn T, ed. The Darnton Debate: Books and Revolution in the Eighteenth Century. Oxford: Voltaire Foundation, 1998.

McKenzie, D. F. Bibliography and the Sociology of Texts. Cambridge: Cambridge University Press, 1999.

---. “Trading Places? England 1689- France 1789.” Mason 1-24.

Murphy, Margueritte. “The Critic as Cosmopolite: Baudelaire’s International Sensibility and the Transformation of Viewer Subjectivity.” Comfort 25-41.

Rose, Jonathan. “The History of Books: Revised and Enlarged.” Mason 83-104.

Rosemblun, Joseph. Introduction. A Bibliographic History of the Book: An Annotated Guide to the Literature. Metuchen & London: The Scarecrow Press, Inc; Pasadena & Englewood Cliffs: Salem Press, 1995. 1-16.

Wildermuth, Mark E. Print, Chaos and Complexity: Samuel Johnson and Eighteenth Century Media Culture. Cranbury: Associated University Presses, 2008.

Saturday, August 27, 2011

TEJER EL TEATRO CALLEJERO AL HILVANAR EL PASADO

  Patrón Horizontal del Vestido-Títere de Guante del grupo Umakantao:


     Este patrón es parte de uno de los folletos que Umakantao ofrecía en sus presentaciones de teatro callejero a fines de los años 70 en Quito. Es un producto de la cultura popular de las plazas que permitía a los teatreros recaudar contribuciones económicas de los sectores populares que los observaban.
Foto: Irina Verdesoto


 

 

Por Irina Verdesoto


Resumen


Se presenta la etapa del teatro callejero en los años 60 y 70 en varias plazas y avenidas del Centro Histórico de Quito, a partir de las acciones urbanas del grupo de artistas los Canchis, los recitales en espacios abiertos de los poetas de la calle y la creación del primer grupo de teatro callejero llamado Umakantao. El análisis recoge las experiencias de estos “intelectuales subalternos urbanos” (Gramsci, 1992, Crehan, 2002) quienes irrumpieron de modo sistemático los mencionados espacios públicos transitados por sectores populares, para ofrecerles: poesía, canciones, teatro, títeres,  poemarios y folletines con sus creaciones.


Introducción


En la actualidad en la ciudad de Quito, no es gran novedad encontrar en una plaza del Centro Histórico o en el Parque El Ejido a una multitud que se divierte y ríe a carcajadas reunida en torno a un actor, una actriz o un grupo de artistas callejeros, conocidos como teatreros y teatreras[1] de la calle. Pero ¿desde cuándo se dan en Quito de manera sistemática estas producciones simbólicas y manifestaciones de arte popular? y ¿quiénes fueron los pioneros y las pioneras del teatro callejero?
Al respecto realizo una investigación de tesis, y en esta oportunidad comparto con ustedes testimonios de teatreros, teatreras y artistas plásticos que estuvieron inmiscuidos en la emergencia del arte callejero de los años 60 y 70 en la ciudad y que participaron en el Conversatorio Teatro de la Calle y Arte Popular[2].

Los Canchis


Los Canchis[3] en la década de los 60, la juventud del mundo despertaba en rebeldía, la rebeldía era el pan del alma del mundo y los pueblos se revelaron contra el imperio que se había apropiado de casi la mayoría de las naciones del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, entonces, el artista plástico Mario Cicerón (MC, 2010) nos cuenta que


la cultura en esta sanfrasciscana ciudad no podía ser otra, que la contrapropuesta, la contracultura, en el caso del arte, esa posición contraria a los sitios, a los círculos de arte: museos, sitios de educación, universidades, galerías, en fin, por lo que algunos sectores de trabajadores del arte de la ciudad buscaron espacios alternos: un café de calle, un bar, cualquier cosa menos los lugares tradicionales.


Al calor de este ambiente contestatario, en 1965 surgen los Canchis, un grupo de creadores iconoclastas que irrumpen en espacios públicos con “acciones urbanas” en el Parque La Alameda, junto al monumento a Simón Bolívar, frente al edificio del ex Banco Central. Mario recuerda: “salgo al parque, cargo el caballete, los aperos, la pintura y me pongo a pintar, una actitud autogestionaria. A la semana siguiente sale otro compañero, la siguiente otro de los panas y se genera un espacio de trabajo sistemático por casi dos años, no se peló uno”.
El parque adquiere un donaire singular, pues a los atractivos del lugar se suman actividades de danza, canciones, muestras de libros y esta propuesta de los Canchis “buscó hacer extensible el conocimiento poético, político y sobre todo la sensibilización de quien nos podían escuchar”, dice Mario y concluye: “Allí estaban Héctor Cisneros, Germán Núñez, Barrera, Eduardo Muños, Mauro Ávila corresponsal desde Colombia, Bruno Pino que estaba en Manta, Mario Vargas que estaba encerrado [en la cárcel] y yo; todos los que estábamos allí militábamos en el MIR[4], militantes posiblemente de una facción política, pero sobre todo éramos militantes de la humanidad”.
En este quehacer político artístico humano, los Canchis realizaron performances literarios, acciones urbanas de varias manifestaciones artística y abren un espacio de presencia y opinión del arte contestatario de los 60. Como señala Mario: “la lectura de la poesía que la hacíamos en espacios abiertos: plazas, sindicatos, liceos, salíamos de la ciudad y nosotros teníamos algo de interés, poníamos un mise en scène, teatralizábamos, era nuestra técnica para captar al espectador, vestíamos de negro… alguna cosa, nos uniformábamos para diferenciarnos”.
Las acciones urbanas y los recitales poéticos se incorporan a los “espacios compartidos (…) como las peleas de gallos, los toros, las festividades de corpus, el carnaval, las tabernas, chicherías y casas de juego”[5], y se generaron “nuevos espacios compartidos” heredados del mestizaje entre “merolicos”[6], “charlas”[7] y artistas volcados a las calles, con definida actitud artística política y humana en las plazas más centrales de la urbe, situación que no era fortuita, sino que obedecía a la tradición histórica de configuración urbana en torno al comercio, similar


[a] otras ciudades andinas, [pues el comercio] se organizó a partir de las plazas de mercado y las calles del centro. El comercio contribuía a la circulación de todo tipo de gente por el centro de la ciudad. Además permitía la reproducción de una cultura material popular y una cultura corporal basada en cruces y encuentros (Kingman, 2009: 20).


El ejercicio de esta “cultura corporal basada en cruces y encuentros” ha caracterizado al comercio del centro de Quito, donde “merolicos” y “charlas” confluían en “la reproducción de una cultura material y popular” con su mercancías, pregones y técnicas populares de comercio, que se sumaron a la manifestaciones artísticas de las artes plásticas, la danza, las canciones y el teatro de espacio abierto enmarcados en una rica “cultura popular” (Bajtin, 2003).

Los Poetas de la Calle


A fines de los años 60, Bruno Pino[8], que participaba con los Canchis y otros talleres literarios del momento, decidió salir a las plazas con su poesía, él “se propuso probar que el pueblo es muy sensible al arte”(IP, 2009) y junto al guitarrista y cantante Diego “Tamuka” Piñeiros[9], declamaba en las plazas: Santo Domingo, San Francisco y la Avenida 24 de Mayo. Bruno decía:


¡Ojo! que la gente espera en las plazas
historias para no ser contadas
canciones que nadie canta
retretas que suenan como botellas
cayendo de su soledad vacías.
Los poetas decimos:
hemos venido a contar
las historias en busca de los puentes
que no se han levantado
y también de las piedras
cuyo corazón ha de servir para recabar
frases lindas y tristes.


Esta práctica de compromiso “político artístico humano”, como nos dijo el pintor Cicerón, se consolida en Quito en los años 70 tempranos. De manera particular en la Avenida 24 de Mayo, que fue “un río de hablantes y voceadores” (RT, 2010): transeúntes, comerciantes, compradores, paseantes, funcionarios públicos y personas de toda laya, y fue el eje de cruces, encuentros y miradas de toda índole del centro de la ciudad.
Una de sus esquinas era la de los músicos ciegos, quienes entonaban en sus acordeones tonadas andinas, pasillos, yarabíes, boleros, etc., a la espera de alguien que les lleve para dar una serenata o para amenizar compromisos sociales. Alrededor de esta Avenida de amplio parterre se ubicaban sitios de diversión como eran las chicherías y cantinas (la famosa “Rey Zar”), las casas de meretrices (Las Flores del Califa entre tantas), los billares y otros juegos populares; acompañados del constante bullicio de la feria, olores de comidas, canciones, saludos, peleas, piropos y abrazos de despedidas.
A esta ciudad alegre, bohemia, viva, de colores andinos llega en 1976 una muchacha suiza, una aprendiz de técnicas de tejido precolombino, quien sin saberlo, sería parte del enriquecimiento del arte popular callejero de Quito: los títeres y el maquillaje blanco. Ella era Santuzza Oberholzer[10], quien recuerda:


Un día en la Plaza San Francisco veo a dos muchachos con una guitarra que hablan, que recitan poemas y ¡me enamoré! ¡Me enamoré! del sentido que tenía ese arte que ellos hacían y me parecía que esa era la forma de llegar a concretizar mi idea también de hacer arte entre la gente y para la gente. Esos dos hombres eran: un flaco, con cara de ratoncito que cuando actuaba parecía que le daba el viento de los páramos, Diego Piñeiros “Tamuka” y el otro que tenía una cabellera de león era Bruno Pino (SO, 2010).


Santuzza al comienzo se incorpora a la movida callejera tocando la guitarra y cantando con Diego “Tamuka”, pues, dice: “se oían mejor dos guitarras” y con el tiempo, propone a los compañeros hacer títeres para los niños lustrabotas, cargadores, albañiles, vendedores, que compartían con ellos tarde a tarde en la 24 de Mayo, la Plaza San Francisco y la Plaza Santo Domingo. Rememora “construimos unos títeres de papel periódico con cola de zapatero y esa cola era ¡horrible! El primer retablo fue una tela sujetada por dos personas del público, después construimos un retablo de verdad”.
Mientras los tres actuaban en los sitios mencionados, otra persona, que pertenecía a los Canchis, destacaba con carisma, talento y mensajes sociales desde el Atrio de la Catedral. Era el poeta, obrero y sindicalista Héctor Cisneros[11] quien recitaba para los transeúntes de la Plaza Grande, mientras los campanarios tocaban cinco campanadas:


¡A las 5 de la tarde! Un padre de familia
se toca los bolsillos vacíos
y no sabe cómo dar café a sus hijos.


Héctor, se sumó al trabajo de teatro callejero de Bruno Pino, Diego “Tamuka” Piñeiros y Santuzza Oberholzer


[su] tránsito por los barrios quiteños [como poeta de la calle] y por la literatura tuvo algo del rumor amenazante de la volatería de las fiestas populares, con diablos, vacas locas y los payasos danzantes al ritmo de la Banda de Zámbiza (Oviedo, 2005: 19).


Los 70 eran difíciles porque el país estaba en dictadura de Velasco Ibarra y estos productores de sentidos simbólicos y arte popular tenían confrontaciones constantes con la policía; la Policía Municipal les impedía actuar sin permiso en los espacios públicos, permiso que su militancia artística y humana no consideraba digna, la Policía Nacional les reprimía por los temas de alto sentido contestatario al gobierno de la dictadura y la Migración, buscaba a la muchacha suiza, que no tenía documentos de residencia en Ecuador. Santuzza menciona:


Teníamos una red, que era la red de protección de la mayoría de los ambulantes de la calle. Habían unas personas que controlaban, a una cuadra de la plaza, para avisarnos si durante la función llegaba la policía. Nosotros no considerábamos colegas a los teatrantes [teatristas] que actuaban en las grandes salas, nuestros colegas eran los culebreros, los que vendían remedios para el mal de amor, hombre que tenía un lorito que buscaba los papelitos del destino, a esos considerábamos los colegas.
La única diferencia era que ellos se ganaban el pan… bueno, nosotros también nos ganábamos el pan con lo que ponían el público en la gorra, la única diferencia era que nosotros pretendíamos hacer arte e información popular. Dábamos en forma teatral, las noticias derechas, porque las de los medios de información eran al revés, se iban vendiendo poemarios editados de la manera más rudimentaria, se iba publicando escritos en máquina de escribir con cuatro copias en papel carbón, a veces unos amigos nos prestaban un mimeógrafo, hasta que aprendimos la serigrafía.
Fue el pintor Ramiro Jácome quien nos enseñó [la serigrafía y], con ese arte podíamos hacer las carátulas de algunos poemarios. Cuando llegó la fotocopia fue una maravilla, se comenzó a hacer collages, se mezcló el diseño con telas, con varias texturas, con estampas antiguas, con fotos para ilustrar a los poemarios.


La producción y venta simbólica de los poemarios y folletines con las “noticias al derecho porque los medios las dan al revés” fue uno de los más significativos aportes de esta etapa del teatro de la calle al mundo urbano de la plaza pública.
La elaboración artesanal, casera y de pocos ejemplares daba un valor adicional a la adquisición de estos documentos populares, que fueron fuente de diversión e instrucción del público de la plaza, que se constituía principalmente por vendedores ambulantes, lustrabotas, trabajadoras sexuales, personas desempleadas y demás transeúntes que se fascinaban ante la presencia del arte callejero y, tenían la posibilidad de llevarse un poemario de los poemas que escucharon o de la historia que vieron por unas cuantas monedas.




Afiche antiguo del grupo Umakantao: Realizado con la técnica de la litografía. El Grupo Umakantao participó en la creación de los barrios populares de Quito a fines de los años 70 y 80.
Foto: Irina Verdesoto

Grupo Umakantao



Se conforma por los poetas de la calle Bruno Pino y Héctor Cisneros, el músico Diego “Tamuka” Piñeiros, Santuzza Oberholzer y Iván Pino, hermano menor de Bruno. Estos artistas populares en los años 70 protagonizaron el teatro de la calle en el Centro Histórico de Quito, se auto-identificaron como “colegas” de “merolicos” y “charlas” y sus mensajes eran de “arte e información [y formación] popular”, pues la difusión de las “noticias al derecho porque las medios las daban al revés” eran el sustento de su labor teatral, la misma que había heredado la técnica de los vendedores populares.


El Bruno decía que había que aprender (...), no tanto de Bertold Brecht[12], como de los ‘charlas’ y en realidad, para estar en el teatro de la calle hay que aprender cosas de esa gente, primero hay que cuadrar a la gente[13] (...) y [si] no tienes algo para atraer, la gente pasa, te ven y se van, te ven como a un loco (IP, 2009).


La técnica de construcción de la escena callejera se operativiza en las nociones de “estructura” y “escena abierta” de Jorge Acuña Paredes[14]. “La estructura [de la obra de teatro callejero que él instituyó en Lima desde principios de los años 60] debe considerar la formación del ruedo, la pasada de la manga o sombrero y el remate o venta de objetos que el actor ha llevado para que los espectadores se lleven un recuerdo” (Salazar, 2002: 2).
“La pasada de la manga o el sombrero y el remate o venta” que apunta Salazar es para Vich “una característica básica que bien podría llamarse la economía del humor, es decir, el interés de intercambiar un conjunto de representaciones (...) por dinero en efectivo” (Vich, 2001: 13), lo que para Baudrillard (1970) es la “economía del signo” analizada en la “lógica del consumo” como un “proceso de significación y de comunicación” que se enlaza a un “proceso de clasificación y diferenciación social[15]”, que en el caso de la obra de teatro de la calle en la recolección mediante la “pasada de la manga o el sombrero” implica un consumo simbólico del arte del actor, pero que no se encuentra determinada por el poder adquisitivo del espectador. Los actores callejeros “pasan el sombrero” y luego venden algún objeto, pero “pasan el sombrero” en los puntos de giro dramáticos[16], pues la presentación de obras, narraciones orales de cuentos, humor, fonomímica se basa en el concepto de escena abierta de Jorge Acuña Paredes:


Para él una historia contada en la calle, no puede ni deber ser contada como en una sala cerrada. Debe tener una estructura abierta, que permita ir contando la historia y abriéndola. Vale decir, permitir que lo que ocurre en la calle sea rescatado para enriquecer la historia o el momento y luego continuarla, abriéndola y cerrándola las veces que sean necesarias (Salazar, 2002: 2).


De esta manera, estos teatreros y teatreras de la calle, impulsaron un proceso de sistemática irrupción en plazas y avenidas, generando a diario conmoción a los controles del orden de la ciudad. Sus temáticas expuestas a viva voz mediante la poesía, el canto, el teatro o los títeres y, en ocasiones también, la venta simbólica de sus poemarios, folletines, cancioneros y hojas volantes, la gran capacidad de subvertir el orden del espacio público; ya que el momento del ruedo, de manera efímera y no por eso poco importante, proponía un diálogo subalterno en espacios de continuo fluyo de peatones y reflexión de la vida del habitante común, que por alguna razón detenía su caminar y se paraba a escuchar lo que le decían los artistas callejeros. 
Los teatreros y las teatreras de la calle eran reprimidos como los demás mercaderes ambulantes. Iván Pino recuerda “no podíamos trabajar sino le hacíamos el quite a la Policía Municipal, cosa que hasta ahora existe, entonces por hacer cultura popular fuimos al Penal muchas veces”, por la auto-adscripción popular desplegada como “intelectuales subalternos[17] urbanos” (Gramsci, 1992) capaces de expresar de manera crítica las noticias, la poesía y las canciones que acompañaban el andar social y político de Quito. En este sentido, los teatreros y teatreras de la calle se  auto-identificaban con las clases populares y su constante presencia en los espacios públicos del centro de la ciudad, chocaba con las ordenanzas de la autoridad del uso “oficial y con permiso” de los espacios públicos del centro de la urbe.




Iván Pino, actor y dramaturgo de teatro político. Integrante del Grupo Umakantao.
Foto: Irina Verdesoto

La Policía Municipal se convierte en el actor institucional antagónico del arte callejero porque su labor es hacer cumplir leyes y ordenanzas del uso “oficial o con permiso provisional” del espacio público, en sentido “civilizatorio y disciplinario” (Kingman, 2009: 20) del control de la población de la ciudad mediante operaciones diarias de vigilancia y represión visibles a estas expresiones de “cultura popular”; pues de cierto modo, los actores callejeros eran confundidos como una modalidad nueva de “merolicos”, “charlas”, ambulantes, gente ociosa, y en ocasiones locos, quienes al deambular libremente, eran sujetos sospechosos, y en casos de reclusión, como registra el Parte Policial N° 38 de 1978, citado por Iván Pino:


Hoy 24 de Agosto de 1978 a las 6 p.m. en la Avenida 24 de Mayo, el sujeto de nombre Iván Pino fue sorprendido practicando la brujería, con el fin de estafar a la gente, para lo cual se valía de un par de muñecos; parte que pongo en consideración del Comisario de turno, deposito también el par de muñecos como prueba de la infracción. Policía Jorge Cabascango (Pino, 2002: 12).


De este modo, “como prueba de la infracción” [histórica] el arte popular callejero en Quito franquea los límites del uso del espacio público en constante disputa por las ordenanzas legales y los cánones de la cultura oficial. El teatro de la calle se legitima y se queda en “la lleca[18]” de manera tradicional desde la época del grupo Umakantao hasta la actualidad.
A fines de los 70 se integra Carlos Michelena al grupo Umakantao. Él constituye el eje  “el auge teatral informal” (Ibarra, 1998) de los años 80 y 90, cuando el teatro de la calle se mantiene en el Centro Histórico y además amplía su radio de acción al parque El Ejido; tema para una próxima entrega.

Conclusiones


Las condiciones sociales de Quito en relación a la situación socio política del mundo en la década de los años 60 son marco de la emergencia de las manifestaciones de arte en la calle. Inicia la irrupción sistemática en el espacio público de las acciones urbanas de los Canchis, que derivan en la presencia de los poetas de la calle y cierran este etapa de constitución el grupo Umakantao con un abanico de manifestaciones artísticas populares: poesía, canciones, teatro, títeres, poemarios y folletines con “las noticias al derecho pues la prensa las daba al revés”.
Los productores de sentidos simbólicos y expresiones artísticas de esta etapa tenían una auto-adscripción a la cultura popular, como lo revela Santuzza, se sentían colegas de merolicos y charlas y no de los actores de los espacios formales. Es decir, en términos de Bourdieu (1997) identificaban su quehacer en la “baja cultura”, a partir de su  conciencia de militancia “política artística humana” reflejada en sus creaciones de la calle y para la calle.
La presencia constante del teatro callejero en los espacios públicos de concurrencia masiva, como fueron varias plazas del Centro Histórico de Quito y la Avenida 24 de Mayo, creó una suerte de tradición del arte de la escena abierta. Si bien, su presencia no era autorizada, esta contravención a la autoridad caracterizó su propuesta de libre voz y complicidad con el público. Dándose una “economía moral de la multitud” (E.P.Thompson, 1979) entre los espectadores del teatro de la calle que se sentían “identificados y solidarios” (IP, 2009) con los teatreros y las teatreras, a los que  defendían del permanente desalojo de la Policía Municipal. Situación que no siempre quedaba en ataque y defensa, pues también pagaron encarcelamiento los actores callejeros, bajo la figura legal de manifestantes.
El rol de la Policía del Municipio en cuanto al control de los espacios públicos y la vigilancia del acatamiento de las leyes y ordenanzas se tornó en el actor institucional antagonista del protagonismo del teatro callejero. Una estrategia del arte de calle de esta etapa fue hacer obras de teatro donde se reflejaban las condiciones sociales de estos policías. Hubo una famosa obra que trataba sobre la vendedora ambulante perseguida por un municipal, la misma que en sus múltiples versiones invitaba a la reflexión masiva de la presencia y abuso de la autoridad, maltrato físico y en ocasiones encarcelamiento de las “evidencias: títeres” del delito de uso no oficial del espacio público.



Entrevistas


Entrevista a Iván Pino, 15-02-09. IP, 2009
Conferencias y viedoconferencia realizadas en el Conversatorio de Teatro de la Calle y Arte Popular, Hemiciclo Flacso. Ver nota al pie 2.
Conferencia de Mario Cicerón, 4-03-10 (MC, 2010)
Conferencia de Iván Pino, 4-03-10 (IP, 2010)
Conferencia de Ricardo Torres, 4-03-10 (RT, 2010)
Videoconferencia de Santuzza Oberholzer, 4-03-10 (SO, 2010)



Bibliografía


Bajtin Mijail (2003). La cultura popular en la edad media y en el renacimiento: el contexto de François Rabelais. Alianza Editorial, Madrid.
Bourdieu, Pierre (1997). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona, Editorial Anagrama.
Crehan, Kate (2002). Gramsci: culture and anthropology. Los Angeles: University of Carolina Press, Berkeley.
Gramsci, Antonio (1992). Selections froms the prision notebooks. New York: International Publisher.
Girardin, Jean-Claude (1976). Signos para una política: Lectura de Boudrillard, Barcelona, Editorial Anagrama.
Ibarra, Hernán (1998). La otra cultura: imaginarios, mestizaje y modernización. Quito, Abya Yala.
Kingman, Eduardo (2009). “Orden urbano y trajines callejeros”, en Provocaçoes da Cidade, Mariluci Guberman e Diana Araujo Pereira: organizadoras, Rio de Janeiro: M. Guberman: D. Araujo Pereira.
Oviedo, Ramiro (2005). “Yerba buena nunca muere” en Héctor Cisneros, el poeta de la lleca. Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito.
Pino, Iván (2002). Acerca del teatro de la calle. Editorial Pedro Jorge Vera, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito.
Salazar, Hugo Fernando (2002). “El teatro en las duras calles del pueblo de Rimaq, Perú 1998-2003”. Ensayo del autor a partir de su experiencia actoral. Lima, Quito, no publicado.
Thompson, Edward. P. (1979) “Economía Moral de la Multitud”. En Tradición, revuelta y consciencia de clase. Barcelona. Editorial Crítica Grijalbo.
Vich, Víctor (2001). El discurso de la  calle: los cómicos ambulantes y las tensiones de la modernidad en el Perú. Lima: Red para el desarrollo de las Ciencias.



Notas


[1]  Este es un concepto del argot teatral con el que se autodenominan las personas que hacen teatro popular en Latinoamérica. En sentido estricto el actor o actriz de teatro es un teatrista, o sea artista de teatro, por lo que la palabra teatrero o teatrera lleva consigo una carga social de lo popular, que dependiendo de las circunstancias podría ser usada como un término de prestigio o de desprestigio.
[2]  Evento realizado los días 4 y 5 de febrero de 2010 por el Programa de Antropología y la Biblioteca de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso Ecuador. Coordinado por Irina Verdesoto, como parte de su investigación de tesis de la Maestría en Antropología: Espacios y Memoria del teatro de la calle. Disputa actual por el uso del espacio público, dirigida por Eduardo Kingman G. Por tanto, los testimonios de las personas citadas en este documento, fueron expuestos de manera pública y generosa en el mencionado Conversatorio.
[3] Canchis es número siete en kichwa.
[4]  Movimiento de Izquierda Revolucionaria.
[5]  Una crónica del siglo XIX citada por Kingman (2009) señala que los “espacios compartidos” se caracterizaban además por “el gusto por la música indígena o de origen indígena [que] era frecuente entre blanco-mestizos hasta avanzado el siglo XX, así como el manejo del quichua como segunda lengua (…) [y también por] creencias compartidas, como muestran las devociones de santos y vírgenes (Kingman, 2009: 7).
[6] Los “merolicos” son personas que caminan por zonas de comercio recitando pregones para vender sus mercancías, que llevan colgadas al cuerpo, como vitrinas móviles y parlantes. Carlos Michelena (uno de los más importantes Teatreros de la Calle de Ecuador), diría: en los merolicos ya se ven colgados elementos parateatrales porque hay que crear para vender.
[7] Se nominan “charlas” a los vendedores ambulantes que gracias a su capacidad de convocatoria y persuasión oral logran rodearse de personas para vender sus productos. Las mercaderías son de muy variadas condiciones: objetos utilitarios, ungüentos para todo tipo de males, talismanes, artículos que adivinan el futuro y demás. En ocasiones usan barajas mágicas y pequeños animales amaestrados que dan respuestas insólitas y hacen rutinas acrobáticas por unas monedas. En Quito, varios charlas tenían un maleta grande, donde decía que estaba la famosa Marta Julia, una culebra de la que extraían “manteca de culebra” que la ofrecían para curar la artritis, las reumas, el resfriado, el mal de amores, el colerín, la suerte o cualquier necesidad física, emocional o espiritual, lo interesante es que casi nunca se vio a Marta Julia salir de dichas maletas.
[8] Bruno Pino (1945-2004). Poeta de excelente voz y cualidades histriónicas. Su hermano Iván Pino (IP, 2009) cuenta que “era jodidísimo de carácter, no daba concesiones a nadie, se aisló, porque decía las cosas de frente entonces en las instituciones no le apreciaban porque cuestionaba mucho, era un espíritu libre y murió así. Viajó a Tumbes a recibir un homenaje, a su retorno al país en Guayaquil, quizá, le atropelló un carro y tiempo después encontraron su cadáver en un basurero de esa ciudad. Se recomienda remitirse al libro Antología Poética de Bruno Pino editado en 2007 por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión.
[9] Diego “Tamuka” Piñeiros, “músico y precursor del teatro de la calle prematuramente fallecido” (Pino, 2002: 5). Se dice que fue un ser encantador, un gran músico, con alto carisma personal y talento.
[10] Santuzza Oberholzer, en 1976 llega a Quito y se integra a las actividades de arte callejero con Bruno Pino y Diego “Tamuka” Piñeiros. Trabaja con ellos en plazas del centro de la ciudad, introduce técnicas de diseño, elaboración y animación de títeres orientadas principalmente a los niños y niñas de esos sectores. Tras un corto viaje a Lima, visita por encargo de Bruno Pino a Jorge Acuña, el gran mimo peruano, considerado uno de los primeros exponentes del arte en espacio abierto en Lima; Acuña, maestro de Bruno Pino y discípulo de Marcel Marceau, le enseña la preparación del maquillaje blanco para el rostro. El mismo que con el paso de los años se popularizó en el teatro  ecuatoriano, en la escena callejera y en la escena de sala. Santuzza desde 1986 dirige la compañía de teatro y títeres "Teatro dei Fauni" en Locarno, cantón del Tesino, Suiza y mantiene constante comunicación con América Latina a través de la difusión de sus creaciones.
[11] Héctor Cisneros (1946-1986) poeta de la calle, cadenero del Ministerio de Obras Públicas y dirigente sindical, en sus inicios declamaba solo su poesía en la Plaza Grande y la 24 de Mayo. Recordado por entregar en hojas sus poemas a la gente que le escuchaba y a veces, recibir una retribución solidaria.
[12] Dramaturgo, poeta, actor y director de teatro alemán (1898-1956). Sus obras eran expresiones de un compromiso político de izquierda opuesto a la corriente del drama realista (Stanislavski), en oposición a la ilusión teatral y a la identificación aristotélica con los personajes, mediante la técnica del “distanciamiento emocional” tanto del actor como del espectador con respecto a la obra de teatro. Brecht marcaba la vanguardia teatral en occidente en los 70 y el grupo Umakantao, no asumió su legado militante europeo para el espectáculo callejero, sino que retomó las técnicas de venta de “merolicos” y “charlas” del comercio popular de la ciudad.
[13]  Cuadrar a la gente o armar el ruedo en el argot teatral se entiende por organizar la disposición espacial entre los actores callejeros y su público ubicado en un círculo o rectángulo de personas que rodean al acto escénico de la calle. Al cuadrar a la gente se conforma un escenario evanescente que caracteriza al teatro de la calle porque demarca el escenario con los espectadores quienes prestan oídos, paran su andar y se quedan a participar del arte popular. Este ruedo, es una demarcación escénica espacial y temporalmente momentánea, del punto de representación a diversos sujetos sociales: transeúntes, personas desocupadas, estudiantes, vendedores ambulantes, marginales de distintas layas y turistas entre los más relevantes.
[14] Jorge Acuña Paredes se considera el pionero del teatro de la calle ne Lima. Fue la primera persona que armó un ruedo en la plaza San Martín [de Lima] y [fue] maestro de la técnica de la escena en espacio abierto.
[15]  Baudrillard realiza una crítica posmarxista al incorporar al debate de la economía política (valor de uso + valor de cambio de los objetos) su propuesta de economía del símbolo establece una trilogía entre sujeto, signo y objeto (Girardin, 1796: 5-6). En este sentido, el consumo del teatro de la calle tiene un complejo valor simbólico, es aquel despliegue valor con la contribución económica en la pasada del sombrero o en la venta de algún recuerdo, como señala Salazar (2002), por tanto, no es a secas la “economía del humor” en términos de Vich.
[16]  El punto de giro es el evento o acontecimiento que da un nuevo rumbo a la historia, generalmente sorpresivo al revelar algo inesperado o realizar una acción insólita que complica la historia y pone en otro nivel el tema. En el teatro de la calle el punto de giro produce una suerte de umbral en el que el actor callejero aprovecha para la recolección de donativos económicos.
[17] La noción de intelectuales de Gramsci (1992) la uso para determinar la capacidad de improvisación, performance, lenguaje e histrionismo de los teatreros en la producción de sentidos simbólicos, por su sentido identitario –interior– de la gente de teatro y de diferenciación –exterior social. Se aclara que el límite de Gramsci es considerar a los “intelectuales orgánicos” como miembros especializados de las clases fundamentales (burguesía y proletariado en el caso del capitalismo), y aunque reconoce que todos los sectores sociales tienen su intelectualidad, les otorga primacía ontológica a las clases denominadas fundamentales, cuya existencia está basada en su posición frente a la producción. En este caso, se plantea como “intelectuales subalternos urbanos” a los teatreros y teatreras de la calle, no porque se haya dado la emergencia de nuevos sectores sociales y generado su correspondiente intelectualidad, sino que se han posibilitado una articulación entre estos grupos urbanos flotantes y la práctica de teatreros y teatreras orientados a lo popular. Por tanto, su utilidad descansa en lo que aporta para entender cómo y mediante qué mecanismos la producción discursiva integral –palabra, gestualidad, oralidad escénica, movimiento, valores– reproduce y contacta creativamente con los significados pre existentes en el mundo de las culturas populares urbanas, otorgándoles nuevos sentidos potencialmente compartidos por aquellos estratos subalternos.
[18] Manera coloquial de nombrar a la calle por parte de Bruno Pino y Héctor Cisneros, los poetas de la “lleca”. Donde les esperaba el “público, aquel monstruo de mil cabezas”.