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Monday, April 22, 2013

GARABATO No. 8


 
Foto: Eduardo Rodríguez Solís
 
 
 
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Cuando nacemos, Dios o los dioses antiguos nos dan cinco sentidos para andar por la vida. Con la vista notamos lo que pasa alrededor. Con el olfato olemos lo que está en el entorno. Con el gusto reconocemos los sabores. Con el oído captamos los sonidos. Con el tacto identificamos las cosas cuando las tocamos.
      A veces, el destino o lo que sea nos quita uno de estos sentidos. Y cuando esto sucede los otros sentidos a veces se agudizan, para lograr un equilibrio.
      Yo conocí a un compositor español que no podía ver. Se trataba de don Joaquín Rodrigo, autor de obras musicales clásicas (el Concierto de Aranjuez y la Fantasía para un gentilhombre, ambas bellas obras para guitarra y orquesta). Pude ayudarlo con el pago de sus derechos autorales, cuando en México, la Ford promocionaba en la televisión un coche llamado Cordova, sin acento en la primera “o”, con un fragmento de la Fantasía para un gentilhombre. Creo que la Ford pensaba que la obra musical que estaban usando pertenecía al dominio público.
      Tiempo después un amigo viajó a España, diciéndome que iba a visitar a don Joaquín. Le mandé entonces saludos… Y cuando mi conocido regresó de Europa me entregó un regalo que me mandaba el maestro Rodrigo. Se trataba de una de sus corbatas que sacó de un ropero.
      En aquellos tiempos yo laboraba con la Orquesta Sinfónica del Estado de México, que dirigía el maestro Enrique Bátiz.
      Con nosotros trabajaba Luis Fernández de Castro, quien tampoco podía ver, pero que era una maravilla de persona. Nos quedábamos de ver en un lugar muy complicado y él se las ingeniaba para llegar primero. Y una vez que me ofrecí llevarlo en mi coche a su casa, me dirigió como si tuviera sus cinco sentidos.
      “Cuando llegues a la esquina, donde hay una cantina, te das vuelta a la derecha y caminas tres cuadras, hasta donde está un edificio verde con blanco. Ahí mero es donde vivo”, dijo Luis.
      Antes de entrar a la Sinfónica, Luis Fernández de Castro escribía crítica musical y teatral en un diario. Y cuando le tocaba hacer una reseña de teatro, su esposa tomaba nota de muchas cosas… Y luego Luis hacía un texto maravilloso, con pelos y señales del evento teatral.
      Era también un excelente pianista. Tocaba las teclas con mucha pasión.
      Una vez llegó a la oficina y pasó cerca de un muchacho que se llamaba Cuauhtémoc. El joven no lo saludó para evitar que Luis lo mandara a comprar cigarrillos. Cuando iba rebasando el sitio donde estaba Cuauhtémoc, volteó y dijo en voz alta: “Buenos días, Cuauhtémoc”.
 
      Este Luis era un superhombre.

 

Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Friday, June 29, 2012

TEATRO O UNA RELACIÓN CERCANA AL ÉXTASIS

Foto: Isabel Pérez Lago



Por Eduardo Rodríguez Solís


En el programa de mano de mi obra teatral Una relación cercana al éxtasis, que se estrenó en una edición del Festival Internacional Cervantino, y que luego se recogió en un libro publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana, aparecen las siguientes notas:
“En Una relación cercana al éxtasis, Catalina abrió su vientre y surgió Anhelo. Y fue Anhelo la sombra de Catalina. De la ciudad fueron al campo; del campo se internaron en la intimidad; de la intimidad se sumergieron en el éxtasis. Y cuando surgió la rebeldía, Anhelo decapitó a Catalina, y al hacerlo, el mito desapareció...
Posibilidad que deja crear mitos, hacer magia sin necesidad de tener un oficio (el ser ilusionista), el teatro es más que una forma de respirar, algo más allá de lo que los satélites de comunicación ofrecen a la comunidad. Es los colores del arcoíris y las treinta y seis situaciones dramáticas que el conde Carlo Gozzi encontró, y que Schiller y Goethe tuvieron que aceptar. Es todo el vino blanco y rojo que se puede beber durante los treinta y tres años que vivió el siempre moderno Mesías. Es, además, sedante para olvidarnos un poco de esa manía de darle prisa a la existencia; es distraer la atención de esa puerta falsa y tentadora que se llama ‘cortar el hilo de la vida’, y que comúnmente se conoce como suicidio…”
(¡Extraordinarios recuerdos!)
Hace mucho tiempo, cuando Fernando Macotela era el director del Cervantino, escribí Una relación cercana al éxtasis para que se exhibiera en el evento. La afamada Stella Inda fue la protagonista. Es una obra llena de poesía, y podría situarse dentro del ámbito surrealista. La diva (que hizo cine con Luis Buñuel) estuvo a la altura de los ángeles. Su voz y hermosa presencia vibraron en el teatro Principal de Guanajuato. Qué bella y distinguida era la mujer… En una edición anterior del Festival, la Universidad de Guanajuato presentó mi ballet-teatro Entrar y entrar en la galería. Había actores, bailarines y una orquesta en vivo. La dirección fue de Carlos Gaona… Buenos recuerdos tengo del evento. Ahora, el Festival sigue adelante. Ya se ha establecido y los ojos del mundo entero están clavados en él, lo cual es bueno para Guanajuato y para nuestro Cuerno de la Abundancia, es decir, nuestro país.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, January 7, 2012

EL CUATE




Por Eduardo Rodríguez Solís

De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 129. 12-13-11)


Cuando yo trabajaba con Enrique Bátiz y su Orquesta Sinfónica del Estado de México, encargándome del diseño y redacción de los programas de mano, coordinación de solistas y arreglo de las giras por los Estados Unidos, estacionaba mi tartana (Datsun verde) al final de una avenida en las Lomas, que terminaba en la salida a la carretera a Toluca, frente a dos casas iguales. Ahí dejaba el carro y luego me iba a trepar a un autobús que me llevaba a Toluca…
Me hice cuate de un joven que siempre estaba arreglando las plantas. Supe entonces que las dos casas eran de Cantinflas (una la alquilaba al embajador de los Estados Unidos). El que cuidaba las plantas era muy sociable. Un día, cuando yo regresaba de Toluca encontré mi carro flamante, muy limpio. El ángel del Señor, que era ese cuate, lo había lavado. Pensé que algo de su carácter tenía que ver con el bueno de Cantinflas, pues hasta su pantalón lo traía un poco caído de la cintura…
Una vez, ya con el carro estacionado frente a las dos casas, habiendo saludado a mi cuate (Cantinflas II), iba yo caminando hacia la esquina de la avenida Constituyentes, cuando pasó la comitiva del Gobernador del Estado de México. Se detuvieron los carros y alguien de la escolta del Gobernador vino hacia mí, y me dijo: “Si usted va para Toluca, el Sr. Gobernador quiere que se suba a su carro”… En el viaje, platiqué con él, y ya en Toluca, entramos al Palacio de Gobierno… Y ahí iba yo junto al Gobernador… (Yo iba a Toluca por unos fondos que necesitábamos para un concierto en la ciudad de México)… Entré a las oficinas del Gobernador y hablamos de varias cosas. Aproveché la ocasión para regalarle un ejemplar de mi libro, Primer curso de amor, que publicó la editorial Joaquín Mortiz… Tomamos café con leche… Cuando salí de la oficina, encontré al mero mero de las finanzas, quien me comunicó que mi dinero estaba listo (y en efectivo)… Al saber que no tenía transportación, le pidió a un chofer que me regresara a la ciudad de México…
Desde luego, le comenté a Cantinflas II sobre mis buenas influencias en otra ocasión y juntos recordamos una escena que aparece en una de las primeras películas de Cantinflas. La escena se desarrolla en una cantina. Cantinflas narra a sus cuates una historia. Escribo el relato de memoria:

 El tranvía iba lleno, y nos movíamos de un lado a otro, como si anduviéramos en el mar. Frente a mí iba una muchacha guapetona, que me miraba de reojo. Ella me preguntó: “¿Qué me ve?” Yo le dije: “Es que usted está muy chula, y se ve muy bien.” Y me preguntó: “¿Le gustan mis zapatos?” Yo le dije que sí, que estaban muy a la moda, como debe ser. Y el tranvía seguía moviéndose, como trajinera en Xochimilco. Y me dijo: “¿Quiere que me suba un poco la falda, para que los vea mejor?” Yo le dije: “Pues estaría muy bien.” Y me dijo: ¿Y ahora, cómo los ve?” Yo le dije que se veían mejor, que brillaban de lo lindo. Y el tranvía seguía con sus movimientos, para allá y para acá… Y ella me dijo: “¿Qué le parece si le enseñó un poco la piernita?” Y yo le dije: “Pues no estaría mal.” Y el tranvía seguía con su zangoloteo. Y luego: “¿Quiere que le diga dónde me hicieron la operación del apéndice?” Y yo, tragando saliva, le respondí: “Pues, usted sabe lo que hace.” Y que señala con el dedo, por la ventana, un hospital pintado de amarillo…

 


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Thursday, August 11, 2011

HÉCTOR AZAR Y SU TEATRO EN COAPA





Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
            (Número 97. 7-21-11)



Una vez Héctor Azar me comentó que su acercamiento a las artes escénicas fue “sin querer, queriendo”. Estaba dando clases de literatura en la Preparatoria Número Cinco, que se acababa de instalar en los estudios de cine localizados en la Hacienda de Coapa, cerca de Xochimilco.
Azar daba sus clases y al mismo tiempo reforzaba sus conocimientos de literatura. No era un sabelotodo en asuntos de letras y estaba aprendiendo a la par de sus conscientes alumnos.
Un día el director de la prepa lo mandó a llamar y le preguntó por qué no ponía a los muchachos a hacer teatro. Le dijo, “usted tiene muchos espacios abiertos, donde se puede improvisar un escenario… Si las cosas salen bien, lo que haga en el teatro nuestro, lo podemos llevar a otras escuelas…”
Héctor Azar, enseguida le respondió que él no sabía nada de teatro, que prefería seguir dando sus clases normales. Intrigado, el director le preguntó si él (Azar) era bueno como maestro de literatura… Y Azar dijo que no, pero que estaba aprendiendo para llegar a serlo. “Bueno, pues, haga lo mismo, póngase a hacer teatro para que aprenda sus mañas. Es como pintar paredes, sin ser pintor. Uno adquiere habilidades con el tiempo”, le dijo el director de la prepa.
Azar se entusiasmó entonces, y empezó a reclutar gente… Seleccionó textos poéticos españoles que los estudiantes declamaban mientras se movían abiertamente en el espacio. Al poco tiempo, él y sus muchachos se apropiaron de un “estudio” destechado que tenía las paredes altas. Cortaron la yerba y sentaron las bases para desarrollar el teatro en Coapa.
En otra ocasión Héctor Azar visitó Bellas Artes, y lo mandaron a un lugar donde había ropa de viejas producciones teatrales y operáticas. Le prestaron algunos trapos y muchas capas. Y los actores de Coapa comenzaron a sentirse como los artistas de Broadway. Empezaba la gran aventura.
Las puestas en escena de Coapa se hicieron famosas entre la gente de teatro. Y los críticos iban allá, a Coapa, donde daba vuelta el viento. Héctor Azar y el director de la prepa iniciaron un movimiento cultural que permitió a los propios actores, vestidos y maquillados, ir de pueblo en pueblo tocando tambores y juntando público para sus representaciones.
Pero el suceso más notorio no se hizo esperar. Héctor Azar decidió separarse de La Compañía Nacional de Teatro para fundar el Centro de Arte Dramático, en Coyoacán (CADAC) con el que realizó temporadas de teatro, mostrando siempre las variadas tendencias artísticas de la escena mundial. Azar nos dejó un legado excelente, que podemos descubrir en sus alumnos, su obra publicada, su alma cándida que recordamos y su ejemplar disposición para las letras y las artes escénicas de México.



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Wednesday, August 10, 2011

RECORDANDO A SALVADOR NOVO



Por Eduardo Rodríguez Solís

De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 105. 8-01-11)


El hombre era alto, elegante, distinguido. Parecía un diplomático. Iba vestido con pantalón gris Oxford, y blazer cruzado, de color oscuro. Llevaba camisa blanca y corbata rojo vino, y lucía un chaleco de terciopelo negro, con botones dorados. Se trataba de un poeta y dramaturgo que se llamaba Salvador Novo.
Era el noveno día del mes de septiembre del año 1959. El Instituto Nacional de Bellas Artes y el Museo Pedagógico Nacional exhibían puestas en escena en el teatro Justo Sierra, situado en Ribera de San Cosme 83, en la no tan poblada ciudad de México. De un tirón, con dos pequeños intermedios, se representaban tres obras (dos mexicanas y una española).
La compañía estaba integrada por trece actores y tres actrices, dirigidos por el recordado maestro Fernando Mota. La escenografía era de Alejandro César Rendón. Se representaban un monólogo de Salvador Novo titulado El joven II, Tangentes de Emilio Carballido y La muerte en el convento de Fernando Mota. La obra de Salvador Novo, escrita y publicada en 1951, se llevaba a las tablas formalmente, con todas las de la ley, por primera vez. El que escribe estas líneas (Eduardo Rodríguez Solís) era el actor de la obra de Novo. La obra de Carballido se desarrollaba en el Bosque de Chapultepec. Un viejo recitaba poemas, mientras una pareja de jóvenes enamorados andaba por ahí, junto a la extraña presencia de una mujer mayor. La pieza de Fernando Mota se centraba en un diálogo sobre la muerte. Muchos frailes estaban en sus nichos mortuorios, y las palabras tenían su sentido poético. El monólogo de Novo descubría cómo un alma joven le reprocha a un viejo que duerme, sobre las cosas buenas que no ha podido hacer en la vida, señalando también las maldades (muchas) que caracterizaban su absurda existencia… El alma joven, que ronda esa noche, espera obtener la libertad.
 Al finalizar el estreno, Salvador Novo, después de felicitarme por mi emotiva actuación, me extendió una caja de chocolates rellenos de menta. Acto seguido, dio media vuelta y se marchó, escoltado por su bien uniformado chofer. Sucede que yo caí en ese espectáculo por casualidad. Un conocido de la escuela de teatro me comentó que necesitaban actores para un montaje en Bellas Artes y que iban a pagar alguna lana, y se me ocurrió ofrecer mis servicios. Me presenté a la audición muy peinadito, para causar buena impresión. Mota, el director escénico, le explicaba a un actor cómo sintonizar la voz y el sentimiento para el monólogo de Novo. Pero el pobre actor no podía con el asunto. Su voz no tenía la potencia necesaria que el personaje requería, y sus movimientos y gestos resultaban demasiado teatralizados, por no decir falsos como una moneda de tres pesos.
Fernando Mota casi se halaba los pelos de la cabeza. Luego vino la pausa, y el director de escena me entrevistó, y me ofreció enseguida el papel de El Viejo en la obra Tangentes de Carballido. ¡Y yo me puse feliz! Era el principio de un buen principio. De los candidatos mexicas (como veinte más o menos), yo fui el elegido. Empecé a participar en los ensayos, y como llegaba temprano, me ponía a barrer el tablado. Y me sabía mi papel con puntos y comas (como debe ser). Un día, incluso, se me ocurrió llevarle a Mota algunos discos para que creara fondos musicales…Y cuando era la hora de ensayar el monólogo, con aquel “actor” que no podía con el paquete, yo me sentaba en primera fila, y servía de “apuntador” (por si se le olvidaba el texto)… Y lo hacía sin libreto, ya que me sabía el monólogo al derecho y al revés.
Pero Mota se sentía desesperado porque el actor no lograba dar vida al personaje, y habló con Salvador Novo, que era el Jefe del Departamento de Teatro de Bellas Artes en ese momento. Esa noche el actor fue despedido, y Mota se acercó a mí y me dijo en voz baja: “Quiero hablar con usted.” Aunque yo no le caía del todo bien, Mota me ofreció el papel del monólogo, y me dijo que yo podría representar ambos personajes: El Viejo, en la obra de Carballido, y El Joven, en la obra de Novo. Me quedé sin habla. No lo podía creer… Salvador Novo fue a ver el espectáculo en muchas ocasiones, y se le notaba que estaba muy satisfecho por mi actuación. De vez en vez, su chofer me traía una caja de chocolates, rellenos de menta. Como los regalos se acumulaban, opté por compartir su dulzura con los miembros de la compañía.
Después de terminarse la temporada teatral, ya no había chocolates, me encontraba a Novo en recepciones privadas o estrenos teatrales, y siempre me saludaba amablemente. Algunas veces le daba copia de algún escrito, y él, sabiendo que yo también tenía inquietudes creativas y una enorme pasión por la literatura, aplaudía mi dedicación.
Sin embargo ahora, al cabo del tiempo, puedo confesar que el monólogo de Novo nunca me gustó. Le faltaba sustancia. Estaba bien escrito, pero le faltaba su sal y su pimienta… Yo interpretaba al personaje con mucha entrega y dedicación, porque era un actor al servicio de una obra de teatro (como debe ser).
La última vez que vi a Salvador Novo fue en su casa. Tomé café y pude disfrutar una buena rebanada de pie de queso... En su jardín, platicamos de mil cosas. Su casa estaba en Coyoacán, en la calle de Santa Rosalía, que ya llevaba el nombre de Salvador Novo… Novo era una celebridad…Era el cronista de la ciudad, de la gran metrópoli. Conocía los edificios, los jardines y la gente, los cuales nutrían sus anotaciones que aparecían más tarde en formato impreso. Novo fue un singular Cronista de la gran ciudad de México, un valioso mexicano, como lo fue el famoso don Artemio del Valle Arizpe.



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


Friday, July 29, 2011

DE SAN SIMÓN DE LOS MAGUEYES



Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 94. 7-20-11)


Alejandro Aura era de la flota de escritores que andábamos de aquí para allá. Su poesía era clara como el agua, y nos gustaba mucho cuando él mismo recitaba. Sus versos eran muy atractivos, aunque a veces preferíamos la poesía de Leopoldo Ayala, otro miembro de la chorcha literaria… Aura componía un torrente de versos arrasadores. La poesía de Ayala era más cerebral, más rigurosa. Y nosotros, los oyentes, nos íbamos de un lado a otro, como pelotas de ping-pong.
Estuvimos juntos, como becarios, en el Centro Mexicano de Escritores, junto a Fernando del Paso, Jaime Sabines, Juan Tovar, Rafael Rodríguez Castañeda, Irma Sabina Sepúlveda y  Cecilia Treviño de Gironella. El dinero mensual que recibíamos representaba cuatro veces lo que costaba un apartamento en la Colonia Roma. Todos trabajamos bajo la supervisión de Francisco Monterde, Juan Rulfo y Juan José Arreola.
Tiempo después, me encontré a Alejandro Aura, que caminaba al lado del actor y escritor Carlos Bracho. Ambos mantenían una galería (primero en Reforma, cerca del cine Chapultepec; y después en Mariano Escobedo). Yo andaba por aquel entonces laborando en una agencia de publicidad. Era uno de los más creativos, y siempre traía mi dinerito. Una vez Aura hizo una exposición de sus poemas enmarcados y adornados con timbres postales, y yo le compré tres. (Eran marcos forrados en lienzo. Llevaban un poema de Aura y estaban salpicados con timbres postales de Francia, Italia, entre otros países)
Pasó el tiempo. Bracho y yo anduvimos puebleando durante un tiempo, buscando lugares dónde filmar San Simón de los Magueyes (proyecto que apenas era un sueño)… Algunas veces nos acompañaba Sergio Olhovich, que tenía intenciones de dirigir la película. El proyecto cinematográfico estaba basado en mi cuento del mismo título, que recibió varios premios cuando fue escrito. Originalmente se llamaba San Simón de la Simonera, pero después de leerlo en el Centro Mexicano de Escritores, Juan Rulfo sugirió titularlo San Simón de los Magueyes (sobrevoló la barda, el gran maestro).
Finalmente, el sueño se materializó. Pensamos en Alejandro Galindo como director de la cinta. Yo conocía a la esposa de Galindo, Pilar Crespo, y ya había acumulado buenas referencias sobre su trabajo. Recuerdo también a Alejandro Aura, que ya estaba incursionando en la actuación, y se mostró interesado en el papel del sacristán. Durante la conformación del reparto, Aura solicitó mi apoyo, sin que nadie supiera. Y yo lo apoyé, que para eso éramos cuates, ¿no? El papel del sacristán le vino como anillo al dedo, y lo desempeñó concienzudamente.
Después del rodaje, me di cuenta de que la película podía haber quedado mejor, si hubiéramos buscado otro director, alguien más entregado, por así decirlo. Galindo parecía caminar en las nubes. Estaba como echándose una chamba…“un hueso”, como dicen los músicos. Creo que en algún lugar del script aparecía la palabra “papalote”. Y Galindo, muy docto como director de cine, dijo que papalote provenía de “papelote” (papel grande), y ni en sueños pensó que esa palabra en náhuatl significa “mariposa”.
Vale decir que en una parte de la película tenía que realizarse un “paneo” -que ocurre al girar lentamente la cámara de izquierda a derecha-, deteniendo el movimiento por breves segundos para que el público observara un cartel que resultaba importante en el transcurso de la acción, antes de proseguir escaneando el panorama. Pero Galindo nunca supo por qué había que frenar el lente unos instantes, para luego continuar barriendo el campo visual. Por lo cual se tuvo que hacer un “parche” más tarde, utilizando tomas extras del mencionado cartel. A pesar de los contratiempos, el filme logró ver la luz. Y, desde luego, conservo memorias benignas de aquella aventura cinematográfica. Por ejemplo (y qué ejemplo) todavía puedo visualizar a Resortes, la víspera del inicio del rodaje, caminando alrededor de la alberca del hotel en San Juan del Río, donde todos estábamos hospedados, recitando de memoria sus parlamentos, sin cometer falta alguna. Adalberto Martínez, “Resortes”, era un maravilloso actor. ¿Nuestra experiencia habría sido diferente de haber elegido a Sergio Olhovich como director?

     
     
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Thursday, July 28, 2011

JOE PESCI, UNA BUENA CLASE DE ACTUACIÓN


Por Eduardo Rodríguez Solís


De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 90. 7-10-11)



Una vez deambulando por la Escuela de Teatro de Bellas Artes y por la Academia de la Asociación de Actores –que ahora se llama Academia Andrés Soler- cayó en mis manos un libro escrito por Louis Jouvet, famoso actor francés. Se llamaba el tomo Escucha, amigo. Estaba lleno de consejos para el actor. Se hablaba del miedo escénico, que es natural en los actores primerizos. Y había un párrafo que decía (lo he memorizado): “Escucha, actor, mientras tú estás recitando los versos de Shakespeare apasionadamente, mientras casi te mueres en escena diciendo ordenaciones de palabras bellas, tu público está ahí, en ese palco… El está pensando en sus negocios, y ella está soñando con su amante… Ese es tu público…”
Luego uno se ponía a pensar que durante las funciones, menos del 20% de la audiencia estaba siguiendo “fielmente” las acciones y palabras. Llegamos a la conclusión de que el teatro era eso: teatro… Y que Julieta (la de Romeo) no tenía que morir de verdad cada noche de representación. “¿Por qué entregar el alma, si sólo unos pocos elegidos están contigo? Quizás resultaría  más afectivo encontrar fórmulas que faciliten cómo fingir artísticamente.”
Una buena clase de actuación, o fingimiento artístico, se ofrece en la película With Honors de 1994, llevando a la cabeza del reparto a Joe Pesci -que quiere decir “peces”, en español. El actor nacido en 1943, muestra verdaderamente sus extraordinarias habilidades histriónicas en el filme. Brendan Fraser y Moira Kelly actúan junto a Pesci, quien representa a un vagabundo que hurga por los rincones de la Universidad de Harvard. El vagabundo camina por todos lados, y vive de milagro, metiéndose en la biblioteca de la institución para calentarse un poco y leer libros de poesía. Es un sinvergüenza (como son todos los buenos actores), amante de la palabra escrita.
Por cuestiones azarosas llega a sus manos el manuscrito de una tesis, que ayuda al vagabundo a sumergirse en la vida de los estudiantes universitarios. En una ocasión entra a una clase colmada de jóvenes sentados en la gradas. Un académico expone frente a ellos. Pero el impredecible destino teatral le brinda al vagabundo la oportunidad de dirigirse a la audiencia. Sus conceptos vibran y logran conmover al público estudiantil. Tanto el libro Escucha amigo, de Jouvet, como la película With Honors divierten y atrapan al espectador. Ambos están ahí, para que los interesados en cuestiones de actuación se acerquen a ellos, y para que el público en general se adentre en la creativa existencia de un vagabundo increíble interpretado por Joe Pesci.




 
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, June 18, 2011

JODOROWSKY, SABIO, AUNQUE EXTRAÑO ARLEQUÍN *





Por Eduardo Rodríguez Solís

De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 74. 6-04-11)

      Cuando entré a la Escuela de Teatro de Bellas Artes, en la Unidad del Bosque de Chapultepec, en la ciudad de México, me pusieron en el grupo del maestro Raúl Dantés. Este profesor era muy técnico. Siempre te corregía los movimientos escénicos. Si comenzabas a mover una pierna “que te tapaba”, tenías que repetir el movimiento hasta que te saliera bien. Al principio era una locura que no entraba en tu cabeza, pero después lo ejecutabas sin ningún problema.
      Otro maestro maravilloso era Juan José Arreola, que daba la clase de Verso. En el grupo de Arreola, si eras inteligente, podías llevar a escena fragmentos de obras de Federico García Lorca. Enseñaba elocuentemente (luego, cuando empecé a escribir, fui a su taller y me reconoció en cuanto me vio). La clase de Arreola, en la Escuela de Teatro, más que una clase de Verso, era una oportunidad increíble “para enamorarse de la literatura”.
      Otro instructor que tuve en la Escuela de Teatro fue Alejandro Jodorowsky. Había estado en México con Marcel Marceau. Era su partenaire, un extraño arlequín que salía con letreros, anunciando las pantomimas. En ese viaje conoció a mucha gente, y Salvador Novo le preguntó si quería regresar al Distrito Federal. Le dijo que podía conseguirle trabajo como maestro de pantomima. Por eso, años después, ahí andaba Alejandro Jodorowsky dando clases de pantomima… Y yo fui estudiante de su primer grupo.
      Las clases se daban en un salón de la Escuela de Danza del INBA, institución que estaba pegada a la escuela de teatro. Durante el primer encuentro, todos andábamos alborotados porque Jodorowsky estaba allí, y no veíamos nada, unos tapaban a otros. Entonces el genial Jodorowsky dijo que íbamos a organizarnos en fila india, y que caminaríamos por donde él pasara. Luego, añadió que nos distanciáramos unos de otros, y que sólo el último de la fila estaría cerca de él.
      Empezamos a caminar, casi lamiendo las paredes, acariciando columnas y rincones. De pronto, el maestro Jodorowsky dijo: “Cuando yo diga ‘tres’, nos detenemos en el lugar,  y volteamos nuestros cuerpos al centro del salón”. Uno, dos, tres… Giramos todos y la disposición quedó impecable. Nadie le obstaculizaba el paso, ni la visión tampoco.
      Con Jodorowsky aprendimos muchas cosas. Pero la sabiduría sólo la adquirían los interesados, y la mayoría de los estudiantes de la Escuela de Teatro no mostraban interés en adquirirla. De hecho, la sabiduría les valía gorro, como dicen los jóvenes en México.
      La filosofía de Jodorowsky, la filosofía teatral, la verdadera, empezaba por  hacer amistad con los ratones del teatro. “Si eres amigo de los ratones y las cucarachas del sitio donde vas a trabajar, las cosas van a funcionar de maravilla”, decía el maestro.
      Más adelante, hablando de técnicas, compartía con nosotros interesantes comentarios sobre el famoso ejercicio de la caja transparente: “Si ambas manos están colocadas en la pared de enfrente, y ustedes quieren alcanzar la pared de arriba, hay que mover una mano primero, y dejar la otra donde está. Luego, uno puede traer la otra mano a la pared situada en el plano superior”. Entonces entendimos que si movíamos las dos manos al mismo tiempo, uno de los planos de nuestra caja transparente, se desintegraría totalmente.
      Jodorowsky era único. Con él, aprendíamos cuando menos se esperaba. Siempre llevaba puesto un traje azul, medio ajustado, sin tirantes, con camisa blanca, corbata oscura y botines negros. Nada de cargar un portafolio, notas, nada. Nada de nada. La greña, medio alborotada. Rasurado, siempre, y limpio, como debe ser un mimo.
      Por aquel tiempo tenía yo un coche medio viejo, de marca Nash, modelo Airflite, convertible, pero si uno abría su techo, luego no podía cerrarse. Entonces, permanecía cerrado como un caracol, para evitar traqueteos. Era naranja con unas bandas de color crema. Su laminado, fuerte como la Torre Eiffel. Parecía un tanque de guerra.
      De vez en cuando le daba un aventón a Jodorowsky, a esas horas en que ya la luna se exhibe en el cielo. Además del mimo, se trepaban al carro Ana María Montero, Julia Marichal y sus hermanos Fredy y Polly. Hablábamos como cotorros, y dejábamos a Jodorowsky en una esquina del Paseo de la Reforma, muy cerca de la Zona Rosa (que antes no se llamaba así). Luego, la ganga que éramos se iba a tomar café. Nos sentíamos como una especie de troupé de mimos en aquel coche bicolor, inspirados por Jodorowsky. También presentamos pequeños espectáculos frente al público, muy graciosos. Jodorowsky siempre aplaudió nuestras audacias.
      Todavía conservo otro recuerdo más de Jodorowsky, del día en que dirigió a Samuel Beckett por partida doble. Jodorowsky puso en escena “Acto sin palabras” y “Final de partida”. En la primera pieza, interpretaba a un hombre, siendo el único actor en escena, ahogado en su extrema soledad. Era un acto mímico un tanto extraño, aunque verdaderamente bello y atractivo. En “Final de partida”, Jodorowsky representaba el papel de un mayordomo o criado. El dueño de la casa, interpretado por Carlos Ancira, se trasladaba en silla de ruedas por el escenario. A veces los padres del hombre afloraban de los cubos de basura. Ahí estaba Héctor Ortega, y la madre era encarnada por la actriz Magda Donato. Rafael Coronel diseñó escenografía y vestuario, y la coordinación general fue de Carlos Solórzano.
      Tengo una foto de aquel “Acto sin palabras”, en la que se ve la escena revestida totalmente de telones de gasa. A la izquierda, está Jodorowsky sobre un cubo de madera. Parece un muñeco. Lleva un traje como de marinero, con las piernas del pantalón recortadas, calcetines y zapatillas blancas. Trae en su cabeza una ondulante peluca. Hay un árbol bidimensional en una esquina, con ramas que cuelgan y giran. Una jaula se desliza, una jarra sobre el suelo, luna, sol, un segundo balde al otro extremo. Veo datos escritos al reverso de la foto: 1960 en el teatro Orientación. Esta foto es un regalo. A nadie le he dado copia. La guardo como una pieza de oro de veinticuatro quilates.




*La primera versión de este ensayo se publicó en la revista digital  Siempre! (http://www.siempre.com.mx/2011/06/jodorowsky-extrano-y-fabuloso-arlequin-beckettianoeduardo-rodriguez-solis/)
 
 
 
 
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)