Friday, March 28, 2014

GARABATO No. 54


     



Por Eduardo Rodríguez Solís


        Florentino andaba caminando con unos zapatos que tenían más hoyos que la superficie lunar.
      Pisaba piedras y las sentía. Pasaba encima de un bubble gum aplastado, y casi adivinaba el sabor que había tenido esa “golosina”, que a veces nos calma los nervios.
      Andaba sin centavos. Lo habían despedido de su empleo en un restaurante, porque descubrieron que sacaba sobras de las bolsas de basura que tenían en la cocina. Estas sobras se las llevaba a su casa, y se las comía, poco a poco, en tacos… Revolvía las sobras y hacía una masilla. Luego, en tortillas, que era lo único que compraba, se hacía sus tacos.
      Pero ahora ya estaba en la calle y no sabía qué hacer.
      Entonces se le ocurrió hacer una venta de garaje y se deshizo de mucha ropa y chácharas que no usaba. Y con esto, comió una semana.
      Este Florentino no tenía problema de pagar renta. Un tío lejano lo dejaba vivir dentro de un autobús escolar destartalado, que tenía en la parte trasera de su casa. Y con un cable duplex sacaba electricidad de la casa de su tío, que era un veterano de la Guerra de Vietnam, y que tenía exhibida en su living room una chaqueta militar, con más insignias y condecoraciones que Napoleón Bonaparte.
      En ese camión se encerraba Florentino y veía un viejo televisor que se encendía con golpes de karate. Ahí disfrutaba de partidos de béisbol y soccer.
      Un día, el Florentino de nuestro cuento andaba caminando casi de puntas, para no sentir la tierra y las piedrecillas, y todos los desperdicios que se riegan por todas partes… Y al llegar a una esquina escuchó la voz de una mujer que regañaba a su marido. Volteó para arriba y desde una ventana abierta vio que la mujer aventaba a la calle una camisa y una corbata con muchos Mickey Mouse… Florentino entonces recogió del piso estas prendas y las metió en su mochila.
      La camisa tenía manchas de lápiz de labios y olía a un perfume muy femenino. La corbata tenía a Mickey Mouse con distintos disfraces. A Mickey se le veía de bombero, astronauta, cowboy y, de todo.
      Un domingo, que lavó a mano la camisa y la estaba tendiendo al sol, se dio cuenta que la vecina estaba arrojando una bolsa de Kentucky Fried Chicken a la basura. Entonces, Florentino, sin que lo viera nadie, sacó el envoltorio de la basura y se dio cuenta que ahí todavía había muchos huesos por roer… Y en un container vacío de sour cream puso el pollo que todavía servía, y regresó el resto del KFC a la basura de su vecina.
      Se preparó luego un sabroso picadillo y se hizo dos tacos. Hum, qué desayuno tan exquisito.
      Y, desde ese día, cuidó los movimientos de la vecina, y estuvo al acecho de sobras de manjares de príncipes y reyes.
      Otro día, tomó unas bolsas de plástico del supermercado y las metió a las bolsas de su pantalón. Y se puso su camisa y su corbata de Mickey Mouse, y se fue a un restaurante-bar que tenía “Happy Hour”, con comida gratis. Pidió una copa con agua y se puso a comer de lo lindo, y luego echó algo de comida en sus bolsas del super, y se salió del lugar elegante, donde no se te dejaba entrar si no traías corbata.
      Y cuando regresaba a su autobús escolar en desuso, tuvo la idea de hacer un picadillo, para luego venderlo, en taquitos, a un dólar cada uno.
      Al picadillo que hizo con lo que trajo del restaurante le agregó algunas sobras de comida china de su vecina, y un aguacate medio pasado de tiempo que se encontró en el camino.
      Hizo después un letrero en una sábana vieja y pegó esta publicidad en un árbol.
      Y la gente, amante del taco, empezó a llegar. Y hasta se hizo una fila como las que se hacen en los cines de estreno.
      Ese fue el principio del gran negocio de Florentino. El establecimiento se llamó “Tacos Crioque” porque la gente se preguntaba: “¿Y estos tacos a qué saben?” Y alguien decía: “Creo que es pollo con atún”. O algo así.
      Florentino perfeccionó sus acciones en los Happy Hour de varios restaurantes, y ya tenía varios sacos de vestir que compró en tiendas de segunda, y en estos sacos acondicionó unos bolsones donde depositaba mucha comida. Ahí metía albóndigas, ensaladas de papa, pollo y atún, camarones, y muchas cosas.
      Luego, en su autobús escolar destartalado hacía sus picadillos, que después aderezaba con sobrantes de su vecina.
      Y ya estaba listo para abrir su puesto de tacos, donde sólo invertía en tortillas, en platos de plástico y en ketchup, que mezclaba con semillas de chile piquín, hechas polvo. Y de esto último surgía una sabrosa salsa para sus tacos.
      Con el tiempo y un ganchito, Florentino se volvió un experto taquero. Y se puso a abrir sus restaurantes. Y por toda la ciudad te encontrabas con el “Crioque No. 1”, el “Crioque No. 2” y el “Crioque No. el que quieras”.
      Pero Florentino no cambió mucho. Siguió viviendo donde siempre… Pero pintó muy “a la onda” su autobús escolar y hasta le puso una unidad de aire acondicionado.
      Y sus picadillos se siguieron haciendo con comida de los “Happy Hour” y sobras de su vecina.
      Si así gustaron sus tacos al principio, así iban a gustar siempre de los siempres.
      “En el sabor está el éxito”, dijo una vez el inventor de un famoso refresco de cola… Así tienen que ser “las chispas de la vida” que nos empujan en nuestro largo camino…


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Sunday, March 23, 2014

GARABATO No. 53




Por Eduardo Rodríguez Solís


      Ella, una güerita natural (no artificial, como hay muchas), se trepa en su VW clásico, color rojo, y anda de un lado a otro. Pero, de repente, se dirige al supermercado, donde se va a armar un alboroto muy especial.
      Las palomas y otras aves se vuelven como locas, porque saben que les van a aventar semillas de girasol.  Se van volando, siguiendo la trayectoria del VW rojo.
      Luego, la güerita se baja del auto y el ejército de palomas y otras aves se queda alrededor del VW, y muchas, las que caben, se suben al techo de ese cochecito que parece cucaracha. (Se ponen a esperar.)
      Después, la güerita se acerca con su carrito del super… Abre la cajuela de su VW y coloca las bolsas de su compra… Luego, abriendo una bolsa de semillas de girasol, camina por el cemento y se pone a arrojar las dichosas semillas por doquier.
     Entonces el alboroto alcanza buenos niveles, y todas las aves picotean el suelo hasta acabar con las semillas de girasol.
     La locura que provoca la güerita del VW rojo alcanza fama y ahora las palomas y otros pájaros vienen de otros lugares. Y hasta alguien dice que muchas aves vienen desde Canadá y Alaska.
      Y la güerita del VW rojo tiene que hacerse de ayudantes, pues la demanda de las semillas de girasol es enorme… Ahora, son cinco muchachas, y todas pilotean sus VW rojos, modelo cucaracha.
      Pero un día, gente mala (que abunda en nuestro planeta) hace una denuncia y la policía aparece y prohíbe la locura de las semillas de girasol.
      Entonces las muchachas de los VW se van a un parque, y ahí arrojan las semillas (pues a las palomas y a sus amigos, los pájaros, hay que alimentarlos de buena gana).
      Pero viene el milagro que se sospecha… Una noche, la viejita que no tiene buen corazón, y que es la persona que hace la denuncia de las semillas, tiene un sueño muy pesado, donde se ve perseguida por una paloma gigante… El ave la picotea con maestría y se la traga en un dos por tres.
      Y al día siguiente la viejita está muerta, a causa de un infarto masivo al corazón.
      Entonces las semillas de girasol se vuelven a arrojar en el piso del estacionamiento del supermercado, y la locura del tiradero de semillas de girasol se eleva hasta los cielos y las estrellas.
      Y Houston, la hermosa ciudad de Houston, cambia por decreto su nombre. Se llama ahora Paloma City.
      Houston es cosa del pasado, y Paloma City es distintivo de gente amante de los animales que vuelan.


 Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Thursday, March 20, 2014

GARABATO No. 52

Foto: Marangeli Franco


Por Eduardo Rodríguez Solís


      La gente y todos los animales decían que ellos eran pájaros “sin chiste”. No tenían colores alegres y parecían parte de la tierra. Eran color beige o color gris. Y andaban volando, siempre, cerca de territorios prohibidos.
      Ahí, principalmente, merodeaban pájaros azules y cardenales. Ahí no entraban bichos raros. Y mucho menos pájaros color beige o color gris.
      Ese lugar era –según azules y cardenales—sitio exclusivo de alados de alta alcurnia. La “pelusa”, o sea los de color beige y los grises, no estaban a su altura.
      Y resulta que un día, la gente que habitaba este territorio tuvo la feliz idea de colocar un poste de metal muy alto, con una casa de diseño “pagoda”, con doce espacios para “que los pájaros empollen a sus anchas”.
      Y la “pelusa” (los de color beige y los grises) se dio cuenta de este suceso, y una pareja de estos pajaritos tuvo la original idea de poner el letrero “sold” (vendido) en una de las aberturas.
      Y los azules y los rojos (los cardenales) empezaron con la tarea de preparar los nidos, pero no se metieron en la abertura que tenía el letrero “sold”.
      Entonces, la pareja de pájaros indeseables, que eran de cuna absolutamente “pelusa”, se pusieron en las crestas unas plumas rojas y azules, que encontraron por ahí tiradas. Y así se disfrazaron para no ser molestados por azules y cardenales.
      La “pelusa” macho se quedaba en la entrada de su casita, mientras la hembra volaba en busca de ramitas o lodo. Y luego, se intercambiaban la tarea, y la hembra se quedaba de vigilante.
      Y llegó la hora de la nueva vida y todos (los de alcurnia y los de no alcurnia) se pusieron a empollar.
      Poco después nacieron los pajaritos y los intrusos hicieron que sus hijos llevaran una pluma azul o roja en la cabeza.
      Pero un día vino una tormenta que movía los árboles y la pagoda, con sus casitas, se balanceaba de lo lindo… Y los rojos y los azules se quedaron sin plumas, y de su piel salieron plumas color beige y color gris.
      Fue entonces cuando ese mundo de las alcurnias y de la “pelusa” se volvió un solo mundo extremadamente feliz y perfecto.



Foto: Marangeli Franco


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


Wednesday, March 12, 2014

GARABATO No. 51

Foto: Marangeli Franco

      
Por Eduardo Rodríguez Solís


      Estaba en una cornisa del piso setenta. Para abajo, la gente que se movía parecía parte de una comunidad de hormigas. Y si volteabas para arriba, si no te vencía el vértigo, podías ver con más precisión las formas de las nubes.
      Apoyaba con cuidado las palmas de sus manos en la cornisa, y trataba de evitar los desechos de las palomas, animales que tenían diversos colores… Había blancas, grises, azuladas, verdes y bien campechanas. Y nuestro amigo se reía del término “campechano”, que significaba colores mezclados.
      Respiraba con mucha libertad. Es que estaba arriba de los humos venenosos de los motores. También sentía sus ojos ajenos a la “picazón” que se sufre si uno anda sobre aquellos grises pisos, que se fabrican fuertes como rocas.
      Pensaba en ese amor que se le había ido de las manos. Y aquella mujer de cabellos dorados, que tanto había querido, se había ido con otro, quedándose él en la soledad aplastante, desagradable, absurda.
      Y cuando sentía que se le estaban durmiendo las piernas, por la dureza de la cornisa y por el efecto de su propio cuerpo, movía con cuidado sus asentaderas, no fuera a despegarse alguna parte de la dichosa cornisa.
      Y ese temor se basaba en la edad del edificio… Cien años era mucho tiempo, y el cemento podía haberse debilitado… Por eso, los movimientos tenían que hacerse con cautela, con mucha cautela.
      También había que “torear” a los vientos. Y se reía del término “torear”, que significaba esquivar o “cabecear”… Un ventarrón fuerte podía terminar con una caída al vacío.
      Y, ¿por qué estaba sentado en esa cornisa? ¿De dónde había salido esa locura?
      Había sus razones.
      La vida, a sus treinta y tres años, se había vuelto muy aburrida. No había cosas nuevas, no había sorpresas. Todo era igual, monótono.
      ¿Para qué vivir si el dulce mañana ya no existía? ¿Para qué vivir si los colores y los animales que nos rodean ya no son los que veíamos en la niñez?
      Y hacía esas reflexiones mientras el minúsculo mundo se movía en diferentes direcciones, allá abajo, donde se pisaba el frío cemento.
      Entonces se levantó en la propia cornisa, y sintió que una losa se movía, y escuchó el ahhh de la poca gente que lo observaba.
      Y respiró profundamente, y quiso pedir permiso a sus padres, pero no lo hizo, y vio para arriba y observó de verdad a algunos ángeles escondidos detrás de las nubes… Y se quiso ir volando, primero hacia arriba, pero definitivamente se fue hacia abajo.
      Y el cuerpo de nuestro amigo se volvió un bólido. Y en cinco segundos aparecieron en su mente algunas fotografías de su triste y miserable existencia, y luego sus sentidos se esfumaron y, gracias a los cielos, no sufrió en carne y hueso los embates del último encontronazo contra el piso gris.
    
    
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


Sunday, March 9, 2014

GARABATO No. 50


Foto: Marangeli Franco
     

Por Eduardo Rodríguez Solís


      Me parece que de un avión 747, alguien arrojó, por el inodoro,  un papel que envolvía una piedra, cosa un poco extraña, ya que si uno echa algo al inodoro de un 747, queda encerrado en un tanque de almacenamiento… Y queda ahí, hasta que alguien desmonte este tanque para darle su limpieza y su baño a presión.
      El caso es que de muy arriba de las bajas nubes alguien arrojó un mensaje. Y la piedra con el papel pegó en el capacete de un automóvil, y luego rebotó varias veces en el asfalto de la carretera, que zigzaguea en una montaña, cerca del mar.
      Ahí iba un mensaje medio secreto… “Vaya usted al centro de la ciudad de México, a la esquina de Madero con Pino Suárez, donde está una juguetería de fama… Entre usted al local y pida un abecedario de madera… Sólo ahí los venden…”
      Ernesto, que no entendía lo que le estaba pasando, volteó para arriba, y vio claramente que algo más se desprendía de una nube gris, con forma de trébol de cuatro hojas.
      Ese algo caía y se le acercaba… Hasta que golpeó su cabeza… Era otro papel que envolvía una piedra.
      Ahí estaban unas instrucciones.
      “Si pones todos los cubos del abecedario, revueltos, como si fueran un dominó, escoge uno a ciegas y abre los ojos… Y grita la letra… Y tendrás una sorpresa…”
      Como Ernesto no tenía ni un “clavo” en la bolsa (como no tenía dinero), se puso a trabajar mucho, en lo que hacía, en lo único que sabía hacer.
      Se llevó entonces su bolsa de globos de colores a una de las playas de Acapulco. Y ahí, se puso a inflar globos, haciendo con ellos elefantes, payasos, flores, corazones, espadas y demás.
      Y a veces, como siempre, se le ponchaban sus obras maestras, y entonces tenía que volver a empezar.
      Y ahora las jornadas eran de ocho horas, en vez de las cuatro de siempre… Es que había que hacer una alcancía para comprar su pasaje a la ciudad de México.
      Varios días después, rataplum, juntó lo que se necesitaba para su boleto de camión.
      Y hay que ver cómo abría la boca cuando finalmente caminó en el enorme patio del zócalo, junto al asta de la bandera, frente al Palacio Nacional.
      Y ahí, con ese sol medio contaminado, volvió a hacer sus figurines en globos de colores. Había que comer y había que juntar para el abecedario de madera.
      Vinieron después las noches que se pasaron en una banca de madera, dentro de la catedral… Ahí, se descansó, se durmió y se le rezó a la virgencita de Guadalupe.
      Luego, llegó la hora de la verdad… Estando frente al mostrador de la juguetería, puso peso sobre peso hasta alcanzar el precio del abecedario.
      Y justamente afuerita del establecimiento, se puso en cuatro patas en el pavimento, y abrió su juguete. Acto seguido, con los ojos tapados con un paliacate rojo con blanco, hizo “la sopa” del domino y los cubitos de madera quedaron bien revueltos.
      Recogió tres letras, y las puso en fila… Y tomó la primera…
      Se quitó la venda de los ojos y gritó “letra c”…
      Segundos después cayó del cielo un conejo de trapo, seguido de un cochinito, también de trapo.
      Se repitió la rutina. Tomó Ernesto la segunda letra y gritó “letra l”.
      Cayeron un león de trapo y un lagarto.
      “Letra m”.
      Y cayeron un mono y un martillo.
      Como Ernesto se caía de sueño, recogió todos los cubitos de madera y los metió en su caja… Pero se dio cuenta que un enanito lo estaba observando.
      Seguido por aquel enanito, se metió a la catedral y ahí, abrazando su abecedario de madera, se quedó dormido, bien recostado en una banca.
      El enanito, que también estaba agotado (quizás por tanto observar), se fue a un rincón y se durmió en el suelo, hecho bolita, como si fuera un camarón.
      Ernesto despertó y sintió que le faltaba algo. ¡Su dominó de madera! ¡Su abecedario de madera!
      Se incorporó, medio mareado, y salió a la calle… Y todo, absolutamente todo, era una gran alfombra de juguetes de trapo, que supo habían caído del cielo.
      De pronto, vio al enanito acomodando cosas de trapo… Y este enanito se puso muy nervioso, y se fue corriendo a esconderse detrás de una fuente seca.
      Ernesto caminó mucho y la alfombra de juguetes de trapo no terminaba… Aquello era un mundo completo de animales y cosas de trapo…
      Y se imaginó al enanito robando su abecedario de madera, y gritando muchas letras.
      Al rato, se escuchó como una coral de voces que cantaba todas las letras del abecedario, y se inició una gran tormenta invernal que, en lugar de copos de nieve, arrojaba juguetes de trapo.
      Y se hacían montones, que luego se volvieron montañas…
      Y Ernesto corrió y corrió hasta encontrar una parte sin alfombra de cosas de trapo, y se puso ahí a hacer un hoyo profundo, y ahí se metió, jalando después, con las manos y las uñas, toda la tierra que se había sacado.
      Y se quedó sepultado el buen Ernesto, por los siglos de los siglos… Y el abecedario desapareció, y el enanito dejó de ser enanito y se volvió persona normal, que no sabía gritar…



Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Ha recibido reconocimientos nacionales por Banderitas de papel picado, Sobre los orígenes del hombre, Doncella vestida de blanco y El señor que vestía pulgas. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)