Thursday, July 5, 2012

MARILYN MONROE SE ME PERDIÓ

Foto: Isabel Pérez Lago



Por Eduardo Rodríguez Solís


      Marilyn Monroe era bonita, distinguida, aunque un poco loca. Buscaba pleito hasta con los mosquitos y su propia sombra. Era muy femenina y nunca la vi usando calzones. No los necesitaba. Ella era medio salvaje, como de la jungla. También era buena actriz. Hacía teatros en cualquier momento. Una vez observé que, buscando pleito, se fue caminando en reversa y cayó en la piscina. (Pero en unos segundos salió, como por arte de magia, como si fuera discípula del Gran Houdini.)
      Marilyn Monroe era hermosa, extraña. Le gustaban las caricias, pero nunca le llegué realmente a hacer el amor. Yo sabía que éramos de distintas razas, tipos. Marilyn Monroe era una gatita gris oscuro con salpicaduras blancas. Casi no sabía maullar. Era absolutamente silenciosa. Se me ocurrió ponerle ese nombre porque ella, como gatita, como felina, era una verdadera inspiración (como lo fue Marilyn Monroe, la mujer).
      El día en que se apareció hacía mucho frío. Los techos de las casas amanecieron con hielo y todos esperaban una nevada. El gato estaba flaco, mal alimentado, con ojos tristes, faltos de buena esperanza. (No se sabía si este ser era macho o hembra.) Le di enseguida croquetas en un platito y se “zambulló” en el alimento. Y cuando tuvo su estómago llenito puso cara de felino adormilado. Entonces se recostó en una chamarra vieja que yo había acomodado en una canasta. Y ahí se quedó dormido, frente a la casa de Sands Point.
      Al día siguiente, ya andaba detrás de la casa, donde tenemos muchas plantas y una alberca que es paraíso de ranas. La familia de gatos que vivía por los alrededores de la alberca: madre, hija e hijo, todos atigrados, con garras filosas como navajas, lo miraron con desdén. La flacucha gatita gris oscuro con salpicaduras blancas empezó a sentirse como en casa, incluso se le notaba que caminaba cual si fuera la reina del lugar. Pero al nuevo felino no se le aceptaba y casi no se le permitía entrar en la bodeguita, que tenía puerta para gatos, y que era buen refugio en la temporada de fríos. Entonces, el nuevo habitante, cuyo sexo ya se conocía, se quedaba en las noches acurrucado en una maceta vacía.
      Al cabo del tiempo, operamos al felino, y un veterinario vietnamita por poco la manda al otro mundo con la anestesia. Y cuando la gatita nueva, que ya había sido bautizada como Marilyn Monroe, porque nunca se le veía con ropa interior, se repuso de los maltratos vietnamitas, estrenó una casita que le hicimos con una caja de cartón. La casa tenía dos entradas circulares: una pequeña que simulaba una ventana y otra más grande parecida a la puerta de la calle.
      La Marilyn Monroe era una verdadera pilla. Se escondía detrás de una maceta, y se ponía en posición de ataque. Y cuando un gato pasaba, atacaba de lo lindo. Los tontos gatos, que tenían garras filudas, le tenían miedo. Y ella atacaba con sus garras muy redondeadas, que apenas si le servían para subir árboles como un chango. Con el tiempo, la Marilyn Monroe fue aceptada por la familia de gatos, y hasta ya tenía su lugar nocturno en la bodeguita.
      Cuando abríamos una puerta de la casa, la Marilyn Monroe se metía como si fuera un rayo y era difícil sacarla. Tuvimos que preparar cuerdas largas con objetos amarrados en las puntas. Con este ardid, la Marilyn Monroe jugaba y luego se le podía sacar. A veces, cuando se le permitía estar dentro se iba y se echaba en un sillón floreado, cerca de mi computadora. Y ahí dormía a pierna suelta.

      Pero un día desapareció.
      Y nunca regresó.
      Entonces le atribuimos siete destinos posibles.

      Uno: Marilyn Monroe se encuentra encerrada en un pet carrier (maleta para cargar mascotas), y su dueño actual (porque los gatos tienen varios dueños) se la lleva hasta Boulder, Colorado, porque allí ha conseguido un mejor empleo. Con el tiempo, Marilyn Monroe, la gatita gris oscuro con salpicaduras blancas, se vuelve una gata de la nieve.
      Dos: Marilyn Monroe es atrapada por una mujer que hace tamales. “Es que se necesita carne buena”, dice la dama. Pobrecita Marilyn Monroe, la hacen tamal. Pienso sin querer en una comedia musical de la actriz londinense, Angela Landsbury, en la que se hacen pasteles de carne humana.
      Tres: Marilyn Monroe es atropellada y alguien la recoge bien herida, y la lleva al médico. Como no hay remedio, la sacrifican.
      Cuatro: Marilyn Monroe es atropellada, y la recoge una muchacha que iba manejando. Se la lleva a su casa y ahí, poco a poco, se repone… Y se queda a vivir, cómodamente.
      Cinco: Marilyn Monroe anda caminando, cruzando casas, y la descubre su dueña original, quien la anduvo buscando por mucho tiempo… Esa mujer decide encerrarla en su casa, para siempre.
      Seis: Marilyn Monroe se mete a una caja, y por cuestiones del azar, esa caja es enviada a Alaska, donde la gata gris oscuro con salpicaduras blancas comienza una nueva vida.
      Siete: Marilyn Monroe experimenta lo que usted, casual lector, se imagina.
      Finalmente, hay que hablar de la melancolía. Se ha ido un ser querido, y quedan, por ahí, desparramados, los recuerdos. ¿El bello animal está vivo o se ha ido a un planeta mejor (o sea, disfruta de una existencia superior)?
      Nadie sabe la verdad.
      El caso es que la Marilyn Monroe mía ha desaparecido, y ya no se cuenta con su alocada personalidad. Ahora las cosas son distintas, quizás más tranquilas. Y tenemos que acostumbrarnos a vivir el tiempo que nos queda sin la exótica y deslumbrante hembra que se llamó Marilyn Monroe. (Qué se le va a hacer.)   


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Wednesday, July 4, 2012

PARA BAILAR

Foto: Isabel Pérez Lago


Por Nara Mansur


♫ No, no hay que llorar, que la vida es un carnaval
♫ y es más bello vivir cantando,
♫ y las penas se van cantando.

Mamá debe dejar de llorar
dejar su energía ultrautópica detrás
aceptar esta zona tibia donde vivimos
confiar más en papá,
dejarme dormir y no irme a ver cada dos por tres.
Mamá no debe meterse en la cuna conmigo para saber
si yo respiro, si Emilia está vivita y coleando.

Es que viste a una actriz hacer eso y te dan ganas
de actuar aquí en la casa.
Porque mamá es una actriz de su casa,
le gusta hacernos reír entre otras cosas.
Tampoco debe preocuparse tanto porque a papá
le preocupe que se le caiga el pelo,
debe dejarlo un poco así, mirándose
en el espejo del ascensor de vez en cuando.
Como se deja a ella misma mirarse
las nalgas en el ascensor, a ver si algo ha cambiado
para bien o para mal o para igual.
¿Seguirán siendo dos?
¿Seguirán estando ahí las nalgas de mamá?

¿Será que de verdad se acabó una idea de política para todos?
¿Se acabó toda política posible?
Y el modo en que circula el dinero, mamá
cómo se gana, para qué sirve, contra qué se cambia.






Nara Mansur es poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un ejercicio al aire libre (2004). Recibió el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2011 por su cuaderno Manualidades así como el Premio de la Crítica Literaria 2011 por su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro. Sus textos Ignacio & María y Charlotte Corday. Poema dramático han sido llevados a escena por los grupos Teatro D’Dos y la Guerrilla del Golem. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires.

Tuesday, July 3, 2012

UN UNIVERSO TAN COMPLEJO: REFLEXIONES DEL AZTECA




Por Eduardo Rodríguez Solís  

      (Reflexiones sobre Dios, Jesucristo y el hombre, a partir del texto Un hermoso forajido)

Bueno, me meto en camisa de once varas. El asunto no lo conozco bien, como no conozco el mundo extraordinario de Shakespeare. Pero hay que ser atrevido y hay que hacer reflexiones. Es necesario. Andamos en busca de la verdad. Una verdad que está detrás de muchos velos.
Todo empieza cuando sabemos que el mundo se ha construido, se ha erigido, gracias a una fuerza que lo mueve todo, que lo hace todo. Esa fuerza es el Dios o los dioses de los tiempos pasados.
Y me pongo a escribir en la computadora, sin hacer apuntes o borradores. Redacto frescamente, y sé que utilizando este sistema se puede llegar a la transparencia del concepto. Traigo puesta una playera (T-shirt), azul claro, que tiene una figura en blanco. Ahí está la imagen, sacada de un códice, de un dios prehispánico, Quetzalcoatl (una serpiente emplumada). En mi pecho se muestra a un dios de los vientos y la naturaleza, casi casi como el Jurakán de los indios caribes. Y pienso en el significado de esta palabra que se ha metido en nuestros diccionarios (huracán).
Entonces el viento huracanado me lleva al libro de John Eldredge, Beautiful Outlaw. Y descubro que Dinorah dice en su traducción “Un hermoso forajido”, y yo corrijo el título y digo, “Un hermoso rebelde”… Porque Jesucristo no operaba fuera de la ley… Él solamente quería que todos caminaran por el sendero correcto y justo.
Luego nos damos cuenta que el concepto de Dios, que no tiene forma, pero que sin dudas existe, se nos aparece en el cuerpo de Jesucristo. Y vemos ahí a un hombre rebelde, que quiere que las cosas estén mejor. Y nos ponemos a leer sobre la vida de Jesús y tratamos de aprender la forma de caminar bien en la vida que nos ha tocado. Y caminamos a nuestra manera.
También, aseguramos que Dios y Jesucristo, pueden estar en todos lados. Y no tenemos la necesidad de ir a un templo para recibir bendiciones. (Los templos están para los desposeídos, para los desamparados, y nosotros no necesitamos hacer visitas a esos santos lugares, porque creemos que Dios y Jesucristo pueden estar con nosotros, siempre, en cualquier lugar, si así lo queremos.)
Finalmente decimos que el Mesías que llegó y fue adorado en un establo de Belén por tres reyes magos del Oriente, está cerca de nosotros. Es una luz que debemos descubrir. Es la verdadera esperanza que nos ofrece esta vida que nos ha tocado.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)


Monday, July 2, 2012

JOHN ELDREDGE: A BEAUTIFUL OUTLAW



Denisse Luna: Caution




By Dinorah Pérez-Rementería


I have written this review with the purpose of introducing Jesus to the casual reader, in the same way John Edredge does in Beautiful Outlaw or Pastor Joel Osteen accomplishes in his sermon each week. But, I like to play with and dissolve myself into words. So, please be aware: if Jesus is not here, between you and I, then run away, without guilty feelings, like my little brother did. He could not get past the second page. As Eldredge says, “Jesus is infinitely creative,” and he will find another, more effective way to capture you.

 

 



“An artist is revealed in the work he or she creates, and in the abundance of the work created,” says John Eldredge in Beautiful Outlaw, his book on the personality of Jesus (57). Very few things can be as life-giving and fulfilling as discovering –how to know and see- God through his creations. Having received eyes to see and ears to hear (him), one is inevitably drawn into an appealing search –a search for deeper connections and elements that help us deal with the unpredictability of the ocean as well as the complex mental, physical, emotional design of a human being.
An essential of life, these connections encompass the power to awaken curiosity and stimulate a natural inspired impulse in each of us. The forms, orders and patterns, from which our intellect and perceptions are nurtured, have been somewhat inspired by them, serving as interactive channels enlarging, enriching, and, most of all, facilitating the emergence of connections as such. Indeed, (external) patterns, orders and forms are needed insofar as they might help provoke in people a spontaneous inner glow –that is, an intimate desire to navigate connections free from pressure and be smoothly permeated by them. Very often, however, our experience of patterns, orders, and forms is not fruitful. We recite, memorize, and follow through. We might become used to take patterns for the truth. Instead of approaching patterns as they truly are –substantial venues pointing our way to greater treasures- we unconsciously learn to adopt them, without realizing that patterns of thinking and behavior sometimes can be reductive or even distorted. Thus, they may turn into an obstacle for us to find pleasure in exploring the connections.
A similar episode happens with regard to the question of who God is and how we relate to him. Many associate God with the idea of being religiously affiliated to church or certain ritual practices. Unfortunately, while these individuals learn to accommodate their searching to a specific pattern or religious methodology, they may not experience a free desire to navigate God. Nonetheless, others seem impregnated with some of God’s essential qualities –goodness, creativity, pure (uncorrupted) spontaneity and Life. John Eldredge from Ransomed Heart Ministries is one of these people. By reading his books, one comes into an effortless, engaging experience of God. God created the heavens and the earth, and he also created man in his own image: caring, resourceful and ingenious. God’s spirit reminds us of those deeper connections that, of their own accord, emerge out of nowhere –or perhaps, everywhere- fueling our brains as well as our heartbeat.
Can molds or patterns ever confine, encapsulate creativity, spontaneity and Life? Well, a pattern in itself can portray the religious, or the theological, or mathematical, or historical…Still, it can never imprison God. On the other hand, God can surely permeate a human pattern. After all, humanity was created in his image. Despite man’s failure to recognize that he had been naturally, generously, empowered by God to act and think in caring, resourceful, ingenious ways from the beginning –a crash which somehow set up the arena for a long list of frightful events, orders and archetypes that have facilitated the spreading of inaccurate and very poor interpretations of God among the people-, he has faithfully assumed/infiltrated fantastic shapes inciting us to recuperate his humane spirit. As a matter of fact, God appeared on earth in his most beautiful form two thousand years ago, determined to uncover himself as he is and rescue a deluded mankind once and for all.
Author John Eldredge calls Jesus a “beautiful outlaw.” His love for God filters through the pages of the book like an ocean wave, like a burning bush. In the introduction, as he invites us to delve into the major adventure/finding of our lives, he writes: “More words about Jesus are helpful only if they bring us to an experience of him” (x). A humorous, alarming, abundant Jesus emerges from Eldredge’s words as he does from the Gospels, our memories, our sufferings, our visions -when we see him as he is. As Eldredge suggests, “Our experience of Jesus is limited most often by the limits we put on him” (154), which means that patterns, orders, and archetypes, whether religious, academic, historical, social, moral, or any others, that may have fed (and possibly codified) our perceptions but have become a barrier preventing us from navigating God after a while, can dissolve in him. In Romans 12:2 in The Bible, the apostle Paul asks us not to conform to the pattern of the world but to be transformed by the renewing of our mind. Ironically, as the stagnant (flower?) arrangements of the world melt away in Christ, other deeper, shape-free connections transpire, permeating us like the Holy Spirit, or a Thunder Storm, or a Loving Eye, or an Open Sea.
Throughout the book, Eldredge beautifully recovers the unadulterated humanity of Jesus, in its entire fruitful and assorted features: his playfulness and intelligence, his trueness and ardent intention of restoring mankind, his profuse generosity and troublesome honesty, his beauty and humility, and his scandalous freedom. For Eldredge, writing about Jesus essentially becomes a passionate, enjoyable, and surrendered encounter with the love of his life, and the author welcomes us to partake in -and be pervaded by- it, as any generous man (or woman) would, in the same way Jesus does. Eldredge says, “An intimate encounter with Jesus is the most transforming experience of human existence. To know him as he is, is to come home. To have his life, joy, love, and presence cannot be compared. A true knowledge of Jesus is our greatest need and our greatest happiness. To be mistaken about him is the saddest mistake of all” (11).  Life, joy, love, the presence of Jesus is, in the midst of agonies and pain, an event that energizes us to imagine, to dream of fertile connections among all patterns we see, to open up to a new appreciation of what it means to be a human effortlessly immersed in the spirit of God.
One can’t help but feel easily attracted to the unpolluted, transparent character of Jesus. Why couldn’t we be/act more like him? Jesus’s qualities must have served as inspiration for the creation of the human race, though, as Eldredge notices,“the ravages of sin, neglect, abuse, and a thousand addictions have left us all a shadow of what we were meant to be. Jesus is humanity in its truest form. His favorite title for himself was the Son of Man”(48). Sharp, playful, an alluring man, Jesus splendidly portrays the compelling dynamics of genuine humanity, intended by God since the conception of mankind. Eldredge recalls how, after “having conquered death, ransomed mankind, been restored to his Father, his friends, and the world he made,” a happy, disguised Jesus shows up before his disciples in an informal way instead of choosing to announce, as both religious people and scholars would have expected, “his risen presence on the beach with radiant glory,” mischievously recreating their very first encounter, as narrated in Luke 5, and taking his devoted followers by surprise (3).
Another appealing moment that allows us to perceive Jesus’s operative sense of humor happens when the tax collectors intercept Peter to ask whether his personal coach pays the temple tariff, in Mathew 17:24-27. Here, Eldredge notices that even though Peter confirms that his instructor adheres to the “legal” duties in the village, the disciple could have doubted the righteousness of Jesus, as the Master senses an urgent need to rescue him from subsequent thoughts by posing a very ingenious question, along with a ludicrous four-drachma coin story inviting Peter to go fishing until a deeper understanding of (or connection to) “the Law” materialized from the inside (23-24). The customary rigidity and officially permitted two-dimensionality of God, which had been experienced and “enforced” by religious practitioners for so long, appears torn from top to bottom like the curtain of the temple in the projection, incarnation of Jesus.
“The incarnation is one of the greatest treasures of our faith,” Eldredge writes in Beautiful Outlaw, for it may cause in us a natural and unaffected desirability for the personality of God (47). The author corroborates that when Jesus came, “he came as presented in the Gospels –very much human, a person, a man, with a very distinct personality (…) This is how he chooses to make himself known” (Eldredge 51). Undeniable evidences can be found in the Gospels that testify of Jesus’s organic human nature. Eldredge mentions, for instance, the passage in which Jesus went to Gethsemane and prayed so intensely that his sweat looked like dropping blood (44). In addition to enduring a severe perspiration that, together with the dust of the roads he walked, might have possibly provoked serious acne breakouts on his face, Jesus ate, drank, rested when he felt tired, openly confronted the two-faced individuals who tried to prevent others from freely experiencing the curative power of God and, all the while, warned the “restored ones” against making the healing sessions a theatrical affair, as well as withdrew to solitary places to express his deepest sorrows. Eldredge also emphasizes, “Jesus enjoyed people” and had the opportunity to feast with “a rowdy crowd” in numerous occasions (49). “His longing for companionship” breaks the surface in the moment Jesus asks Peter and the two sons of Zebedee to simply stay awake while he prays in Gethsemane, revealing how much “He who created love and friendship” desires to build a true, affectionate connection with us (Eldredge 49-50).
Building undiluted connections would grow to be one of Jesus’s utmost projects. As we learn from the Gospels, he looks intrinsically detached from the inconsistent politics, paradigms and “orders” of the world surrounding him, though Jesus ingeniously intervenes (in) them, with the purpose of rescuing people from falling, yet again, under affected religiosity or anarchist deception. As John Eldredge highlights, “Jesus’ three years of public ministry are one long intervention (…) He is on a mission to rescue a people who are so utterly deceived most of them don’t even want to be rescued” (68). The author calls our attention, for instance, to the occasion in which a certain man who occupied a position in the synagogue invites Jesus to share dinner with him. In contrast to the behavior pattern standardized by the rule-making system, Jesus chooses not to wash his hands but go straight in and seat at the table. When he notices the surprised man’s face, Jesus replies, “Now then, you Pharisees clean the outside of the cup and dish, but inside you are full of greed and wickedness” (Luke 11:37-39). In this regard, Eldredge reminds us that “whenever you are watching Jesus, you are watching love (…) in action,” a love that does not necessarily have to be interpreted as “polite” but rather an honest one (67). “When a soul is encrusted with pride, bigotry, self-righteousness, and intellectual eliticism –as was his dinner host- then the shell does need to be struck hard at times in order to cause a crack that might allow some light in. Jesus strikes with the precision of Michelangelo,” the writer argues, inviting us to approach Jesus’s attitude from an unsettling perspective (Eldredge 68).
A disconcerting Jesus appears to be constantly defying the schematizations and convictions of our cultural politics. As Eldredge affirms,


The spirit of our day is a soft acceptance of everything –except deep conviction in anything. This is where Jesus will suddenly confront the world as a great rock confronts the river flowing ever downhill. He is immovable. The cry used to be for “tolerance,” by which we meant, “We have very strong differences, but we will not let those be the cause of hatred or violence between us.” Now it is something else, where all convictions are softened to second or third place while we all agree to enjoy the world as much as we can. But truth is not like conviction. Conviction might be a matter of personal opinion, but truth is like a great mountain, solid and immovable whether we like it or even acknowledge it. Christianity is not a set of convictions –it is a truth. The most offensive thing imaginable. (Eldredge 79)


An example of Jesus’s holy defiance becomes visible in many of his spontaneous healing sessions. After Jesus finishes sharing “the Sermon of the Mount” with his followers, a man with leprosy approaches him, in hopes of being made clean. Although Jesus could have healed the leper from a distance, for as Eldredge recalls “there are many accounts where all he does is say the word and people are healed,” Jesus touches him because “this is the one thing the man needs” (82-83). The writer notes, “To be starved for human touch is far worse than to starve for bread” (Eldredge 83). In order to help us gain a better understanding of Jesus’s action, Eldredge creates an opportune linkage between what “being a leper” meant to the Jewish society and the public reaction toward those suffering from AIDS during the early years of crisis. Touching the leper would make Jesus socially and politically “desecrated” before the official Jewish agencies. But, it is none other than his simple, caring gesture itself that transforms into a desecrating act. By touching the leper, Jesus strategically (and almost invisibly) tears to pieces the vicious politics of abjection that had expanded like weed within the religious Jewish culture.
Indeed, throughout the entire account of the Gospels, we can perceive the unquestionable impact Jesus’s faculty of discernment –consciousness, sensibility and knowledge- has on accomplishing the mission. Eldredge emphasizes, “He is no fool. He knows full well he is operating behind enemy lines. Oh, he intents a revolution, but he knows timing is essential. He must outwit his enemy, circumvent the religious authorities without seeming to do so, and train his followers to carry on after his departure (…)” (94). In the book of Mathew, Jesus openly declares to “the discarded” as well as the political advocates of the system that he has come to fulfill, not to abolish the Law or the Prophets. As opposed to establishing (a new set of orders and norms that would eventually be enforced upon the people), Jesus argues that he will fulfill –complete, accomplish, imbue, permeate, satiate- the established pattern of the Law, which essentially liberates us from the burden of guilt. But, later, the man adds, “Anyone who breaks one of the least of these commandments and teaches others to do the same will be called least in the kingdom of heaven (…)” (Mathew 5:19).
While Jesus’s words comprise a releasing force, they seem to apprehend us on deeper level. As John Eldredge says, “Without his teaching on genuine holiness, the crowd could shift to anarchy” (95). Is Jesus instigating us, in an indirect way, to recognize -to remember- that we have always been released by God to act and think caringly, not so much by circumscribing ourselves to a secular or a religious archetype but by means of sustaining a closer connection with him? While we may use (religious, theological, historical, mathematical, scientific…) paradigms as facilitating channels for tracing, classifying, assimilating the abundance of Creation*, we would be terribly deceived if we take them for the source/fountain of experience per se. The words of Jesus have the power to deactivate any external pattern, or format, or deception scheme as they, in basic terms, awaken us to him. For only Jesus brings us (back) into a fulfilled, complete, accomplished, satiated experience of God, as happened in the beginning of mankind, as so generously still occurs in our early childhood years. The weight of Jesus’s presence comes to light through his words, a true and uncompromising way to live and love.
Eldredge recalls that Jesus “doesn’t force anyone to follow him. He seems rather reluctant to do his miracles. He never overwhelms anyone’s will with a fantastic display of his majesty,” living out the most unobstructed view of God, displaying an entrancing sense of holiness, and letting people walk away from him if they want (103). In Philippians 2:6-7, the apostle Paul expresses about Jesus, “being in very nature God, did not consider equality with God something to be grasped, but made himself nothing, taking the very nature of a servant, being made in human likeness.” As Jesus neutralizes all archetypes constructed by men trying to encapsulate, domesticate, and ultimately accommodate God’s spirit into their own thinking model, he entirely satisfies the human pattern.
To empathize with the beautiful humility of Jesus, we need to consider several factors that are often overlooked. First of all, by becoming human, Jesus learned how to derive his life –the needed fuel for his actions- from the Father, surrendering his inherent influence over Creation, in order to teach us to do the same. He had to learn to walk, talk, tie his shoes, use a hammer and a saw, and nail two boards together (Eldredge 108-109). Eldredge observes, “God –who is in all places at all times –has to get from one place to another like a guy who can’t even come up with bus fare,” calling our attention to the fact that “we pass right over phrases such as ‘Jesus went up to Jerusalem’,” as if he had merely crossed the street to purchase some milk at the public store, when the real distance between Bethany and Cana is nearly sixty miles (109-110). At the time people go out to the Jordan River to be baptized by John, Jesus does so as well, patiently waiting his turn in line. As Eldredge says, “Nobody gives him a second glance. He’s just another sun-baked Jew in robe and sandals” (111). Contrasting Jesus’s ordinary, unimposing appearance with the attitude of a few leaders who believe “they’ve come to change the world,” Eldredge offers the following comment,


When Saddam Hussein was ousted from his dictatorship, a good deal of coverage was given to public places in Iraq. What I found particularly disgraceful were the massive idols he had erected in his honor. Murals and statues of Hussein the Magnificent were plastered all over the country –a handsome and dashing military hero, bold, a man for the people, forty years younger than he actually was. A demigod. Many dictators have done the same. Hitler did it. Chairman Mao too. It’s just creepy –the self-obsession, self-exaltation, the desire to be worshiped. Yet the only king who ever had a right to be worshiped shows up riverside (…) and waits his turn. (111)


Drawing substantiation from the Father frees Jesus to be true humanity for us –that is, as Eldredge says, “to be entirely free of false guilt, free from pressure, from false allegiances” (129). The writer makes a point of arguing,


It is what enables him to be so scandalous. This is the secret of his ability to navigate praise and contempt. Neither success nor opposition has power over him. One day the crowds love him, the next day they are shouting for his crucifixion. Jesus is the same man –the same personality- through the whole swirling tempest. Jesus is free from the fear of man. It is something more than integrity, though it certainly encompasses that. He is true to himself, true to his Father, true to what the moment most requires, true to love. In this forest of fig leaves, where you are never sure you are getting the true person, there is nothing false about Jesus. (Eldredge 129-130).


To our amazement, the human pattern filled by Jesus thoroughly reveals the spirit of God. The apostle John insists, “No one has ever seen God; the only Son, who is at the Father’s side, he has made him known” (1:18). One can say that Jesus becomes a building block, the authentic, deeper connection among all the elements created by God, and through which we can learn of the Artist himself, from lightning to sweat, to an unruly heartbeat, to desire and wisdom, to the person of our dreams. Eldredge explores Jesus from an unfastened perspective,


He is the playfulness of creation, scandal and utter goodness, the generosity of the ocean and the ferocity of a thunderstorm; he is cunning as a snake and gentle as a whisper; the gladness of sunshine and the humility of a thirty-mile walk by foot on a dirt road. Reclining at a meal, laughing with friends, and then going to the cross. That is what we mean when we say Jesus is beautiful. But, most of all, it is the way he loves. In all those stories, every encounter, we have watched love in action. Love as strong as death; a blood, sweat, and tears love, not a get-well card. You learn a great deal about the true nature of a person in the way they love, why they love, and, in what they love. (137)


Jesus is, as Eldredge says, “the missing essence of our existence” (200). “We need Jesus like we need oxygen,” writes the author, letting his life be impregnated by the dynamic strength of God. If we are willing, we can actually find Jesus incarnated everywhere, in an open friendship or a corrective word, in our most faithful high school students, in spontaneous acts of kindness, in my brother and my grandmothers, Eldredge, Joel, Andrew, Peter, Nancy, Paul, and the apostle John. How could I introduce Jesus to the young adults living in the South West area? (Ms. Dinorah hammers on the bathroom door in holy anger, wondering why her students have abandoned her in the classroom.) “Jesus is your pill, el cigarro, a faithful lover, the means for us to gain access to The Trinity, a most heroic, fear-provoking gang, a friend we can trust with our lives…” I bet Jesus would tenderly whisper in my ear: “too many complicated words,” as he’d simply show up among them, shake their hands, and say “hello.”




Note

*It is important that you experience the word Creation as you naturally would. Feel free to adjust, generate, expand, negate, interact with the term according to what the moment most requires.


Bibliography

Eldredge, John. Beautiful Outlaw: Exploring the Playful, Disruptive, Extravagant Personality of Jesus. New York, Boston, Nashville: FaithWords, 2011.

Schökel, Luis Alonso. La biblia de nuestro pueblo. Bilbao; Quezon City: Ediciones Mensajero, 2006.

Sunday, July 1, 2012

UN HERMOSO FORAJIDO


Foto: Isabel Pérez Lago



Por Dinorah Pérez-Rementería


Breve nota al lector: La idea de este texto es simplemente presentarte a Jesús, como hace John Eldredge en Beautiful Outlaw o los cuatro evangelistas bíblicos, o el joven pastor Joel Osteen en su alocución cada semana. Si Jesús no aflora aquí, en ti y para ti, nada de culpabilidad, escapa, corre, pon pies en polvorosa: a mí me gusta jugar, diluirme en las palabras. De hecho, mi hermano pequeño no pudo pasar de la segunda página. “Jesús es infinitamente creativo”, dice Eldredge y puede pescarte de cualquier otra manera.






“El artista se revela a sí mismo en su trabajo y en la abundancia de la obra creada”, dice John Eldredge en Beautiful Outlaw, su libro sobre la personalidad de Jesús (57). Muy pocas cosas en la vida lo estimulan a uno como el acto de descubrir –aprender a ver y conocer- a Dios a través de sus obras. Luego de haber recibido ojos para ver y oídos para escuchar(lo), resulta imposible aplacar el ardiente deseo de búsqueda, una búsqueda de conexiones y elementos más profundos que nos ayuden a lidiar con la imprevisibilidad del océano y el vehemente diseño emotivo, físico y mental del ser humano.
En tanto se comportan como motivación esencial de la existencia, las conexiones mencionadas tienen el poder de estimularnos, impulsarnos, despertar en nosotros la curiosidad. De aquí que puedan inspirar la conformación de patrones, formas y órdenes que nutren nuestro intelecto y percepción en general, y que, a su vez, sirven como canales o medios interactivos para acrecentar, enriquecer, facilitar la emergencia de asociaciones como tal. En realidad, podríamos decir que uno requiere de formas, órdenes, y patrones externos siempre y cuando éstos nos provoquen un resplandor interior –el anhelo de navegar y de disponerse a encontrar conexiones espontáneamente. Sin embargo, no siempre logramos deshacernos de nuestro apego al patrón. Preferimos recitar, memorizar, santificar los métodos de percepción que -en lugar de invitarnos a interpretar las conexiones por lo que realmente son: rutas, sendas, caminos que conducen a riquezas más considerables- las reducen, dividen o simplemente distorsionan, convirtiéndose en obstáculo que nos impide explorar.
Algo similar ocurre en lo concerniente a Dios y la manera en que nos relacionamos con él. Muchas personas asocian la frase “creer en Dios” a la idea de afiliarse a (o involucrarse religiosamente en) una iglesia o práctica ritual, sin tener en cuenta que, aun cuando hayamos aprendido a acomodar nuestras inquietudes psicológicas, académicas, rituales, dentro de ciertos patrones o cánones, únicamente a partir de un deseo espontáneo, podríamos animarnos a buscar, a navegarlo. Por otro lado, hay individuos que parecieran haber sido impregnados con la bondad, energía, y creatividad de Dios sin proponérselo, como John Eldredge, de Ransomed Heart Ministries, por ejemplo. En sus libros, uno encuentra un espacio de atractiva comunión, comunicación con Dios. Dios creó el cielo y la tierra, y también al hombre, compasivo, ingenioso, emprendedor. Su espíritu emerge, como aquellas profundas conexiones, de ningún lugar, o de cualquier lugar, avivando nuestra mente y el latido del corazón.
¿Acaso pueden los patrones o los moldes confinar, encapsular la vida, la creatividad, la espontaneidad? Los patrones representan escasamente las tendencias rituales, teológicas, matemáticas, históricas; nunca podrían aprisionar a Dios. Y sin embargo, Dios sí puede permear el patrón humano. Como dice La Biblia, la humanidad fue creada a su imagen y semejanza. A pesar de que el hombre no reconoció desde el principio que poseía la fuerza e inteligencia necesarias para pensar y actuar humanamente –lo cual devino en la imposición de sucesos y modelos repelentes y por ende la propagación de interpretaciones desajustadas e imprecisas sobre la naturaleza de Dios-, él nunca ha dejado de asumir/infiltrar fantásticos perfiles para incitarnos a recuperar su proyección humana. De hecho, con el propósito de descubrirnos quién es él en realidad y liberar al hombre del arquetipo engañoso, utilitario en que se había convertido,  Dios adoptó nuestra “estructura” y apareció (como si nada) entre nosotros dos mil años atrás.
El escritor John Eldredge considera a Jesús “un hermoso forajido”. Su amor por Dios se filtra en las páginas del libro, como una zarza ardiente, una ola de mar. En la introducción, Eldredge nos invita a sumergirnos en la aventura más significativa de nuestras vidas: “Necesitamos más palabras sólo si nos permiten experimentar a Jesús,” dice el autor. Un Jesús alarmante, abundante, travieso aparece en su palabra, como en la Buena Noticia, o un recuerdo dulce, un sufrimiento, una visión. Aprender a verlo como realmente es. Eldredge sugiere, “A veces nuestra experiencia se reduce debido a los límites que elegimos” (154). Los patrones académicos, religiosos, históricos, sociales, morales, que alimentan (codifican) nuestra facultad de percepción y que se convierten al final en un estorbo, pueden disolverse por medio de Jesús. En su carta a los romanos, el apóstol Pablo pide que no nos acomodemos al mundo sino que nos dejemos transformar interiormente a través de la renovación de nuestra mente. Irónicamente, cuando los arreglos (florales) estancados del mundo se evaporan una vez que lo encontramos, otras conexiones más libres se abren paso, y nos salpican, nos permean como la lluvia de verano, un ojo apasionado, o el Espíritu Santo.
Eldredge recupera los rasgos más sobresalientes que componen la atractiva humanidad de Jesús: su sentido del humor, su inteligencia, su ardiente intención de rescatarnos, su generosidad y honestidad profusas, y su espíritu libre. Para Eldredge, escribir sobre Jesús se convierte esencialmente en un apasionado, disfrutable y entregado encuentro con el amor de su vida. El autor nos invita a compartir, dejarnos inundar por su alegría, como lo haría cualquier hombre desprendido, de la misma forma en que lo hace Jesús. Dice Eldredge, “Un encuentro personal con Jesús resulta la experiencia más transformadora de la existencia humana. Conocerlo a él es encontrar el camino a casa. Dejarse llenar con su presencia, su energía, su alegría, su amor no se puede comparar. Conocer verdaderamente a Jesús constituye la necesidad más imperiosa y la felicidad más completa de nuestra vida. Tener opiniones desacertadas sobre su persona es una gran equivocación” (11). La presencia de Jesús, en medio del dolor y la agonía, produce la energía necesaria para estimularnos a imaginar, soñar enlaces furtivos entre patrones, órdenes, sucesos, comenzar a experimentar qué significa ser humano a partir de la visión de Dios. 
El carácter transparente de Jesús atrae desde el primer momento. ¿Por qué no podríamos actuar/ser como él? Si los rasgos distintivos y el impulso transformador de Jesús pueden haber inspirado la creación de la raza humana, como anota Eldredge, “los estragos causados por los vicios, el abandono, el abuso y otras miles de adicciones nos han convertido en sombra de lo que pudimos ser. Jesús es humanidad en su forma más pura. De hecho, su título favorito era ‘Hijo del Hombre’”(48). Agudo, juguetón, fascinante, Jesús muestra al ser humano que Dios imaginó. Eldredge nos recuerda que, “luego de haber conquistado la muerte, rescatado la raza humana, regresado al mundo que había creado, al Padre, a sus amigos”, Jesús se presenta ante sus discípulos informalmente, haciéndose pasar por un desconocido en lugar de anunciar “con bombo y platillo su gloriosa presencia en la playa”, burlando el pensamiento elitista de los intelectuales y religiosos de la época, para así sorprender a sus seguidores, re-creando su primer/gran encuentro, como describe Lucas en su evangelio.
También observamos el operativo sentido del humor de Jesús cuando los recaudadores de impuestos detienen a Pedro para preguntarle si su instructor pagaba la tarifa del templo, en el evangelio de Mathew (17:24-27). Aquí Eldredge llama la atención sobre el hecho de que Pedro, quien confirma que su mentor cumple con las obligaciones legales establecidas, pudo haber dudado de la honestidad de Jesús. Jesús interviene sus pensamientos, haciéndole una pregunta ingeniosa, y enviándolo a pescar para refrescar su mente, lo cual le permitirá a Pedro alcanzar una interpretación más clara de La Ley (Eldredge 23-24). La proyección/encarnación de Jesús rompe/rasga códigos perceptivos obstinadamente rígidos y bidimensionales, como mismo Dios deshace la cortina del templo después de la muerte de Jesús.
“La encarnación de Jesús es uno de los tesoros más grandes de la fe que profesamos”, dice Eldredge en Beautiful Outlaw, nos produce un deseo libre, natural de descubrir la personalidad de Dios (47). El autor afirma que cuando Jesús apareció, “se presentó como lo describe el evangelio –un ser humano, una persona, un hombre con una personalidad muy característica” (Eldredge 51). Innegablemente, existen muchas evidencias en el evangelio que testifican sobre la naturaleza viva, humana de Jesús. Eldredge menciona, por ejemplo, el pasaje en que se narra la estancia de Jesús en Getsemaní, donde oró tan intensamente que el sudor caía sobre el suelo como enormes gotas de sangre (44). De aquí puede uno discurrir que Jesús padecía de una transpiración efervescente, y que unida al polvo del camino, pudo provocarle acné. Además, Jesús comió, bebió, tuvo que descansar cuando sus fuerzas flaqueaban, escapó a lugares solitarios para llorar sin molestar a nadie, desenmascaró a los hipócritas que obstaculizaban el paso a los enfermos, y al mismo tiempo nos alertó contra el impulso de teatralizar el influjo rehabilitador de Dios. Eldredge enfatiza, “Jesús disfrutaba a las personas”, y tuvo la oportunidad de compartir con una “turbulenta muchedumbre” (49). “Su angustiosa necesidad de sentirse acompañado” se materializa cuando Jesús le pide a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo que permanezcan despiertos junto a él, mientras ora en Getsemaní, lo cual confirma cuánto “el creador de la amistad y del amor” añora construir con nosotros una sincera y afectuosa relación (Eldredge 49-50). 
Uno de los proyectos más importantes de Jesús radica en la construcción de verdaderas, más profundas conexiones. Cuando leemos los evangelios nos percatamos de que Jesús parece intrínsecamente desapegado a los órdenes paradigmáticos y políticas inconsistentes que le rodean, aunque sí l@s interviene, con el propósito de evitar que volvamos a caer en afectada religiosidad o la ficción anarquista. Como afirma John Eldredge, “Los tres años de ministerio público de Jesús son una larga intervención (…) Una misión para rescatar a un grupo de personas que está tan completamente sumergido en la apariencia que la mayoría ni siquiera quiere ser rescatada” (68). El autor destaca, por ejemplo, la ocasión en que cierto ejecutivo del templo invita a Jesús a cenar. Jesús rompe el patrón de conducta establecido por el sistema “religioso”, y se va directamente a la mesa sin lavarse las manos. Al ver el rostro sorprendido de su anfitrión, le dice “Ustedes fariseos limpian la parte externa del plato y la copa, pero por dentro están repletos de avaricia y maldad” (Lucas 11:37-39). Eldredge nos recuerda, “cada vez que veamos a Jesús navegar, tengamos en cuenta que estamos observando amor en acción, un amor que no se comporta “diplomática” sino honestamente (67). “Cuando el orgullo, el sectarismo, el elitismo intelectual y la ‘obligación’ moral se incrustan en el alma -como le pasaba a su anfitrión-, se necesita fracturar la concha para que entre un poco de luz. Jesús perfora nuestra coraza como lo haría Miguel Ángel”, escribe Eldredge, invitándonos a observar la propulsión ética/afectiva de Jesús desde una inquietante perspectiva (68).
La actitud de Jesús pareciera desafiar todas las esquematizaciones y convicciones que alimentan nuestras políticas culturales. Como afirma Eldredge,

La moda de hoy en día es aceptarlo todo –excepto las opiniones profundas sobre algo. De ahí que Jesús resiste al mundo como una gran roca afronta la imparable corriente de un río. Él es inamovible. Queríamos “tolerancia”, es decir, “llegar a aceptar nuestras diferencias y que éstas no se convirtieran en causa de violencia entre nosotros”. Ahora ocurre algo diferente, todas nuestras convicciones se han aplacado en tanto que preferimos disfrutar lo que nos rodea mientras podemos. Pero la verdad no tiene que ver con convicción. Las convicciones dependen de opiniones o doctrinas personales. La verdad se alza como una montaña enorme y sólida aunque no lo reconozcamos. La fe cristiana no se localiza en un conjunto de convicciones y doctrinas, radica en la verdad. El elemento más ofensivo que pudiéramos imaginar. (Eldredge 79)

Podemos encontrar una muestra de su intención desafiante en las sesiones de rehabilitación del prójimo. Poco después de terminar su discurso conocido como “El sermón del monte”, se le acerca un leproso pidiéndole ayuda. Aunque pudo haberlo sanado desde lejos, pues como recuerda Eldredge, “hay varios momentos en que él sólo tiene que pronunciar una palabra para sanar a la gente”, Jesús extendió su mano y lo tocó, sin importarle cuán enfermo estaba (82-83). El escritor hace notar, “una caricia resulta a veces más efectiva que darle al hambriento un mendrugo de pan” (Eldredge 83). Para que podamos entender la connotación real del simple gesto de Jesús, Eldredge conecta oportunamente lo que significaba enfermarse de lepra dentro de la sociedad judía y la atmósfera de terror que consumía a las personas durante los primeros años de la crisis del SIDA. La acción de tocar al leproso desacreditaría a Jesús social y políticamente ante los tribunales. Pero, a su vez, se convertiría en acto retador. A través de su minúsculo y desprendido movimiento, Jesús arrasa, casi invisiblemente, la política discriminatoria que se extendía como la mala yerba dentro de la cultura religiosa.
A lo largo del evangelio podemos percibir las maniobras cognitivas de Jesús y su  marcado impacto en el desarrollo de la misión. Eldredge hace notar, “Él no es tonto. Sabe perfectamente que está circundado por las tropas enemigas. Ah sí, él quiere hacer una revolución, pero también sabe que tiene que esperar el momento propicio. Debe burlar a sus enemigos, tratar de esquivar las restricciones impuestas por las autoridades religiosas sin llamar la atención y entrenar a sus discípulos para que puedan continuar después de su partida (…)”  (94). En el evangelio de Mateo, Jesús declara abiertamente ante los que lo escuchan que él ha venido a consumar, no a abolir la Ley o los Profetas. Tampoco le interesa establecer un nuevo conjunto de órdenes o normas que terminarían aplastando a las personas, dice que ha venido a consumar –cumplir, completar, satisfacer, saciar, permear- el patrón establecido, liberándonos esencialmente del peso de la culpa. Más adelante, añade, “El que desobedezca alguno de los mandamientos y anime a otras personas a hacer lo mismo será considerado insignificante en el reino de Dios (…)” (Mateo 5:19).
Las palabras de Jesús redimen y parecieran querer aprehendernos al mismo tiempo. John Eldredge señala, “Sin un entrenamiento de santidad genuina, la multitud terminaría en la anarquía” (95). ¿Nos instiga Jesús a reconocer –recordar- que Dios puede equiparnos para pensar y actuar responsablemente mediante una conexión abierta, un enlace espontáneo, directo, sin tener que circunscribirnos siquiera a un prototipo suyo? Podemos utilizar los paradigmas como canales que facilitan y nos ayudan a adentrarnos, a rastrear la infinita variedad, abundancia del conocimiento y la Creación* de acuerdo a prácticas “establecidas”  pero nos engañaríamos si creemos que los patrones en sí mismos constituyen la fuente real de donde mana la experiencia. Las palabras de Jesús desactivan esquemas engañosos, patrones y formatos externos. Su presencia nos devuelve alegría y satisfacción, sabiendo que existe Dios, como sucedió al inicio, como milagrosamente ocurre aún en nuestra infancia. El carácter de Jesús aflora en su palabra, su obsesión imperturbable, su inquebrantable deseo de vivir, amar.
Eldredge resalta, “Jesús no obliga a nadie a seguirlo. Más bien, se muestra reacio a realizar milagros. No le gusta abrumar a las personas con muestras fantásticas de su poder”, prefiere descubrir su/nuestra humanidad como efectivamente podría ser, nos ofrece una atractiva visión sobre Dios y el concepto de santidad, y –aunque pudiera sentirse invadido por una inmensa tristeza- no retiene a quien decide elegir otro camino (103).  En la Carta a los filipenses (2:6-7), el apóstol Pablo dice “a pesar de su naturaleza divina, nunca alardeó de ser igual a Dios, sino que renunció a ella para tomar nuestra condición humana”. Jesús neutraliza todo patrón superficial erigido por el hombre con el propósito de “encapsular”, aprisionar, domesticar su espíritu/el espíritu de Dios, no obstante él sí puede satisfacer el patrón humano.
Para lograr vislumbrar el alcance del carácter humilde de Jesús, vamos a considerar algunos elementos que pasan desapercibidos en muchas ocasiones. Al adoptar nuestra figura humana, Jesús tuvo que aprender a extraer/asimilar energía –el combustible necesario para atravesar e intervenir el entorno- del Padre, desprendiéndose de su consustancial dominio sobre la Creación, para así enseñarnos a hacer lo mismo. Aprendió a caminar, hablar, amarrarse los zapatos, usar el serrucho y el martillo, y unir dos tablas con un clavo (Eldredge 108-109). “Dios –que está en todos los lugares a cualquier hora- tiene que desplazarse de un lugar a otro como el individuo que ni siquiera puede pagarse la tarifa del ómnibus,” señala Eldredge, haciendo énfasis en que la mayoría de las veces “leemos frases como ‘Jesús se fue a Jerusalén’” y nos lo imaginamos cruzando la calle camino al puesto de leche, cuando en realidad entre Betania y Caná hay cerca de 60 millas (109-110). Vale mencionar además el pasaje que recoge las andanzas de Juan el Bautista, y que presenta a Jesús esperando su turno pacientemente en la larga fila de personas que recibirían el bautismo. Como afirma Eldredge, “Nadie le presta atención, es un judío más, con toga y sandalias (111)”. Comparando la modesta presencia de Jesús con la actitud de algunos líderes que creen que vienen a “cambiar el mundo”, Eldredge ofrece el siguiente comentario,

Cuando la dictadura de Saddam Hussein fue derrocada, se les dio mucha cobertura a los lugares públicos en los medios de difusión. Los ídolos masivos que había erigido en su honor me parecieron degradantes. Una ola de estatuas y murales de Hussein el Magnífico inundó el país –un héroe galante y seductor, imponente, un hombre del pueblo y para el pueblo, cuarenta años más joven de lo que era en verdad. Un semidios. Muchos dictadores han hecho lo mismo como Hitler y Chairman Mao. Es sencillamente espeluznante –la auto-obsesión, la auto-exaltación, el deseo de conquistar admiración. Y sin embargo el único rey que siempre tuvo el derecho de ser venerado se presenta en la ribera (…) y espera su turno. (111)

Jesús recibe su validación del Padre y por ende puede revelar, manifestar libremente su sensibilidad, como subraya Eldredge, “sin culpas, ni presiones, ni ataduras falsas” (129). El autor argumenta,

Por eso Jesús nos escandaliza, su secreto, una habilidad que le permite navegar el menosprecio y la aprobación de la gente. Ni el éxito ni la oposición pueden doblegarlo. La muchedumbre lo ama un día, y a la mañana siguiente está gritando a voz en cuello para que lo crucifiquen. Jesús sigue siendo el mismo a través del remolino, de la tempestad. No tiene miedo al qué dirán. No puedo siquiera resumir su proyección usando la palabra “integridad” aunque Jesús es un hombre íntegro. Jesús no se engaña a sí mismo, ni al Padre, hace lo que debe en cada momento, y sobre todo ama verdaderamente. En este bosque de higueras sin higos, donde no se sabe si existe alguien sincero, podemos decir que en Jesús no hay falsedad. (Eldredge 129-130)

El patrón (humano) permeado/consumado por Jesús nos permite conocer el carácter de Dios. El apóstol Juan expresa en su evangelio, “Nadie ha visto jamás a Dios; el hijo único, que habita junto a él, nos lo dio a conocer” (1:18). Uno podría decir que Jesús se convierte en el bloque que vincula los elementos diseñados por la mano de Dios: sabiduría, sudor, relámpagos, el hombre (o la mujer) que amas, latidos, anhelos; su invisible conexión. Eldredge lo explora sin reservas,

Él personifica la creación, bondad escandalosa, la generosidad del océano, la impetuosidad de una tormenta, la alegría de la luz, y una humilde caminata en el camino polvoriento; es astuto como una serpiente y gentil como un susurro; reclinado sobre la mesa; riéndose con sus amigos; y luego en la cruz. A esto me refiero cuando digo que es hermoso. Pero, sobre todo, me llama la atención la manera en que ama. En todas las historias, en cada encuentro, tenemos la oportunidad de observar su amor en acción. Amor tan fuerte como la muerte; un amor impregnado de sudor, de sangre y lágrimas, no una tarjeta de buenos deseos. Uno puede conocer la verdadera naturaleza de las personas poniendo atención a lo que ama, por qué ama, y cómo ama. (137)

Jesús es, como Eldredge dice, “la esencia que debemos recuperar en nuestra vida” (200). “Necesitamos a Jesús como el oxígeno”, escribe el autor, dejándose infiltrar por su fuerza y dinamismo (Eldredge 200). Si nos lo proponemos, podemos encontrar a Jesús encarnado en todas partes, en una relación honesta, en un oportuno halón de orejas, en maestros y estudiantes que desafían el sistema educacional frecuentemente, en pequeños actos de amor, bondad y fe, en mi hermano, mis abuelas, el propio Eldredge -que se esfuma del dominio público como el Espíritu Santo-, Jim, Joel, Andrés, Pedro, Pablo, Nancy y Juan. Me pregunto, qué diría Jesús a los adolescentes que viven actualmente en la zona sur de Houston. Si fuera yo, les gritaría sin piedad (Ms. Dinorah se prepara para irrumpir como un huracán en el diminuto cuarto de baño donde sus estudiantes shuffle): “Jesús es la píldora, el cigarro, el amante, el único medio de acceso a la pandilla más heroica del universo, un amigo que nos abrazará para siempre, inspirándonos a atravesar el reino de este mundo corroído, carcomido, destruido, y a intervenirlo/nos, abiertamente”. (En lugar de usar tantas palabras, apuesto a que Jesús aprendería a bailar.)


* Sería refrescante que nos diéramos la oportunidad de experimentar la palabra Creación como lo haríamos naturalmente. Podríamos entonces ajustar, generar, expandir, negar incluso, interactuar con el término libremente, de acuerdo a lo que en verdad se necesita.


Bibliografía

Eldredge, John. Beautiful Outlaw: Exploring the Playful, Disruptive, Extravagant Personality of Jesus. New York, Boston, Nashville: FaithWords, 2011.

Schökel, Luis Alonso. La biblia de nuestro pueblo. Bilbao; Quezon City: Ediciones Mensajero, 2006.