Wednesday, June 20, 2012

MALA PRAXIS. EL PORTERO ESTÁ DE DUELO


Liliam Domínguez: Puzzle Flag, C-Print
http://www.liliamdominguez.com./


Por Nara Mansur


Hay un niño muerto que cuida a los otros niños.
Hay un bebé ahogado en su cordón y mientras Emilia respira
él hace guiños y saca el aire que la puede dañar,
la hace eructar y agarrarse las piernas
lo más empinadas posible.
Y en la coreografía se besan los labios desnudos
los dos bebés:
el bebé que no está donde lo esperaban, y Emilia.


Hay una ceremonia preparada, un ron añejado y herida
una corazonada;
están los abuelos esperando que les entreguen
el cuerpo del santo varón,
está el milagro de la felicidad en mi propio cuarto, al lado mío.
Pero también el miedo y el ángel con prismáticos
que lo ve todo y no perdona las simulaciones
ni los accidentes.


Entonces Emilia bosteza y se viene todo abajo,
donde están las vacas, los elefantes y las ballenas;
con una sola vocal los llama y les pasa la lengua
deleitada,
deleitados,
eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee.


Hay algunas mamás que no llegaron a la hora indicada,
no se dieron cuenta o no se asustaron lo suficiente
y nos dejan sus historias clínicas como legajos de buena suerte
a las otras que pudimos aprender algo en el camino,
a las que nos sucedió el milagro
y no perdimos el sueño ni nada más preciado.
(Algo que no me atrevo a escribir aquí
por si creen que me he tomado alguna atribución indebida
o una de esas bebidas con las que no pudo celebrar
como esperaba la familia de Ramón).
Hay un niño muerto que vela el sueño de Emilia
y la hace llorar, tener hambre y despertarse.
Ella lo mira, le parece hermoso;
se refleja en sus pupilas la mirada del otro niño
con más pelo y esa especie de limbo
de donde viene:
el lugar de las aguas que lo inundan todo,
frágiles y pequeños los cuerpos
a la deriva.


Nara Mansur es poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un ejercicio al aire libre (2004). Recibió el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2011 por su cuaderno Manualidades así como el Premio de la Crítica Literaria 2011 por su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro. Sus textos Ignacio & María y Charlotte Corday. Poema dramático han sido llevados a escena por los grupos Teatro D’Dos y la Guerrilla del Golem. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires.

Tuesday, June 19, 2012

ESAS FRUTAS ROJAS

Andy Rodriguez: Untitled



Por Eduardo Rodríguez Solís


      Es un animal que se mueve por todos los mares, un elefante del océano. Se hace notar por los chorros de agua que expulsa hacia arriba… Canta a veces, y su voz es suavemente sonora… Muchos le tienen miedo… Es la ballena.
      Actor o actriz de muchas películas. Apodo que damos a las mujeres gorditas. Un gran animal que come barcos, cofres de pirata y, a veces, gente. Mito y leyenda… Es la ballena.
      Una vez que andábamos por los litorales de Puerto Rico, se nos apareció una. Era inmensa. Respiraba como un caballo de carreras. Y movía con mucha fuerza las aguas del Caribe… Nosotros íbamos en una lancha que se llamaba Tórtola. El dueño de la embarcación, que era un viejo holandés, nos habló de la leyenda de la ballena que comía manzanas.
      --Las manzanas son la vida –dijo el viejo.
      La ballena del cuento era gris, y tenía una especie de banda roja en lo que podría considerarse como su cintura. Y ese detalle de diseño, que le había sido otorgado por los dioses del mar, la hacía distinta.
      Una vez, cuando todavía se dedicaba a perseguir a su madre, vieron las ballenas unas canastas llenas de manzanas. Estaban flotando cerca del lugar donde se había hundido un galeón… Las ballenas empujaron las canastas hasta las rocas inmensas, que formaban un rompeolas, y comenzaban a alejarse cuando la ballena de la banda roja tuvo ganas de probar esas frutas rojas…
      La ballena descubrió la delicia. Reconoció un manjar de dioses. Se sintió como en el cielo. El sabor dulce y amargo la transportaba hacia un mundo nuevo… Y se enamoró de las manzanas…
      La ballena se vio obligada a incorporar esa fruta a su dieta. Y, como mínimo, una manzana a la semana tenía que entrar a su portentoso cuerpo. Si no lo hacía, el animal de nuestro cuento se sentía desamparado.
      Pero un día, una voz salió de una manzana. Era la voz de un gusano, que vivía dentro de la fruta…
      --Estás destrozando mi casa –gritó el gusano.
      La ballena, que todavía no masticaba la manzana, echó fuera la fruta… La colocó con cuidado sobre una piedra lisa, y pudo ver un agujerito, que era la entrada a la casa del gusano.
      --Ya no grites. Aquí no ha pasado nada –dijo la ballena.
      La ballena se comió otra manzana, después de inspeccionarla con cuidado.
      Entonces el gusano habló, y contó que él era un príncipe, el príncipe de un castillo localizado cerca de la nieve, en una cordillera que llegaba al mar… Un brujo lo había transformado en gusano. El brujo vivía en una caverna misteriosa… La famosa caverna de los Cuatro Vientos, que tenía túneles enlazando los puntos cardinales…
      El príncipe se había enamorado intensa y apasionadamente de la hija de un rey que dominaba las colinas más pequeñas de la comarca. La joven se llamaba Flor de Durazno. Era bella y cantaba viejas tonadas de caballeros andantes.
      La ballena se quedó sin palabras. Ella era Flor de Durazno y un maleficio del mismo brujo la había transformado en un cetáceo.
      Los dos enamorados hicieron un esfuerzo enorme para recuperar su idilio, despojándose del maleficio. Despertaron de su largo ensueño…
      Se fueron caminando hasta un arroyo de aguas claras. Mojaron sus pies, sus manos, se sentaron sobre las rocas. Ella cantó y él escuchó…

                                                            Dulces palabras
                                                            que se oyen en el campo.
                                                            Abran las puertas
                                                            de los corazones nuestros.
                                                            Ha llegado la hora,
                                                            el momento divino…

      En ese momento empezó a llover y el idilio se vino abajo. El príncipe se convirtió en un gusano, y la princesa, Flor de Durazno, se transformó en una ballena de banda roja.
     El viejo dio unas palmadas al viento. Quería hacerse notar. Iba a pronunciar unas palabras muy importantes… Dijo entonces que cuando el hechizo desapareció, los amantes se acercaron a un árbol de gran diámetro (un tule) y grabaron unos versos sobre la corteza… Trataron de recoger la historia de su idilio… la noche de invierno en que se conocieron, cuando caía apenas la nieve de navidad… Siguiendo un camino zigzagueante incrustaron el diálogo.

Escribe él: En esta noche fría, hay formas de calentar las almas.
Responde ella: Si tú sabes la fórmula, me la dices.
Sueña él: Uno cierra los ojos y se deja llevar por el viento.
Argumenta ella: Cuando hay una buena compañía, las cosas son diferentes.
Dice el príncipe: Cierra los ojos. Pero la acción tiene que ser profunda, absoluta.  cuando sientas el calor de tu alma sobre la mía, ya llegaste al ensueño. Porque esto que vivimos es un ensueño.
Afirma ella: Pues yo te entrego mi corazón y todo lo que tengo. Y tú lo tienes que aceptar, porque tu camino es el mío.
Promete él: Mañana, cuando la nieve se deshaga, cuando el frío se vaya, empezará el nacimiento de las flores. Y en cada flor estaremos presentes… Como una sola cosa… Porque somos una sola cosa…
Los dos juntos: Los amantes de este mundo…
Y otra vez: Los amantes de este mundo…

      El viejo sacó una caja llena de pinturas y otros utensilios… Había que pintar el camino de las palabras amorosas… El viejo, el gusano y la ballena encontraron pinceles con los cuales todavía se podía laborar… Y trazaron líneas de colores… nubes, flores, y pájaros volando hacia el sol…
      Los colores aparecían combinados poéticamente… un arcoíris que coronaba el árbol…
      --El árbol del tule está de fiesta –dijo el viejo… Y antes de que pudiera decir más aparecieron tres bailarinas cubiertas de flores azules y rojas…danzando sobre las rocas…
      También hicieron su entrada triunfal al escenario unas ranas minúsculas. Eran las ranas coquíes, que vivieron por mucho tiempo en Puerto Rico, pero que ahora preferían radicarse en cualquier lugar… Su nombre quería decir “te quiero” en una lengua taína… Cantaban las ranas con dulce voz… Una canción de amor que alguna vez le dedicaron al cacique…
      El canto parecía llegar al cielo… Atravesaba las nubes, acariciaba las plantas de los pies de los dioses… El canto comunicaba que todo estaba bien en el mundo de los humanos… “Coquí-coquí”, cantaban las ranas, y decían “te quiero, te quiero”…
      La barcaza La Tórtola se movía entre las aguas… Se deslizaba con seguridad… El viejo holandés la dirigía con destreza… Aguas duras y aguas blandas… Subía y bajaba en las aguas plateadas…
      La ballena se movía a la par… A veces parecía un fantasma… Volteaba a donde estábamos y parecía que nos quería embestir como un toro de lidia.
      En realidad, ya yo no veía una ballena sino un toro frente a mí, que bufaba de lo lindo echando tierra hacia atrás… Tenía mucha fuerza… Enfilaba sus cuernos y nos quería ensartar… Torero, el matador, y el toro de lidia… Ole… Ole… Se escuchaban los gritos desde las gradas…Todo mundo sacaba pañuelos blancos, porque nadie quería que el toro de lidia terminara silenciado en el matadero… Había que perdonarle… A los toros bravos se les perdona…
      De pronto, la ballena dio la media vuelta, y nos dio la espalda… Se fue rumbo al horizonte… En silencio, a su paso, a su ritmo…
      El holandés encaminó la barcaza hacia el rompeolas… Y allí vimos muchas manzanas flotando… Las recogimos, quitándoles el agua salada… Y desde luego, probamos algunas…
      Estaban deliciosas… Dulces a veces, y otras, agrias… Nos sentimos en la gloria, en la siempre fabulosa gloria…
      Con una pequeña red, recogimos más manzanas… Juntamos cinco docenas… Y nos fuimos hasta el muelle…
      Debo añadir algo que resultará interesante para los amantes de las frutas. El holandés, dueño de la embarcación, enjuagó las manzanas en su casa, y las sacó al aire para que reposaran bajo los rayos del sol y luego a la luz de la luna…Una noche, cuando todo estaba en silencio y se gozaba de una tranquilidad inmensa, se acercaron dos sombras. Eran la princesa y el príncipe. Cargaban una canasta vacía…En ella depositaron todas las manzanas, excepto tres que formaban un triángulo…
      --El triángulo es la vida –dijo el príncipe.
      --Yo no sabía eso –comentó la princesa.
      --Tú nunca sabes nada –concluyó él.
      Se fueron por un sendero lleno de piedras… Las piedras que pisaban provenían del río. Eran planas y brillantes, de color negro, café y gris…Se detuvieron a medio camino y partieron una manzana… Dentro de la manzana se movía un gusanito… Se miraron, sonrieron… El príncipe colocó al gusanito sobre una roca grande… Comieron el alimento dulce y agrio, recuperaron fuerzas…
      Al poco tiempo, llegaron a las puertas de un castillo transparente. Y se fueron directamente a la cocina a triturar manzanas… Usando la masa de manzana y un poco de miel de colmena fabricaron una mezcla muy compacta para llenar frascos vacíos…
      Los frascos, pequeñas esculturas de vidrio, tenían formas muy variadas: elefantes, osos, leones, jirafas… y el resto de los animales que sobrevivieron el diluvio gracias al Arca de Noé…
      Cuando los frascos estuvieron listos, el príncipe y la princesa los sacaron a la luz, anunciándolos con un cartel: Frascos llenos de amor. Llévese uno. Gratis.
      Y se escondieron detrás de un arbolito.
      Comenzó el desfile. Pasó un señor que llevaba leña. No se llevó amor alguno. Pasó un tigre. Se llevó un frasco. Pasó un niño. Se llevó su frasco. Pasó un oso panda. Se llevó un frasco. Pasó una señora. No cargó con frasco alguno. Pasó un pájaro azul. Se llevó su frasco…
      Y a eso de las seis de la tarde, la mesa estaba vacía…
      El príncipe y la princesa entraron al castillo, y se sentaron en la banca del patio. Cada uno tomó una hoja de papel y dibujó escenas casuales sobre animales hechizados.
      Hicieron dibujos muy bonitos, que fueron pegando en las columnas y los muros transparentes…   


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, June 16, 2012

EL DIOS MAYA







    Por Eduardo Rodríguez Solís   


      Se iba moviendo lentamente, haciendo eses en la tierra, en el pasto, entre las piedritas… Iba buscando algo nuevo en la vida… Quería acabar con la rutina absurda de todos los días…
      Encogiéndose y estirándose, se movilizaba… Era su única forma… Eso es lo que hacían las víboras, indefensas o venenosas… Pero ella, la víbora de nuestro cuento, no sabía si era buena o maligna… Nadie se lo había dicho… Nadie se lo había aclarado…
      Ella era gris, y cerca de su cabeza tenía unos puntitos morados… Podía asegurar que era la única víbora de su clase… Nunca había visto otra como ella… De verdad…
      Comía insectos y hojas de ciertos arbustos. Y procuraba escoger bien sus alimentos… Sabía que había insectos y plantas que contenían veneno… Pero quién le iba a decir qué era bueno y qué era malo…
      Creía en el dios que había organizado el mundo. Pero no sabía dónde estaba esta deidad, y no sabía su nombre… Le gustaba toda la música, pero prefería la barroca. Y conocía bien a Vivaldi porque el dueño del jardín donde nació tenía muchos discos del gran compositor, que se escuchaban a todas horas…
      Ese día quería llegar a las ruinas de un templo prehispánico. Quería llenar sus ojos de aquella arquitectura maya, tan exacta y perfecta. Quería oler esas piedras ancestrales, que alguna vez formaron parte de la ciudad… Por eso iba haciendo eses en el suelo… Y avanzaba y avanzaba…
      Cuando el verde tenue de las plantas se tornó verde brillante, se dio cuenta de que había llegado al templo maya.
      --Ya estamos aquí –se dijo la víbora.
      Escuchó entonces tambores y flautas de madera. Y en su mente aparecieron bellas bailarinas vestidas de blanco. Todas daban vueltas alrededor de un paño rojo, que representaba la sangre de los héroes caídos… La guerra había concluido y era imprescindible honrar a los valientes defensores del pueblo maya.
      De un montículo, bajó una mujer que tenía incrustaciones de oro en el rostro. La dama era muy delgada y vestía de color durazno. Mientras bajaba los escalones, se movía lentamente, con paso resuelto y seguro.
      --La hora de la verdad ha llegado –gritó la mujer.
      Las otras bailarinas desaparecieron y el ojo público pudo deleitarse en la mujer de incrustaciones de oro.
      Tambores y flautas trasmitían sus lamentos, y voces femeninas se dejaron escuchar… Las palabras resultaban ininteligibles, pero se sabía que los versos reflejaban el carácter de la batalla recién finalizada.
      De un momento a otro, la visión de la ceremonia se esfumó… No quedó nada… Todo se lo llevó el viento...
      La víbora volteó para todos lados… No había nadie… Ella era el único ser viviente, además de los insectos y pájaros que volaban por aquí y por allá…
      La víbora notó que alguien la estaba observando… Alguien que se movía lentamente y en silencio… Era una tortuga de agua dulce… Una tortuga apache que tenía rayas rojas a los lados de la cabeza…
      --Este es mi lugar –dijo la tortuga.
      --También es el mío, porque aquí estoy –dijo la víbora.
      --No entiendes mis palabras –dijo la tortuga--. Cuando digo que éste es mi lugar, estoy diciendo que yo soy la dueña y señora de este lugar… ¿Entiendes?
      La víbora no dijo nada… Simplemente, dio la media vuelta, y se fue retirando… Había que buscar otro lugar…
      --Oye, pero no te vayas… No me dejes sola –dijo la tortuga.
      Se miraron de frente y se hicieron amigas, y se fueron hasta detrás de un muro, donde había un estanque de aguas claras… La tortuga mostró sus habilidades como clavadista, zambulléndose hasta el fondo del estanque… Después de una pausa, salió a la superficie… Y trajo consigo una especie de mariposa, de un material parecido al plástico…
      --Esto es para ti –dijo la tortuga.
      Era una parte de su concha… Una capa que parecía transparente.
      --¿Y para qué me sirve eso? –preguntó la víbora.
      La tortuga dijo que con su capa podía llegar al cielo. Y comentó que las mariposas transparentes son como llaves para entrar al Paraíso. Y dijo que una tortuga apache, como ella, producía muchas mariposas transparentes…
      --Una mariposa transparente se produce con el cambio de piel… como ocurre con las tarántulas o serpientes –dijo la tortuga.
      Las amigas fueron al observatorio maya donde había más de un millar de orificios, gracias a los cuales se podía disfrutar de las estrellas.
      --Magia –dijo la tortuga--. Hay que descubrir la senda perfecta… Si no es posible, nos desmoronamos… Sólo la paciencia nos puede ayudar a equilibrar las fuerzas…
      La víbora pensó que el capa-racho de una tortuga era como un taller donde se fabricaban llaves para entrar al Paraíso… Cada mariposa desprendida se convertía en una llave, hecha de la secreción de la tortuga…  Y el capa-racho o concha era como el papier maché que usan los artesanos con frecuencia… Varias capas de papel periódico engomadas formando una capa resistente.
      --¿En qué piensas? –preguntó la tortuga.
      --En las mariposas transparentes –dijo la víbora.
      Y se quedaron ahí hasta que llegó la noche. Querían observar las estrellas… La luna, un poco amarilla y el reflejo de su conejo desaparecido.
      A las doce de la noche, cuando todo estaba muy tranquilo y sólo se escuchaba el canto lánguido de un grillo, vieron, a través de uno de los orificios del observatorio, una luz que se acercaba a la Tierra… Una masa extraña que crecía…
      La figura celestial resultó ser un hombre con dos cabezas. Era el dios Chal-Kal, el dios maya del conocimiento… Llegaba a la Tierra ataviado con bellas ropas… Sin comitiva de ninguna especie.
      Chal-Kal dijo que venía, como siempre, en son de paz… Que no había que tener miedo…El dios Chal-Kal había decidido visitar la Tierra…
      Y compartió su leyenda. En el gran estadio de los dioses mayas existía una gran preocupación porque el mundo estaba virado al revés. Chal-Kal recibió la orden de sanear los espíritus de la gente y los animales…
      Chal-Kal poseía la sabiduría necesaria para arreglar mundos descompuestos.
      Había nacido de una piedra que se mojó con la lluvia, y su corazón y sus entrañas eran duros como roca… Según la leyenda, Chal-Kal era la medicina ideal que necesitaba este mundo virado al revés.
      De pronto, todo se oscureció para dar paso a un eclipse lunar. La oscuridad se extendía, reina absoluta, eterna, de la noche… Todo quedó en silencio… Los grillos dejaron de cantar…
      Poco a poco, la luna recuperó su color… Y Chal-Kal abrió los brazos y pensó en voz alta, con sus dos cabezas…
      Con la cabeza que apuntaba al Sur pensó en el estadio de dioses mayas, ubicado en el cielo. Y pudo ver los perfiles de dioses menores y mayores… La mayoría aparecían coronados… Con la cabeza que apuntaba al Norte, vio al pueblo que exterminaba una civilización antigua, tragada por el olvido…
      Con las dos cabezas, pensó que las almas buenas existían y comunicó su parecer a la víbora y a la tortuga…
      Los dos animales se acercaron al dios Chal-Kal y cerraron los ojos, esperando una caricia…
      Y la caricia llegó… Porque se necesitaba… La mano caliente del dios Chal-Kal acarició la piel de la víbora y tocó con suavidad el capa-racho de la tortuga…
      El dios Chal-Kal voló de regreso a su lejano estadio. Y los dos animales se quedaron observando el fantástico fenómeno… Chal-Kal se volvió un cometa, y el cometa se mezcló con las estrellas…la luna adquirió una roja tonalidad.
      Para entonces, ya la víbora se había alejado del templo prehispánico y prometido que regresaría a menudo… Y esto le gustó a la tortuga… Ambas criaturas habían construido una amistad que duraría para siempre… En el camino, la víbora vio cosas que no había visto antes… El regalo de la amistad parecía revelarle la forma secreta de los árboles, dragones, caballos alados, montañas, divinidades.
      Y el camino no le pareció tan largo, gracias a que iba entretenida observando las formas furtivas.
      La tortuga, hacedora de llaves paradisíacas, descubrió que su estanque de aguas claras había crecido, y que podía ver, con toda claridad, las rayas rojas que la validaban como apache… Podía distinguirse claramente en el espejo de agua…
      El pequeño mundo de la víbora y la tortuga cambió. Su encuentro con Chal-Kal devino en el elíxir mágico que ayudó a los animales a luchar contra la melancolía, una enfermedad que se había extendido peligrosamente… El agua del dios era bendita… Absolutamente bendita…
      Los eclipses desaparecieron y los astros del firmamento dialogaban en armonía al compás de vientos benignos… Del pasado se tomaba lo bueno y del presente se escogía lo más sano.
      Las mariposas transparentes continuaban fabricándose… Eran necesarias… La gran chapa del portón que protegía al Paraíso no podía abrirse sola.
     Toda criatura interesada en conseguir una mariposa transparente, tenía que ir al estanque de las aguas claras a pedirle un ejemplar a la tortuga apache. No había otro camino.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, June 9, 2012

LOS AMIGOS




Por Eduardo Rodríguez Solís



Los amigos son algo especial. Si encuentras uno, cuídalo. No lo dejes... Los familiares surgen sin buscarlos. Y los aceptas por cosa natural.
Pero el amigo y la amiga son flores que encuentras en tu largo camino... Si ves que la flor es buena, bonita, interesante, córtala y échala en tu canasta. Y si después de un mes se conserva con sus virtudes ponla en un recipiente mejor.
Así es que, cuidado, no tires todas las flores que recoges en tu camino. Si quieres eliminar una, piénsalo bien.
Salvador Dalí decía que era muy difícil tener más de diez amigos. (No hay tiempo para atender a todos.) Y que lo mejor es tener una lista que recoja las fechas en las que se inicia la amistad para que, al pasar de cinco años, uno pueda eliminar a aquellos que han cumplido el ciclo... El lugar vacante puede ser ocupado por otro amigo cuyo nombre está reservado en una lista de espera.
Sin embargo, hay amigos que permanecen toda la vida. Esos son los especiales.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, June 2, 2012

UNA NIÑA, SENTADITA EN UNA CAMA, Y CINCO CADÁVERES

Rebekka Manley: Bilingual



Por Nara Mansur



La noticia de su muerte le llegó al padre a las tres de la tarde. Estaba en una reunión…cuando empezaron a transmitir el comunicado, escuchó su nombre, mal pronunciado, y tardó un segundo un siglo en asimilarlo. Como una máquina ese hombre se santiguó oh redención rezo rescate de mi infancia bramido y de la infancia de su hija ahora cubierta por la muerte oh desgraciados oh qué desgraciado soy. El padre que recibe la noticia de la muerte de su hija se vuelve un niño y se santigua y se desploma su moral de hombre, de padre útil.

--Era mi hija--


Fin de los miedos sucesivos, fin del terror por gusto. Lo ha tocado en plena selva y se pregunta por su joven e inexperta e ingenua y entregada hija. No la mataron en la villa miseria los miserables sino el ejército de soldados miserables. Sólo recuerda --ahora que sabe que no la va a volver a ver, ni en la morgue siquiera-- que se trataba de una muchacha buena. Una muchacha que no sueña con una casa de dos pisos, con una piscina, un auto, caballos, jardines colgantes, joyas, París, un collar de perlas, Punta del Este, que no sueña con un príncipe o un gerente. El padre decide suspender la reunión.


--Estoy aturdido. Pensaba que era excesiva suerte, no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso. Me quisiste, te quise. Me gustaría verte sonreír una vez más. No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria.
Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía.


Una corta y dura y maravillosa vida. Qué extraño e impresionante ascetismo. Y la muerta qué le dice a su pequeña bebé que la espera en su camita. La memoria de la madre muerta quién la defiende, quién le nombra a la pequeña huérfana a su mamá. Ese consuelo dónde lo buscamos. El padre soñó volver a vivir junto a su hija, aunque fuera en habitaciones de silencio, aunque fuera callados los dos por la pena.


Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba. Sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída. Hoy en el tren un hombre decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él, pero también por mí.


Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quien dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.


El 28 de septiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro en el barrio de Floresta, María Victoria Walsh cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quien dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes. El padre dice haber visto la escena con los ojos de la hija: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco policial de ciento cincuenta hombres. A uno de ellos le llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga se reía. El padre intenta entender esa risa. La metralleta era una Halcón. ¿Será porque las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír?


--Querida Vicki, querida Vicki


El padre se pregunta si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de su corazón: su hija pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo se afirma y es él quien renace en ella. Su muerte fue su pequeña gloria, los disparos caen sobre su cuerpo como aplausos y flores.


Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Ustedes no nos matan --dijo-- nosotros elegimos morir. Entonces ella y el otro hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron frente a los soldados. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una bebé de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.


Hay madres que sufren en su propio cuerpo el desempleo, el maltrato, el abuso policial. Para ellas no es una experiencia intelectual sino física, animal


Cuida a tu hija de esa bala perdida
que dispararon contra las madres de cara grasienta
que protestaban afuera de la fábrica Kraft ex Terrabusi.
Cuida a tu hija de no decirle que esas mujeres son muy valientes
cuida de que no se vaya a confundir y pensar que ya no existen
los trabajadores, las trabajadoras,
de que las verduras nacen en la verdulería
de que los perros y gatos no sienten.
Esas mujeres con el pelo sucio, porque les cayó agua
y de todo les cayó en la cabeza,
quizá hasta chocolate derretido y caliente, azúcar impalpable, canela.
Esa bala perdida me busca a mí también, Emilia,
esos policías a caballo, en hermosa postal de antaño
echando agua a cinco grados latitud corazón latiendo oh oh oh,
esos policías que defienden nuevamente los malos oficios
del empresariado (bajo cero).
Qué cuenta a su hija el policía cuando lo ve golpear
a la trabajadora Kraft ex Terrabusi por la televisión.
Qué cuenta el contador que no cuenta una sola historia
sino solamente monedas, dineros.
Quiénes son ustedes.
Quiénes somos nosotros.
Quién está poniendo el cuerpo, quién está pagando
y a qué precios. Quién se reconoce
en la cara de esa mujer de cara grasienta y el pelo con agua helada.


Oiga señorita
cuidado con la balita perdidita, no vaya a dar a su cabecita.
Mire que hay mucha humedad, mucho frío, muchos despidos.


Parados en medio de la ruta, un muro blando forman sus cuerpos.
Un semáforo siempre en rojo, una señal de pare constante.
¿Con qué bazucazo de chocolate
se pudiera echar a andar semejante máquina colectiva?
Los huecos sobre los cuerpos, la dulce grasa que los une
en su reclamo, la triste historia
del hermano que va y compra y paga por una golosina,
la triste histeria que nos reduce
a ser una madre más de las que compra chocolates en el kiosco.



Nara Mansur es poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un ejercicio al aire libre (2004). Recibió el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2011 por su cuaderno Manualidades así como el Premio de la Crítica Literaria 2011 por su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro. Sus textos Ignacio & María y Charlotte Corday. Poema dramático han sido llevados a escena por los grupos Teatro D’Dos y la Guerrilla del Golem. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires.