Saturday, July 21, 2012

MOCHILA DE ESTUDIANTE

Foto: Isabel Pérez Lago

   

Por Eduardo Rodríguez Solís


      Era enero y hacía frío. Las calles amanecían encharcadas porque todas las noches caía un suave aguacero. Unos decían que estas aguas eran llanto de los dioses, que salía, al ver nuestro comportamiento. Había mucha mentira en nuestra existencia. Era una herencia de los españoles. (¿Regalo divino?).
      Ella, la güerita de nuestro cuento, vivía en un cuarto de azotea. Estos lugares eran para las criadas, pero ya no había dinero para pagar esos servicios. Entonces se rentaban. Y no había baño en esos sitios. Uno se las tenía que ingeniar. Bacinica para los orines y lo que sea. Y una jarra y una palangana para refrescarse la cara.
      Cada departamento de ese edificio tenía su cuarto de azotea. Unos eran bodegas y otros se rentaban. Eran doce los cuartitos. Y no había ventana. Sólo una puerta de metal y lámina. Y en tiempos de frío, a sufrir. ¿Qué quedaba?
      Ella, la güerita Soledad, bajó las escaleras a toda velocidad. En voz baja iba tarareando una balada de moda. Llegó a la planta baja y se dirigió al portón. Enseguida se metió a la luz de ese día.
      Iba con paso acelerado. Quería llegar pronto a la panadería, donde era la encargada.
      Pero se tropezó con una caja de Olinalá, que estaba amarrada con una cinta de color azul cielo.
      La tomó del suelo y la echó en su mochila de estudiante, que llevaba a la espalda.
      Entonces la güerita Soledad imaginó que la caja contenía una sorpresa. Algo que iba a cambiar la monotonía de una vida sin chiste.
      Mientras se deslizaba por las calles se vio abriendo la caja de Olinalá. Y a veces veía mucho dinero o perlas y joyas. Un buen regalo de Dios.
      Cuando llegó a La Tapatía (que se llamaba así porque el dueño era de Guadalajara, Jalisco), ya estaba el patrón barriendo la calle con escoba de vara.
      --Vienes asustada –dijo don Filemón Estrada. Pero la güerita Soledad no dijo nada. No habló para nada de lo que se había encontrado en la calle. “La sorpresa, si la hay, es sólo para mí”, pensó la muchacha.
      Se puso su delantal y se fue a un rinconcito donde había una imagen de le Virgen de Guadalupe. Rezó algo y se preparó para la larga jornada.
      A veces, mientras contaba el pan de cada charola, mientras hacía números sobre lo que tenía que pagar un cliente, se veía ante su caja de Olinalá. Y sentía el olor agradable de la madera y se deslumbraba con el contenido de la caja.
      En la tarde, casi a la hora de cerrar la panadería, se soltó un aguacero tremendo. Parecía el Diluvio, el final del mundo. La gente se tapaba con lo que encontraba y algunos se resbalaban y se iban rodando como bolas de boliche. Era una locura de agua.
      Entonces la güerita Soledad tomó una bolsa negra de plástico y se puso a improvisar un impermeable. Y se fue caminando con cuidado. En sus manos sentía un cosquilleo. Casi era la hora de ver lo que tenía su caja de Olinalá.
      Ya en su edificio, subiendo las escaleras, se cruzó con unos niños. Estos chamacos estaban llenos de energía y parecían una gran locomotora.
      --No se vayan a caer –dijo Soledad. Pero los niños iban a la velocidad del rayo. Nadie los podía parar.
      Finalmente llegó a su cueva, a su cuarto de azotea. Y se sentó en la cama. Acto seguido, se quitó la mochila de sus espaldas, y sacó la caja de Olinalá.
      Desamarró la caja y la abrió.
      Envueltas en un trozo de franela roja estaban tres piedras de río. Dos estaban pintadas de amarillo y la tercera tenía un color dorado.
      Extendió la franela roja y puso ahí las piedras, en el siguiente orden: amarillo, dorado, amarillo. Pero la piedra dorada empezó a moverse, y luego brincó, hasta golpear el techo del cuarto.
      Y cuando cayó al suelo, nació una pelota de color rosa, que fue creciendo en tamaño. Y luego hizo “pop”, y se quebró, y surgió un pequeño hombre que crecía.
      Este hombre llevaba un turbante azul, y el resto de su ropa era plateado, con estrellas moradas.
      --Me llamo León de la Selva –dijo el extraño personaje.
      Ella pensó que él no podía ser “el león de la selva”, porque no era posible. El león de la Selva tenía que ser un verdadero león.
      --¿Y por qué te llaman así? –se atrevió a preguntar.
      El pequeño hombre del turbante azul se puso a hablar hasta por los codos.
      Dijo que él había nacido en la selva, y que de chico fue amigo de changos y jirafas… De panteras y rinocerontes… Y que una vez lo llevaron al castillo de un gigante, que lo tenía todo.
      El hombrecillo se quitó el turbante, y sacó de éste cuatro barajas de pókar. Todas eran corazones.
      --Escoge una y te adivino uno de tus sueños –dijo el hombre del turbante.
      Soledad escogió el rey de corazones.
      El naipe se puso en la almohada.
      --Ese rey de corazones –dijo el hombrecillo—es tu protector. Lo ves de seguro en cada uno de tus sueños.
      --Yo no tengo sueños –dijo la güerita Soledad.
      Entonces la muchacha se puso a llorar, porque no le gustaba lo que estaba pasando.
      En ese momento, alguien tocó a la puerta de metal. Y el hombre del turbante empequeñeció y se fue a meter a la caja de Olinalá.
      Soledad abrió la puerta. Era Magdalena, una vecina de la azotea. Le traía un pambazo de papa bien sabroso.
      --No te hubieras molestado –dijo Soledad.
      Mientras se comía el rico antojito, Magdalena le platicó que acababa de conocer a un albañil joven y simpático. Era de Morelia, Michoacán, y estaba trabajando a la vuelta de la calle.
      --En este mundo todos necesitamos de alguien –dijo la güerita Soledad.
      Al quedarse sola, nuestra amiga del cuento quiso abrir de nuevo la caja de Olinalá… Pero todo había desaparecido. No había caja. No había naipes. No había hombre del turbante… Y como la güerita no creía lo que estaba pasando, buscó y buscó por todas partes… Y nada. La ilusión se había esfumado.
      Pensó entonces que su amiga Magdalena se había llevado la caja, los naipes y hasta el hombrecillo del turbante. Pero ese pensamiento le parecía absurdo… Nadie se había llevado nada…
      El siguiente día parecía calca al carbón del anterior. Las mismas cosas. Todo igual. Sólo que hubo un incidente extraordinario.
      Después del medio día, alguien arrojó una piedra y rompió un vidrio de la panadería. Entonces don Filemón Estrada, tomó un rollo de masking tape y pegó todos los trozos del vidrio. Lo hizo con mucho cuidado. Y nadie podía decir “ya rompieron un vidrio”. Obra de arte la que hizo don Filemón con esa ventana.
      Antes de cerrar la panadería, Soledad tuvo en sus manos la piedra que arrojaron. Era una piedra de río, pintada de amarillo. Algo extraño estaba pasando. ¿Una piedra amarilla?
      Caminó hasta su edificio la niña Soledad, y justo en una esquina, al lado de un montón de basura desperdigada, vio la caja de Olinalá hecha añicos… Tomó un pedazo de esta madera y quiso recordar el aroma… Y, sí, ella tenía en sus manos un pedazo de una caja de Olinalá. “¿Qué está pasando?”, se dijo la güerita Soledad.
      Cansada, se metió a su cama y trató de atrapar un sueño agradable, algo así como “visitar un castillo encantado, donde vive un príncipe”… Pero no hubo sueños agradables. Simplemente hubo un descanso prolongado.
      A las dos de la mañana, alguien tocó a la puerta de metal. Soledad abrió los ojos y pensó que ahí estaba su amiga Magdalena, con otro pambazo de papa.
      Pero tuvo una sorpresa muy agradable… Llegaba de visita el hombrecillo del turbante. Traía la caja de Olinalá en una mano, y los naipes en la otra…
      Dentro de la caja de Olinalá venían tres chocolates rellenos de menta.
      La güerita Soledad, mientras el hombrecillo del turbante contaba una historia fantástica, se comía esas maravillosas golosinas.


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Thursday, July 19, 2012

LA PARTIDA


Vanessa Nava Noriega, Stephanie M. Flores, Juana Ramirez, Dagoberto Rivera, Elinse Sánchez: Casita de cartulina


Por Enrique Alarcón Parada


Partí de mi casa. Vivo en San Andrés Totoltepec, que significa “cerro de aves”. Eran las 11:00 de la mañana cuando me subí al auto, y, al salir  de la cochera noté que ya iba con media hora de retraso a reunirme con el grupo de maestras pensionadas y el maestro. Este grupo de académicos acordó que desayunaríamos en el Café la Parroquia, ubicado en la Avenida Insurgentes Sur, una de las tantas imitaciones del verdadero Café de la Parroquia que está en el Puerto de Veracruz. El Café toma su nombre de La Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción localizada frente al establecimiento…Si un día visita a los jarochos deberá saborear un buen cafecito en este lugar y disfrutar de la música, la marimba, acompañada por el bullicio alegre de su gente, podrá deleitarse escuchando La Bamba o el son jarocho La Bruja.  

Me agarra la bruja
me lleva al cerrito
me sienta en sus piernas
me da de besitos 

Pues, diríjase al Paseo del Malecón y Gómez Farías y encontrará el café-restaurante. Usted se puede sentar en la mesas de adentro y si opta por las del exterior, observará, enfrentito, a uno de los tantos y grandes barcos anclado, cargando y descargando autos. Y como el refrán dice: En la bodega del barco, todos entran de a montón, y, si alguien se descuida, el auto se lleva un rozón… Porque, cuñados, es una “entradera” y salidera de mercancía, por la enorme boca del casco, que para qué les sigo contando. Mejor sigo conduciendo mi camioneta, por el carril correcto, para no tener un rozón, por no tener precaución.
Llegué a la cita con una hora de retraso, pero fui recibido con alegría,  besos, abrazos y bromas por mi asistencia. Mis amigas sesentonas, Lolita, Marcela, que enviudó recientemente, Rosa María, a quien todos le dicen Rosita pero yo le digo “La Gata” y a ella le encanta porque es madrileña, Nora con su esposo Hernán que sigue activo trabajando en la UNAM a sus 76 años, son chilenos y los más longevos del grupo… Todos habían casi terminado de consumir sus alimentos, pero con toda naturalidad llamé al mesero y le pedí un café lechero, “una bomba”, preparada con un pan de dulce conocido como concha blanca, dividido en dos, se le embarra de frijoles refritos, se le pone queso y se mete al horno, a que se dore un poco y se sirve con “pico de gallo”, una salsa preparada con chile jalapeño, cebolla y jitomate picado… Y buen provecho, compadre.
Nuestra mesa parecía una jaula de pericos. Todos parloteaban, se carcajeaban,  sonreían. De repente en el calor de la plática, un recuerdo jalapeño agitó sus alas en el archivo de mi memoria…Absorto, olí la humedad de Jalapa y viajé, en mi mente, a ese diciembre de 1966…Me vi sentado en la mesa, donde jugaba dominó con unos amigos de la juventud. Sí, me salí de la jaula de loros, y me ausenté por unos minutos para ir al pequeño cafecito de “La Atenas veracruzana” que estaba muy cerca del Estadio Jalapeño, uno de los tantos aportes que hiciera el señor William Kenneth Boone al desarrollo de Xalapa. Por cierto, mi madre le compró dos terrenos a Míster Boone en el cerro del Macuiltépec, “El cerro cinco”. Cuando me habían ahorcado la mula de seises, levanté mis veinte abriles de la silla y me despedí de mis compañeros de juego, diciéndoles que me iba a vivir a México. Al grupo le importó un comino y continuó riéndose de mí por haberme ganado la partida y dejado “con la mulota”. Me cerré la chamarra y salí del local  rumbo a la calle de Ignacio de la Llave… Esa tarde caía una pequeña lluvia, el famoso Chipi Chipi. Arriba, el manto de nubes plomizas. De repente, veo que las nubes bajan… Camino con la cabeza agachada y húmeda rebanando la niebla, atravieso la calle de Allende, subo por la Sexta de Juárez, bajo por Úrsulo Galván, cruzo por un costado de la vieja Estación del Ferrocarril y tomo mi calle para llegar al número 57… Aquí vivo yo… Tenemos una cocina improvisada, con techo de cartón, mi madre y yo. Sí, ya sé…el cartón del techo se ha humedecido un poco…siempre pasa cuando llueve. Como dice Ali Primera: Que triste, se oye la lluvia/ en los techos de cartón/ que triste vive mi gente/ en las casas de cartón  
- Mamá, mañana me voy a vivir a México.
- Pero… ¿Por qué?
-No quiero quedarme en Jalapa. ¿Qué futuro hay en este pueblo para mí? Cartón, un futuro de cartón, ¿dependiente de una tienda o empleaducho del Gobierno?... ¿Qué voy a hacer? No sé… pero de aquí me largo yo.
- ¿Y tu padre? Tú sabes que tu padre es quien dice la última palabra en esta casa.
Era verdad. Tenía que hablar con mi papá antes de irme de Jalapa.
- ¿Y con qué dinero cuentas? Yo no tengo ni un centavo -dijo él.
- No te preocupes, papá, que yo tengo mis ahorros.
Quinientos pesos en el bolsillo y una pequeña maleta gris con dos camisas, dos pantalones, dos calzones, dos pares de calcetines eran mi diminuto patrimonio. Al día siguiente, a las 11:00 de la mañana, mis padres me despidieron en la Terminal de Autobuses de la avenida Manuel Ávila Camacho. Tenían los ojos llenos de lágrimas que se confundían con el Chipi Chipi. La neblina se había espesado mucho y caía pesadamente sobre el suelo mientras una ligera llovizna se escurría por las ventanillas del camión. Al llamado del conductor, subí al transporte de Autobuses de Oriente (ADO), junto al resto de los pasajeros. Inmediatamente el motor del ómnibus arrancó y los limpiaparabrisas empezaron a funcionar. Dije adiós a mis padres a través del cristal. Una nube envolvía sus cuerpos húmedos carcomiéndoles.
En fracción de segundos regresé de mi viaje a “La Ciudad de las Flores” gracias a la algarabía de mis sexagenarias amigochas… Tal era el bullicio en nuestra mesa que nos convertimos en el foco de atención de los otros comensales…lo cual le incomodó sólo a Marcela, porque pensaba que sus carcajadas inquietaban a nuestro público. Un rato después, me despedí de mis compañeros, y, Lolita pidió la cuenta, para hacer las cuentas por separado. Me levanté. Pagué la cantidad que me correspondía y me fui del Café la Parroquia sin persignarme.
El grupo se quedó una hora o un poco más después de mi partida, decidiendo en qué restaurante celebraríamos nuestro próximo encuentro. Lolita, como siempre, era la encargada de pasar la voz…

“Desde el cerro de aves”
México D.F., julio 11 de 2012






Enrique Alarcón Parada nació en Xalapa, Veracruz, y reside en México D.F. Estudió en la escuela teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Es instructor y director de teatro y ha llevado a escena exitosamente decenas de obras con sus estudiantes. Como dramaturgo ha publicado Viernes y lunes de escuela, ¡Qué cosas me haces hacer!, La decisión, Hypatia, y Los tres químicos y las tres leyes de Newton. (alarcon_escualo@yahoo.com.mx)

Tuesday, July 17, 2012

COLIFACIO Y ELENA O LA HISTORIA DE UN PERRO PIRATA

Un proyecto multimedia creado por Lorena Cabrera, Deniria Cornejo, Jennifer Sánchez, Cristhy Guerrero, Eduardo Santana y Craig Francis


(Desde el salón de clase)


Personajes:  Perro Pirata (Colifacio)
                    Rana (Elena)
              Lagartija Borracha (Chucha)
                    Pollo Villano de Yucatán




Chucha: ¡Ay! Qué día tan brillante. (Eructa sin querer) Perdón.

Colifacio: Pues estarás viendo doble con la cruda* que tienes, porque el cielo está nublado.

Chucha: ¿Cruda? ¡No! Lo que tengo es un mal presentimiento.

Colifacio: De seguro estás pensando en el malvado pollo de Yucatán. Ese pollo nunca obtendrá mis tierras.

Elena: Ay Colifacio…Tú pensando en tus tierras llenas de ratas mientras yo estoy aquí recogiendo las latas que dejó tu amiguita la alcohólica.

Pollo de Yucatán: ¿Qué onda, compadre? Me das tus tierras ahora o me llevo a la bicharraca verde con cara de pescado.

Elena: No se preocupen que ahora mismo alisto mis maletas porque Colifacio ama sus tierras más que a sus pulgas.

(La rana se va con el pollo)




Colifacio: ¡Alto ahí! Por mi rana hago cualquier cosa. Si mis tierras quieren, mis tierras tendrán. Por mi Elena hasta mis pulgas doy.

Chucha: Ay, por favor, dáselas que el olor de esas pulgas me marea más que el alcohol.

Colifacio: Shhh… Cállate tú, esqueleto. Devuélveme a mi bella Elena o te desplumo para el banquete de nuestra boda.

Elena: ¡Ay, mi bichito pulgoso!

Pollo de Yucatán: ¡Órale, pues a pelear!

(Pelean) (El Perro gana)




Elena: Mi amor… al fin juntos.

(Beso) (Anillos)

Chucha: ¡Traigan las cervezas!


*(México) Dicho de una persona: Que tiene resaca al día siguiente de una borrachera.




La idea de nuestro proyecto es demostrar que no nos debemos enfocar en la apariencia de las personas, sino en sus actos, sentimientos, y virtudes. La apariencia -el estilo, la ropa, y cualquier otra cosa material-  es temporal, pero el buen corazón perdura para toda la vida. En esta obra hay una gran variedad de materiales e instrumentos, como brillo, madera, papel de color, cartón, lápices de colores, marcadores, grapas, pegamento, tijeras, y el impulso artístico del grupo. El conocimiento que tenemos hasta ahora de los piratas es que son personas malas que se dedican a hacer cosas que no agradan, ni ayudan a la sociedad. Nos gustaría saber si lo que pensamos es real, tenemos curiosidad por saber si hay algún pirata de buen corazón aparte de nuestro perro pirata Colifacio.


 


Aquí vamos a mencionar los pasos que seguimos para desarrollar el proyecto. Primero decidimos qué tipo de historia queríamos presentar, por ejemplo, de amor, humor, o una combinación de los dos. Luego, tratamos de ver cómo íbamos a lograr que la historia cobrara vida. Nosotros elegimos un antiguo medio artístico, los títeres, y empezamos a componer la historia y el arte visual. Construimos una estructura similar a un televisor con su fondo de pantalla decorado con nubes y aves para darle vida a la obra. Es prácticamente un pequeño teatro. Escogimos este medio porque es una manera de desarrollar nuestra imaginación y viajar a los antiguos tiempos de la niñez.




Tuvimos algunas dificultades en el grupo, porque no todos estábamos de acuerdo con cada actividad que se iba a hacer. Cada uno tiene su propio estilo y manera de pensar. Pero decidimos que los miembros del grupo desarrollarían su propio talento, y luego mezclaríamos las diferentes ideas. Un elemento que se presentó a favor del proyecto fue que cada estudiante tenía siempre algo que podía aportar para desarrollarlo mejor. Aprendimos a trabajar juntos y lidiar con las diferencias. También refrescamos los recuerdos de cuando éramos pequeños y veíamos programas de caricaturas. Este proyecto fue una excelente experiencia para cada uno de nosotros porque aprendimos que el amor vale más que las cosas materiales y que no siempre debemos llevarnos por las apariencias porque pueden ser engañosas.




Monday, July 16, 2012

HISTORIA ANTIGUA

Alejandra Pérez: Elementary School



Por Nara Mansur

de su poemario Un ejercicio al aire libre (2004)


No quiero hacer más reverencias
ni estar sentada más tiempo
ni pronunciar con todas las r ni todas las s
imposibles.
La boca se me abre como una ballena
llena de dientes frágiles amarillos
Volver a tomar el buche de flúor
niña vieja que no transformas nada
No quiero, en verdad, transformar nada
salvo a mí.
No quiero que nadie me cambie ni una pinza del vestido.
Tengo miedo de ser leída entre líneas
tengo miedo de no ser leída entre líneas
tengo miedo de tener un enemigo íntimo
que la ballena trague y trague angustia
insoluble angustia en agua potable.
Tengo un dolor en el lado oculto
un dolor genético, estático
insolente desasosiego de historia militante
orgullo de herida viva, sangre joven
(nunca resolví enviar aquella carta.
en verdad, no había nada escrito
nada decentemente escrito, subrayado
algo claro o evidente, como un gato que caza ratones).
Tengo un sentimiento de convite crítico
en el que conozco una historia y la olvido
nunca me parece del todo importante
un pelo rubio que decolora mi objetivo
y arrastro mi reverencia como un nacimiento
una insolencia verdadera
un nunca jamás de milagros inundados.
Heme aquí: sola
hablo en mi nombre solamente
no represento a nadie, quiero salvarlos a todos
mi infancia: fui una niña golpeada por tanto amor
pero increíblemente a los quince años
cantaba como una prófuga.
Un pajarillo exiliado a favor y en contra
turbada
ella huyó de su cuarto.




Nara Mansur es poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un ejercicio al aire libre (2004). Recibió el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2011 por su cuaderno Manualidades así como el Premio de la Crítica Literaria 2011 por su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro. Sus textos Ignacio & María y Charlotte Corday. Poema dramático han sido llevados a escena por los grupos Teatro D’Dos y la Guerrilla del Golem. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires.

Saturday, July 14, 2012

UNIVERSO TRANSPARENTE

Alexis Sudds, Patricia Alanis, Hellen Jiménez, Jacquelin Pineda y Jean Juarez: Starry Night



Por Eduardo Rodríguez Solís

(Fragmento de novela)


              Fue como una línea trazada por el dedo de Dios. Algo sagrado. Algo único.
            --Vamos para allá –dijo a su perro. Y hacia allá se fueron Adelaido y Popoca, su pequeño can.
            La serranía, las lomas, el valle, el río, los arroyos recibían la luz de la luna. La noche era noche de duendes, de apariciones benignas, de acostarse con la amada en la hierba. Era noche de decir poesías en voz alta, de respirar la frescura de los altos árboles.
            --Qué bueno que te tengo –le dijo a su perro. Popoca movía el rabo y entendía las palabras de su amo.
            Llegaron al río y cruzaron el puente colgante. El ruido de las aguas los sedaba, era quizás la sinfonía eterna que le canta a la vida. Por eso detuvieron su paso. Entonces el pasado regresó... Adelaido se descubrió siendo un niño, un ser que soñaba conquistar al mundo, escalar altas montañas, cruzar mares y continentes. Levantaba la mirada hacia los cielos, y de las nubes se desbordaba una lluvia de monedas. Él, el niño que era, se convertía en el amo de la situación. La gloria estaba entre sus manos. El triunfo.
            Pero habían pasado treinta y cinco años y todo seguía igual. No conocía más allá de la serranía, las lomas, el valle, el río y los arroyos. Y este mundo siempre igual se cubría de melancolía, de tristeza, de desesperanza. Y eso lo confirmaba al verse reflejado en los estanques. Ahí veía sus ojos, su nariz, su boca, su todo. Ahí estaba su rostro, en ese marco azul del firmamento. Habían pasado treinta y cinco años.
            Siguieron adelante, rumbo al horizonte.
            --Algo tendremos que encontrar –le dijo a Popoca.
            Él, un caminante con perro, se llamaba Adelaido García. Era buen alfarero. Sus ollas y candelabros, con ángeles y flores, con colores chillantes, tenían su gracia mágica. Sus compañeros de oficio trataban de imitarlo, pero nadie lograba modelar el barro como él. Adelaido estaba ungido por la Divinidad. Era algo que traía en la sangre. Y ese mismo encanto de artesano lo transportaba hacia otros terrenos. Semilla que sembraba, planta que crecía. Palabras bellas a una mujer, ensueños que surgían. Por lo mismo, todas las mujeres de su pueblo (San Sebastián) le echaban el ojo. Pero él, prefería su soledad... La soledad y su perro.
            --Mujeres hay muchas –le dijo a su perro. Y ya habían caminado bastante.
            Poco después se adentraron en la parte espesa del bosque, los cánticos resonaban por todos lados. Eran grillos y otros seres nocturnos rompiendo el silencio de la media noche. Arriba, las estrellas. En la tierra, las hojas y el musgo que pisaban.
            --Algo encontraremos. Así me lo dijo el viejo Tomás.
            Tomás Alcántara se lo había dicho. Ahí, donde Dios había trazado una línea dorada, detrás del horizonte, detrás de todos los cerros, tenía que haber un tesoro… Y Tomás Alcántara, el viejo, el más viejo de todos los de San Sebastián, siempre tenía la razón. El patriarca inmemorial nunca se equivocaba. Su palabra era la ley. Y su ley era vertical, absoluta...Por eso, por lo mismo, había que seguir adelante, siempre adelante.
            Subieron la última pendiente. Popoca iba delante. Detrás, Adelaido García tarareaba una canción de cuna. Entonces viajaba a través del recuerdo a los años de su infancia, arropado en los brazos de su madre.
            --Duérmete, precioso. Duérmete con la luz de la luna –cantaba Antonia.
            Adelaido era casi de juguete, una bolita de carne que se calentaba entre las franelas, una bolita de vida, que quería crecer para correr por esos verdes-campos-verdes de San Sebastián.
            --Duérmete, precioso. Duérmete con la luz de la luna –recordaba el buen Adelaido, mientras Popoca llegaba al final de la pendiente.
            Abajo, al fondo de la barranca, al filo del horizonte, había un mar de luces de bengala que se parecía al ojo de Dios, o el centro del universo.
            --Verás entonces lo que nunca has visto –le había dicho el viejo Tomás.
            Y efectivamente Adelaido observaba lo nunca visto. El mar de la existencia. El punto de partida hacia la felicidad, hacia la gloria eterna, acompañado por una dulce melodía de tres notas, como el murmullo o el llanto de un cometa. Sí. Claro que sí. Las tres notas combinadas envolvían a Adelaido. Era el milagro que había profetizado Tomás Alcántara.
            --Verás entonces lo que nunca has visto.
            Adelaido tuvo miedo de acercarse al mar de luces de bengala.
            --Vámonos de aquí –le dijo a Popoca. Y dieron la media vuelta, dejando atrás el filo del horizonte, el ojo de Dios o el centro del universo.
            Habiendo cruzado el puente colgante, de camino a San Sebastián, cerró los ojos, sin detener la marcha. Y notó que flotaba entre las nubes, con su perro Popoca, por encima de las montañas, cerca del calor de Dios...que lo atraía hacia un templo encantado. En el templo había un viejo que le recordó a Tomás Alcántara, el patriarca inmemorial, el que lo sabía todo.
            --¿Por qué no te sumergiste en el mar? –preguntó el viejo.
            --Tuve miedo –respondió Adelaido.
            Adelaido abrió los ojos y descubrió la silueta de Popoca, la misma serranía, las mismas lomas, el mismo valle, el mismo río, y los mismos arroyos de siempre.
            Apresuró el paso y llegó a San Sebastián.
            Ya en su casa encendió la lámpara de petróleo, y se encaminó a su taller. Humedeció el barro e hizo girar el torno. Poco a poco, modeló la vasija. Labró estrellas de muchos tamaños en la superficie curva. Luego encendió el horno. Y esperó, bebiendo un poco de aguardiente y observando a Popoca que dormía a sus pies.
            Sacó la vasija del horno en la madrugada. Quería pintarla con los colores del arcoiris, el planeta, las estrellas, azul cielo, un toque dorado en cada corazón.
            Adelaido se quedó dormido al lado de Popoca.
            Un ángel, de ésos cuyas efigies se ven en las iglesias, apareció en escena y rasgó en dos partes la noche con su espada, para que por ella entraran al sueño de Adelaido las mujeres vírgenes de San Sebastián. Las mujeres danzaron al compás de tres notas combinadas... Daban vueltas y vueltas amarrándolo, y lo arrastraron al filo del horizonte, donde se extendía el mar inmenso de luces de bengala. Adelaido, junto a su fiel perro, contemplaba ora a las mujeres ora al mar, un prodigio esculpido por la mano del Señor. En ese instante, Isis, la beldad más joven, lo tomó de la mano y lo acompañó... Entonces, cambió todo. Cambió la vida, cambió el aire, cambiaron los perfumes de las flores. Adelaido vio un jardín sembrado en una vasija de color azul que se mecía tranquilamente en medio del mar, con estrellas multicolores labradas en la superficie, el ojo de Dios, el centro del universo.
            El hombre recordó las palabras del viejo Tomás Alcántara.
            --El centro del universo –había dicho el patriarca de San Sebastián—descansa donde se ven las luces que parecen la cabellera de una mujer. Pero hay que ir allá. Hay que acercarse al corazón, plantarse en él.
            Adelaido García, sin embargo, tuvo miedo de conocerlo todo. Llegó hasta el borde de la última pendiente y se dio la media vuelta. Tuvo miedo de abrir los ojos y ver las cosas a su alrededor.
            Solo y su alma. Ahí estaba. Popoca había salido al campo, a correr en la mañana, a perseguir conejos y ardillas. Solo y su alma. Ahí estaba.
            La jícara con el agua fría lo hizo revivir.
            --Vayamos a la plaza –se dijo, mientras comía un poco de pan con frijoles. Adelaido esperó que Popoca regresara del paseo y los dos salieron de la casa.
            Era domingo y San Sebastián estaba de fiesta. Artesanos y campesinos ponían sus puestos de venta a la sombra de los árboles. Adelaido acomodaba sus piezas de barro sobre una sábana desplegada en la yerba. Al centro, siempre colocaba la enorme vasija, el universo azul celeste, con múltiples estrellas.
            --La vida es canija –le dijo Adelaido a Popoca, cuando se percató de que era medio día y no había vendido nada.
            A las seis de la tarde recogió sus piezas de alfarería y las metió al costal. Alzó la sábana y la dobló. Se metió al templo y se sentó en una banca.
            Ahí estaba la imagen del hijo de Dios. También, la de la virgen de Guadalupe y el Santo Patrón del pueblo. Se podía rezar, pero quizás no valía la pena. La vida era canija, y todo rodaba, con los años, hacia la zanja profunda, hacia la última morada. La gente luchaba para nada. El barro, el horno y los colores de tierra no sacaban de la pobreza. Para qué orar, para qué solicitar la gracia divina. Esto se había hecho ya muchas veces. Y todo seguía igual.
            Adelaido vio además las figuras que representaban a los ángeles y querubines. Imaginó que sostenían el mundo y lo hacían girar hacia el infinito. Giraban también los ojos de Adelaido García perdidos en una esperanza inalcanzable. Ángeles y querubines descendían y acariciaban su alma sin rozarlo a él. Existía un abismo entre la imagen de santidad que despedían y el artesano Adelaido García, el que tenía miedo de cruzar el horizonte, el que tenía miedo de mirar a su alrededor.
            Salió de la iglesia con el costal a la espalda y Popoca a su lado. Llegó a la esquina y dio vuelta en la calleja que daba a su casa. El viento se revolvía con la tierra, el polvo, se mezclaba con la tristeza y la melancolía. La vida era canija. Sí. La vida era canija.
            De pronto, algo lo detuvo. Había que llevar una ofrenda a San Sebastián, ahora que estaban empezando las fiestas. Sintiéndose como en pleno estado de gracia, regresó a la iglesia. En el atrio, llenó la gran vasija con tierra. Pidió fiada una veladora. Y se metió al templo. Aseguró la veladora en el recipiente azul, y encendió la luz de la lejana esperanza. Se arrimó al altar mayor y solicitó permiso para colocar su ofrenda.
            --Te ofrezco mi trabajo –dijo suspirando Adelaido García a San Sebastián.
            Ya en su casa, Adelaido se recostó en su camastro, cubriéndose con la colchoneta. Popoca se trepó también y se enroscó en una esquina. Silencio. Las imágenes vividas rebotaban dentro de su ser, volviéndose recuerdos o ensueños alentadores. Adelaido respiraba profundamente. Miraba el techo de cartón, de pedazos de madera, de tiras de lámina. Y se veía correr al lado de su madre, de esa madre que se llamaba Antonia, y que no tenía marido. Corría el niño Adelaido hacia los árboles de la plaza, y se trepaba en las ramas, jugaba y disfrutaba de la vida, esa vida de niño que pronto se nos va de las manos.
            --Adelaido –escuchó la voz de Tomás Alcántara--. Te buscan en la iglesia. Ven conmigo, que te conviene.
            Adelaido y Popoca caminaron al lado del viejo patriarca. Tomás Alcántara recitaba un pregón:
            --Hay que acercarse al corazón. Hay que plantarse en él. Hay que acercarse al corazón. Hay que plantarse en él...
            Ante la imagen de San Sebastián, en la iglesia, estaba Isis Wilson, una diseñadora noruega. Tenía interés en el trabajo artesanal de Adelaido. Había casi enloquecido ante la vasija azul celeste, la de estrellas multicolores... La mujer explicó que en Oslo se estaba terminando de construir un hotel con trescientas habitaciones, y necesitaba adquirir ornamentos para las mesas de centro.
            --Su vasija es ideal para el proyecto –dijo Isis Wilson.
            La diseñadora le trajo a la mente la beldad de su sueño.
            Adelaido negoció con la mujer, y su vida mejoró mucho económicamente. Parecía como hundido en la felicidad, los árboles danzaban frente a él, desde la noche en que Isis (Wilson o no) se había cruzado en su sendero.
            Qué locura. El dedo de Dios crea un destello de luz. Uno llega al horizonte, hasta el mismo filo del horizonte, y se llena de miedo. Decide regresar, cruzar el puente colgante, encender una lámpara de petróleo. Tomar el barro, girar el torno, moldear el universo, salpicándolo de estrellas. Pintar con los colores del arcoiris, esperar que el horno se ponga al rojo vivo, beber el aguardiente sagrado... dedicar la ofrenda... aparecer Isis, una mujer de carne y hueso que nace de los sueños y se vuelve realidad... una milagrosa realidad.
            Fabricar el universo con el pie derecho. El barro se convierte en lo que uno quiere, en el  mundo nuestro, que clama el contacto con los cuerpos celestes, las estrellas esculpidas en la superficie lisa.
            Popoca observaba en silencio (en su silencio de perro). Isis, la diseñadora noruega levantaba los brazos triunfalmente. La vasija, obra de Adelaido García, sería también el logotipo o emblema del hotel en Oslo. “Universo Estrellado” se llamaría el hotel. Un recinto para todo el mundo. El primer recinto portador de seis estrellas.
            --Catorce estrellas –dijo Adelaido--. Son catorce estrellas.
            --Claro –comentó Isis Wilson--. Un hotel de catorce estrellas.
            Isis Wilson se iba de visita a la ciudad de México, y regresaría a San Sebastián en una semana. Para entonces tenían que estar las trescientas vasijas. Qué problema. Trescientas vasijas y cuatro mil doscientas estrellas.
            Se despidieron. Isis Wilson se metió a su camper. Adelaido García besó la mano del patriarca, Tomás Alcántara, y se perdió en la oscuridad, seguido de Popoca. La luz volvió a caer detrás del horizonte. Venía de las galaxias, y era un destello que parecía una cascada. Sí. Una cascada prodigiosa, como la larga cabellera de una hermosa mujer.
            Había que ir allá. Había que ir allá.
            Al acercarse a su casa, Adelaido notó algo extraño. Una luz tintineaba cerca de la puerta. Una familia de luciérnagas sobrevolaba, suspendida como a dos metros del suelo...
            Popoca se acercó corriendo y encontró una vasija idéntica a la que Adelaido había ofrecido a San Sebastián en la iglesia. Pero, ¿quién la había hecho? ¿Y qué es lo que había dentro? Adelaido se asomó: un pequeño mar de luces de bengala... En el silencio de la noche escuchó Adelaido otra vez la melodía de tres notas combinadas. Y vio a las mujeres vírgenes que danzaban…detrás de su casa. Isis estaba entre ellas...
            Las mujeres se perdieron en el bosque, dejando atrás un círculo de flores dibujado en el suelo, en la tierra, que cercaba tres vasijas de color azul celeste salpicadas de estrellas.
            --¿Qué está pasando, Popoca? –murmuró el artesano.
            Entró a la casa. Había flores por todos lados, y se respiraba un perfume embriagador. Enseguida, se dirigió a su taller. El torno, el barro y el horno habían desaparecido. En su lugar se alzaba un pedestal con figuras extrañas.
            --¿Qué está pasando, Popoca? –murmuró.
            Adelaido García se echó el sarape al hombro y salió, junto a Popoca, camino al horizonte. Al cruzar el puente colgante notó que la corriente del río estaba más tranquila.
            Subiendo la última pendiente, ya casi al filo del horizonte, una voz lo detuvo:
            --¿A dónde vas? –Era el viejo Tomás Alcántara, que vestía una bata plateada.
            --Quiero llegarme al mar de las luciérnagas –dijo Adelaido.
            --Tú eres un hombre arriesgado, después de todo –comentó el viejo patriarca, desapareciendo entre los árboles.
            Descendieron. Caminaron cerca de dos horas hasta que la vista del mar los sorprendió.
            Había en el centro un inmenso disco metálico, que emanaba luz por todos lados, un extraño aparato apoyado en cuatro columnas.
            Se escuchó la música de las tres notas y se abrió una escotilla, de donde salieron treinta esferas de plástico que semejaban pompas de jabón. Las esferas rebotaban en el suelo, transformándose en mujeres transparentes, las vírgenes de San Sebastián. Una de ellas se acercó a Adelaido García.
            --¿Quién eres tú? –preguntó asustado Adelaido.
            --Isis. Soy Isis, líder de la compañía.
               La exuberancia de Isis envolvió a Adelaido, y lo hizo sentir como el único hombre del universo. El escenario se trastocó en jardín. ¿El jardín del Edén? Un jardín con flores y perfumes. Un jardín con árboles de todos tipos, y con un alto manzano al centro. Popoca, el perro fiel, se convirtió en ángel guardián. Y una de las mujeres transparentes se colocó la máscara de la serpiente.
            Adelaido e Isis se amaron en el sueño, ensueño o realidad. Él le regalaba mil caricias y recibía besos y abrazos también. Intenso placer.
            Adelaido, Popoca, Isis y todas las mujeres transparentes se deslizaron a través de la escotilla. El milagro creció en la vitrina: había más de mil vasijas de color azul celeste. Cada una adornada con catorce estrellas multicolores.
            --¿Qué está pasando aquí? –dijo Adelaido García.
            Isis tomó la palabra. Ella y el resto de las mujeres transparentes venían de Katara, un planeta lejano. Querían promover su cultura, su transparencia. La vasija les recordaba a su Dios, el mismo Dios que se añoraba en la Tierra. Las estrellas representaban sus corazones.
            Y sí. Era cierto. Dentro del cuerpo transparente de cada mujer había una pequeña estrella donde se guardaba la vida, el centro de la existencia.
            --Y sabes… –dijo Isis--. Esas estrellas que ves en el cielo son el reflejo de los corazones de millones de nuestras mujeres que ya no existen.
            --¿Y hay hombres en Katara? –preguntó Adelaido.
            --Uno solo –dijo Isis--. Uno solo. No necesitamos más.
            --¿Y qué hacen para procrear? –inquirió Adelaido García, sonrojándose.
            --En Katara sólo se conciben mujeres.
            En la madrugada, las mujeres transparentes se repartieron las vasijas, mientras una burbuja de aire cálido las transportaba hacia la casa del artesano. Popoca y Adelaido estaban deleitados escuchando los detalles de la historia de Isis, acompañados por la música de las tres notas.
            Pasado un rato, Adelaido se despidió. Subió, seguido por su fiel Popoca, por una de las paredes del agujero en el que se encontraba, y una vez que llegó arriba dejó que regresaran a él los recuerdos de su infancia. Adelaido se vio en la escuela del pueblo. La maestra dibujaba en el pizarrón la Tierra, la luna, y los planetas conocidos. Pero Katara no formaba parte de los planetas, era una ilusión, una fantasía. La maestra insistía en dibujar solamente los planetas que el hombre conocía. Sus ojos tenían limitaciones.
            Quiso dormir una hora, pero le resultó imposible. Prefirió ir hasta el río a darse un chapuzón con el agua fría. Muchos rostros conocidos se le aparecieron en el agua, rostros de amigos, mamá Antonia, las vírgenes de San Sebastián, la diseñadora Isis Wilson, el patriarca Tomás Alcántara, las mujeres transparentes de Katara…Adelaido nadaba en su fantasía, la ficción y el ensueño que se alojaban sin querer en la realidad.
            Se secó, se vistió, y regresó a su casa, seguido por Popoca.
            Sin tomar un respiro siquiera, Adelaido guardó veinte vasijas en dos costales cuando llegó a casa, y volvió a salir camino al centro de San Sebastián. Cerca de la iglesia aguardaba estacionado el camper de Isis Wilson.
            --Señorita Wilson. Señorita Wilson – llamó Adelaido.
            Isis se quedó pasmada. Frente a ella, descansaban veinte vasijas que habían sido moldeadas de la noche a la mañana. Qué energía y qué talento tenía el artesano. Iris se sintió además muy satisfecha al saber que el resto del pedido estaría listo al día siguiente.
            Mientras Isis Wilson examinaba las vasijas meticulosamente, Adelaido aprovechó para entrecerrar los ojos y recordó que alguna vez su madre le susurró que él había sido concebido por la acción de un espíritu casi santo. ¿Un espíritu casi santo? ¿Un espíritu casi santo como aquellos de Katara? No. Esto era una locura. Locura de artesano. Locura de soñador. Locura de ensoñador. Locura, en fin.
            En otra ocasión su madre le dijo que él (Adelaido) tenía una estrella en el corazón. Lo cual era cierto, porque a Adelaido siempre le había gustado observar el cielo nocturno.
            --Oiga –dijo la señorita Wilson--. Entonces ya no tendré que regresar a San Sebastián.
            --No –dijo Adelaido. Entonces vio escondido detrás de un árbol a Tomás Alcántara--. Mañana se lleva usted sus trescientas vasijas.
            Adelaido regresó a la iglesia y pagó la veladora que le habían fiado. Luego depositó en la urna una buena limosna. Dio gracias a Dios y a los cielos... Y se fue, acompañado por su perro, a conseguir una carreta para transportar las imágenes del dios de Katara, imágenes salpicadas de corazones.
            Adelaido arrastró entusiasmado la carreta hasta su casa, dejando a Popoca interactuar libremente con el armatoste por unos minutos. El hombre disfrutaba el juego y sonreía…Popoca apareció en la vida de Adelaido un día cualquiera…cuando regresaba cargado de barro de las cuevas del cerro de San Miguel. Pasando por la Barranca de los Vientos, escuchó un gemido. Buscó entre las plantas y las hojas secas, y encontró al pequeño ser. Era un diminuto perro que temblaba de frío. Estaba mojado, triste y lleno de lodo... Adelaido lo cargó y rápidamente lo metió en su camisa, para que sintiera el calor de su cuerpo. Al llegar a casa se esmeró preparándole alimentos. Incluso salió a indagar por un poco de leche en las moradas vecinas. Fue la misma tarde en que Josefina, el amor de su vida, abandonó el pueblo para irse a vivir a la gran ciudad. Qué tristeza. Josefina había sido contratada en una fábrica de muebles situada en la avenida Chimalpopoca... Se iba Josefina, la que amó a Adelaido tantas veces. Allá, en el viejo molino... El primer nombre del cachorro fue Centavo, porque el animal era como una pequeña limosna divina. Después, Adelaido García le cambió el nombre, a raíz de una visita que hiciera a la biblioteca de San Sebastián.
            Pues en ese tiempo, Josefina se había ido a la fábrica de Chimalpopoca, y un gran dolor inundaba el alma de Adelaido. El hombre no dormía. Apenas, comía. Caminaba siempre con la cabeza gacha. Chimalpopoca. La palabra, la misteriosa palabra, retumbaba en sus adentros. Chimalpopoca.
            El día en que visitó la biblioteca Adelaido experimentó un ferviente deseo de observar algunas ilustraciones de alfarería prehispánica. La bibliotecaria lo acomodó en una mesa un tanto solitaria y le suministró dos hermosos ejemplares sobre el tema.
            --¿Sabe usted leer? –le preguntó la bibliotecaria, una señora de cabellos canos.
            --Sí. Sí sé leer –respondió Adelaido García.
            --Pues, mire –dijo la dama--. En este diccionario encuentra usted de todo. Y todo está ordenado alfabéticamente.
            Adelaido vio las piezas de alfarería, e hizo algunos dibujos en una hoja de papel. Y ya se iba, cuando la palabra Chimalpopoca apareció en su mente. Buscó entonces su significado en las páginas del libro. En la número 610 encontró lo siguiente: Tercer señor de México. Su nombre significaba Escudo Humeante, o Resplandeciente. Nombre solar, que alude a la irradiación del astro. Reinó de 1416 a 1428, y se empeñó en acabar con la tiranía de Tezozómoc, rey de Azcapotzalco, de quien era nieto. Fue asesinado por orden de Tezozómoc o del hijo de éste... Más adelante Adelaido se enteró de la existencia del Códice Chimalpopoca, un manuscrito redactado en el siglo XVI, que resumía anales, leyendas, poemas, y otros datos antiguos de los reinos de Colhuacán... Hubo además un Faustino Chimalpopoca Galicia, muerto en 1877, profesor del idioma náhuatl, que fue autor, entre otras cosas, de El Centavo De Nuestra Señora de Guadalupe, folleto publicado en 1869, editado con el propósito de alentar la suscripción popular, para incrementar, centavo a centavo, el culto dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe... Y ahí fue donde decidió cambiarle el nombre al perro. Había que conservar el recuerdo de la bella Josefina, y el perro (el pequeño perro) valía más que el Centavo recolectado diariamente para el culto de Nuestra Señora de Guadalupe. Además, al animal le encantaba la irradiación solar, lo cual lo emparentaba en cierta medida con el Tercer señor de México.
            --Desde hoy se llamará Popoca –decidió Adelaido.
            Llegaron Adelaido y Popoca a su casa. Colocaron las vasijas en la carreta. Cocinaron un poco de carne de conejo y comieron en silencio.
            Entrada la noche, Isis, líder de la compañía de mujeres transparentes, junto a otras tres beldades, se apareció en la casa de Adelaido. Llevaba consigo una botella de vino amarillo, bebida que había traído consigo de su lejano planeta. Sirvieron el vino en los vasos, y todos, hasta Popoca, disfrutaron del líquido dorado. Adelaido García sintió que sus pulmones se ensanchaban. La vida se colaba en él.
            Un rato más tarde, Isis comunicó que era hora de surcar los vientos. Al escuchar el llamado de su líder, una de las mujeres transparentes desdobló su alma o su espíritu, cubriéndolos a todos, incluso al pequeño can. La transformación ocurrió en breves segundos. Adelaido cerró los ojos y cuando los abrió estaba meciéndose dentro de la esfera.
            Desde el aire, el hombre vio su casa, los árboles, el pueblo de San Sebastián, gotitas de rocío que parpadeaban, las montañas, el paisaje majestuoso...estrellas, corazones de mujeres transparentes que habían dejado de existir, rostros desconocidos, quizá de las primeras pobladoras del planeta Katara.
            Pasaban cometas, pequeñas rocas celestes, polvo brillante, cascada de plata y oro. El espectáculo era impresionante. La gran burbuja volaba a toda velocidad. Adelaido observaba el espacio a través de las paredes transparentes. Le gustaba la burbuja, receptáculo divino. Sin darse cuenta, llegaron a la luna. Sí. Llegaron a la luna...Conocieron su parte oculta. Desde allí, contemplaron el pequeño modelo de la madre Tierra.
            --¿Desde allá venimos? –preguntó Adelaido.
            --Y hacia allá vamos de regreso –dijo Isis.
            Para entonces, las dos mujeres transparentes y el perro dormitaban. Y las almas de Isis y Adelaido pudieron acercarse una vez más.
            --Te amo –le dijo Isis, mientras la estrella de su corazón cambiaba de tonalidad.
            --Yo también –le declaró Adelaido--. Yo también te amo. Pero tengo miedo de mi pasión por ti…A lo mejor, mañana te escapas nuevamente.
            --Nunca nos separaremos –dijo Isis, entregándose a Adelaido plenamente.
            --¿Qué habrá querido decir Isis? –se preguntó Adelaido García.
            Hicieron el amor surcando el firmamento mientras los demás dormían…Conocían sus intimidades, se hacían promesas... Se habían convertido en una sola persona y trataban de esclarecer las grandes interrogantes de la vida.
            --Si hay que partir, ¿por qué no te vienes con nosotras? –le preguntó Isis.
            Se acercaban a la Tierra, al continente americano, al pueblo de San Sebastián, a la casa de Adelaido... Descendieron de la gran burbuja que enseguida se transformó en una mujer transparente.
            Isis y sus tres acompañantes volaron hacia el filo del horizonte, donde se encontraba el mar de luces de bengala... Popoca y Adelaido las vieron marchar.
            El hombre y su perro comieron algo, quizá alguna sobra del conejo, y se recostaron en el camastro. En la mente de Adelaido García se acrecentaba el amor. Crecía hasta convertirse en un gigante, un gigante cuya nariz rozaba la parte oculta de la luna, el cuerpo celeste que visitara durante su noche de pasión.
            Lo venció el sueño poco a poco. Había que recuperar fuerzas porque al día siguiente Adelaido debía conducir la carreta repleta de vasijas azules hacia el corazón de San Sebastián... El alma de Adelaido se llenaba de tranquilidad, de la paz proveniente de una noche encantada...
            Cuando el gallo cantó, Adelaido ya tenía preparado el cargamento. Entonces recorrió con la vista los rincones del techo, y sus ojos encontraron una frase escrita en un viejo pedazo de madera: “Poniendo la mano sobre el corazón.” Adelaido descubrió magia en las palabras.
            --Lo hice yo –dijo Isis, la mujer transparente, desde una esquina de la habitación.
            Adelaido García se restregó los ojos.
            Isis habló. Dijo que Katara quería decir “Poniendo la mano sobre el corazón”.  A Adelaido le vino a la cabeza una canción que le había escuchado a Josefina, la mujer que se fue a la gran ciudad, contratada para trabajar en una fábrica de la calle de Chimalpopoca.
            --Sabes una cosa… –dijo Adelaido García--. Conozco una canción que tiene una frase similar, melodiosa y serena. La escribió un poeta mexicano.
            Aunque le dolía el corazón por la nostalgia, Adelaido le habló de Josefina. La comparó con las flores silvestres, con los colores de la naturaleza, con los perfumes inalcanzables. Josefina era la suma de todos los placeres que emanaban de Dios.
--Era la luz –dijo en voz alta Adelaido García--. Era el calor que necesitaba en ese entonces.
            Adelaido cerró los ojos con desesperación, y pudo reconstruir la bella imagen de Josefina abriendo la puerta de su taller, con una canastilla llena de flores blancas. Mientras Adelaido moldeaba las piezas de un candelabro, Josefina le cantaba, con dulzura, al oído:

 Poniendo la mano sobre el corazón
quisiera decirte al compás de un son
Que tú eres mi vida,
que no quiero a nadie
que respiro el aire,
que respiro el aire,
que respiras tú...

            Adelaido le correspondía:         
            --Amor de mis amores, Josefina mía, necesito de tu aliento para seguir adelante.
            Josefina le soplaba en el cuello, en las mejillas, en los ojos, en la frente. Luego, lo abrazaba y lo besaba.
Adelaido aclaró que aquella era una historia del pasado. Isis, en cambio, llenaba su vida en el presente.    
            --Yo puedo ser tu Josefina –dijo Isis.
            --Tú eres Isis –musitó Adelaido García--. Tú eres Isis, el nuevo amor de mi vida, y vienes de Katara, poniendo la mano sobre el corazón.
            En ese instante, Popoca se despertó, e Isis se transformó en una burbuja que ascendió con rapidez hacia el filo del horizonte.
            Adelaido salió de la casa arrastrando la carreta cargada de vasijas azules salpicadas de estrellas multicolores. Las fiestas de San Sebastián estaban comenzando. Cohetes, cornetas, serpentinas. Huevos rellenos de harina se estrellaban en la cabeza de la gente. Confeti. Golosinas, antojitos, mujeres, hombres, viejos, niños saltarines, llenos de vida.
            --¿Por qué escribiría Isis esa frase en la madera? –se preguntaba Adelaido mientras caminaba hacia el centro de la plaza de San Sebastián.
            --Yo te lo puedo decir –dijo el viejo Tomás Alcántara, interrumpiéndole el paso--. Las guerras nos hunden, nos alejan de la verdad. Matamos porque matar es una industria. Estamos cerca del infierno. Casi no hay remedio. Pero si descubrimos en el cielo o en nuestro pecho una estrella, un corazón, las cosas pueden cambiar... Pongamos entonces la mano sobre el corazón...
El patriarca, el hombre más viejo de San Sebastián, levantó la voz, para que todos pudieran oír. Sus palabras, cargadas de sabiduría y bondad parecían salir de un alma que lo había observado todo.
            --¿Y saben una cosa? Soy un hombre transparente –dijo al final.
            Adelaido García pensó que el viejo Tomás Alcántara (el patriarca) estaba perdiendo la razón. Atreverse a hablar de transparencia... Eso sí que era un atrevimiento. Hum, la transparencia le pertenecía a Isis,  sólo a ella.

     
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)