Saturday, August 11, 2012

LLANTO DE NARCISO

Liliam Domínguez: Mecedora, C-Print
http://www.liliamdominguez.com./


Por José Manuel Domínguez

A María Elena Diardes


‒Así es la vida ‒dijo McDunn‒. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.
                                                                                     Ray Bradbury, La sirena


Iván está de vuelta. Tras el silencio de sus padres se puso de pie sin decir nada y vino a mirar por la ventana de la habitación que alguna vez fuera la suya. Vino a llorar con la cabeza colgada en el vacío, a dejar que las lágrimas queden suspendidas por instantes en el aire; a que el viento díscolo juegue con ellas y luego las deje perderse una a una en el vapor de la avenida. Iván va a descubrir que más allá del dolor, de ese taladro  incandescente que está quebrantándolo, está a punto de comenzar a contemplarse a sí mismo. Dentro de un instante un fantasma conocido podría aparecer ante él: el fantasma de los momentos concientes que lo agobia y que lo hace manotear en el aire recordándole lo bien que se ve mientras llora. Ahora levanta la cabeza para volver a mirar  hacia el mar oscuro, y las cortinas de las ventanas parecen velos de novia volando con el viento. Está sin camisa, inmóvil, y no entra nadie a la habitación del apartamento del piso noveno. Su figura de espaldas recuerda la de una foto tomada por uno de sus amigos al final de la adolescencia en unos arrecifes. Sobre las rocas, también sin camisa, miraba al mar. Pero aquella foto es en blanco y negro, en gris. Todo es gris porque lloviznaba; el típico día de la temporada de huracanes en la isla y la espuma de las olas vuela en el aire con el viento.  Ahora no, ahora es de noche, es abril y han pasado los años pero allí está la misma figura enmarcada por una ventana. Ya no es un adolescente, sino un hombre de espaldas, absorto en el reflejo de las luces de la avenida sobre el mar.
Él sabe que las peores noticias llegan siempre de noche, resbalándose por su vida silenciosamente, como si pudieran suceder sin que él fuera a reconocerlas, como si pudieran traspasarlo y seguir su curso incógnito, avergonzadas de no estar a la altura de las circunstancias. Cuando llega una de esas noticias devastadoras, a Iván le dan deseos de saltar en el agua del río donde se bañaban Yipsi y él, cuando eran casi adolescentes. Pero esta vez, la noticia tuvo que ver con ella. Iván no quiere acordarse de ese río pero un flashazo le pasa por la mente; una chispa inesperada de electricidad que activa lugares y momentos de la memoria y hace que los recuerdos aparezcan al azar, siguiendo su propia lógica: de la línea del horizonte que ha borrado la noche, surge un barco tanquero, y tras el tanquero una barca con una linterna en la proa: “El dulce abismo”, el fondo oscuro de la noche, la luz de un quinqué en el fondo, que cuelga de un horcón en la casa de ella, una casa vieja, con dibujos polvorientos de hojas y árboles que empapelan una pared de su cuarto.
El polvo los ha ido cubriendo por años y entre ellos está el de un barco, que es el único que Yipsi no ha dibujado. Es un regalo de él, de cuando eran niños, y descansa en una esquina de todo aquel bosque fantástico. Al dibujo de Iván, Yipsi le añadió un avión y una barca más pequeña y siempre regresa a él para restaurarlo cada vez que viene de visita a la casa de sus padres, porque es uno de los pocos recuerdos que le quedan de Iván, del Iván de aquellos años de la niñez, porque se fue hace ya tiempo y ahora casi no escribe, no envía fotos, nada. Es difícil haberlo tenido tan cerca, haberlo abrazado y besado cuantas veces se le antojara, haberlo curado de amores y borracheras, haberlo retratado en todas las formas posibles y a todas horas y ahora no tenerlo más. Iván no lo sabe o no lo siente. Yipsi no sabe cómo curarse sola, no tiene adónde correr ni a quién llamar. Ya no tiene el cuerpo del amigo que ha deseado en silencio, su modelo, ese Narciso preferido a todos los Narcisos inmaduros que ha deseado y tenido; todos menos él. Está a punto de terminar su último cuadro, un Narciso con la figura de Iván, atraído hacia el agua no por su propia figura sino por un jacinto carnívoro tropical que lo observa aburrido, esperando a que caiga para engullirlo.
             Al dibujo que le dejó el Iván niño, le siguieron muchos objetos, algunas notas en la puerta, libros dedicados y un farol de barro cocido que Iván le regaló por uno de sus cumpleaños, pero ella siempre vuelve a aquel dibujo. Al principio siguió los trazos y los colores originales, pero ahora es casi otro dibujo. Para salvarlo de que el tiempo lo destruyera, el original restaurado se ha ido convirtiendo en otra pieza de la naturaleza muerta de Yipsy. Algunas hojas tímidas van adornando la firma de Iván, y dan origen a las guías de una enredadera musgosa que acabará por atrapar al barco antes de que el tiempo y la humedad despeguen el dibujo de la pared. Por los bordes, otras hojas y ramas comienzan a caer desde los dibujos vecinos, lamiendo las orillas de la hoja de papel como la marea alta va lamiendo las arenas de las dunas hasta inundarlo todo. Sin embargo, ni toda la fuerza de la selva, ni los intentos salvadores de Yipsi van a impedir que un día el barco se vaya al fondo después de que el tiempo lo haya agujereado, y que de ese espacio en blanco en la pared nazca una ventana en una habitación vacía que da al mar frente a la cual flota el fantasma que Iván descubre en la contemplación de sus propios pensamientos, en la manía torturadora de sí mismo que lo hace intervenir en la secuencia de sus recuerdos para que todo sea perfecto, para que todo se cierre como un círculo porque así creía él que era la vida. Ahora, parado en la ventana,  se da cuenta de que en muchos años no ha vuelto a revisar esa creencia y de que hay muchas historias que se le han quedado sin cerrar.
‒No, no nos iremos lejos ‒decían Yipsi y él cuando planeaban algo, pero los padres sabían que era muy difícil mantenerlos bajo techo cuando había tanto campo afuera para correr, tantos senderos seguros que iban de un lado al otro de los hoteles, la piscina, las tiendas, el parqueo. Luego, más allá, estaban los senderos desconocidos, los que invitaban, los senderos que se alejaban del área y llevaban hacia otros caminos que se perdían en las montañas y que sólo la gente del lugar sabían adónde iban a parar. La mirada de Fermín, el padre de Yipsi, y la del padre de Iván habían cambiado. Sabían que los hijos estaban creciendo y el mundo se iba dilatando para ellos, hasta comenzar a rozar esas historias de lugares maravillosos que había por allí y que hasta entonces los niños sólo conocían de oídas: las cascadas, las pocetas de aguas cristalinas, los manantiales borboteantes al borde del camino, y por supuesto, el pequeño río que corría por debajo de una montaña y que en su camino se encontraba con lugares donde la montaña se interrumpía y entraba la luz del sol a raudales. Al fin, el río se liberaba completamente de la protección de la montaña y dejaba de ser subterráneo para correr a cielo abierto. En esos lugares donde la cueva se abría al cielo, aparecían sobre las rocas y  las paredes unos minúsculos paraísos, unos oasis de tierra blanda, en medio de un paisaje de piedra y agua, donde crecían matas de plátano espigadas, apuntando con descaro al mínimo cielo. Con el paso de los años, los helechos de las paredes y las espigas de mariposas blancas a la entrada convirtieron la gruta en una oda a la humedad, a la oscura femineidad de la tierra ante los ojos fascinados de Iván.
Ese lugar era ya una referencia gastada de sus padres y de los guajiros que pasaban por allí cargando una caja de cartón en las parrillas de las bicicletas, o unas alforjas a lomo de mulo. De esas cajas y alforjas a veces salían frutas, o paquetes de café sin tostar, o la cabeza de un pollo cautivo con cara de drogadicto que tenía las patas amarradas y que a Iván y a Yipsi les daba tanta pena que en más de una ocasión planearon que uno entretuviera al guajiro mientras el otro le soltaba el lazo de las patas al pollo. Sin embargo, nunca llegaron a hacerlo. Una tarde, Quintana, el guajiro favorito de los niños, de labios finos y voz aflautada, el único guajiro que habían conocido que usara espejuelos montados al aire, les mostró unos platanitos maduros, diciendo que eran de ese lugar con el que ya Yipsi e Iván soñaban: la cueva de La Batata. Iván inhaló profundamente el aire tratando de sentir el olor de Quintana, su transpiración, el olor a jabón de su ropa, el olor de la fibra de yarey del sombrero, como si los olores de alguien que había estado allí pudieran ayudarlo a transportarse al lugar. Entonces se dijo: “Quintana viene de allí”, y se quedó en silencio para ver si podía sentir el rumor del río.
El campesino, en el que Iván nunca se había fijado detenidamente, se transformó en un ser revelado, y cada surco de su cara se convirtió en un camino entrañable para él. Iván miró los árboles a la espalda de Quintana, un carro de turismo que pasaba y la cara de Orange, el dulcero del pueblo que entró con su camisa de cuadros azules por una esquina en el segundo plano de su visión. Los arbolitos plásticos de su granja de juguete, su modelo en miniatura de un Ford 1924 y los dibujos de la pared del cuarto de Yipsi pasaron de largo ante sus ojos, a la misma velocidad que la sonrisa del dulcero desaparecía de su rostro al darse cuenta de que Iván lo veía pero no lo miraba. Yipsi le dijo adiós y Orange volvió a sonreír, pero Iván estaba absorto. El mundo había crecido de golpe.
Iván se fijó por primera vez  con detenimiento en la marca de los espejuelitos de Quintana, “Sakuda”, y el dibujo de surcos en el metal de las patas alrededor de la marca. Los cristales brillaron con un brillo que no era blanco, sino dorado claro, y vio de refilón la cadena que colgaba de su cuello asomando entre vellos canosos y el tabaco torcido que emergía del bolsillo de su camisa.
‒Quintana, ¿qué quiere decir Sakuda?
Yipsi rió.
‒No sé, mijo. Está en japonés.
Yipsi volvió a reír.
‒Y La Batata, ¿qué quiere decir?
‒No sé. Es el nombre de una cueva de donde sale un río que corre por entre las lomas. Si caminas hasta el fondo de la cueva, sales a cielo abierto otra vez, como si fuera un túnel, no muy largo, y allí hay unas matas de plátano silvestres. Los turistas que han comido de ellos dicen que son los mejores del mundo entero. ¿Me entiendes? Los mejores de todo el mundo. Niños, ¿ustedes se figuran lo que eso quiere decir?
‒Quintana, ¿usted conoce algún turista japonés?
‒No, ¿por qué, mi’jo?
‒¿Y entonces de dónde se sacó esos espejuelitos?
‒¡Ah! Mi hija vive allá.
Yipsi preguntó:
‒¿Dónde queda eso?
‒¿Qué? ¿Japón?
Yipsi lo miró tapándose la boca para aguantar la carcajada.
‒¡No! La Batata, la cueva esa de la que usted habla.
‒Ah, miren, en el tope de esa montaña hay una casita vieja. Si cogen por la veredita esa sin desviarse, van a desembocar en un claro y en medio de ese clarito está el bohío del que les hablo. Si cruzan el solar que lo circunda, se van a encontrar un camino que baja. Es un trillo, no hay salida a ninguna otra parte… ese camino por donde van a agarrar que desemboca en ese llanito, y el trillo que está del otro lado del bohío, claro está. Si agarran por ese trillo pa’bajo, allí mismo un poquito más alante van a ver el río. Siguen por ahí derechito y enseguidita van a ver la cueva. Pero díganles a sus padres. Ellos saben donde está y ustedes solos no pueden ir, ¿eh?
 ‒Caminar entre los árboles, el tope de la montaña, una casita vieja, cruzar el terrenito, buscar el trillo, bajar. Iván, que no se te olvide.
‒Al final del camino está la salida, un trillo entre la hierba, no hay pérdida, ¿verdad que no?
‒No ‒dijo Quintana‒. Todo lo demás es abismo y matorrales.




                II
El llanto de los últimos años ha ido madurando. Se ha convertido en algo que ha adquirido vida propia e Iván no sabe cómo recuperarlo. Es algo que ocurrió lentamente, cuando creyó que madurar significaba reprimir emociones y su vida se dividió en varios trenes descarrilados que con el tiempo han ido encontrando rutas propias y desconocidas. Entre esas rutas Iván se va moviendo sin saber cuál lo va a llevar al encuentro de lo que al final de la vida se debe encontrar.
‒¿Y qué es lo que se debe encontrar al final de la vida? ‒le preguntó Iván al padre Carlos Manuel en su oficina de la arquidiócesis bajo la mirada perdida del retrato original de Martí que Iván había visto en sus libros de lectura de tercer grado.
‒Ah, eso es algo que sabremos el día del Juicio Final, a la hora del té.
Iván recuerda haberse volteado a mirar la cara del sacerdote y haber visto en su rostro la expresión de alguien que parecía haber asistido a muchos juicios finales y haberse tomado el té a muchas horas diferentes. ¿Era sólo su rostro o aquel hombre sabía de verdad de qué estaba hablando? Martí, severo, miraba hacia delante con su traje oscuro y desde la eternidad sonreía. Tal vez hubiera preferido un gin tonic a la taza de té, pero ni modo, el juicio final es el juicio final.
Iván pasa revista en su mente a aquellos intercambios retóricos con el sacerdote gracias a los cuales creía estar graduándose de algo. Ahora se pregunta cómo una frase tan vaga, pudo haberle dado paz alguna vez, cómo pudo repetirla a los amigos en momentos en que alguna pregunta de la adolescencia se quedaba como una nube, flotando en el aire sin respuesta.
Después de haber perdido el control sobre las más pequeñas propiedades, sobre el mínimo patrimonio de emociones que traemos al llegar y sobre el que se construye el monumento de nuestra vida, Iván ha aprendido que sólo le queda dejarse llevar. Al igual que él, su llanto se deja llevar, se deja ir. Iván piensa en eso, en su propio llanto que es tan ajeno a él como el hombre que cruza la avenida y se acerca al muro.
Contempla:
“Hay otras vidas fuera, hay tantas vidas que no nos pertenecen, que nadie sabe cuánto van a durar y que transcurren ajenas a la nuestra, serenas en la ignorancia de que otras vidas existen al lado nuestro, se bañan en ese mismo mar, se van. Se van y no dejan nada o casi nada que uno pueda recordar.”
Así ha aprendido Iván a contemplar las lágrimas que se van, esperando que algún día le hablen, se sienten con él, lo besen y despierten el deseo de amar otra vez. Hay que dejarse llevar. Y eso es lo que hace. Deja que el aire le lleve los pensamientos, el pelo, los sollozos, todas las cosas que no tiene con quién compartir, a quién dejar, todo lo que no tiene un lugar para descansar en aquella habitación vacía. Tal vez sea sólo cuestión de esperar. Sí, esperar el día señalado, a la hora del té y mientras tanto, contemplar. Contemplar a los otros, lo que otros contemplan, contemplarse a sí mismo mientras contempla el mar oscuro de noche y pensar en el regreso. Si la cabeza pudiera vaciarse, si la mesa de noche con las gavetas vacías pudiera volver a vaciarse, si la cama pudiera desaparecer, y si el tráfico se detuviera y todo quedara en silencio, oscuro, bien oscuro, si un apagón borrara la Habana una vez más en este momento y Yipsi apareciera en su cuarto, tirándolo todo por donde quiera, criticando su desorden, impregnándolo todo de su olor y su risa, prendiendo inciensos y fregando las tazas para prepararle un té de lilas que le han traído sus amigos budistas directamente de las laderas del Monte Kailash.
‒¿Y de cuándo acá en el Tíbet hay lilas, Yipsi?
‒¿Qué sabes tú de lo que hay y de lo que no hay en el Tíbet, Naricita? ¿Con quién te crees que estás hablando, con una de esas snobistas amigas tuyas que creen que Gelsomina es un producto para el pelo?
‒No, con alguien que no ha visto el Tíbet ni en fotografías.
‒Lo he visto. En fotografías, en los ojos de mis amigos que vienen de allí y en mis viajes astrales, para que lo sepas. Por desgracia, yo sé que ninguna de esas visiones vale nada para alguien instruido en la doctrina materialista del marxismo.
‒Si quieres que te diga la verdad, aunque me hubiera instruido en la psicotrónica de los mayas, dudaría mucho de tus viajes astrales y de lo que se ve en los ojos de tus amigos budistas porque no se sabe quién está más alucinado, si tú o ellos.
‒Dudar no es descartar, Iván, mucho menos descalificar. Aunque en medio del absurdo épico de tus cargas al machete y tu fanfarronería machista todo se pueda pasar por una orden de a degüello. Iván, si las fotos y mis sueños, si mi imaginación o mis visiones, si los ojos de mis amigos no fueran suficientes, ¿quién te dijo que hay que estar en algún lugar para saber lo que hay allí?
‒La desinformación enemiga.
‒¿Cuál de las dos, la interna o la externa? Porque hay enemigos por todas partes y dependiendo de donde vengan, la naturaleza de la desinformación varía.
‒Las dos. Entre las dos el individuo va conformando un discurso alternativo que termina por distorsionar considerablemente la realidad.
‒Gracias ‒dijo Yipsi‒. Esa desinformación, que como tú dices distorsiona la realidad, es la que te ha hecho creer que no hay lilas en el Tíbet, pero sí las hay, y hay muchas más cosas que no puedes ni imaginar porque los límites de tu insularidad cautiva, no te dejan creer en otra cosa que en escombros.
‒Te estás poniendo muy densa.
‒Muy bien. Siéntate y después de probarlo, me dices si hay o no hay lilas en el Tíbet.
‒De acuerdo.
‒Te has vuelto más ordinario que un Kiko*, pero cuando pruebes el té, florecerás otra vez, mayá drusiá. Un té de lilas tiene poder para que la vida recobre su perfume y su vigor para ti.
Ah, Yipsi. Si todo el deseo de ser feliz se pudiera cambiar por tu voz llamando desde abajo para que yo te tire la llave de la puerta... Pero no hace falta decirlo, Yipsi no vendrá. Y entonces, ¿por qué lo digo? ¿Por qué lo pienso? ¿Para qué decir que no hace falta decirlo y repetirlo otra vez?
Por eso mismo, porque el llanto ya no es suyo, y se puede hablar con todo, con las preguntas de uno mismo y hasta con los fantasmas. Si no contestan, uno puede manotear en el aire y partirlos en dos o en tres, o en mil pedazos, en una nube de copos de nieve que se derretirán al toque de su mano ardiendo. Uno puede hacer lo que quiera. Un día los fantasmas hablan, otro día no. El mar oscuro de noche es lo único inmutable en estas noches de verano que caen sobre los trópicos como una gran lona ardiendo...

*Se refiere a un tipo de zapato plástico poco atractivo y muy incómodo que se fabricara en Cuba durante los 70s.


José Manuel Domínguez es director de teatro, poeta y narrador. Estudió dirección y actuación en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Se estableció en Miami, Florida, en el año 2000. Le acompañan en su vida dos mujeres extraordinarias: su esposa Marángeli y su mamá Loli, así como su perro Sombra.

Wednesday, August 8, 2012

NARA DECOR




Por Nara Mansur

de su poemario Un ejercicio al aire libre (2004)

 

Quiero hablar de las usurpaciones
de los artilugios
de lo importante y lo accesorio
tierra árida por donde camino, tu vientre quizás
tan liso y tan blanco, pequeñas marcas en las piel
quizá Flogar o Fin de Siglo
de cumpleaños los pájaros salidos de la jaula.
Mi inconsciente libertad, mi bata correspondiente
flores, deshechos, panes y peces
artilugio al fin: soy lo accesorio y lo importante.
Esta operación supera nuestro asombro
niña vieja, niña papalote.
Por todo el cuerpo los vómitos
cuando digo esas palabras
que no superan nara de nara
claro que lo que quieres es esa vida:
los caramelos sin que te cuesten las rodillas.


Qué valiente me siento cuando digo esas palabras:
qué ganas de oírlo
tan parecido a las ronchas por todo el cuerpo.
Algo como una herida se va abriendo despacio
y me siento en las piernas del abogado del diablo
no más, caramelos quizás sí, pero no más.
Ya sabes cómo me ordeno mi ineficiencia:
un saludo al entrar pero no al salir
como si uno no se fuera nunca de ningún sitio.
Tus hombros atrás: ¿produciré algo parecido a lo que quieres?
Sueño sueño sueño niña niño pañuelo.
Tengo puestas las mismas vestiduras de antaño
el cupón roto de la libreta pisoteada ¿te acuerdas?
Acumulé sensaciones para repartir
entre los pobres de la Tierra
te coloqué a ti después del sitio del asedio
pero no me bastó.
Los caramelos están en el mismo bolsillo del traje
(a eso le llaman menudencias, bagatelas).


Sabes que nada es definitivo, Nara.
El peine es para cuando termines de llorar
y te parezca que estás desaliñada, que debo cuidarte
y si me miras ¿y si no me miras?
Puedo recordar solamente uno o dos juguetes.
Lo tengo puesto sí, con todos los atributos
la batalla, sí, los juegos, sí.
Sabes que nara de esto es definitivo, lo sabes.
Puedo recordar el trance de la usurpación
lo dicho, lo escondido, lo que obtuvo el aplauso.
Despliega el oído más atento, la fe, la costumbre
estas palabras sólo me sirven para guardar el silencio.


Como si no pasara nara
los verdugos limpian los cuellos donde antes hubo besos
algún resto de semen o de loción refrescante.
El rey se llama El Gran Besador
y prepara nuestra tumba.
Le tenemos una gran confianza
como es aconsejable.
Ay, qué espectáculo tan alucinado:
sonrisas de una noche de verano
volatineros, gaseosas, escarpines.
Claro que debemos dejar de serlo
ay, mi sueño, ay mi apetencia
ay mi regocijo, ay qué canallas estos niños.
Mamá soy yo, volví, estoy aquí
mira todo lo que te he traído
¿no me reconoces?
¡Cuánto brillo, cuánta memoria, cuántos compañeros!


Nara Mansur es poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un ejercicio al aire libre (2004). Recibió el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2011 por su cuaderno Manualidades así como el Premio de la Crítica Literaria 2011 por su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro. Sus textos Ignacio & María y Charlotte Corday. Poema dramático han sido llevados a escena por los grupos Teatro D’Dos y la Guerrilla del Golem. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires.

Monday, August 6, 2012

VITO, MODESTO Y CRESCENCIA







Por Eduardo Rodríguez Solís


      José Luis tomó el misal que se caía de viejo y lo abrió a la mitad. Había una hoja teñida de amarillo por el tiempo, donde se dibujaba una oración.
      Concentró su mirada en las palabras e hizo una lectura muy teatral, muy del teatro de Shakespeare, en voz alta: “Suplicámoste, Señor, que, por la intercesión de tus santos mártires Vito, Modesto y Crescencia, concedas a todos los fieles santos horror a la mundana sabiduría, y gracia, para hacer cada día nuevos progresos en aquella santa humildad, que tanto os agrada, a fin de que, huyendo y menospreciando todo lo malo, se apliquen libre y generosamente a practicar todo lo bueno. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.”
      Dudó luego en ponerse sus extraños anteojos, con minúsculas perforaciones para ver la verdad y nada más que la verdad, y decidió mejor salir de su casa con los ojos libres.
      Se plantó, como siempre, al lado de un roble inmenso, y se puso a esperar el milagro de todos los días.
      Y vino entonces la reconstrucción de los hechos de esta historia.
      Un día, estaba José Luis en el mismo lugar, cuando tuvo ante sus ojos a una mujer que más bien parecía modelo de ropas super modernas. La figura se acercaba, trotando. Era una negra de las que se denominan “pico de águila”. Su nariz era delgada, medio chatita, y sus labios no eran carnosos y salidos, como la mayoría de “la gente de color”. Era lo que se llama “una belleza occidental”.
      Su figura, su cuerpo, tenía sus curvas muy finas y harto sensuales. Ah, pero su cabeza era distinta. El pelo era corto, como de muchacho, y tenía franjas que daban toda la vuelta, con colores distintos. Verde bandera, naranja, azul celeste, rojo sangre y una rodaja, hasta arriba, de color amarillo.
      Parecía, claro que sí, una princesa de un castillo encantado.
      Sonreía a veces, y de su boca se asomaba una dentadura perfecta.
      José Luis no podía casi respirar. Esa aparición era milagrosa. Y pensaba que sus impresiones eran semejantes a las que tuvo Juan Diego ante la virgen de Guadalupe.
      Pero las cosas eran distintas. La virgen del Tepeyac, la idolatrada imagen mexicana correspondía a la santidad, y la negra “pico de águila” era otra cosa, a lo mejor la imagen o el símbolo del amor, que se añora y que no se tiene.
      Cuando la dichosa aparición se fue alejando, cuando casi se perdió en la esquina de la calle, José Luis trató de acomodar las piezas de un rompecabezas para asegurarse de que esta mujer hermosa, singular, vestía la misma ropa de una gordita que siempre pasaba corriendo por su calle. Y entonces pensó que su imaginación había confundido las imágenes.
      En un ensueño o un acto real había tenido ante su vista, unas dos semanas atrás, a una negra extravagante, con el cabello corto y pintado en franjas de colores. Claro. Eso es lo que había pasado… La figura de la gordita que corría se había transformado en esa mujer exuberante, de alma africana… Y todo, gracias a la imaginación.
      Al día siguiente pasó lo mismo. Y todo se repetía de igual forma. Pero el comportamiendo de la negra “pico de águila” parecía diferente, ya que cuando pasó junto a José Luis, iba la bella mujer cantando una balada de Juliette Gréco, mientras arrojaba cuadritos de papel azul.
      En los pedacitos de papel había cuatro palabras que se repetían. Y juntando los trozos se leía la frase: “Vive el camino azul.” Y esa frase que se tenía que adivinar tenía mucho que ver con la tristeza (porque azul es tristeza).
      Extrañado por lo que le estaba pasando, y siguiendo la recomendación de un amigo, José Luis se fue a ver a una oftalmóloga, quien se puso a revisar sus ojos con una tecnología muy avanzada.
      Al finalizar el examen, la doctora Voltaire (que se llamaba como el escritor y visionario francés) le dijo a José Luis que él sufría del Mal de San Vito Número 8. Y le dijo que le iba a dar unos anteojos especiales, que no tenían ningún tipo de aumento, sino unos agujeritos que ayudaban a que su mirada no se diseminara.
      --Con esos anteojos ya no podrá tener esas visiones –dijo la doctora Voltaire.
      Dicho y hecho. Con ese remedio desapareció la imagen de la hermosa negra del pelo multicolor.
      José Luis siguió con sus observaciones matutinas. Todos los días se ponía sus anteojos especiales, y siempre veía la simpática figura de la gordita que corría. Pero a veces, veía las cosas sin los anteojos, y la belleza de la negra “pico de águila” alimentaba su alma.
      Cuentan (porque siempre hay cuenteros en esta vida) que José Luis, por los azares del destino, se enamoró de la gordita corredora.
      Y la boda, señores, fue todo un evento. Vinieron príncipes y princesas de todo el mundo. La gordita vestía de rosa y José Luis llevaba un frac de color miel. Ella lucía un maquillaje como el que exhiben las artistas de cine, y él, a veces se ponía sus anteojos de agujeritos que usaba para atenuar los efectos de las cataratas.
      José Luis estaba feliz con sus dos novias: la gordita, a quien veía con sus anteojos y la bella negrita del pelo multicolor, a la que observaba muy bien con sus ojos libres.    
      El viejo misal, con la oración de los santos mártires, siempre estuvo en el bureau, al lado de la gran cama donde dormía la pareja: el hombre, con su personalidad fija, y la mujer, dueña de dos naturalezas diferentes (como si fuera la luna de los poetas).
     

Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, August 4, 2012

EL LIBRO EN LA ALEMANIA DEL SIGLO XVIII (APUNTES)


Rosemary Linares: Historia de mi vida



Este ensayo explora el impacto del volumen impreso en el desarrollo del pensamiento intelectual así como el tratamiento de la realidad y la esfera artística en Alemania durante el siglo XVIII. Desde su mera aparición en los círculos universitarios, el libro se convirtió en perfecto vehículo para promover y fomentar la idea del conocimiento como materia reproducible y almacenable. Como diría Joseph Rosenblum, el libro sirve como una suerte de mundo especulativo, un espejo que descubre lo que nos rodea, porque siendo objeto físico y texto al mismo tiempo puede compartir algunas similitudes con el contexto en que fue creado (1). El investigador continúa, “textos y sus contextos son inseparables, pues en un mismo volumen uno puede combinar corrientes artísticas, tecnológicas, económicas, sociales, religiosas, políticas e intelectuales de la época” (Rosenblum 1). 
La imprenta garantiza la permanencia de la sustancia lingüística –que es evasiva esencialmente- expresada en signos empeñados en reflejar diversos modos de entender la realidad. Uno podría decir que en el siglo XVIII el libro constituía una instancia mediadora entre la idea restringida del conocimiento –aquella que tiene que ver con la acumulación desmedida de información impresa- y el público lector –compuesto casi siempre por una minoría privilegiada. El libro, dice Rosenblum, “se convierte en el producto de diversas fuerzas que determinan su naturaleza, convirtiéndose en creación y creador al mismo tiempo” (1). El escritor Mark E. Wildermuth afirma la idea: “temas como la mediación, representación y comunicación en la cultura editorial nos abren el camino para entender cómo se organizan los textos relacionados con la naturaleza y la cultura y hasta qué punto los textos producidos por seres humanos pueden representar el orden natural de las cosas, y sus referentes, a través de la palabra impresa” (31).
El siglo XVIII (europeo) estuvo marcado por un intenso desarrollo de las cuestiones filosóficas, lingüísticas y estéticas, el llamado Iluminismo, que generó una sed desmedida por el aprendizaje y la difuminación del material literario y artístico que se entendía como un equivalente, o sinónimo, de la buena reputación de las naciones. La letra impresa (el volumen publicado) encontró un lugar especial dentro de la amalgama cognoscitiva, por su instituido poder de acumulación y trasmisión cultural. Martha Woodmansee, por ejemplo, ha situado los orígenes de la filosofía estética en el mercado literario y legislación del copyright en Alemania durante la era romántica (Woodmansee en Rose 87). ¿Cuál es el verdadero misterio de la imprenta que logra afectarnos, impactarnos, tan profundamente? ¿Por qué no podemos escapar de la urgencia de la publicación y de la manipulación editorial hasta la fecha?
Esta investigación tratará de vislumbrar cómo el libro puede convertirse no sólo en agente trasmisor sino en fallido dictador –acaparador- del conocimiento gracias a su solapada influencia en la capacidad subjetiva del ser humano. Aquí se ofrecerá un bosquejo histórico sobre la situación cultural en Alemania durante el siglo XVIII, el trabajo editorial de Friedrich Nicolai, y algunos otros conceptos relacionados con el influjo literario. Como diría el investigador D.F. McKenzie en su libro Bibliography and the Sociology of Texts, los volúmenes escritos codifican formas discursivas que determinan las condiciones para el entendimiento de sus propios significados (1999, 1). Las formas en que los textos aparecen mediante su adaptación, edición y publicación constituyen la más clara evidencia de que existe una historia de la escritura y de los significados. El libro, dice McKenzie, se convierte en un artefacto que cuenta una historia accesible y que puede presentarse en múltiples ediciones (alteradas o no) para apoyar una comprensión común y generalizadora de la Historia (1998, 1).
Si queremos hablar del impacto de la imprenta en la distribución y aceptación del conocimiento en general, inmediatamente debemos referirnos a la historia del libro y su producción. ¿Y qué entendemos por la “Historia del Libro”? En un largo y detallado estudio, McKenzie propone la siguiente definición: “La historia de la producción del libro se refiere al estudio de las casas editoriales, los recursos de impresión, las actividades diarias de los editores, compositores, correctores, y su relación con el contexto histórico social que permite, facilita o a veces dificulta su aparición” (1999, 3-4). Como sugiere McKenzie, un libro no es solamente un objeto sino un producto del desarrollo y la potencialidad creativa de los seres humanos, un espejo de la complejidad y evolución del pensamiento al que uno, como investigador, debe acceder para poder comprender la comunicación del sentido de la palabra impresa como extensión del contexto en que los escritores viven (1999, 4). El reconocimiento de formas comunicativas implica el entendimiento de estructuras relacionales que conforman un modelo dinámico de creación-producción que siempre está centrado en la experiencia humana. Para decirlo con otras palabras, los libros presentan un tipo de conocimiento al que ciertos seres humanos –los escritores, editores, etc.- tienen acceso, y en este sentido uno puede entenderlos como representaciones de experiencias limitadas, relativas, lo cual no niega que tengan un valor cognoscitivo, aunque no definitivo ni absoluto.
El estudio de “la historia del libro” se vuelve un proceso de reescritura constante. Las sociedades reescriben su pasado, los lectores reescriben sus textos mientras los editores los rediseñan (McKenzie 1999, 25). Uno de sus mayores objetivos radica en nutrirse de las intenciones sociales a través de actos de transmisión y recepción, que ayudan a descubrir verdades escondidas o a inventar nuevas posibilidades de significado. Un libro es una extracción del intelecto vivo, un artefacto textual, del espíritu, que puede así mismo tener implicaciones sociales y políticas, con un propósito de vida que apunta hacia la esencia del conocimiento, es decir hacia la vida después de la vida, materia etérea, elusiva, sublime quizás. Los signos expresan significados ideológicos y se convierten en armas de control que pueden ser manipuladas o completadas por los lectores (Mackenzie 1999, 47-55)
La historia del libro, dice Jonathan Rose, presenta un panorama de la información que existe sobre la creación, diseminación y uso de todo tipo de escritura impresa en forma de manuscritos, periódicos, revistas, entre otros materiales. La historia del libro emerge de la necesidad de entender cómo surgen las revoluciones informativas gracias a la aparición de imprentas con tecnologías especializadas y movibles; su incidencia en circuitos de comunicación, distribución y de transformación cultural (Rose 85). Hay varias cuestiones que invitan al investigador a adentrarse en el estudio de la imprenta como una de las bases fundamentales para el desarrollo de los métodos de pensamiento. Por ejemplo, uno puede preguntarse cómo los hábitos de lectura han sido condicionados por los nuevos métodos de impresión, iluminación y transportación; el desarrollo de redes de distribución y mercadeo, investigaciones sobre reglas de compra-venta, el papel desempeñado por las agencias o instituciones que promueven la eliminación del analfabetismo como la familia, escuelas e iglesias; los inventarios de volúmenes en las librerías, entre otros detalles (Rose 86).
En su libro Print, Chaos and Complexity: Samuel Johnson and Eighteenth Century Media Culture, el investigador Mark Wildermuth se refiere a un estudio detallado de la imprenta realizado por David McKitterick que tiene que ver con las implicaciones acaso subjetivas de las publicaciones, las cuales pueden ampliar nuestro proceso de entendimiento o interpretación del mundo y crear confusiones a la vez. McKitterick afirmaba que los libros se comportan como las palabras, imágenes y otros signos que los componen, y que son infinitamente maleables, y susceptibles al cambio. Cuando nos acercamos a un texto escrito, debemos hablar en primer lugar de su inconstancia y naturaleza vulnerable (McKitterick en Wildermuth 14). Uno de los objetivos fundamentales de Wildermuth es mostrar cómo conceptualizaciones de la imprenta como agencia mediadora afectan no sólo los procesos de lectura y entendimiento de los textos sino las teorías críticas que de ellos se desprenden. En su trabajo, el investigador explora cómo el conocimiento de la estabilidad e inestabilidad de la imprenta durante el siglo XVIII nos ayuda a contextualizar y a comprender el papel del libro en el comportamiento ético, social y estético de los seres humanos que se convierten a su vez en emisores alternos de signos de la vida cotidiana (Wildermuth 16).
McKenzie tiene una idea similar conectada al concepto de bibliografía, que abarca una serie larga de principios. McKenzie entiende la idea de bibliografía como disciplina que estudia los textos (de toda índole) de una manera creativa. En este sentido los textos devienen en un amplio número de hojas impresas además de formas o motivaciones abstractas (historias inventadas, interpretaciones, búsquedas, sentimientos) que pueden ser recolectadas y organizadas, así como sus procesos de trasmisión, producción y recepción. La historia del libro, continúa el escritor, tampoco puede prescindir de la presentación del escenario social, económico y las motivaciones políticas que llevan a la publicación de los volúmenes, las razones que explican la necesidad de la escritura en ciertas épocas y el tipo de lectura que los textos suscitan. De ahí que se pueda tener una idea más clara del impacto y transcendencia que determinados libros tienen, en el plano mental, social, o emocional. Para McKenzie, la sociología de los textos incluye así mismo una lista completa de realidades sociales que determinan la emergencia de la imprenta y que luego se convierten en patrones o modelos a seguir, motivos personales, interacciones generadas gracias al trabajo de producción, trasmisión y consumo de libros, el papel de las instituciones y sus estructuras que afectan ampliamente las formas de discurso social (1999, 15). 
En el volumen The Coming of the Book: The Impact of Printing 1450-1800, los autores Lucien Febvre y Henri-Jean Martin hacen notar que muchos vendedores de libros gracias al contacto diario con escritores, humanistas, estudiantes y el público lector, históricamente se han interesado en explorar circuitos comerciales y terrenos intelectuales, que han ayudado al crecimiento de sus negocios (143). Numerosos promotores y escritores del Iluminismo, por ejemplo, utilizaron la empresa editorial como medio para darse a conocer. El filósofo/comerciante del siglo XVIII era un hombre de negocios y letrado al mismo tiempo, que defendía la importancia de la difusión del conocimiento por convicción e interés personal (Febvre y Martin 157).
El siglo XVIII favoreció la expansión de la industria editorial debido al gran fervor literario y afluencia material e intelectual. Las personas se mostraban interesadas en aprender sobre diversas materias que respondían a cuestiones y reflexiones de tipo humanístico, lo cual permitió a los vendedores con amplios bagajes culturales lanzar nuevos esquemas de impresión y producción de volúmenes escritos que incluían enciclopedias, literatura clásica, entre otros (Febvre y Martin 158). El deseo de avanzar o mejorar económicamente también estimuló la lectura de libros, así como las aspiraciones de alcanzar nuevos y más altos niveles morales; y la necesidad de adaptarse a los cambios ocurridos en la sociedad (Rosenblum 4-5).
Se pueden mencionar otras características notables que exponen la relación del volumen impreso y su impacto en la sociedad del siglo XVIII. Por ejemplo, se sugiere el establecimiento de patrones de escritura y de tipos de lectura en relación con las líneas sociales, que dio como resultado la formación de agrupaciones casuales –la gente comenzaba a preguntarse si pertenecía a las clases “cultas” o no (Rosenblum 13). Se menciona además que muchos autores se interesaron en acercarse a la empresa editorial como activos participantes (o negociantes), en un intento por defender sus derechos de autor y la adquisición de alguna ganancia por sus publicaciones. En Alemania, Gotthold Ephraim Lessing y otros escritores publicaron sus propios trabajos y cooperaron en la gestación de casas editoriales como la Gelehrtenrepublik de Klopstock fundada en 1774 (Febvre y Martin 163).
Otro dato interesante ofrecido por Febvre y Martin que nos ayuda a entender el objeto publicado desde otra perspectiva consiste en el precio y la producción de los manuscritos. Según los escritores, durante el Iluminismo, las piezas literarias alcanzaron precios despampanantes. En la ciudad alemana de Leipzig, muchos editores pagaron largas sumas de dinero por simples manuscritos durante la segunda  mitad del siglo (Febvre y Martin 164). El número de ediciones generalmente se limitaba a una cifra menor que dos mil, a menos que se tratara de una pieza de gran éxito comercial. Lo cual demuestra que los editores muchas veces se mostraban indecisos a la hora de ordenar la publicación de varias copias de un mismo texto.
Probablemente sólo la obra de filósofos reconocidos constituía, en este caso, la excepción de la regla. (Febvre y Martin llaman la atención sobre el hecho de que en Berlín, se publicó el volumen Siècle de Louis XIV de Voltaire, con una tirada de tres mil ejemplares). Hacia el final del siglo XVIII los vendedores y editores de Leipzig que se especializaban en la publicación de los trabajos de escritores emergentes llegaron a un acuerdo con casas editoriales de países adyacentes para intercambiar volúmenes de excelente calidad temática (Febvre y Martin 234). En general, los libros se consideraban como objetos preciados e invaluables que podían llegar a tener una vida larga y útil en manos de aquellos que fueran capaces de entender el privilegio que significaba la diseminación de ideas, su entendimiento y conocimiento. 
El despliegue del moderno mercado editorial alemán tuvo lugar durante las últimas tres décadas del siglo XVIII, periodo en que se jugaba con tres principios fundamentales: público, literatura, y mediatización (Barbier 254). Desde la segunda mitad del siglo, ya existía una preocupación por unificar a los lectores sobre la base de un idioma y tradición comunes. Rosenblum diría que “como producto de varias transformaciones y gracias a su institución como agente de cambio, el libro pudo ayudar también a la creación de una identidad/mentalidad nacional” (5). Los comerciantes y editores profesionales como Philipp Erasmus Reich, poco a poco comenzaron a sentar las bases para la institucionalización del mercado editorial como punto focal dentro de la vida literaria y escolástica alemana que aspiraba a centralizar y organizar la esfera pública y la identidad colectiva. El poder del mercado editorial, las ferias y la presencia de un amplio número de comunidades localizadas en zonas geográficas estratégicas ayudaron a que el idioma alemán se estableciera como una de las lenguas fundamentales en la escritura literaria del continente europeo (Barbier 258).
En su estudio sobre la imprenta alemana, Frédéric Barbier destaca el papel jugado por la empresa editorial como intermediario dentro de la cultura de otros países. El escritor observa que el idioma alemán devino en el puente lingüístico que permitió a muchas personas con inquietudes intelectuales y que no vivían en Alemania el acceso a la literatura. Muchos estudiantes de diversas regiones fueron educados en universidades de Leipzig y Berlín. Así mismo se utilizó el alemán como una de las lenguas oficiales del mercado editorial internacional y fue empleado “artísticamente” por muchos autores reconocidos como Franz Kafka y Elias Canetti (Barbier 261). Varios especialistas alemanes, por su parte, ganaron reconocimiento en Londres y París.
Entre los pocos y exitosos editores del Iluminismo alemán se encuentra Friedrich Nicolai. Según el investigador Berhard Fabian, Nicolai fue severamente atacado por su contemporáneo Immanuel Kant, debido a su gran astucia en obtener ganancias de las publicaciones. Sin embargo, muchos coinciden con la idea de que lo que distinguía a Nicolai no era precisamente su rol como negociante, sino su desmedido interés y comprometimiento con la causa del Iluminismo, que no encontró competencia en Alemania, ni en otros países europeos. Como tenaz defensor de la información impresa que se convirtió casi en el esquema del Iluminismo europeo, Nicolai quería ayudar a fomentar el conocimiento de sus lectores, incrementar su comprensión del mundo y ampliar sus experiencias, editando y vendiendo libros de varias temáticas (Fabian 241).
Como afirma Fabian, Nicolai nunca fue un editor con perfil ideológico definido sino que defendió la distribución de una gran variedad de libros. Incluso produjo ejemplares de pequeño formato que servían como adornos, detalles decorativos a las damas de la época, un reflejo del significado “estético” del conocimiento que estimulaba la capacidad imaginativa de las personas. Nicolai siempre tuvo la convicción de que la imprenta -a pesar de sus características mercantilistas- constituía una actividad cultural esencial para la transformación social e intelectual de su país (Fabian 241). Aunque el término “cultura literaria” no existía todavía en el XVIII, muchas de las ideas asociadas con el concepto de literatura sí interesaban verdaderamente a Nicolai.
Berhard Fabian hace un recuento de las circunstancias históricas en que emerge y florece la República Alemana de las Letras para destacar la influencia editorial (y cultural) de Nicolai. En 1740 la producción de libros en Alemania no tenía gran alcance debido a la crisis que fustigó a la nación luego de la Guerra de los Treinta Años. El país se encontraba empobrecido, fragmentado y regionalizado (Fabian 242). Tampoco podía sostenerse culturalmente, siempre dominado por el pensamiento y discurso intelectual francés. Esta situación inspiró a un grupo de jóvenes como Nicolai, Lessing y Moisés Mendelssohn, entre otros, que decidieron alterar los aparentemente inamovibles estándares de percepción de la vida diaria a través de la escritura y la publicación de obras que provocaban el intelecto y la subjetividad del individuo.
En medio de las circunstancias, Nicolai se dio a conocer como editor y escritor. En 1755, publicó un tratado que intentaba ofrecer una panorámica de la escena literaria alemana, así como una corrección de los muchos prejuicios que existían sobre determinados elementos que habían sido ignorados por escritores y sus audiencias (Fabian 242). Por ejemplo, atribuía la poca calidad de la producción literaria a la ausencia de factores externos –como la escasez de personas interesadas en proveer un conocimiento del mundo- que pudieran ejercer una influencia positiva en el proceso de creación. Así mismo abogaba por la necesidad de una crítica genuina que contribuyera al refinamiento del gusto y discernimiento estéticos. Nicolai fue además uno de los primeros en darse cuenta de que la ausencia de un área geográfica central –Berlín se convirtió en la capital de Alemania en 1870- repercutía negativamente en la esfera cultural de su país. Tener una capital representaba un paso de avance, pues la ciudad podría tomarse como base estructuradora e institucional de las aspiraciones intelectuales de la nación (Fabian 243).
Nicolai fue uno de los defensores del esteticismo, manifestado en su trabajo editorial. A continuación vamos a compartir algunas ideas esbozadas en el artículo “Friedrich Nicolai: Creator of the German Republic of Letters” de Berhard Fabian. En 1756, Nicolai edita junto a Moisés Mendelssohn los primeros volúmenes de una revista católica encargada de evaluar las contribuciones hechas a la historia de las artes visuales, cuya importancia como arma civilizadora y humanista no podía ser ignorada. De aquí, la necesidad de cultivar habilidades críticas y la apreciación estética con relación a los espacios artísticos.
Una de las ideas defendidas por Nicolai consistía en desarrollar y perfeccionar el quehacer visual y la cualidad distintiva en las artes, mediante la práctica de una crítica rigurosa regida por conceptos preestablecidos, que contribuiría a la reputación internacional de la nación. Serían evaluadas las producciones literarias alemanas –escritas por autores establecidos y emergentes- y además se tendrían en cuenta trabajos impactantes publicados en Francia e Inglaterra de los que se beneficiarían los lectores locales. En pocas palabras, se pretendía fomentar un tipo de crítica literaria y artística que sirviera para estimular a los escritores a someterse a un entrenamiento mental competente que contribuyera a la formulación y descubrimiento de nuevas entidades y posibilidades cognoscitivas.
En 1763, después del fin de la Guerra de los Siete Años, Alemania entró en una fase de recuperación y expansión cultural (Fabian 247). Algunos estudios recientes corroboran la idea de Michel Foucault, quien designa la propiedad literaria como una invención del siglo XVIII con la emergencia del capitalismo y la exaltación del genio del autor (Foucault en Rose 87). Se dice que Nicolai fue uno de los primeros en usar el término Literatura como área cultural con una connotación textual y bibliográfica y por tanto separada de las otras ramas de las Bellas Artes. Inspirado por la aceptación internacional y el orden de las publicaciones inglesas, se dedicó a promover nuevas ideas para un proyecto llamado Allgemeine Deutsche Bibliothek que pretendía presentar cambios en el paisaje literario del país, y un espacio para el estudio sistemático de la producción de libros con variadas temáticas (Fabian 247). El Journal situaba a los escritores en un lugar privilegiado y garantizaba la difusión de sus trabajos entre un gran número de lectores. Desde luego, la audiencia también se beneficiaba al poder ampliar su perspectiva cultural, conociendo y consumiendo libros que habían formado parte hasta el momento de un estrecho círculo de lectores.
El nuevo concepto de literatura comprendía la publicación de novelas y manuales de uso práctico, pero también escrituras que respondían a disciplinas como teología e historia natural (Fabian 248). Anualmente, se convocaba a una encuesta sobre el tema de la producción editorial, cuyos resultados se trasmitían como parte del proyecto, para informar al lector interesado, sobre los progresos alcanzados en los campos del conocimiento y el aprendizaje. Según las palabras del investigador Fabian, el proyecto tuvo un éxito rotundo a nivel cultural, como órgano central del Iluminismo, y se distribuyó ampliamente en Alemania y otros países, aunque no logró obtener muchas ganancias económicas. Su contenido combinaba ideas conservadoras y progresistas que incitaban las más diversas controversias políticas, literarias y filosóficas. Gracias a su empresa editorial y su empecinamiento en defender y desarrollar el nivel intelectual de su país, Nicolai ha sido considerado como el fundador de la vida literaria alemana, garantizándole a la ciudad de Berlín un lugar destacado dentro del mapa cultural internacional que la llevaría a ser reconocida como una de las capitales europeas indispensables del siglo XIX (Fabian 249).
En un estudio sobre el derroche cultural del Iluminismo, no precisamente alemán, el investigador Mark E. Wildermuth menciona la importancia del libro en materias subjetivas como la verdad y la virtud que puede resultarnos relevante. Así mismo analiza cómo se manejan cuestiones que tienen que ver con la representación del orden de la sociedad y la naturaleza en los volúmenes publicados durante el siglo XVIII. El método utilizado por Wildermuth es básicamente historicista aunque también ofrece nociones teóricas sobre el caos, la interpretación, y la complejidad que desembocan en la inestabilidad textual. Elige como caso de estudio la obra de Samuel Johnson, quien defiende el espacio de la palabra impresa como medio de representación de nuestras percepciones sobre el mundo que nos rodea y que coadyuva al desarrollo humano en esferas éticas, estéticas y políticas (Wildermuth 17).
Wildermuth ofrece una visión detallada sobre el papel de la imprenta en la lucha contra aquellos que presentaban una lectura confusa del mundo, revelando en gran medida parte de la cultura y la manera de pensar de los autores de la época. Muestra evidencias que reflejan la capacidad predeterminada y a la vez movible del signo textual, cuya alcance representacional, mediador y poder explicativo influyen profundamente en el entendimiento del hombre y la sociedad (Wildermuth 19-24). Según argumenta Wildermuth la proliferación de libros en la sociedad europea del siglo XVIII tenía que ver con su capacidad de almacenar, conservar y trasmitir el conocimiento (37). La imprenta misma jugó un papel fundamental en la trasmisión del lenguaje y su estandarización gracias a la publicación de diccionarios y libros de gramática (Rose 93).
Sin embargo no sólo vale destacar la eficacia informativa sino subjetiva de la letra impresa, una especie de extensión del genio, de la facultad del pensamiento, entendimiento e imaginación del ser humano, una entidad capaz de producir una experiencia mental vívida, real. La cuestión de la misteriosa indefinición de la palabra impresa durante el siglo XVIII implicaba, dice Wildermuth, un nuevo tipo de textualidad que servía para desestabilizar representaciones de la naturaleza y los sistemas de ordenamiento de la verdad y la virtud, que conllevó al advenimiento de una cultura de la información donde los textos tanto naturales como aquellos construidos por el pensamiento humano, podían adoptar nuevas y más creativas configuraciones (38). La hoja impresa se convierte en una representación de objetos con presencia física o no (significados tal vez) que se escapan, se transforman o simplemente se multiplican en nuestra mente; construcciones humanas, esencias sometidas a un constante e imaginativo proceso de mutación.
La libertad imaginativa puede resultar equivalente a lo que Wildermuth llama “la matriz caótica,” la cual genera un proceso natural de reorganización de las estructuras en nuevas combinaciones creando un tipo de orden diferente (71). La palabra impresa se convierte en un signo mediador, dice Wildermuth, que hasta cierto punto puede situarnos más cerca de Dios y el orden de las cosas físicas porque representa un tipo de isomorfismo resonante que puede ser capturado mentalmente y diseñado para interactuar con el objeto y su referente (47). En este sentido, puede hablarse de su potencial como instrumento efectivo para esbozar el juicio estético y, como diría Wildermuth, el punto de atención para adentrarnos en el riguroso sistema de formulaciones y asociaciones que existe en la mente del lector donde se manifiestan complejas categorías (53).
A través de la mediación de la mente, como diría Wildermuth, las representaciones se vuelvan más inestables e incontrolables (145). La mente trabaja como un sistema inmunológico procesando información y configurando estructuras que se organizan junto a otras materias que pueden disiparse, perderse, transformarse (Wildermuth 156). La idea de las configuraciones mentales tiene que ver con la teoría de los sistemas dinámicos de Samuel Johnson, quien reconoció su capacidad para percibir la complejidad del pensamiento en el contexto lingüístico así como su inhabilidad para llegar a comprenderlo. Johnson desarrolló lo que se ha denominado como enfoque intuitivo de las dinámicas complejas, mediante el cual se exponen los límites del pensamiento linear y la necesidad de creación de una semiótica diferente para entender la interacción entre el orden y la casualidad (Wildermuth 146).
La mutabilidad del objeto mental, que dificulta su reproducción, parece invitarnos a cuestionar la inefectividad de los sistemas de representación, su vulnerabilidad. En este caso se puede asociar “lo mental” a lo “estético”, la cuestión del conocimiento, y de la palabra impresa como su medio de manifestación. ¿Cómo saber las verdaderas motivaciones de una palabra si sólo contamos con su referente aproximado? Intuimos que el conocimiento puede encontrarse en libros o cualquier otro tipo de material impreso, sin darnos cuenta de que en realidad nos enfrentamos a interpretaciones relativas, percepciones mediadas, codificadas, sujetas a un cambio perenne.
La palabra es un espacio variable, que trata en vano de representar la grandiosidad, la vastedad y capacidad de transformación del conocimiento, la sabiduría. Se convierte en objeto estético, siempre y cuando se complete a través de su manifestación en imágenes mentales y en la transformación de los lectores  (De Bruyn 208-231, Murphy 25-41). Un proceso que produce en nosotros una momentánea experiencia placentera, pero que también logrará traernos cierta decepción y desconsuelo, pues debido a su naturaleza inaccesible, nunca podría ser representado, mucho menos “comprendido” totalmente.


Bibliografía

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Murphy, Margueritte. “The Critic as Cosmopolite: Baudelaire’s International Sensibility and the Transformation of Viewer Subjectivity.” Comfort 25-41.

Rose, Jonathan. “The History of Books: Revised and Enlarged.” Mason 83-104.

Rosemblun, Joseph. Introduction. A Bibliographic History of the Book: An Annotated Guide to the Literature. Metuchen & London: The Scarecrow Press, Inc; Pasadena & Englewood Cliffs: Salem Press, 1995. 1-16.

Wildermuth, Mark E. Print, Chaos and Complexity: Samuel Johnson and Eighteenth Century Media Culture. Cranbury: Associated University Presses, 2008.

Wednesday, August 1, 2012

AGIT-PROP

Foto: Isabel Pérez Lago



Por Nara Mansur

de su poemario Un ejercicio al aire libre (2004)


Hago café cada mañana y la rutina me desplaza por los espacios como si estuviera ciega. No necesito mirar la cafetera ni las tazas para hacer bien el trabajo. Las manos han aprendido el oficio más humilde y citan a Baudrillard como una forma del azúcar más grosera. Introducen la cucharilla en la taza en un gesto masculino de posesión y placer. Revuelvo el líquido carmelita casi negro con delectación de artista, como diría el Che --pero él utilizó esta palabra para referirse a la revolución, para cambiar el alma de las personas, su propia alma, mi propia arma. Mi acción es demasiado breve y estrecha (una cafetera de cuatro tazas). Hacer el café, tomarlo sorbo a sorbo o como una ráfaga. La cafetera es vieja y no tiene asa, fue útil en un hogar feliz al menos por un tiempo. Cada mañana la lavo como a la anciana de un asilo, con un poco de desprecio, sin jabón.
Cuando el café comienza a subir por la torre me viene la imagen de Ignacio diciéndome: “la princesa de la torre”. Debe haberlo dicho dos veces pero yo multiplico sus palabras y las edito al menos para que me alcancen hasta el mediodía, o al menos hasta que el café termine de colar. Cuando el café comienza a subir por la torre me viene la imagen de Ignacio diciéndome: “la princesa de la torre”, y recuerdo el verso fetichista de V.P.: “el pez de la torre nada en el asfalto”.
¿Ignacio sería el pez de agua dulce que trata de vivir en la ciudad salada?
¿Yo seguiré estando en la torre aun si no lo dijera más?
El asfalto es negro como el café, pienso. Nada comparable a la ciudad, a la sal del asfalto, al parque de Calzada. Nada en mi mente sino mi boca y la de él adheridas al cristal en un beso insensible, y en cada cara del cristal la mancha de café.




Nara Mansur es poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un ejercicio al aire libre (2004). Recibió el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2011 por su cuaderno Manualidades así como el Premio de la Crítica Literaria 2011 por su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro. Sus textos Ignacio & María y Charlotte Corday. Poema dramático han sido llevados a escena por los grupos Teatro D’Dos y la Guerrilla del Golem. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo que dirige Pompeyo Audivert en Buenos Aires.