Sunday, November 20, 2011

THE EMPIRE STATE





Por Eduardo Rodríguez Solís


Subir al Empire State Building es una experiencia sensacional. Estar ahí, casi de noche, con lluvia o con un poco de tormenta en Nueva York, es increíble. Parece que uno va viajando en un cohete. Los nubarrones y la lluvia hacen de aquello algo único. Y si todo está claro, y el cielo está azul, uno se imagina el dueño del universo… Una vez, hace mucho, hubo la idea de anclar un zepelín en la punta del edificio, para que luego la gente que viajaba en aquel vehículo aéreo, se bajara directamente al edificio. Pero esa locura no se experimentó…
Nueva York tiene varios distintivos. El Empire State Building es quizás el principal. Otro grandioso distintivo de la ciudad es Broadway. Uno se puede pasar tres meses viendo todo el teatro que se hace ahí. También está la Estatua de la Libertad, que fue un regalo de los franceses, y que está hecha sobre una estructura que hizo el ingeniero Eiffel, el de la Torre Eiffel. El escultor, Bartholdi, se inspiró en el rostro de su madre para diseñar la estatua. La llevaron en partes a Nueva York, y ya en terreno americano se soldaron las secciones. Era como un gran rompecabezas, que fueron armando. Poco a poco… A mí el tema me apasiona. Y hasta me lancé a escribir una novela corta titulada De la mano de la libertad. Joaquín Diez Canedo quería publicar el texto con imágenes antiguas de Nueva York. Pero el proyecto cambió, y esa novela corta, donde la Estatua de la Libertad es casi protagonista, se publicó en la Editorial Joaquín Mortiz, junto con otras dos novelas cortas. El título del libro es Primer curso de amor… La parte donde entra la estatua recoge muchos temas neoyorquinos, y se cuenta la historia de un millonario excéntrico que vive escondido en el brazo de la Estatua de la Libertad.


 
Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, November 19, 2011

EL GATO GRIS





Por Eduardo Rodríguez Solís

De la serie Carnets de Eduardo Rodríguez Solís
(Número 122. 11-07-11)


      Era gris y vivía en la parte más alta de un árbol. Desde ese lugar, casi cerca de las nubes, observaba el paisaje lleno de colores.
      Era un gato gris, que se había quedado solo en el mundo. No tenía dueño.
      Comía semillas o flores. Y el sabor de la carne ya se le había olvidado.
      Cuando caminaba, lo hacía con lentitud. Parecía el rey de la selva. Parecía el rey del bosque.
      Un día llegó hasta un pueblo pequeño y empezó a caminar por sus calles.
      Ahí iba el gato gris, que estaba solo en el mundo. Ahí iba, con su aspecto de animal salvaje, con su aspecto de fiera de la selva.
      Hasta que llegó a una casa que estaba toda pintada de azul, donde vivía un niño que siempre se vestía de gris. El niño era huérfano…
      El niño y el gato estuvieron frente a frente.
      Se observaron con cuidado y llegaron a pensar que los dos eran miembros de la misma familia.
      Tenían el alma gris, el corazón gris y vivían una existencia de color gris.
      Con el tiempo, ese gato gris y ese niño gris, se volvieron amigos de toda la vida.
      Y se les veía caminar por las montañas…


Eduardo Rodríguez Solís (D.F.) ha publicado libros de teatro, cuento y novela. Fue el primer editor de la revista Mester, del Taller de Juan José Arreola. Su cuento San Simón de los Magueyes ha sido premiado y llevado al cine por Alejandro Galindo, con guión de Carlos Bracho. Su obra de teatro Las ondas de la Catrina ha sido representada en muchos países, así como en Broadway, New York. Actualmente vive y trabaja en Houston, Texas. (erivera1456@yahoo.com)

Saturday, November 5, 2011

SI TUS MALES TIENEN REMEDIO

Liliam Dominguez: Under the City
http://www.liliamdominguez.com./


Por José Manuel Domínguez

Yo iba caminando, tan atormentado, que no supe de dónde había salido el viejito. Mientras más lo pienso, más difícil me es reconstruir el momento, y la lógica me dice que nadie hubiera podido decirme una frase tan larga si yo no me hubiera detenido a escucharla mientras me hablaban. Pero yo no me detuve, o al menos no recuerdo haberme detenido en aquel momento. Conviene pensar que el señor venía caminando detrás de mí; porque como digo, si hubiera venido de frente no hubiera tenido tiempo de decirme todo aquello excepto que soltara las palabras como una ráfaga de viento. En cambio, si hubiera venido por mi espalda, la cosa resultaría más fácil, más creíble, pero yo en verdad no recuerdo los detalles.
Lo vi. Como les digo, eso lo tengo claro pero las circunstancias son más oscuras. No recuerdo si me sobrepasó y siguió de largo, o si me habló, se dio la vuelta y se fue caminando a mis espaldas, o si simplemente desapareció. De cualquier modo, esto pasó hace muchos años y los lugares de la historia ya no existen. Yo caminaba por la acera de la barbería de mi infancia. Iba atormentado con mis pensamientos y era joven. Tal vez unos 24 o 25 años, no más. A esa edad, el mundo empezaba a derrumbarse. Mi padre había muerto y mi maestro de filosofía me había dicho que en la vida no había nada garantizado. Yo estaba enfermo, pero, en ese momento no estaba seguro de nada de lo que estaba pasando dentro de mí, en mi sangre, en mis células, pero igual me mataba la duda antes que la enfermedad. Estaba enfermo de algo que luego me causaría la pérdida de la visión y algunas otras pérdidas sustanciales, como la de la inocencia, por ejemplo. Entonces apareció el viejito y me dijo la frase que me ha acompañado hasta hoy como un bálsamo milagroso. Una frase que tal vez habría escuchado antes fue todo para mí en ese momento:
“Si tus males tienen remedio, de qué te quejas; y si no tienen remedio, ¿de qué te quejas?”
 Fue un encuentro tan loco que si se lo hubiera contado a mis amigos lo primero que habrían pensado es que yo mismo estaba enloqueciendo. Tal vez por eso lo borré. Mi mente lo borró, y muchos años después, en días como este, he vuelto a pensar seriamente en aquel momento. Mi tormento era el de alguien que va a morir y no sabe que antes de perder la vida se pierden muchas otras cosas primero, y se ganan muchas también. Iba caminando por una de esas calles de La Habana, bajo techo, más oscura que de costumbre, con la mirada perdida en las grietas de la acera, pensando en el derrumbe que sobrevendría, mirando las marcas oscuras en la pared clara. Las marcas me dolían como si fueran mías y mi dolor tenía la forma de las grietas. Me sostenía milagrosamente, levantando los pies para no gastar la suela de mis botas nuevas de cuero. Aquellas botas y un texto en el que trabajaba febrilmente eran todo mi tesoro. Entonces aquella voz, aquella visión de un viejito cualquiera que me decía aquella frase: “Si tus males tienen remedio…”
 ¿Y si venía de espaldas, cómo pudo verme el rostro? ¿Cómo pudo adivinar lo que me sucedía? Hay dos respuestas posibles: una es que estuviera alucinando y que mi angustia generara aquella visión y aquellas palabras sabias como un mecanismo de defensa disparado por mi conciencia, y la otra envuelve a lo divino. Soy conciente de que la segunda es la respuesta que muchos quieren escuchar y para ellos no existe otra, pero es también la que otros no aceptarían jamás. Me da lo mismo. La historia es la que he contado y las preguntas o respuestas que generen están más allá de mi historia y del dolor sombrío que me envolvía. Tengo que decir que el dolor era sombrío, que la calle era también oscura ese día en particular. No conozco ningún dolor luminoso, o tal vez sí...
Ah, pero aquello pasó en esa edad en que los dolores son tan intensos, en que todo duele tanto porque nada se ha perdido. No se asusten. Si les cuento esto es porque estoy vivo, y aunque la enfermedad era y es real, sigue estando dentro de mí, de todas aquellas formas de morir que existían en mi mente, nacieron muchas otras formas de sobrevivir para contar el cuento. Perdí muchas cosas, pero perdí también el miedo y pocas veces en la vida se gana tanto a cambio de una pérdida tan necesaria.
Sí, otras veces he vuelto a escuchar, o si lo prefieren, a sentir palabras maravillosas, frases enteras, susurros, una palmada en el hombro o una palabra levantándome una y otra vez, pero esas pertenecen a otras historias. Este capítulo de mi había una vez privado, llegó a su fin.



José Manuel Domínguez es director de teatro, poeta y narrador. Estudió dirección y actuación en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Se estableció en Miami, Florida, en el año 2000. Le acompañan en su vida dos mujeres extraordinarias: su esposa Marángeli y su mamá Loli, así como su perro Sombra.


Sunday, October 9, 2011

Saturday, October 8, 2011

RABELAIS AND HIS WORLD BY MIKHAIL BAKHTIN




A very insightful study of Rabelais’s work in the medieval period and the Renaissance is presented by literary critic Mikhail Bakhtin in his book Rabelais and his World.  The volume consists of a Foreword by Krystyna Pomorska; a substantial introduction; and seven long chapters in which the author discusses several topics like the role played by Rabelais in the History of Laughter, Rabelais’s use of the language of the marketplace, the relations between the popular-festive forms and images in Rabelais’s writing, the process of imagery, the grotesque projection of the body and its sources, as well as Rabelais’s own images and his time.
According to Bakhtin, Rabelais is the most difficult classical author of world literature (3). A reconstruction of artistic and ideological perceptions, along with the renunciation of rooted demands of literary texts, has to be taken into consideration when approaching Rabelais’s work, for his images escape from dogmas, authoritarianism and concepts that attempt to provide “finished and polished” accounts of reality. In the introductory words, Bakhtin offers a description of the culture of folk humor in the Middle Ages and the Renaissance that helps us to have a clear idea of the importance of the carnival festivities, comic spectacles and other related rituals in the lives of the people. “Carnivals,” says Bakhtin, “belonged to the borderline between art and life, and they were organized on the basis of laughter.” Filled with changing, playful and undefined forms, the carnival was life itself, shaped according to a certain pattern of play.
The concepts of the body and the mask constitute other important themes exposed by Bakhtin. The author argues that people from each of the studied periods established different cannons of appreciation of the human body. The body of grotesque realism was represented as hideous and formless, in contrast to the framework of the cannon of beauty developed in the Renaissance. With regards to the mask, Bakhtin considers it as the most complex theme of folk culture as it was connected to the joy of change and reincarnation, metamorphosis, and violation of natural boundaries (39-40).
Other topics are explored in depth in the following chapters. For instance, the Renaissance’s conception of laughter appears fully described as “one of the essential forms of the truth concerning the world as a whole,” history and man included (66). The notion of the marketplace spectacles impregnated by popular and unofficial elements becomes a key element to understand how the theme of oaths and curses organically emerges out of the Rabelaisian images (193). The popular-festive images were a powerful tool of capturing the real world and served as a point of departure for an authentic development of realism in the literature by Rabelais. The banquet images play an important part in Rabelais’s first book Pantagruel that refers to the process of swallowing, which is considered by Bakhtin on the borderline between body and food images (279).
Exaggeration, hyperbolism and excessiveness are also attributes of the grotesque style as the body appears usually depicted in “the act of becoming.” As Bakhtin states, the body is “never finished, never completed; it is continually built, created and builds and creates another body” (317).  Rabelais’s familiar and colloquial forms of language may be one of the main sources of presenting the grotesque body. His knowledge of the world of objects and the world of language is seen in correspondence to the progress of navigation, architecture, industry, commerce, and art, among other subjects that flourished in the Renaissance, which allowed him to explore new (and archaic) forms of linguistic expressions.